Capítulo 17: Los caballeros de la luz

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Los caballeros de la luz. El siglo XIV no era un tiempo para los débiles. Entre la Peste Negra que segaba vidas y el hambre y salteadores que acechaban en cada esquina, el hombre medieval en las zonas rurales, buscaba respuestas más allá de lo visible.

«¿Superstición? No» — murmuraba Justina a sus discípulos.

«Lo que la turba llama magia, es la llave para comprender los designios del Creador».

Frente a la brujería rústica de las aldeas

Se alzaba un saber erudito, la magia ceremonial. No era hechicería, sino una ciencia sagrada que fundía la Cábala judía, el pensamiento platónico y la teología cristiana en un sistema coherente.

«Observa» — explicaba Justina.

«Invocamos al arcángel Miguel, dentro de un círculo que representa el cosmos divino». «No es blasfemia, es otra vía hacia la misma verdad».

Pero las autoridades vigilaban, tanto la iglesia como los grandes señores. Mientras toleraban la magia natural de astrólogos y alquimistas, perseguían sin piedad lo que consideraban ritos rurales y pactos demoníacos. Esto generó una magia defensiva entre el pueblo.

«Llevad este amuleto bendecido» — advirtió un anciano a su familia durante la peste.

«Las sombras buscan almas que devorar».

En este mundo, los límites entre oración, ciencia incipiente y ritual mágico se desdibujaban, cada acción contenía múltiples significados.

«Cuando el sacerdote consagra la hostia» — reflexionaba un pastor.

«Cuando la mujer de yerbas traza su círculo, ambos buscan lo mismo, conectar lo humano y lo divino».

El mundo visible era solo un velo.

Detrás de cada fenómeno natural, cada enfermedad, cada golpe de fortuna, latía un orden invisible que los iniciados pretendían comprender y, en lo posible, dominar.

«No temáis a estos conocimientos» — concluía la maestra.

«Quien descifre los signos ocultos en la creación, se acercará un paso más a la mente de Dios».

Era una espiritualidad práctica, nacida de la necesidad de encontrar orden en el caos y significado en el sufrimiento. En los siglos oscuros, la luz se buscaba con las herramientas que permitían la época, pergaminos y manuscritos para los frailes. Símbolos, escapularios, cruces y una fe, que abrazaba tanto el dogma como el misterio, para la gente rural e iletrada.

Garcimolina: entre signos y tejidos

Los días pasaron en la comunidad, y el espíritu de Herminio emergía en cada rincón, contagiando a nuevos y viejos habitantes de Garcimolina. La tradición de consultar a los ancianos por las historias del lugar se revitalizó, y muchos se reunían en torno al olmo cada semana, para escuchar relatos sobre los caballeros y los peregrinos que habían pasado por allí. En esas veladas, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, no solo se hablaba de hazañas humanas.

Don Faustino, el anciano, y la Justina, que eran los más respetados; a veces mencionaban, con la prudencia que imponía la época, otras fuerzas menos tangibles. No eran historias de brujería campesina, sino reflexiones serenas sobre un mundo donde lo visible y lo invisible se entrelazaban. Hablaba de la importancia de los signos, de cómo la luna guiaba las siembras y cómo la bondad actuaba como un escudo más poderoso que cualquier amuleto, reflejando una comprensión del mundo donde lo espiritual era una capa más de la realidad.

Las celebraciones

Se hicieron más ricas y complejas, integrando elementos nuevos, pero siempre respetando la memoria que se había dejado. El arte del mimbre, del esparto, la anea y el amor por la creación se convirtieron en el hilo conductor de las festividades, mostrando el compromiso de la comunidad por honrar su historia viva. En los tejidos, algunos creían ver más que patrones decorativos; para los más observadores, las espirales y nudos entrelazados en un serón, estora o una espuerta evocaban el orden del cosmos, una manera silenciosa de recordar que cada vida estaba conectada a un todo mayor, una idea que resonaba con la sabiduría neoplatónica que filtraban los frailes ilustrados.

Mientras el tiempo avanzaba, “Los Guardianes de la Luz” se convirtieron en un símbolo de esperanza no solo en Garcimolina, sino también en aldeas cercanas. A medida que compartían sus historias de hermandad y generosidad, inspiraron a otros a seguir el mismo camino, recordando que el verdadero viaje consta de cómo tratamos a los demás, y cada acción, puede dejar una huella en el corazón de alguien. En un siglo asolado por la incertidumbre, su ejemplo era un ritual de protección tan tangible como cualquier otro. La comunidad unida era el círculo mágico más eficaz contra la desgracia.

