Mi abuelo Juan Blas y algunos paisanos más. Tercera entrega

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14 Estraperlo

Mi abuela María y mi abuelo Juan se casaron el 4 de octubre de 1942 y diez meses después nacía su hijo Joaquín. Mi abuelo le puso el nombre de su padre, fallecido con 44 años en Saldón.

Los años de posguerra fueron especialmente duros en la zona. La represión franquista se cebó con esa Serranía que había permanecido fiel a la república hasta el final de la contienda.

Pero con el fin de la guerra no se detuvo el hambre, los campos habían sido arrasados y la recesión económica era feroz. Para mitigar esta situación, el régimen impuso las cartillas de racionamiento que pretendían la vigilancia y el control absoluto de los alimentos producidos y consumidos en el país. Las cartillas determinaban los alimentos que correspondían a cada familia, pero había algunos que escaseaban y el sistema no funcionaba correctamente. La necesidad era tan grande en esta pequeña familia que mi abuelo inició una nueva, pero muy peligrosa, actividad: el estraperlo.

Cartilla de racionamiento

Mi abuelo se movía por las noches, con su mula viajaba por los pueblos a casas de conocidos.  Subía a Zafrilla con dos sacos de cebollas y se volvía con cuatro de patatas que después vendía en La Huérguina. Eran ventas o trueques por pura necesidad, con los que mis abuelos no se hicieron ricos, ni mucho menos. Simplemente sobrevivían. Otras veces bajaba a Utiel y subía con aceite, un bien muy escaso y preciado.

En una ocasión, volvía de Utiel con una garrafa de aceite en el coche de línea. Este paró en la plaza de La Huérguina justo en frente de los guardias que pasaban por allí en aquel momento. Mi abuelo petrificado no sabía qué hacer, si dejar la garrafa allí o cogerla y echar a correr. El caso es que disimuladamente se la llevó a su casa.

Por la noche llamaron a la puerta, era un guardia civil. Mi abuelo se temía lo peor: lo iban a detener. Al abrir la puerta vio que el hombre venía con un cacillo de hojalata para que mi abuelo le echara aceite. Juan se lo llenó y el hombre se marchó por donde había venido, sin decir ni una palabra. Era una forma de cobrarse su silencio, pero también una forma de tener aceite, ya que los guardias también pasaban necesidad.

En 1945 nació su segundo hijo, Benito. Un día avisaron a mi abuela de que estaban los guardias en la entrada del pueblo, justo a la hora que tenía que volver mi abuelo con la carga que traía de la sierra. Mi abuela mandó a sus dos hijos, que fueron corriendo por el campo a avisar a su padre para que no subiera por la cuesta donde estaban los guardias. Tenía que esconderse, dar un rodeo y subir por otro sitio.

Muchos eran cómplices de lo que hacía mi abuelo, como el conductor del coche de línea, algunos vecinos o el guardia. La mayoría de ellos se beneficiaban. No puedo imaginar el miedo de andar por aquellos caminos de noche, de pueblo en pueblo, con frío, pensando que te pueden pillar en cualquier momento. Tuvo suerte, nunca lo hicieron.

15 Maquis

Corría por la Serranía un rumor que hablaba de hombres que se echaban al monte. La represión contra los vencidos era tan dura que para muchos fue la única opción. Las visitas a sus casas eran continuas, los interrogatorios y las torturas, por lo que muchos vieron en la huida la única salida. Había también guerrilleros que cruzaban el Pirineo desde Francia para luchar contra Franco y recuperar España. Pronto los inmensos montes de nuestra zona y la escasa población hicieron de aquellas sierras el lugar perfecto donde operar la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. Cada vez el rumor era más cercano, se sabía de la entrada de maquis a pueblos pidiendo comida y armas, e incluso se les acusaba de cometer algún asesinato.

Una noche mi abuelo Juan bajaba por la cuesta desde su casa hacia la carretera, iba a casa de su hermana Lucia que vivía allí con su marido que era el cobrador del coche de línea. Al cruzar la carretera Juan sintió un golpe en los riñones: alguien le estaba encañonando por la espalda. Era uno de aquellos hombres del monte, un maqui, pero no estaba solo, había más. Muy rápido le metieron en la casa, andaban buscando un arma. No se llevaron comida, ni la recaudación de todo el mes del autobús que estaba en la chaqueta, colgada a la entrada. Solo buscaban un arma que no consiguieron.

