Dicen que para entender el presente hay que entender el pasado. Desgraciadamente, para entender el pasado no tenemos la máquina del tiempo que tanto hemos ansiado durante décadas. Sin embargo, en un pequeño rincón de la Serranía Baja de Cuenca hemos inventado algo mejor.
Querido oyente, te invitamos a que te unas a nosotros en este viaje en el tiempo donde hablaremos sobre la vida en la España rural de los años 50 y 60. ¿Cómo era la sanidad? Fatal, la sanidad era fatal. ¿Cómo era la sanidad en su día? Aquello mal.
Uy, el sistema sanitario, fatal. Hubo una epidemia y se ve que después se comprobó que era tifus y entonces era mortal. Jóvenes de 20 años.
Y claro, decían, ¿qué ha muerto? La respuesta, una mala vuelta. Esa era la mala vuelta. Claro, ni supieron de qué era aquello porque ella fue en muy poco espacio de tiempo.
Claro, ahora piensas que era una epidemia, claro, era tifus. Pero entonces no lo detectaron. Cuadra de animales, gorrineras de animales, con gallinas y toda la cuestión esta de los animales domésticos, que es fatal.
Ocurría que eso servía en muchos casos para calentar el piso de arriba, estaban siempre en el piso de abajo. Allí en el pueblo cuando se moría alguien así de repente decían que se había muerto de un cólico miseré. Y pues eso, podía ser un apéndice o… bueno.
Pero me acuerdo de morir gente que entonces no se explicaban. Hablaban de alguno que llamaban las maltas, que son las fiebres maltesas. Aquí le llamaban las maltas y no sé qué.
Pero el sistema sanitario después de la guerra no sería muy bueno. En aquellos tiempos yo tenía 12 años y tuve las fiebres maltas. Que de niño no las tenía nadie.
Era fiebre y se me ponía unas veces en el brazo y otras veces en la cadera. Cuando se me ponía en el brazo, que no lo podía mover, entonces me iba pasando a la cadera. O sea, usted no podía mover el brazo o la pierna.
Cuando lo tenía en el brazo no podía mover el brazo. Cuando se me ponía en la cadera no podía caminar. ¿Y usted qué se tomaba? No se tomaba nada.
Estaría como un mes o un mes y pico. Y no podía andar. Miraban meses la gente enferma casi sin saber el qué y eran las maltas.
Y lo más de todo eran dolores. Mucha reguma porque hacía mucho frío. Lo más grande.
De infarto también moría la gente. De huesos. La gente con bastón.
Ahora también vamos porque tenemos muchos años. Pero entonces las maltas también eran. Que se ve que eso venía del ganado.
Otras enfermedades. Pues es que las enfermedades que entonces detectaban era la siguiente. Oleada a un colicomiserere o un yuyú en la cabeza.
Que normalmente sería un ictus o el colicomiserere. Pues una apéndice perforada o un ataque al corazón. Y si se ponía una persona enferma.
Pues por eso los bebés morían tantos. Que tenían diez o doce hijos. No, yo tengo tres hijos pero he tenido diez.
Era muy normal. A los 50 años una mujer era vieja. A los 50 años una mujer aquí no tenía dientes.
A los 51 un hombre no tenía dientes tampoco. Y tampoco había dentistas que se pudiese paliar la cosa. Está claro que la sanidad era horrorosa.
Pero nuestros compañeros de la Máquina del Tiempo se preguntarán. ¿Cómo se podía pagar a los médicos en aquella España del tubequeño? Se les daba una pequeña cantidad al boticario. Y luego tenían el derecho de visitar a todo el año.
No sé si pagando una pequeña gota. Claro, eso no me acuerdo muy bien. Pero sé que se les daba de lo que se cosechaba.
Por ejemplo, trigo. Cuando subía al boticario. Dicen que está el boticario por ahí cobrando.
Se les daba un poco de trigo y luego tenían el derecho a lo que tuvieras. Funcionaba de la siguiente forma. Al médico se le pagaba por la visita que hacían.
