Así viviamos

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Uno de los objetivos de este documental es traspasar los conocimientos de las personas mayores a las siguientes generaciones. Para ello hemos contado con ocho personas de entre 81 y 91 años que hemos elegido según su disponibilidad, aunque en el futuro contaremos con más personas de ese rango de edad. Las grabaciones se realizaron desde julio y agosto del 2022 en casas de Garcimolina.

 

Esperemos que el resultado esté a la altura de lo que nos han contado nuestros protagonistas. Fabri, Amador, Verdad, Rafael, Abel, Carmen Martínez, Carmen Muñoz, Elvira, ¡gracias por la experiencia! Bueno pues soy Verdad, 85 años. Soy Rafael Marín, tengo 86 años.

 

Soy Amador, estoy de Garcimolina y tengo 83 años. Soy Fabriciano, tengo 87 años. Abel Jiménez, 86 años.

 

Soy Carmen Montesinos, tengo 89 años. Nací en Garcimolina. Me llamo Carmen Muñoz, 91.

 

Yo tengo 81. ¿Cuáles eran las mejores fiestas que había en Garcimolina durante el año? Digamos los días más esperados del año en Garcimolina. San Juan, ya estábamos nerviosos.

 

Y luego ibas a fregar o ibas al lavadero y decías, tenías el rumrum del acordeón. Para San Juan venían los músicos, las vísperas se hacía un baile ya muy bueno digamos. La más grande de todas eran las fiestas de San Juan.

 

San Juan, San Juanillo y San Juanete. Tres días de fiesta que traía en un acordeón un tal Tinaú, bueno es igual, no venía al caso. Para mí ese día.

 

Luego también había el día de San Terón y luego al día siguiente el día de la Caridad. Venían unos músicos muy buenos, muy buenos músicos de acordeón. Entonces bailábamos mucho.

 

¿Cuántos días era San Juan? Tres. San Juan, San Juanillo y San Juanete. ¿Y era al aire libre? No, no, era en un local.

 

¿Y dónde se hacía eso? Se hacía ahí bajo en la fuente de abajo, las puertas grandes que hay al lado de la fuente. Yo cuando me eché novio, porque me eché novio muy joven, entonces no me dejaban ir al baile. Si mi novio estaba no me dejaban, pero si no estaba iba al baile toda la noche.

 

Entonces lo pagaban los jóvenes. Y había que pedir permiso a las chicas de tu edad y eso. Oye, y se apuntaban los que tenía delante.

 

Mira, tengo delante a fulanito, manganito, tres. Te toca el tercer bailar. ¿Bailamos? Pues hasta la tercera no te toca, o hasta la cuarta.

 

Tengo que bailar con Valeriano, o tengo que bailar con Gustavo, o tengo que bailar con Abel. Así que hasta aquellas no te toca. Que si la chica o el chico no le… a la chica no era la tercera o la cuarta.

 

Era la diez y diecisiete. Era la diecisiete. Era así, oye.

 

¿Y qué excusas decían? Pues tengo el que dice dos o tres, no, seis o siete. Era una fiesta que en todas las casas, en todo el pueblo, pues se hacían… Las magdalenas y los rolletes y sobaos. A lo mejor en una casa nada más podían hacer ocho o seis, y en otra podían hacer doce, pero eso era sagrado.

 

Antonio Tinaúd, Moragón, no sé qué, eran los habituales aquí a tocar. Los bolos era para los hombres, como ahora juegan a la petanca, entonces jugaban a los bolos. ¿Y las mujeres qué hacían? Las mujeres ni al bar.

 

A lo mejor iban bailando y cuando iba así por el lado más… que no estaban las chafaceras y se aguantaban así las tetas y aguantaban. ¿Las había también? ¡Hombre! ¿Las había que iban a orismear? Iban, claro, sí, sí. Pues no había huele, huele, ¿sabes? Que menos, más.

 

Otras fiestas, había mayordomos, hacían tres matrimonios de mayordomos y hacían sobaos, partían los sobaos y luego el día del Señor, en la iglesia, nos daban un trozo a cada uno. Esa era, un bala. Nunca te podías, te metía un apretón que te dejaba los riñones aquí delante.

 

El brazo de llevarlo así, te salía. Ya que no se arrimara mucho, porque a lo mejor… ¡Cae! Había cierto la bala, ¿no? Y venían muchas madres, venían con las hijas, fíjate. Claro, sí, sí.

 

¿Para vigilarlas? Para vigilarlas, sí. Y después de salir del baile, coger, irse a la sierra a buscar gamones. Yo me acuerdo que subía una vez de Santerrón hacia la Mesa de la Virgen y yo me dormí encima del mulo que llevaba dormido, cuando me di cuenta que mira, me caigo y con las piedras que hay allí.

