Capítulo II: La sombra de la rivalidad

La paz en el Castillo de Moya era frágil. Bastaba una leve alteración, una decisión dudosa, para que la tensión se instalara entre sus muros. Aunque las almenas resistían los embates del tiempo y los enemigos aún quedaban lejos, dentro del castillo crecía una inquietud más difícil de contener: la rivalidad entre hermandades bélicas.

La Orden de Santiago, fortalecida por sus victorias recientes, extendía su influencia por tierras próximas. Sus caballeros, cada vez más presentes en rutas y aldeas cercanas, despertaban recelo en la comunidad de Moya.

El rumor de pactos secretos, de traiciones sutiles, comenzaba a correr por los pasillos. Algunos aseguraban que incluso había espías infiltrados. Otros, que las órdenes rivales, pretendían controlar la nueva ruta de peregrinación de la Veracruz, desplazando a quienes habían vigilado aquel trayecto durante años.

Inicialmente, los caballeros Santiagueros salvaguardaban, resguardaban y protegían las tierras fronterizas, además de la ruta del camino de peregrinación. Este nació en el siglo IX (año 813) después del hallazgo de la sepultura del apóstol Santiago en Galicia, trocándose en uno de los itinerarios de peregrinaje cristiano más destacados en Europa.

La nueva ruta de peregrinación de la Vera, llevaba un trazado diferente, aunque coincidían en una encrucijada. El punto principal donde el trayecto de Santiago (camino francés) se entrelaza con la Ruta de la Vera Cruz de Caravaca, es en Burgos, capital del reino de Castilla (siglo XI al XIII). A partir de 1230, con la unión de los reinos de Castilla y León bajo Fernando III. Su crecimiento en peregrinos se intensificó a partir de la Baja Edad Media, en especial a partir del siglo XIII, con la veneración de reliquias de la Cruz de Cristo, en Caravaca.

 

Don Juan, noble caballero,

comendador de voz templada,

lidia más con sus adentros

que con lanza en la jornada.

 

¿Ha de aliarse con los grandes?

¿O guardar la fe callada?

Su deber lo empuja al norte,

más su alma está quebrada.

 

 

«El fuego no alumbraba respuestas, solo sombras de dudas crecientes».

«Don Juan supo entonces que su verdadera batalla no era contra Santiago».

«Si no contra la grieta que se abría en el corazón de sus hombres».

 


 

Don Juan observaba en silencio el fuego de la sala, en un ambiente solemne y austero. Había convocado al consejo señorial, pero antes de que comparecieran todos, uno de los jóvenes caballeros se le había acercado.

Rodrigo, con el rostro serio y los hombros tensos, pidió hablar en privado.

—«Mi señor» —dijo, con voz contenida—

—«Lo que voy a decir no es una falta de respeto».

—«Es una duda que me cuesta callar».

Don Juan lo miró, invitándolo a hablar con un leve movimiento de la mano.

—«Hay tensión en las filas.»— «Lo sabemos.»

— «Y la presencia de Santiago crece».

— «Algunos empiezan a pensar que resistir no es prudencia, sino obstinación».

— «Y si le soy sincero» … —Rodrigo dudó un instante—.

— «En ocasiones, me cuestiono, si conceder ahora, no nos proporcionaría más vigor para mantenernos después».

Don Juan se mantuvo inmóvil. No se escandalizó. Solo bajó ligeramente la mirada, como quien escucha algo que ya había intuido.

— «¿Hablas de ceder por estrategia… o por cansancio?» —preguntó con calma—.

— «Por realismo» —respondió Rodrigo. —Firme, pero sin altanería—.

— «No propongo rendición, sino equilibrio.»

— «Si desestimamos el progreso de Santiago, nos encontraremos en aislamiento».

— «Y si quedamos aislados, quedamos vulnerables».

El alcaide asintió despacio, quien ve brotar una preocupación legítima. No era la ambición lo que hablaba en Rodrigo, sino el que no quiere perder todo por defender una parte.

— «Entiendo lo que dices» —respondió finalmente—.

— «Y me alegra que lo digas con respeto».

— «Pero, ten presente esto, no toda alianza fortalece».

