Campanas de la Iglesia de San Juan Bautista.
Historia, arquitectura y vicisitudes de un templo serrano
Artículo publicado originalmente el 3 de marzo de 2023, revisado y ampliado con nuevas aportaciones documentales.
Introducción
La iglesia parroquial de San Juan Bautista, situada en la localidad de Casas de Garcimolina (Cuenca), constituye un ejemplo representativo de la arquitectura religiosa rural de la Serranía conquense. Edificada en el siglo XVIII sobre los restos de un templo anterior —probablemente de origen bajomedieval vinculado a la repoblación de la comarca de Moya—, su fábrica combina la sobriedad constructiva de la mampostería con la nobleza de los sillares en esquinas, vanos y portada, dentro de los cánones del Renacimiento temprano.
Sin embargo, más allá de su valor arquitectónico, este templo encierra una historia compleja, marcada por los avatares de la Guerra Civil (1936-1939) y la inmediata posguerra. Los documentos conservados —especialmente el Procedimiento Sumarísimo de Urgencia núm. 32860, las actas municipales de 1939 y la documentación parroquial— permiten hoy reconstruir con detalle los episodios que afectaron al edificio y a su ajuar litúrgico, así como los procesos de reconstrucción material y simbólica que tuvieron lugar tras la contienda.
El presente texto, fruto de la observación directa y del contraste con fuentes primarias, ofrece una descripción pormenorizada del templo, prestando especial atención a la historia de sus campanas —testigos mudos de un tiempo de destrucción y reparación—, así como a otros elementos que reflejan la huella de la guerra en la fábrica del edificio.

LA GUERRA CIVIL Y SUS CONSECUENCIAS EN EL PATRIMONIO
Destrucción de imágenes y objetos litúrgicos
Según consta en las diligencias del Procedimiento Sumarísimo de Urgencia núm. 32860 (instruido en 1939 contra 21 vecinos de Garcimolina y Algarra), en septiembre de 1936, ante el rumor de que una columna anarquista procedente de Utiel —conocida como «la columna del Rosal»— se disponía a quemar las iglesias de la comarca, el ayuntamiento y el comité revolucionario local acordaron, como medida preventiva, proceder a la destrucción de las imágenes y objetos religiosos del templo.
Las declaraciones de los implicados coinciden en señalar que se formó una comisión que, con la participación de numerosos vecinos, sacó las imágenes de la iglesia y las trasladó al paraje de La Tejería, a las afueras del pueblo, donde fueron quemadas. La madera de los retablos y bancos, en parte, se almacenó en la escuela vieja; los objetos de valor —cálices, custodias, coronas de plata— fueron inventariados y remitidos al Banco de España en Cuenca, donde quedaron en depositado el 5 de marzo de 1937 (resguardo núm. 1/a).
En cuanto a las campanas, según las declaraciones obrantes en el expediente (folios 68 y 69), fueron derribadas desde lo alto del campanario por vecinos del pueblo, entre los que se mencionan a Rogelio Valero Cano y Juan Seguí Martínez. La campana grande, de mayor peso, sufrió graves daños al impactar contra el suelo, quedando «deszarajada» —término utilizado en la época para referirse a una rotura o deformación del metal—. La campana pequeña, en cambio, al ser de menor peso, cayó sin sufrir daños aparentes y permaneció en el interior del templo.
Las campanas: del «pozo de los temples» a las refundiciones de 1941 y 1987-1988
Especial interés reviste la suerte de las campanas. Según el testimonio del herrero Román Valero Junquero (folio 69 del expediente), durante la guerra, una compañía de fortificación del Batallón 281 del Regimiento de Infantería Tenerife núm. 38, acantonada en el pueblo para la construcción de defensas en el cercano cerro Moracha, utilizó una de las campanas como recipiente para el temple del metal, instalándola en una fragua habilitada en los bajos del juzgado. Este uso le valió el nombre popular de «pozo de los temples». La campana quedó rajada, y la otra sufrió daños durante el derribo del campanario, ejecutado por vecinos del pueblo, según declaración.
Finalizada la guerra, y una vez restablecido el culto, se procedió a la refundición de las campanas. En 1941 se llevó a cabo la primera refundición, documentada en la ficha parroquial conservada en el templo.
- La campana grande se bautizó con el nombre de «Juana», siendo sus padrinos Crescencio Montesinos y Victoriana Jiménez su esposa.
- La campana pequeña recibió el nombre de «Carmen», con padrinos Juan Pérez y Genoveva.
Ambas campanas permanecieron en uso hasta finales de la década de 1980, cuando la campana grande presentó una grieta vertical que hacía peligrar su sonido y su integridad. En el Año Santo Mariano de 1987 a 1988, y siendo párroco don Juan García Gorgojo, se acordó una nueva refundición. Los trabajos se encargaron a la fundición valenciana Salvador Manclús, y el coste se sufragó mediante aportación popular. La nueva campana, que ocupa actualmente el vano izquierdo de la espadaña, perdió el nombre original de «Juana», aunque en su inscripción se hace constar el año de la refundición y la advocación mariana del año santo. La campana pequeña, «Carmen», se conserva sin cambios desde 1941.
La reconstrucción simbólica: la nueva imagen de San Juan Bautista (1939)
El 23 de junio de 1939, en el denominado «Año de la Victoria», tuvo lugar la reposición de la imagen titular. Según el acta municipal conservada, una comisión formada por las nuevas autoridades locales —el alcalde Carmelo Pérez Montesinos, el jefe de Milicias Crescencio Montesinos, el jefe de Falange Raimundo Montesinos, el jefe juvenil Claudio Novella y el anciano Lorenzo Montesinos Huerta— encargó una nueva talla de San Juan Bautista al escultor valenciano Joaquín Torno Catalán, a través de dos hijas del pueblo residentes en Valencia: María Montesinos y Carmen Huerta.