O, por el contrario, le llamaban la iguala. Que daban al médico, pagaban en función de las visitas que había hecho. Por cierto, mi padre le recaudaba al médico el trigo, la cebada, los cereales que se pagaba por la visita de don Jesús.
Una ofanega de trigo no era dinero. Teníamos que darle trigo o cebada, lo que fuera de todo eso le dábamos. Pagaban una cuota, ¿sabes? Y yo creo que tenían derecho a asistencia.
Pero que siempre les regalaban cosas. Siempre el hombre se iba cargado. Las alborgas del caballo que llevaba, llevaba una yegua, se las llevaba siempre llenas.
O sea, que compensaba una cosa con otra. ¿Cómo era? ¿Cómo se organizaba? Si se ponía mal, yo estuve 24 horas. Mi Antonio nació muerto y yo ergarra de arriba abajo.
Hasta que no me ergarre toda, pues no nació el niño. Hoy yo he visto por mis nietas que les ponen una inyección y en un momento, y no sufren. Pero aquí, ya te digo, yo me puse a las 5 de la tarde, me puse con dolores.
Y hasta el otro día, a las 7, no día no. Parían en sus casas. Y sin médicos.
Y sin médicos. Si acaso había una cosa un poco, iba el practicante. Con la ayuda de la patrona, una mujer que se dedicaba a las religiones.
Bueno, entonces, pues había algunas que eran entendidas, como mi abuela. Y tenían, pues, entonces a lo mejor tenían 55 años o 60. Acordándonos nosotros.
¿Los hombres ayudaban algo en los partos a las mujeres? No. Bueno, la patrona… Tú, los hombres no ayudaban nada a las mujeres. Pues entonces es lo que me interesaba.
Me pregunto si esto de los mayos era algo así como el Tinder de la época. Se me ocurre que le preguntaremos a nuestros protagonistas qué era y en qué consistía. ¿Qué era eso de los mayos? A los mayos.
Muy bien. Yo vivía aquí siempre. El primer mayo que me echaron era mi padre alcalde.
Y yo tenía 10 años. Los mayos. Los mayos eran muy emocionantes.
Los mayos, sí. Una tradición muy bonita. Para mí era muy bonita.
Porque era el día, el último día de abril. Se cantaba, ya estamos a 30 del abril cumplido, alegraros damas que mayo ha venido. Al llegar el 30 de abril venían los mayos.
Los mayos consistía en lo siguiente. Normalmente el mozo o chico que iba ya detrás de una chica es el que pujaba o el que le cantaba el mayo. Había rondaña entonces.
Cada chico que normalmente ya había tonteado con la chica y se gustaban entre ambos, pues se cantaba el mayo. Se cortaba una rama y se colocaba en la ventana de la maya, que normalmente luego aquella maya ya formalizaba con otro evento, que era el que les llevaba o nos llevaba a Santerón a grupos de la caballería que el mayo tenía. Cantaban los mayos debajo de la ventana.
¿El pueblo los rondaba? Ya ha llegado mayo, Floride, Granado, bueno yo ya no me acuerdo. Y ellos llevaban una escalera y colgaban la enramada que muchos años… Se abría balcón, balcón y abría ventana, ventana. Muchos años estaban los cerezos floridos, floridos.
Y entonces pues a lo mejor era la una o las dos cuando lo cantaban. ¡Ay, a ver quién me echa el mayo! Buscaban parejas, gustaban entre chico y chica. La que le gustaba, al que le gustaba una pues iba por aquella.
Sí, sí, los mayos. Y a la hija del alcalde se lo echaban la primera. Y mi madre dice, Carmen, te están cantando el mayo.
Digo, pero si no será para mí, porque Lorenzo estaba en la mili, estaba en la mili, digo, no será para mí. Dice, sí, pues asomad y verás cómo está en la puerta. Y siempre, hasta que vino mi novio de la mili, siempre me echaron el mayo.
Porque mi madre les daba una taja de magro así de grande. ¡Ostras! Y siempre me lo echaron, cada año. Pero decían, la tía Victoria es la mejor taja que nos da de magro.