Algunas solo diluyen lo que somos. Y cuando ya no recordamos por qué luchamos, entonces sí, estamos perdidos.

Rodrigo guardó silencio. Asintió, aunque no del todo convencido. No era desacuerdo, era una tensión no resuelta. El joven caballero se retiró a un segundo plano con la mirada llena de reflexión, dejando a don Juan en soledad, con la carga de una generación que ya no compartía sus pensamientos, aunque todavía lo valoraba.

Poco después, los demás comenzaron a llegar. La iluminación tenue en la sala, con ventanas estrechas y protegidas por vitrales. El círculo de caballeros, iniciaría con un aire más denso que de costumbre. Afuera, el cielo estaba cubierto. Con la luz natural limitada y el refuerzo de antorchas dentro, la inquietud ya se había sembrado.

Don Juan, consciente del deterioro interno de su potestad, alrededor del gran tablero de deliberación con forma de herradura, comenzó y presidió la reunión de la mesa de honor. No era el momento de una confrontación abierta, pero tampoco de pasividad. En la sala de piedra, plagada de panoplias, escudos heráldicos y tapices con escenas históricas; sus hombres ocuparon sus lugares con gesto serio. La tensión era evidente y la solemnidad preocupante.

— «¡Compañeros!» —dijo el maestre—

— «Las amenazas no siempre llegan con una espada desenvainada».

— «A veces se ocultan en la desconfianza».

El silencio que siguió fue espeso. Álvaro, uno de sus caballeros más fieles, alzó la voz.

— «¿Vamos a permitir, que la política, contamine la sangre de nuestros hermanos?».

— «La fe debe unirnos, no dividirnos».

Su postura no busca agradar, sino sostener una línea clara: la lealtad a la Orden y a sus principios está por encima de toda estrategia. La sala se silencia. Su presencia marca el tono moral de la conformidad, aunque algunos ya empiecen a considerar sus ideas como idealistas o rígidas.

Don Juan lo miró. Compartía su impulso, pero sabía que la situación exigía algo más que fervor.

— «La fe no basta si se pierde el juicio» — respondió —.

— «No se trata solo de lo que creemos, sino de cómo lo defendemos».

— «Si actuamos sin pensar, perderemos más que territorio».

Otro caballero propuso una salida: enviar emisarios a dialogar con la Orden de Calatrava. Buscar un acuerdo antes que un conflicto.

La propuesta no fue rechazada de inmediato, pero tampoco aceptada sin reservas. Don Juan meditó unos instantes antes de hablar.

— «Dialogar puede ser útil, pero no se ha de ser ingenuo».

No podemos mostrarnos vulnerables. Si interpretan nuestra mano tendida como debilidad, habremos perdido sin combatir.

Entonces planteó un plan intermedio: elegir a dos hombres prudentes, buenos oradores, que pudieran establecer un primer contacto. No a semejanza de sus súbditos, ni como adversarios, sino como iguales. A la vez, ordenó reforzar la vigilancia en las rutas, en especial hacia el este, donde los movimientos de los de Calatrava y Montesa, eran más evidentes.

La sala asintió. No era una solución definitiva, pero sí un paso a seguir.

Para reafirmar la unidad, don Juan organizó al día siguiente una práctica de «Armas abiertas».9 Caballeros y escuderos cruzaron espadas en la explanada militar bajo el sol, no como rivales, sino como compañeros. No era solo un ejercicio bélico, era un gesto. Recordarles a todos que su causa estaba por encima de rencillas internas.

Al terminar, el ambiente se había distendido; sin embargo, no de forma definitiva. Las miradas seguían cargadas de dudas. La amenaza no era inminente, pero latía en el ambiente.

Esa noche, don Juan se retiró a sus aposentos. Encendió una vela y se sentó en silencio. Pensaba en los Santiagueros y los Calatravos, en sus hombres, en lo fácil que era romper lo construido con una sola decisión errada. La fe, la lealtad, el deber: todo eso tenía peso, pero no blindaba contra el orgullo ni el temor.

El verdadero campo de batalla, entendía ahora, no siempre estaba más allá de las murallas. A veces, comenzaba en el interior.