Dentro de aquella casa había seis o siete maquis que armados amenazaron a todos los presentes. Si daban parte a la Guardia Civil, al día siguiente vendrían y los pasarían a todos por las armas. Por otro lado, si los guardias se enteraban de que habían visto a los maquis y no habían denunciado podrían acusarles de colaborar con la guerrilla y sería igual o peor. Mis abuelos se encontraban entre la espada y la pared.

Se sabe que en Peñalta hubo durante un tiempo un chozo donde vivían varios maquis. Mi abuelo había llegado a verlo. Los pastores que estaban todo el día en el campo veían cosas. Pero allí Juan, veía, oía y callaba.

16 Silla

El encuentro con los maquis demostró que los rumores eran ciertos. El miedo de la familia era tan grande y se oían tantas cosas que en pocos días mis abuelos prepararon lo poco que tenían: unas ovejas, unas gallinas, poco más. Se marcharon con dos niños bien pequeños a una masía cercana al pueblo de Silla en Valencia. Tanto si denunciaban lo ocurrido como si no, toda la familia estaba en peligro. La huida era una forma de escapar de los maquis y empezar una nueva vida, donde no conocieran los antecedentes políticos de la familia.

Era 1948, año en el que estuvieron seis meses en Silla. Solo se quedaron ese periodo de tiempo porque descubrieron que allí había incluso más maquis que en La Huérguina. Se oía continuamente de la entrada de maquis en masías cercanas. El problema no eran los maquis en sí, el problema venía si los ayudabas y los guardias se enteraban. Los vecinos de los rentos o masías en mitad del campo fueron quienes más sufrieron las consecuencias de la guerrilla, ya que muchos de ellos fueron torturados, encarcelados o incluso ejecutados. Se les acusaba de colaborar con los guerrilleros.

Un día estando mis abuelos dentro de la casa se oía a la cabra balar muy fuerte por fuera. Mi abuela María tenía tanto miedo que no se atrevía a ir a ver qué pasaba y le dijo a mi abuelo: “Juan, los maquis se están llevando a la cabra. Ve corriendo que se la llevan” Mi abuelo aun con miedo llegó hasta la cabra. La pobre se había enganchado por el cuello con algo y se estaba ahorcando ella sola. Era por ese motivo por el cual se oía balar tan fuerte, pero era tan grande el miedo que tenían, que casi la dejan morir solo por no exponerse a los guerrilleros.

Al hijo pequeño le habían puesto de nombre Benito, como su abuelo. El pobre estaba desesperado por volver a La Huérguina, puesto que la huida a Silla no había funcionado. Los maquis de La Huérguina ya se habían ido así que la pequeña familia regresó a su pueblo. Pocos años después, nació mi padre: David.

17 Valencia

Mi bisabuela Prudencia había pasado unos años relativamente fáciles al lado de su nuevo marido. En La Huérguina, a pesar de la guerra y el hambre no habían sido tan dramáticos como los vividos en Saldón.

Sus cuatro hijas, fruto del nuevo matrimonio, se habían hecho mayores y se habían marchado a Valencia o Barcelona a servir y a formar sus propias familias.

En 1945 Blas Sánchez ya contaba con ochenta y cinco años. Un día estando en casa se quedó dormido al lado del fuego y se cayó, con tan mala suerte que su cuerpo sufrió grandes quemaduras. Estas no evolucionaron bien y a los pocos días falleció. Al faltar su marido, Prudencia no quiso quedarse sola en La Huérguina y se bajó a vivir a Valencia con Amparo, su única hija soltera.

Mi bisabuela Prudencia con su hija Amparo y su sobrina Dominga, hija de María Cruz.

Amparo trabajaba en una portería y además era bordadora. Sus manos habían bordado cientos de ajuares para las futuras novias de la Ciudad del Turia, pero ella nunca se casaría. Vivía también con ellas un sobrino llamado Ramiro y un loro parlanchín al que habían enseñado a decir “Ramiro Borracho”.