 

Hacían como una mistela con polvos y entonces pues a lo mejor hacían descanso y a lo mejor… ¿Sabes una gaseosa de aquellas de papel? Pues era lo único que había para… Vamos a tomarnos una gaseosa. Y una fiesta muy bonita, luego en el horno hacíamos los dulces, bailábamos encima del tablero, nos divertíamos muchísimo. ¿Y con respecto al septenario de Moya? Bueno, pues el septenario, cada siete años subía la Virgen de Tejeda a Moya y al año siguiente iba la de Santerrón a Vallanca.

 

Y lo lógico es que fuéramos los jóvenes de los pueblos de… Yo un año, un año ya cuando tenía catorce o quince años, que no te dejaban tampoco los padres. Y desde Santo Domingo aquí, a la una o a las dos de la mañana, subíamos con su hermana pequeña y la llevábamos un rato cada uno aquí. Igual eran las doce que la una, porque no había medio de dos por tres.

 

¿Siempre andando? Siempre andando. Si quieres ir, vas, pero andando. Andando, andando, andando.

 

Andando subíamos, estábamos allí, se bailaba en un local, algún año se celebró la fiesta, no subiendo a Moya, sino en los pueblos de Santo Domingo, los huertos, y se hacía por abajo el baile, lo que es el baile. ¿Y has ido alguna vez al centenario de Vallanca? Sí, a bailar, porque… ¿Y a Vallanca cómo ibais? Andando, andando, a campo otra vez, por ahí, por el campo. ¿Eso cuántas horas son? Porque yo ya me pierdo.

 

A Vallanca, bien, bien, cuatro o cinco horas sí se dan. Íbamos hasta Negrón que había, y todo sierra, ¿eh? Sí, sí. Porque hasta que llegabas a encima de la sierra, primero había que subirla, pero luego había que bajarla.

 

Luego una vez allí, ¿qué hacías? ¿Os quedabais en casa de alguien? Era la costumbre de que nosotros teníamos conocidos en Vallanca, o en cualquier otro pueblo, y nos daban posada. Y luego cuando ellos venían aquí… Les daban posada a vosotros. Exactamente.

 

Porque si no… Pero yo recuerdo unas fiestas de Vallanca, dormías a siete en una cama. Porque era el posadero de mi tía, pues allí no metía. Sí, de las familias, claro.

 

Es que no había nada para… no como ahora que puedes… Aquí mismo vas y te hacen un bocadillo, aunque sea, entonces no. ¿Pero se dormía algo durante la noche? Pues imagínatelo. Unos por los pies, otros por la cabeza, y lo que se podía.

 

¿Y eso durante cuántos días? Podía ser un par de días, cada día depende, depende. ¿Cuánto duraba el escenario de Vallanca, por ejemplo? Duraba siete días. Siete días.

 

Y vosotros os sirves aquí, y estabais ahí los siete días, ¿no? Y las de Moya… Así era la vida nuestra. Tú sabes lo que es coger desde aquí. A Moya era pan comido, que decían.

 

Sí, luego… Pero ir a Vallanca… Si había que cruzar, pues… Agárrate. Lo que se hace cuando uno es joven. Yo, hace el año… Pero tú me parece que tenías posaderos.

 

Yo no tenía nada. Sí, tenía posaderos. Pero me arrimé.

 

Con la ausencia de los padres, sí. Pero mira, también éramos felices a nuestra manera. ¿Dónde estaban las escuelas? La escuela pública para niños estaba al lado de lo que ha sido toda la vida el horno del pueblo.

 

Ahí había un edificio que era la escuela, y al lado había una plazoleta donde jugábamos a la hora de recreo. La escuela estaba en la misma casa de encima de la fuente, saliendo del pueblo ya. Allí alquilaban una habitación y era la escuela de niñas.

 

¿Cuántos niños, digamos, iban a la escuela? Bien, bien, unos veinte o veintipico. Veinticinco y treinta. Bien, bien, veinticinco.

 

Lo que pasa que igual iban los de seis, que los de siete, que los de ocho. Era así. Pero siempre separados, chicos y chicas.

 

A los seis años ya tenías acceso a la escuela. ¿Y cómo se llamaba su maestra? La primera que yo tuve fue doña Visitación. ¿Y era buena? ¿Era mala? Es lo que conocimos.

 

El maestro que empecé yo a ir se llamaba don Enrique Trillo. Yo nomás fui con doña Visita. Luego vino otra, se llamaba doña Felipa, pero yo ya, entonces ya no iba.