La imagen costó 800 pesetas, sufragadas mediante una suscripción popular que refleja la participación de la práctica totalidad de los vecinos. Junto a la lista de donantes se elaboró otra, titulada «Relación de los vecinos que no han dado para adquirir un San Juan (considerados Rojos)», que incluía nombres como los de Florián Sánchez, Victoriano Argudo, Pedro Soriano, Rufino Sánchez, Paulino Montesinos, y, aunque posteriormente raspado, el de Saturnino Montesinos Sáez (exalcalde republicano). Este documento evidencia la utilización de la reconstrucción religiosa como mecanismo de señalamiento político y fractura social en la posguerra.
La imagen llegó a Utiel en tren y se trasladó a Garcimolina en el carro de Ponciano Sáiz. A su entrada en el pueblo, se recibió con repique de campanas —utilizando el campanillo de la Virgen de Santerón, prestado por Algarra— y con vítores a San Juan, a España y al Caudillo. Colocada en andas talladas por Lorenzo Montesinos, preside desde entonces el altar mayor, flanqueada por las imágenes de San Miguel y la Virgen de Fátima, donadas ese mismo año por Mariano Muñoz Montesinos y su esposa María Ferrer.
Otros elementos de interés
Junto a las campanas y la imagen titular, merecen mención otros elementos del ajuar y la arquitectura.
- El púlpito y su escalinata para acceder, originariamente situado en la esquina derecha del transecto, cerca de la puerta de la sacristía, donde estaba colocado el armónium que se utilizaba en los actos litúrgicos, desapareció en reformas posteriores.
- En la sacristía, la puerta cegada en el muro este (la antigua entrada de la CNT) permanece, como testimonio visible (solo desde el exterior), de los usos del espacio durante la contienda.
- En el exterior, en la fachada oeste, se conserva una puerta cegada de factura más antigua (probablemente la entrada primigenia del templo medieval), así como numerosos mechinales que atestiguan las distintas fases constructivas.
- En el muro norte del transepto, un sillar esquinero presenta una inscripción con el año de la reforma (1731) y el nombre del cura párroco don Diego Martínez. La ejecución de las letras, con dos «N» invertidas, revela la probable intervención de un cantero analfabeto, un detalle que humaniza el proceso constructivo.
Conclusiones
La iglesia de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina es mucho más que un ejemplo de arquitectura religiosa rural. Sus piedras guardan la memoria de siglos de historia, desde su construcción en el XVIII sobre restos medievales, pasando por la profunda reforma de 1731-1732, hasta los trágicos episodios de la Guerra Civil y la compleja posguerra.
Las campanas, refundidas en 1941 y nuevamente en 1987-1988, simbolizan la capacidad de resiliencia de una comunidad que, pese a la destrucción y la fractura, supo reconstruir su patrimonio material y simbólico. La puerta cegada de la CNT, la lista de donantes y la de los excluidos, los nombres de los padrinos de las campanas —Crescencio Montesinos, Juan Pérez, Victoriana, Genoveva—, todos ellos son piezas de un mosaico histórico que el análisis directo y la consulta de las fuentes primarias permiten hoy reconstruir con rigor.
Este templo, testigo de la vida y de la muerte, de la fe y de la revolución, de la destrucción y de la reparación, merece ser conocido y valorado no solo por su arquitectura, sino por la historia que encierran sus muros y sus objetos. Una historia que, como las campanas, sigue resonando en el viento de la sierra.
Fuentes documentales
- Procedimiento Sumarísimo de Urgencia núm. 32860, Juzgado Militar Eventual n.º 6, Madrid (1943-1945). Archivo General Militar.
- Actas municipales de Casas de Garcimolina, años 1939-1940. Archivo Municipal de Casas de Garcimolina.
- Ficha parroquial de la iglesia de San Juan Bautista, documento interno conservado en el templo (2023).
- Relación de vecinos que contribuyeron a la adquisición de la nueva imagen de San Juan Bautista, Ayuntamiento de Casas de Garcimolina, 18 de junio de 1939.
- Agradecimiento del Ayuntamiento a Mariano Muñoz Montesinos y María Ferrer, Casas de Garcimolina, 15 de septiembre de 1939.
Breve nota de la redacción sobre la biográfica del autor
Natural de Casas de Garcimolina (Cuenca).
Su vinculación con el pueblo y su interés por desvelar las claves de su patrimonio le han llevado a desarrollar, durante más de una década, una labor de observación directa y recopilación documental. Aplicando un método riguroso basado en la inspección ocular y el análisis de fuentes primarias —archivos municipales, eclesiásticos, judiciales y notariales—, ha ido construyendo un corpus de conocimiento sobre la historia local que trasciende la mera erudición para convertirse en una herramienta de memoria colectiva.
Su aproximación a la historiografía parte de la convicción de que el rigor académico y la divulgación accesible no son incompatibles. Por ello, sus escritos buscan llegar a todos los públicos, haciendo comprensible el pasado sin simplificarlo ni traicionarlo.
El presente artículo es fruto de esa vocación: ofrecer una lectura del edificio y de su historia que integre lo que la piedra cuenta y lo que los documentos revelan, para contribuir al conocimiento y reconocida de un patrimonio que encierra las claves de la memoria colectiva de un pueblo de la Serranía conquense.
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