Allí en la portería les pilló la intensa riada que arrasó la ciudad del Turia. Por aquel entonces mi bisabuela Prudencia ya tenía setenta y seis años. Era el domingo trece de octubre de 1957, en Valencia apenas había llovido, pero aguas arriba llevaba más de treinta horas diluviando. El río Turia se llevó la vida de ochenta y una personas y dejó la ciudad sepultada bajo miles de toneladas de lodo. La portería quedó llena de agua, pero afortunadamente no tuvieron que lamentar la pérdida de vidas cercanas. Solo vivieron con pena la muerte de aquel lorito parlanchín que nunca más diría aquello de “Ramiro Borracho”.

Calles anegadas en la gran riada de Valencia 1957.

Prudencia no volvió a subir a la Serranía de Cuenca. Murió bastante mayor en Valencia, donde pasó sus últimos años impedida, fue su hija Amparo quien la cuidó hasta el final.

Mi bisabuela Prudencia con su hija Marcelina y su nieta Purita, en una visita a Barcelona.

18 La gran migración

Mi abuelo Juan siguió en La Huérguina con su mujer María y sus tres hijos. Vivían de la agricultura y de las treinta ovejas que cabían en la cuadra. La represión feroz había aflojado y la vida se tornó tranquila para el matrimonio. Pero los hijos se hicieron mayores y como muchos paisanos, ellos también dejaron el pueblo. Todos se marcharon a Barcelona donde también nacerían sus hijos.

Los hijos de Juan y María aprovechaban los puentes y vacaciones para visitar a la familia en el pueblo, pero sus vidas ya estaban establecidas en la ciudad condal. Fue así como nuestros pueblos se fueron vaciando, se cerraron escuelas, comercios y bares y allí quedó sobre todo gente mayor que se resistía a abandonar sus hogares.

Mi abuelo Juan murió el verano de 1981. Durante la primavera siguiente, nací yo.

Cómo me habría gustado conocerle.

Mi abuelo Juan con su hermana Amparo.

Este es el relato de las vivencias reales de una familia y de cómo el avance de los tiempos mejoró las condiciones de vida de todos ellos. Esta historia está escrita porque quiero que mi hermana, mis primos, sus hijos y los míos, tengan el recuerdo de quienes fueron sus antepasados. Pero sobre todo está escrita para que ninguno de nosotros, por muy lejos que nos lleve la vida, olvidemos de dónde venimos. Todos llevamos dentro un trozo del Collado Verde, de Saldón, de La Inclusa de Teruel, de Algarra, de La Huérguina, de la Barceloneta y hasta de la trinchera. Llevamos dentro la fuerza y el coraje de todos estos hombres y mujeres, que por mucho que la vida les apretó siguieron adelante, dando lugar a lo que hoy somos nosotros. Para mi gran familia, con mucho cariño. Anabel Blas.

Agradecimientos

Es evidente que esta historia no hubiera podido ser escrita si no fuera por la ayuda desinteresada obtenida de mis familiares más cercanos, en especial mi padre, David Blas.

La información expuesta ha sido contrastada mediante la consulta en archivos de la zona. Quiero mostrar mi agradecimiento a las personas que los custodian y que amablemente me han ayudado en esta búsqueda.

Archivo de la Diputación de Teruel – Charo Valenzuela

Ayuntamiento de Saldón – Pilar Villanueva

Ayuntamiento de Algarra- José Manuel Huerta

Ayuntamiento de La Huérguina – Valentín

Explica’m Barcelona – Susana

Barcelona Memory

Portal de archivos españoles – PARES

Brunete en la Memoria

Mariano López Marín Cronista oficial de Salvacañete.

La Gavilla Verde

Fundación Anselmo Lorenzo – CNT

Eduardo De La Calle Sánchez

Alberto Hernández de La Fuente

Laura Delgado González

Lorena Bujanda

Club de Lectura de Albelda de Iregua

 

Si puedes aportar algún dato más a esta historia, no lo dudes:

anabelblasmontesinos@gmail.com