Se iba casa por casa. Te gustaba una chica que luego a veces de los mayos salían noviazgos. Y le echabas el mayo a una chica y se cantaban.
Y luego se le colgaba en su reja pues una rama de manzano florido o almendro, o de olmo, o de chopo, de cualquier, una enramada. ¿Qué pasaba si una chica era muy guapa y tenía a alguien detrás? Bueno, pues había competencia entre los chicos. Pues había competencia.
El que podía y tenía caballería. Había una fiesta en Santerón. Había fiesta en Santerón.
Que va con, bueno, que va con caballería. Y al estar echando el mayo a una chica, pues solía llevarla a Santerón, a Santerón. La chica pues juntaba trabajo.
Los machos, adelante de donde vivís vosotros, que se juntan, de allí salían. A ver. A ver quién corría más.
Y luego nos llevaban a Santerón. Los machos con el mayo íbamos a Santerón. Nosotras diseñábamos un dibujo y bordábamos un pañuelo así para la chaqueta, digamos.
Lo bordábamos en casa de la Luisa y la Benita. En Santerón había costumbre de llevarla que venían los turroneros de Balanca. Con turrón y con… Pero primero la maya le tenía que bordar un pañuelo al mayo.
Y luego se lo ponían aquí. Era como seda, pero bordado a mano, hacer un ramito. Y pues puesto con el reemplazito de su familia, de su padre.
Sí, sí. Tenían que estar… Se miraba que las familias se llevaran bien. Luego, para el Día de San Juan, nosotras les regalábamos el pañuelo.
Y ellos nos regalaban confituras. Compraban confituras de los turroneros y nos hacían ese regalo. Y luego corrían debajo de tu casa, en la puerta aquella que decimos que hay así.
De allí salían a ver cuál corría más y mejor. Y alguna pues había salido despedida o alguno. Lo pasábamos muy bien.
No teníamos nada, pero ilusión. Y pasarlo bien lo pasábamos. Yo luego, como me eché novio tan pronto, mi padre no estaba de acuerdo.
Y pasé mucho. Cinco años novia, nos veíamos donde podíamos. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, hubo dos oleadas migratorias en casas de Garcimolina.
Una fue entre 1910 y 1930 y la otra fue en los años 50 y 60. Cuando tres cuartas partes de la población emigró a Barcelona y Valencia. ¿Cuándo empezó la gente a emigrar? ¿En qué años? Yo concretamente en el 57, también el efecto de llamada de mi hermano.
Pero a partir de ahí ya empezaron a emigrar a Valencia. Yo te digo que fui de los primeros. Bueno, ya empezó la avalancha.
Mis padres y muchas familias más aún se quedaron. Antes de los años 60 ya se iban, porque nosotros no fuimos. En el 63, mis cuñados y mucha gente a Valencia ya estaban.
Ya quedábamos pocos. En el 50 adelante empezó la gente a… Económicamente no se prosperaba, y más cuando había muchos hijos. Buscar otros alicientes.
Aquí era la agricultura, era el pastoreo, cada cual se cosechaba lo que podía, el que más… Porque aquí era muy duro vivir aquí, porque es un terreno pobre. Porque aquí no había medio de vida, y como no había medio de vida, pues la gente… El uno a Barcelona, el otro a Valencia, el otro… Fueron emigrando y a medida que la gente se fue colocando, iba tirando de la gente que estaba en el pueblo. La gente quiso otra cosa.
Por ejemplo, Julio, como trabajaba en Plaza Ijanés y estaba de jefecillo, llevó a muchos a Barcelona. Los inmigrantes seguían llegando a ritmo creciente, sin posibilidad alguna de hallar alojamiento para los recién llegados. La autoridad superior se limitaba a montar servicios policíacos de vigilancia en las estaciones de llegada a Barcelona, deteniendo a quienes no podían justificar un domicilio y recluyéndolos en el Palacio de las Misiones de Montjuic, una especie de campo de concentración para, desde allí y previa clasificación, reexpedirlos a sus pueblos de origen.
