Episodio 1 – Los juegos

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Episodio 1 - Los juegos
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En el primer episodio de «La Voz de la Sierra», Maruja de las Heras entrevista a Manuel Sabinarejo, un pastor jubilado de Casas de Garcimolina, para recuperar la memoria de los juegos infantiles tradicionales entre 1940 y 1960. Manuel recuerda que, ante la escasez, los niños construían sus propios juguetes con materiales reciclados como latas, palos, huesos de oveja (tabas) o navajas viejas. Los espacios comunes como la plaza, la era o las escaleras del horno eran el escenario de juegos como la comba, las canicas, las chapas, la peonza o el «inque».

Estas actividades, más que un simple entretenimiento, constituían una escuela paralela que fomentaba la psicomotricidad, la creatividad y valores comunitarios como la cooperación y el respeto. El programa destaca la importancia de preservar este patrimonio lúdico inmaterial y anima a los oyentes a compartir sus recuerdos para crear un archivo sonoro de la memoria colectiva.

 

Transcripción vía TurboScribe

Bienvenidos a La Voz de la Sierra, el programa semanal donde hablamos de casas de Garcimolina, de la serranía de Cuenca y de las historias que guardan nuestras calles y patios. Soy Maruja de las Eras del Villar y hoy estrenamos episodio número uno. Tema, juegos tradicionales infantiles en la baja serranía de Cuenca, una aproximación étnica a la memoria lúdica de Garcimolina, entre 1940 y 1960.

Buenas, Maruja, buenas a todos. Hola, hola, yo soy Manuel Sabinarejo Rodenillo, de Casas de Garcimolina, pastor jubilado, nacido en 1941. Y, bueno, vengo a recordar lo que se jugaba por aquí cuando éramos chavales.

Manuel, gracias por acompañarnos. Empecemos por situar al oyente. La baja serranía es un lugar de montes, valles encajados y clima duro, inviernos de helada y veranos secos, con una economía agropastoril de subsistencia y pueblos donde las familias eran numerosas.

Eso, como sabes, marcaba la infancia. ¿Qué recuerdas de cómo era el tiempo para jugar, Manuel? Pues mira, Maruja, el tiempo para jugar era al salir de la escuela o cuando terminábamos la faena con las ovejas o en el huerto. No había juguetes de esos que se compran ahora, pocas cosas compradas, todo construido con lo que había.

Se jugaba en la plaza, en la era, en las escaleras del horno, allí nos juntábamos todos. Sí, la plaza y el olmo eran el corazón del pueblo, lugares visibles, con la mirada de las vecinas y los mayores asomados a la puerta. Allí las niñas jugaban a la comba y a las rondas y los juegos transmitían canciones, refranes y normas.

Manuel, ¿te acuerdas de alguna canción o ronda que se cantara bajo el olmo? Claro que sí, cantábamos muchas, canciones de conteo para la comba y rondos que cambiaban los nombres al entrar cada niña. Y si alguna anciana nos corregía la letra, pues vaya, se armaba la risa. Era así, se transmitía todo oralmente.

Qué bonito, ahora hablamos de espacios. La era era ese gran campo deportivo de tierra batida, ideal para carreras, escondite y juegos más rudos como el inque o la taba. Allí la supervisión adulta era menor y la libertad física mayor, pero también había riesgos, caídas, navajas viejas… Manuel, cuéntanos del inque y de las navajas.

Hombre, el inque era juego de chicos, sobre todo. Se clavaba la navaja en la tierra de una u otra forma, desde distintas posturas. Si se clavaba bien, ganabas.

No te voy a engañar, ponía nervioso algún mayor cuando nos veía con esas navajas, aunque muchas estaban melladas, ya sin filo. Aprendíamos a manejarlas, a medir la fuerza, a… A medir la destreza, exacto. Y la taba, que venía de los huesos de oveja, era otra cosa.

Lanzarlas, apostar por la cara que quedaba, un juego con raíces antiguas. ¡Exacto! Las tabas eran huesos de las ovejas. Las limpiábamos y las usábamos como pequeñas piezas para tirar y recoger.

Y había mil variantes, apuestas, secuencias, como un jax rústico. Era cosa de manos y de vista, de mucha práctica. Y no olvidemos las canicas, las chapas y la peonza en los corralones y escaleras del horno.

Chapas rellenas con barro o cera, carreras trazadas en el suelo, peonzas que bailaban y que, si no duraban, eran motivo de burla, pero también de aprendizaje técnico. ¡Ah, las chapas! Eso me trae recuerdos. Hacíamos carreras, campos dibujados, hasta fútbol de chapas.

Y las canicas, ojo, muchos apostaban canicas. Las de cristal eran un lujo. Si perdías, te quedabas serio, pero enseguida te daban otra oportunidad.

Íbamos aprendiendo a contar pérdidas y no era fácil. Tiene sentido. El juego enseñaba a perder y a negociar turnos.

Era una escuela paralela. Y el material, casi todo reciclado. Latas, palos, trapos, aros de una cuba vieja, cuerdas de esparto.

La lógica de la escasez obligaba a inventar. Sí, nada se tiraba. Todo podía ser juguete.

Un palo era un caballo, un trozo de trapo era pelota. Aprendías a reparar y a construir. Eso sobre toda la vida, Maruja.

