EPÍLOGO

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Epílogo: El tiempo siguió su curso, como los ríos que bajan sin detenerse, y Garcimolina nunca volvió a ser la misma. Las historias de Herminio, de Justina, de Román y de aquellos que tejieron comunidad con manos sencillas, quedaron sembradas en la memoria colectiva del enclave. No como recuerdos lejanos, sino como raíces que aún sostienen el presente.

Cada cesto, estora o canasto colgado en la pared, las palabras susurradas al calor del fuego, la festividad celebrada con respeto y alegría, mantenía viva su memoria que no necesitaba monumentos para perdurar. La verdadera herencia no estaba en las manos que sabían trenzar, sino en los corazones que sabían dar. Y, aunque el mimbre con el tiempo cedió su protagonismo a otros materiales, el espíritu de aquel tejido —el de crear, unir y sostener— encontró una poderosa continuidad en el crujir de los telares y el tacto de la lana.

Los habitantes de Garcimolina aprendieron que cuidar el camino, también era cuidar a quienes lo recorrían. Así nació, de forma natural, la figura de los Caballeros de la Vereda. «Los Caballeros de la Luz», hombres y mujeres que no vestían armaduras ni portaban espadas, pero que se encargaban de mantener despejados los senderos, de ofrecer posada al peregrino, de proteger lo invisible. Su causa no era la guerra, sino el cuidado. No respondían a una orden escrita, sino a una memoria de vivencias colectivas.

Siglos después, esa misma esencia de cuidado y comunidad permitiría el florecimiento de una nueva expresión del tejido, la que, de la mano de mujeres emprendedoras como doña Serafina Malo, hiló la lana de la trashumancia en el Telar de Montesinos, integrando la economía local en las redes comerciales de la región.

En la casa comunal —la antigua granja de García Molina—, cada rincón seguía hablando de quienes pasaron. Allí se escuchaban los regocijos nuevos, los cuentos repetidos con variaciones, y las historias de Herminio, ya convertido en el hombre que volvió para quedarse. Junto a la suya, después se contarían también, las de aquellas que, como doña Serafina en el siglo XVII, supieron tejer con astucia y determinación un nuevo patrimonio sobre el legado de la comunidad, demostrando que la capacidad de agencia económica y la fuerza para dar forma al futuro también eran parte de la herencia de Garcimolina.

No se hablaba de él con solemnidad. Se le recordaba cuando un canasto mal hecho, se arreglaba con paciencia, cuando alguien pedía ayuda sin temor, o cuando un niño preguntaba por qué era tan importante compartir. O cuando el rumor de un telar, por pequeño, rudimentario y familiar que fuera, siglos después, seguía hablando el mismo lenguaje de laboriosidad y conexión que él había ayudado a instaurar.

Y así, generación tras generación, el fuego no se apagó. Porque en Garcimolina entendieron que la vida no se mide por lo que se posee, sino por los lazos que se tejen. Y esos lazos, a veces de mimbre, a veces de lana, eran el verdadero y perdurable tejido de su existencia. Cuando llegaba un viajero nuevo, nadie preguntaba de dónde venía. Se le ofrecía agua, un banco y un poco de pan. Y, si quería, una historia. La historia de un asentamiento pequeño, donde alguien un día aprendió a quedarse. Y de cómo, desde entonces, nunca dejó de tejer su futuro.

 

Y en ese gesto sencillo, seguía vivo todo el camino del peregrino”.

 


«GARCIMOLINA, TIERRA TEMPLADA»

 

I

Garcimolina, tierra clara,

donde el mimbre canta al sol,

hiló con linterna y llama,

la luz del eterno corazón.

II

No hay espada ni acero duro

que iguale tal fervor,

como la mano, que, en lo oscuro,

da agua, paz y es liberador.

III

Cestos cuelgan del muro antiguo,

las cruces guardan la verdad,

el pan que parte el peregrino

germina en la eternidad.

IV

—¿Quién eres tú, alma errante?

—Soy quien viaja sin pesar…

Más en este humilladero amante,

el que se aleja… ha de tornar.

V

¡Pueblo que honra su raíz viva!

No tiembla el tiempo al pasar,

su fuerza nunca fue cautiva.

¡Es saber acoger y saber dar!

 


Nota del editor:

Esta obra ha sido investigada con fuentes primarias, desde crónicas medievales hasta registros arqueológicos del cerro de Moya. Cada entrega irá acompañada de un anexo con bibliografía histórica para los lectores más exigentes.

Para no ser reiterativos, se han publicado todas las fuentes consultadas de un sola vez, al pie del documento, es la bibliografía total de la novela.

 

 

 

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