 

Nos hacía encantar el cara al sol. No sé, me acuerdo también que el día uno de abril, cuando había sido el día de la victoria, nos daban un bocata o algo, me acuerdo de eso, como si fuese… El maestro, don Enrique, estaba bien considerado. Lo conocían todo el pueblo y gente de otros pueblos alrededor.

 

Nosotros, doña Filo. Doña Filo era muy buena profesora, muy buena. Luego ya vino doña Carmen, que era de las Olmedillas.

 

Aquella ya tenía más carácter, pero no era muy buena maestra. Y debo apuntar que don Enrique Trillo salieron más y mejor preparados que muchos bachilleros ahora, en nuestra época. Había un respeto enorme a don Enrique Trillo.

 

Pero los que aprendían más fue don Enrique. Don Enrique fue el maestro de lo mejor. Fue represaliado y sacado de aquí y trasladado a Morelia de Aragón.

 

Y vino un señor que se llamaba don Pedro Guzmán Lucas. Venía de Vericarlo, de Castellón. Yo para mí era buen maestro.

 

Era un poco… porque era de los que ponía la mano a quien fuera, a mí nunca. Un mimbre, cuando se le rompía, ya mandaba cualquiera a cortarle un mimbre de ahí del río. Tenía un mimbre ahí de un metro.

 

A lo mejor luego el mimbre lo estrenaba el mismo que se lo había traído. Y me pegó una hostia. Y yo pensé, no lo dije, lo pienso, joder, empezamos yo el curso aquí.

 

Se hacía poner la mano y nos pegaba uno a mi brazo. A veces le costaba cuatro veces pillarte la mano, porque se la quitaba la hostia. Pero cuando eso, carreábamos con el mimbre, un leñazo que para qué, a ver.

 

Y más éramos tontos que no le faltaba el mimbre, joder. Se le rompía así y le llevábamos otro. Es que salimos de allí sin saber hacer un quebrado.

 

Y me dijo el don Pedro, me dijo, dice, es que era lo que tocaba y lo que nos obligaban. Historia sagrada, catecismo. Historia de España con los reyes godos.

 

Cuántos había, tropecientos, no sé cuántos, ochocientos, no sé cuántos. Llevábamos hasta un forrecadredo, Gamba, Rodrigo, con todo lo más principal. Hasta un forrecadredo.

 

Y a rezar el rosario. ¿Qué asignaturas estudiaban en la escuela? Estudiábamos en una enciclopedia. La enciclopedia tenía geografía, geometría, historia sagrada.

 

El carácter también, claro. Lo primero que se hacía es coger un trozo de ropa blanca, aprender a hacer dobladillos, a hacer veinicas, a hacer festones. Y luego después se hacían cosas ya un poco más.

 

Se bordaba una servilleta o se bordaba una mantelería, ya dependía la edad y lo que ibas prosperando. También tenemos entendido que, claro, ustedes, aparte de ir a la escuela, la gente ya iba a la escuela ya habiendo trabajado por la mañana. No tenías tiempo, más que ayudar, ayudar y ayudar en casa.

 

Porque el que no tenía ovejas tenía que ir al huerto y se lo iba a guardar el macho. Y se lo iba a guardar el mulo. Yo me acuerdo de un mulo y llevarlo a pastar hierba, porque entonces había falta de forraje, de todo.

 

Y me acuerdo que tenías que ayudar siempre. En las casas en todas había animales. Por ejemplo, mis padres tenían las gallinas, tenían algún cordero que luego era para gasto de la casa.

 

Estaban los machos que decíamos. Y siempre había faena de campo. Trabajar en casa, pues sí, ayudarle a la mamá.

 

Si había que hacer las camas, ayudarle a hacer las camas, ayudar a arreglar la casa un poquito. Y procurabas a la que te llevas a la escuela, dejarle a la mamá lo que pudieras. Pues mira, desde hacer las camas, barrer todo, fregar, íbamos a la oficina a fregar, porque en la casa no había agua.

 

No había agua. Íbamos a la fuente, a las pozas que decíamos. Había dos pozas y aquí fregábamos en una, fregábamos en una y enjuagábamos en otra.

 

¿Cómo era el sistema eléctrico de las casas? Pues muy pobre, imagínate. Y estaba controlado, que tampoco se podía, porque llevaba mucha carga la fábrica y no se podía gastar mucho. Por ejemplo, una plancha eléctrica no la podías poner.

 

La electricidad, aquí al principio, la fábrica parece que iba un poco mejor. Teníamos a lo mejor dos bombillas, pero luego ya vino a menos. La de la cocina y la de abajo de los animales.