Por eso hablamos también de función pedagógica. Además del desarrollo psicomotor, fuerza, coordinación, motricidad fina con la taba o la canica, el juego transmitía valores comunitarios. Cooperación, resistencia, astucia… ¿Estás de acuerdo, Manuel? Totalmente.

Aquí la cooperación era importante. Trabajo en la era, ayuda mutua… Y eso se reflejaba en el juego. Aunque también había jerarquías.

El más hábil con la peonza o las canicas mandaba un poco. Vamos, era como un pequeño rey del patio. Totalmente.

Y las separaciones por género eran relativas. Las niñas más vinculadas a rondas y comba y los niños a juegos de fuerza. Aunque muchas veces los juegos eran mixtos, sobre todo en ciertas plazas y corralones.

Sí, se mezclaba. En la era, por ejemplo, todos corríamos. En la plaza, muchas veces, las niñas se juntaban.

Pero luego nos encontrábamos en la puerta de la escuela y jugábamos todos. Hablando de la puerta de la escuela, ese umbral entre disciplina y libertad, unos minutos para juegos rápidos antes de entrar, acuerdos de que jugar al salir… Esa frontera era muy significativa en la infancia de la posguerra. Claro.

Y la escuela, impregnada de nacionalcatolicismo, era dura. El recreo valía oro. Nos organizábamos a la carrera, porque el maestro vigila, pero, bueno, había momentos para picardías.

Ahora quería que dramatizáramos una escena. Imaginen una tarde de verano en la era. Niños descalzos, sudando, jugando al inque con una navaja vieja del abuelo.

Una disputa por si la navaja se clavó por el pelo o no. Risas cuando alguien se cae en la tierra. Manuel, ¿te ves ahí? Me veo, claro que sí.

Yo estaba en uno de esos grupos ensuciado hasta las rodillas. Y si por la tarde había paja por la era, nos escondíamos mejor en el escondite. Todo era muy físico y muy nuestro.

Otra escena. Niñas en la plaza, al pie del olmo, sujetando la comba, cantando y cambiando nombres en la canción. Una anciana corrige la letra y todas se ríen.

Esos pequeños detalles son memoria viva. Uy, y el invierno en las escaleras del horno, buscando resguardo del viento para jugar a canicas. Las manos heladas, pero con ilusión.

Un niño puede perder su mejor canica y quedar serio, pero la pandilla le consuela y sigue la partida. Maravilloso. Ahora, hacemos una pausa reflexiva.

Hoy la infancia ha cambiado mucho. De la calle a la pantalla, menos autonomía, menos transmisión oral. La Unesco y los museos hablan de estos juegos como patrimonio cultural inmaterial.

¿Crees que hay que recuperarlos, Manuel? Sí, hay que contarlos, grabarlos, enseñarlos en la escuela si se puede, sin hacerlos un museo. Que no pierdan su espontaneidad, pero que no se borren. Que la peña, el pardo y el pueblo organicen talleres sería bonito.

Totalmente. Y en ese sentido, el Museo Pedagógico y del Niño de Castilla-La Mancha y otros proyectos ya documentan este tipo de materiales y prácticas. Pregunto, Manuel, ¿te gustaría que en Garcimolina se hicieran recreaciones de estos juegos? Me encantaría.

Ver a los nietos corriendo con el aro o aprendiendo a hacer una peonza sería señal de que algo se mantiene. Y que los mayores contemos cómo era, ¿no? Eso da sentido. Por cierto, a los oyentes, si escuchas esto y tienes recuerdos, envíanos audios o cartas a podcast.garcimolina.net. Queremos recopilar canciones, versos, incluso las letras de comba que cantaban tus hermanas.

Sí, manda tus recuerdos. Y si eres joven, pregunta a tus abuelos. Quizá encuentres la taba, la chapa o la canica en una caja vieja.

Antes de cerrar, una nota práctica. Estos juegos se clasifican, según la investigación, en movimiento y persecución, puntería y lanzamiento, equilibrio y destreza, verbales y musicales y de simulación social. Cada tipología aporta algo distinto, socialización, aprendizaje técnico y valores.

Es importante contarlo para que se entienda su complecidad. Es verdad, no era solo jugar por jugar. Era aprender a vivir en comunidad, a arreglártelas con poco, a compartir y a competir con respeto.

Ay, para terminar, recordar que La Voz de la Sierra es un proyecto apoyado por la Peña El Pardo y que este episodio queremos que sea el inicio de un archivo sonoro, Memorias de Garcimolina sobre infancia y juego. Invitamos a todos a participar. Pues nada, que me dio gusto venir.

Gracias por escuchar y… Manuel, una última cosa. ¿Qué juego recomendarías que enseñemos primero en un taller? La peonza o las chapas. Fáciles de enseñar, mucha gracia, y enseñas a hacer la chapa con barro.

Además, juntan a niños y mayores. Sí, las chapas. Perfecto, tomamos nota.

Y bueno, cerramos con la conclusión. Los juegos infantiles de 1940-1960 en Casas de Garcimolina fueron más que entretenimiento, fueron escuela, patrimonio y memoria. Has escuchado Voces de la Sierra, un programa de Garcimolina.net, con el apoyo de la Asociación de Vecinos y Personas Mayores Peña El Pardo de Casas de Garcimolina.

Si te ha gustado el programa, puedes escuchar más episodios en podcast.garcimolina.net, E-box y Spotify. Envíanos tus recuerdos y vivencias. Ahora te dejamos con un tema musical y con el sonido de unas chapas rodando.