El telar de los Montesinos

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El telar de los Montesinos
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En este episodio de «Voces de la Sierra», Maruja de las Heras entrevista al investigador José para explorar el «misterio industrial» del telar y batán hidráulico de Montesinos en Casas de Garcimolina, documentado entre 1598 y 1603. Aunque no quedan ruinas visibles, los documentos revelan una unidad semi especializada dedicada a la producción textil: cardado, tejido y abatanado de la lana local. Esta infraestructura, dependiente del agua del río Algarra y ligada al señorío de Moya, es un ejemplo de la protoindustria rural de los siglos XVI y XVII. El programa destaca cómo la combinación de archivos históricos, toponimia (como «Prao Batán») y el análisis del paisaje permite reconstruir esta cadena productiva olvidada, invitando a la comunidad a colaborar en su recuperación.

 

Transcripción vía TurboScribe

Bienvenido al programa de Voces de la Sierra, un programa de Garcimolina.net apoyado económicamente por la Asociación Peña El Pardo de Casas de Garcimolina. Hola, Maruja, gracias por invitarme. ¡Qué placer estar aquí con vosotros!

José, hoy vamos a hablar de algo que parece pequeño y, sin embargo, es enorme en significado. El telar de Montesinos y su batán hidráulico en Casas de Garcimolina, censado, en documentos entre 1598 y 1603. Quiero que la gente se vaya con la sensación de haber descubierto un misterio industrial en su propia sierra.

Me encanta ese término, misterio industrial, porque no hay fábrica visible, solo papeles, toponimia y sin huellas en el paisaje. Eso obliga a leer los documentos con mucha atención y a mirar el terreno con otros ojos. Exacto.

¿Por qué un telar de aldea importa tanto, José? ¿Qué nos dice sobre la vida cotidiana y la economía de la serranía en los siglos XVI-XVII? Porque es un eslabón en una cadena productiva completa. La lana de rebaños trashumantes o locales, la preparación con cardas, el tejido en telares y el abatanado en batanes. Además, el telar aparece en el apeo de 1598 como casa telar y en el contrato de 1603 formando parte de la triada de telares, cardas y batanes.

Eso no es casual, Maruja. Indica una unidad semi especializada, no un telar aislado. Sí, y es importante recalcar que estas menciones documentales son lo que nos permite reconstruir esta realidad a falta de ruinas evidentes.

El apeo de 1598 describe la casa telar junto al arroyo de Los Montesinos y el contrato de 1603 enumera esos elementos productivos como un conjunto. Es una pieza documental que nos da pie para imaginar cómo se organizaba el trabajo. Por cierto, Maruja, cuando hablamos del telar y del batán, ¿cómo encaja esto con el señorío de Moya y la gestión de las aguas? Muy bien, el señorío de Moya ejercía jurisdicción, rentas y derechos sobre aguas y montes.

Tenemos, por ejemplo, el pleito de 1623 entre doña Juana de Borja y Aragón y el concejo de Moya por el control del agua. Y eso muestra que el agua no solo servía para regar, sino también para alimentar molinos y batanes. La cuestión del agua era estratégica para la producción.

Ah, claro. Doña Juana de Borja, perteneciente a la casa de Borja, aparece como gestora activa de sus patrimonios y muy interesada en el rendimiento de molinos y batanes. Eso encaja con la idea de que la infraestructura hidráulica suponía renta y poder.

Y además, la serranía tenía materiales para sostener esa actividad. Madera para las estructuras, lana de los rebaños, arroyos con pendiente suficiente. No es casual que los testimonios documentales del telar de Montesinos atañan justo al final del siglo XVI y principios del XVII, cuando la producción lanar castellana aún vivía un momento de auge.

Exacto. Entre c. 1580 y 1620, la lana buena tiraba de la economía, se intensificaban los aprovechamientos y se multiplicaban las unidades productivas dispersas. No grandes fábricas concentradas, sino manufactura dispersa, talleres domésticos y unidades semi especializadas, como el telar con batán.

Exacto. Entre cómo lo sabemos, quiero detenerme un segundo en las fuentes. El apeo de 1598 es clave porque el término casa-telar aparece de forma explícita.

Eso es relevante jurídicamente. No es un telar escondido en una cocina, sino una casa reconocida. Y el contrato de 1603, citando telares, cardas y batanes, sugiere la voluntad de arrendar un conjunto productivo.

Sí, y conviene explicar qué es cada cosa. Las cardas desenredan y orientan las fibras, los telares convierten el hilo en paños y los batanes, que funcionan con agua, compactan y tupen las telas mediante golpes repetidos. Un proceso completo, Maruja.

Por favor explícalo, José, porque hay oyentes que quizá no han visto nunca un batán. Bueno, un batán es sencillo en concepto, pero sofisticado en uso. Es una máquina hidráulica formada por una rueda movida por el agua, un eje con levas que levantan mazos de madera y los dejan caer sobre las telas sumergidas en una cuba con agua jabonosa.