 

Aquí en mi casa había una llave, a donde tenemos el cuarto de baño había un interruptor de esos que hacías clic, venía la luz, clic, se iba. Y entonces nos quedábamos aquí sin luz para que bajara abajo. ¿Abajo donde estaban los animales? Había una bombilla en la cuadra, otra en el comedor, otra en alguna habitación, conmutadas.

 

Si dabas luz a la cuadra, el cierto, quitabas la luz de arriba. Si quitabas la de la cuadra, iba a la otra habitación, una nada más. Desde la mañana al salir el sol, hasta la noche al salir el sol, no se podía regar por ciertos parajes donde tenía que ir el agua.

 

Bajaba por la tubería a la fábrica que tenemos ahí abajo, y cada año, a un año o dos años, había unos del pueblo que se encargaban de eso, de echar la luz. Pero de la conservación de la luz, teníamos al tío Feliciano. ¿Cómo era la vida en el resto de Santerón, en cuanto a lo que hemos hablado? La luz era el candil de aceite y el carburo.

 

El carburo hacía más luz, pero era la única de luz que había. Imagino que los inviernos… El candil colgado allí, con aceite, con la torcía esa que ardía, y esa era la luz que había. No te estrababa el agua de la fuente.

 

Las casas, lo mismo la mía que casi todas, pues era la entrada, abajo era la cuadra, estaban los muros, y al lado siempre había una gorrinera. Yo me acuerdo de mi madre criar cerdos siete u ocho de una camada. Y luego se subían las escaleras y allí estaba, digamos, lo que era el comedor.

 

Estaba la cocina, la chimenea, al lado estaban los basares, y en la parte de detrás, las cantareras, que lo que hablaban de traer el agua, se traía de la fuente. ¿No había agua corriente en las casas? ¿Dónde iban a hacer sus cosas? A la cuadra. Barrio de aquí del Empalizao, con la cuadra, o el ribazón del bancal.

 

Por la mañana, a primera hora, ya veías a la gente a desahogar, y no con el papel higiénico, nada de eso. Barrio de allá de la fuente, debajo casa de la tía Miguela, o en la cuadra. Y bueno, debajo de las paredes de los campos, por ahí, salías y había cada montón.

 

Había arriba un telar, y era un solar que estaba lleno de selvas, pues te ibas allí a hacer las necesidades, o en la cuadra, o a la teña, que tenían mis padres. Pero mayormente era en la cuadra, allí teníamos gallinas, que luego tú hacías eso y veías cómo se lo comían. Detrás de la vivienda, pues la gente subía a hacer las necesidades.

 

¿Y el aseo diario de cada uno? La palancana, a por agua y a lavarte. Y el que sé, duchabas con un cazo, con un boteo, calentabas en un caldero agua. Calentabas como tenías leña, podías calentar el agua.

 

Vivíamos en el tercer mundo, vivíamos en el cuarto o quinto mundo, porque en el mismo edificio estábamos metidos nosotros y los animales, todos juntos. Estaban los pachos en la cuadra, estaba la gorrinera con los gorrinos, y si había más, estaban las gallinas. Entrábamos todos por la misma puerta, y eso era.

 

Y los recuerdos, perdona, no son malos, porque eran siempre buenos recuerdos. O sea, la vida, cada casa tenía su… Hay que… criaba dos cerdos, que tampoco era fácil criar dos. Para doña Visita y don Enrique son estos sentidos versos.

 

Garcimolina es mi pueblo, y aunque me marche muy lejos, nunca lo podré olvidar. Ni tampoco a estos maestros, que con un gran anhelo nos enseñaron a estudiar. Hoy un poema quiero hacerles, y no sé ni qué decir.

 

Pero como eran geniales, algo tendrá que salir. Doña Visita y don Enrique eran tan buenos maestros que les rindo este homenaje, y lo hago con entusiasmo, porque los dos se lo merecen. Fueron buenos maestros, muy dignos de admiración.

 

A doña Visita aquí le quiero decir lo mucho que la quería. Como me gustaba la poesía, me enseñaba a recitar. Don Enrique aquí dejó el manifiesto, lo digo porque era un buen maestro.

 

Y estos versos que yo escribo no tienen mucha importancia, pero hoy simplemente quiero el poder darles las gracias. Y aunque un día se le acabe a Carmen la inspiración, estará cargado siempre de amor en su corazón. Los amigos de este pueblo, si un día miran al cielo y ven una estrella fugaz, es el alma de Carmen que marcha a la eternidad, que allí esperándola están.

 

Se despide con un abrazo, Carmen Muñoz