El primer coche en Casas de Garcimolina

El primer coche en Casas de Garcimolina fue un Ford perteneciente al tío Luis, conocido como «el tío Patato», que apenas llegó a utilizar. Más adelante, el vehículo que más se recuerda es el del secretario Antonio, con matrícula de Madrid, al que la gente acabó llamando con una rima de tono macabro.

Una anécdota posterior refleja bien las dificultades de la época para viajar: en un trayecto hacia una fiesta local, el coche quedó atascado en un camino de tierra cerca de El Cubillo —mientras se realizaban obras en la carretera— y hubo que rescatarlo con los campos inundados por el riego.

 

El primer coche en Casas de Garcimolina

—¿Y el primer coche que visteis en el pueblo? ¿O quién fue la primera persona? Yo te lo voy a decir, yo te lo voy a decir. Sí, sí, sí, sí. ¿O no? El coche, un Ford, del tío Luis, «el tío Patato», que lo tenía abajo en la obra, que nunca lo tocó.

O sea, lo tenía, pero no lo tocó. No sé si tenía carnet, no sé si iba. Ese es el primer coche. Y después íbamos a esperar a unos coches que subían de Burjassot, la familia de José, de la tía Eusebia, que era el que estaba en conexión con la mina y todo eso.

—El que descubrió la mina, perdón.
—Exacto. Allí íbamos a… a oír la radio. A oír la radio.
—¿Ah, sí?
—Que, por cierto, radiaban un partido del Valencia con no sé quién. Yo me acuerdo de oír, o de oír por primera vez, perdón. Sí, sí. En la radio de Esteban, Cuenca y Gento, en la una. ¿Cómo llamaban el coche aquel? El coche ese era de José, el de la tía Eusebia. Me acuerdo de oír ahí la radio. Era del «Cuñado».
—Del «Cuñado», sí, bueno. Descubrieron la mina y venían con el José.

 

(A alguien fuera de cámara)

 

—¿Estáis grabando o grabáis?
—Sí, estoy grabando, estoy grabando.

—El coche que hubo aquí, que yo me acuerdo, era el que tuvo el secretario. Sí, el Antonio. Sí, el Antonio, el secretario. Aquí no venía el secretario entonces con coche. Tuvo el coche ese, viviendo aquí, no lo sé. No, voy a mi casa.

Te estoy hablando yo de eso. Y era una matrícula de Madrid. Ciento quince mil. Le puso la placa de servicio público y le decían, cuando ponía la M, decían: «muerto, ciento cinco mil quinientos once». Sigue pitando. Eso se lo pusieron, no le sabían.

Con el seiscientos, el primer viaje… Ah, y luego, oye, que te lo… ¿Puedo? Sí, sí.
Luego es que, afortunadamente, no pasó nada. Ah, pero es que luego tuve que bajar a Casas de Garcimolina. Desde Casas de Garcimolina, bajaba aquí a las fiestas de San Juan, que no era San Juan, era cuando empezamos. Bailábamos entonces ahí en La Fuente, donde estaba mi hermano también y todo eso.

Llegué a Salvacañete y solo pude llegar con el coche hasta, antes de llegar a El Cotillo, que es cuando estaban haciendo la carretera que habéis anotado antes, que habéis apuntado antes. Me mandaron por la vega de Alcalá y allí estaban regando, por todos los sitios estaban regando. Y tuvieron que venir a sacarme. Sí, sí. Cierto, con los críos, con las bicicletas, y aún para aquí las neveras, las macas, porque nos íbamos a la manga del mar Menor.

Tuve que bajar a Campillos, a Landete y esa fue la historia para venir aquí a Casas de Garcimolina a la fiesta de San Juan, que era la del verano.

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