Mariano Montesinos se fue para allá y en la estación de Francia lo cogieron, como cogían a muchos. No tenía contrato de trabajo, no tenía dónde ir a trabajar, si por el contrario tenía familia, pero los cogían a Misiones que decían que era el estadio de Montjuic, no decían que era aquello, el estadio de Montjuic. Porque es que si a usted lo cogían al bajar del tren, a mí no me preguntaron ni a qué venía a pasar unos días.
Pero luego cuando vieron la carta de contrato de trabajo, pues ya dije, usted viene a pasar unos días y viene con 500 pesetas y una carta de trabajo. Allí los tenían tres o cuatro días, el que lo reclamaba familiar o alguien con una carta, un requisito que debe trabajar en mi taller, en mi fábrica, lo que fuera, se lo llevan, y el que no, por donde había venido, a su pueblo. Y entonces a mi tío le exigen el contrato del piso donde iba a dormir, donde yo iba a dormir, y claro a la que vino yo estaba en Montjuic.
Lo llevaban a Montjuic y después lo devolvían de Murcia, de todos los sitios, pero de Andalucía, eso que se ve que era barbaridad. Bueno, entonces había mucha diferencia social, mucha. Por si lo anterior fuera poco, el régimen franquista impuso un impuesto a todo aquel que pretendía traer comida o mercancía a las ciudades.
Era el llamado fielato. El fielato había que pagar todo lo que entraba dentro de Tránsito o de Valencia, había que pagar de todo. Y él, no sé lo que pagó, pero dice, qué cabrones, dice, si te cobran casi lo que vale.
El fielato. Era un pago que se hacía de cruces para adentro. Pero si ibas en el tren no era en Tránsito, era en la estación misma.
En la salida de la estación había una ventanilla y se pagaba el fielato que llamaban y ahí te cobraban si llevabas una gallina o un conejo o algo por entrar en Valencia. Entonces veníamos en el tren. Y a Valencia costaba no sé cuántas horas de ir y luego de Valencia a Utiel no sé cuántas.
Y luego de Utiel aquí a Landete, que tampoco llegamos aquí. ¿Y Landete qué? En Landete había que coger un burro por la gente que venía. Si lo cogía por la mañana pues unas ocho, nueve horas costaba el tren a Valencia.
Hasta Valencia. A Valencia había que coger otro que era el correo de Valencia-Madrid. Que llegaba a Buñol y cierto es lo que os digo, teníamos que bajar del tren y empujarle en la puesta de Buñol.
En la puesta de Buñol. Desde Valencia a Garcimolina. Mira, había un coche que era antidiluviano.
El equipaje arriba del todo, había una escalera y arriba ponías el equipaje. Teníamos que ir con tren hasta Utiel y a las siete de la tarde salía el coche ese. Llegábamos a Utiel más negros que Tegnaos.
Subíamos y ponían el equipaje, como te digo. Pero es que llegábamos a Talayuelas, allí aparcaba el coche, el chofer, y lo menos una hora o más estaba él a su albedrío. Iba a merendar y todos allí.
Y bajábamos por allí y paseábamos. Y claro, llegabas a las diez de la noche de Utiel. Al andete tardabas tres horas.
Que llegabas llena de polvo. Porque los ventanales no cerraban bien, no se podían abrir. Y todos allí, apretados.
Al llegar al andete, o bien te habían bajado de aquí de Garcimolina con un mulo para subirte aquí, o de aquí había que bajar con el mulo para llevarnos para allá. Pero no a mí, a Cristo, a los cintos, a todo mundo. A veces tenías que venir a un tal Julián del andete, como un taxista, tenía una furgoneta y le llamabas y te traía.
Y si no, yo me acordaba de venir Juliano a la fiesta y venir en una camioneta unos cuantos. Pero bueno, oye, era lo que había y yo con tal de irme a pueblo, lo que fuera.
Transcrito por TurboScribe.ai.