El batido puede mantenerse 24-30 horas para lograr el abatanado. El resultado es una tela más compacta y resistente. Impresionante.

Y es curioso que Cervantes, en El Quijote, use el ruido de los batanes para asustar a los personajes. Eso nos recuerda que el sonido de estos ingenios era parte del paisaje sonoro de la época. Sí, capítulo 20 de la primera parte.

Don Quijote y Sancho escuchan un ruido aterrador y por la mañana descubren que eran batanes. Ese detalle literario nos ayuda a imaginar cómo podía oírse un batán en el río Algarra, cerca del Prao Batán. Hablando del Prao Batán, este topónimo es casi una pista detectivesca.

Prao significa prado, normalmente húmedo, y batán refiere a la instalación. Está a unos 500 metros del núcleo de casas de Garcimolina, junto al río Algarra y la acequia madre. Ese lugar tiene sentido como espacio donde se abatan y secan los baños.

Y los topónimos perduran mucho. Nombres como El Batán o Batán de Arriba sobreviven incluso cuando la instalación se hunde. Son señales que guían a historiadores y arqueólogos cuando no hay muros visibles.

Claro, y las herramientas para reconstruir el paisaje incluyen cartografía histórica, imágenes aéreas como el vuelo americano de 1956 y prospecciones superficiales. A falta de excavaciones, la combinación de toponimia y lectura del terreno nos permite proponer la zona probable del Batán. José, interrumpo… Perdón, Maruja, pero me gusta añadir.

Para que un batán funcione hace falta caudal suficiente y un desnivel mínimo para la derivación. El tramo del río Algarra junto al prao Batán presenta una pendiente moderada adecuada para un pequeño salto y para canalizar el agua hacia la rueda. Eso es técnico, pero importante.

Sí, no lo añadas tú. Dilo tú, José. Lo que quiero que se entienda es que no estamos imaginando, sino que el paisaje lo permite.

Y ahora vamos a recorrer la cadena productiva, desde la oveja hasta el paño. ¿Te parece si empiezas por la primera fase? Con gusto. Primero, cría y esquileo.

Rebaños locales y trashumantes proveen la lana. Segundo, lavado y preparación en pilas o arroyos y uso de jabón o cenizas. Tercero, cardado.

Las cardas mencionadas en 1603 trabajan la lana antes del hilado. Cuarto, hilado, que probablemente sucedía en el ámbito doméstico, mayormente por mujeres. Quinto, tejido, en la casa telar, donde había telares instalados.

Sexto, abatanado, en los Batanes, y secado en el Prado del Batán. Y por último, comercialización, en mercados comarcales o consumo interno del señorío. Perfecto.

Y en cuanto a quienes trabajaban allí, un maestro tejedor que pudiera arrendar el conjunto, oficiales y aprendices, cardadores y landeras en sus casas, y todo ello ligado a la figura señorial, que podía ser propietaria del equipo o recibir rentas. El contrato de 1603 sugiere esa relación de arrendamiento. Maruja, antes de seguir, quiero tocar un punto que suele confundir a la gente, las homonimias.

Tenemos dos montesinos y dos Serafina Malo en diferentes siglos. ¿Puedes aclararlo? Sí, sin problema. El paraje de Los Montesinos del siglo XVII es un microtopónimo dentro del término de casas de Garcimolina, donde estaba el arroyo y las huertas.

No es el caserío moderno de Los Montesinos, que está en Alcalá de la Vega y se desarrolla en el siglo XIX-XX. Y sobre las Serafinas Malo, una aparece en documentos del siglo XVII vinculada a Garcimolina. La otra es una maestra tejedora del siglo XX en el caserío moderno y sufrió represalias tras la guerra civil.

Son historias distintas, separadas por tres siglos, pero ambas muestran la continuidad de la actividad textil. Eso es importante para los oyentes, porque mezcla memoria local y archivo. Y ya que mencionas la memoria, Maruja, ¿cómo puede colaborar la comunidad hoy? Con memoria oral, fotos antiguas, señalando viejas acequias y piedras, y participando en proyectos de prospección o en la creación de una ruta al el agua y los ingenios.

También se podría explorar el uso de georradar y sondeos ligeros en el prao Batán para detectar restos sin excavación invasiva. Sí, y desde la investigación archivística, conviene revisar protocolos notariales de Cañete y Moya para buscar más menciones. Comparar con otros batanes en la región nos ayudaría a situar el tamaño y la forma de gestión del telar de Montesinos.

Para terminar, José, ¿por qué este caso importa más allá de Garcimolina? Cuatro frases para el oyente culto que nos escucha. Porque muestra la protoindustria rural y la manufactura dispersa. Evidencia, la adaptación tecnológica al entorno, el agua como energía.