Y así, la luz de Garcimolina no solo brillaba en su propia comunidad, sino que también iluminaba caminos lejanos, guiando a todos aquellos que buscaban reconectar con la esencia de la bondad y la amistad. La herencia de Herminio se convirtió en un faro, un recordatorio de que, aunque las estaciones cambian y los años se suceden, siempre hay oportunidades de renacer, con el fin de crecer juntos y seguir adelante en el viaje, unidos bajo la luz del amor y la colaboración.

Garcimolina renacía

Y con él, comenzaron a surgir historias remotas sobre una antigua patrulla de jinetes de la Orden de Santiago del castillo de Moya, que había protegido los caminos y a los peregrinos durante años.

Bajo la sombra del olmo, un anciano contaba a un grupo de niños.
«No eran hombres comunes, eran “Los Caballeros de la Luz”. Su misión era sagrada, velar por el viajero, asegurar su paso».

Un peregrino recién llegado, cansado y polvoriento, preguntó con curiosidad.
«¿Guerreros?» «¿Portaban espadas y escudos relucientes?»

Una mujer que tejía cerca alzó la vista y sonrió:
«Su poder no estaba en el acero, sino aquí» — dijo, llevándose la mano al pecho.

«En el amor y la compasión por la que camina a solas».

El anciano asintió, añadiendo.
«Protegían no solo el cuerpo del peregrino, sino también su espíritu». «Mantenían a raya las sombras interiores, esos peligros que no se ven con los ojos».

Un zagal que escuchaba en silencio reflexionó en voz alta.
«Como Herminio… Él nos enseñó que el camino no es solo llegar, sino que cada paso puede iluminar el trayecto de otro».

La mujer tejedora concluyó, su voz cargada de significado.
«Exacto, esa es la verdadera herencia». «La espada más poderosa es una mano tendida a tiempo».

La vida de peregrino

La figura del peregrino se convirtió en un símbolo importante en la comunidad, atrayendo a muchos que deseaban empatizar con su esencia; la búsqueda de la verdad mientras se navegaba a través de desafíos. Sin embargo, también se reflexionó sobre los retos de la vida del peregrino, tanto en el camino como en las raíces que uno decide echar.

Desde un lugar de introspección, Herminio ahondó en las ventajas de esta vida despojada de ataduras; la libertad de moverse sin límites, el descubrimiento constante de uno mismo en el encuentro y en la etapa del viaje. Pero también recordó la melancolía de ser un viajante, el sentimiento de lejanía y la tristeza que puede surgir al no tener un hogar al cual volver.  Había belleza en la experiencia efímera, pero existía también el anhelo de conexión y comunidad.

Huellas y caminos

Algunos decidían quedarse y hacer de un lugar su hogar, tejiendo raíces en la tierra. Este proceso también traía sus retos. El desafío de comprometerse con otros y la posibilidad de perder, alguna vez más, a aquellos que se amaban. La vida en comunidad significaba abrirse a correr riesgos emocionales, pero también ofrecía el calor del amor y la cooperación.

Con el tiempo, las historias de las aventuras de los caballeros comenzaron a resonar con los desafíos de la vida cotidiana, donde se valoraba el esfuerzo que cada uno hacía por ayudar al otro. Las legiones de caballeros, defendiendo no solo los caminos, sino también los corazones de quienes tomaban esas sendas, mostraban que la vida estaba llena de suertes.

El viaje del aprendizaje

Mientras la comunidad se organizaba, los jóvenes de Garcimolina. Inspirados por las historias, decidieron formar una sección que protegería los caminos de la tradición, como lo hicieron aquellos valientes caballeros. Se vieron cautivados por la noción de llevar en su corazón lo que Herminio les había instruido; que cada acción, por sencilla que fuese, podría representar el mundo para alguien más.

La agrupación se llamaba “Los Guardianes de la Luz”, un símbolo de esperanza y unidad que fomentaban todos. Decidieron organizar actividades que no solo inspiraban el arte de tejer, los utensilios, cestos y canastos. También abarcarán la creación de relaciones profundas entre ellos, recuperando el antiguo propósito de la hermandad que el caserío había conocido. Quisieron revisar también la importancia del arte, de los recuerdos, las historias, y el amor que unieron a sus ancestros en la senda de la vida. Junto a los antiguos caballeros defensores del camino, se congregaron en la plaza para celebrar la rica herencia de comunidad y unión. La festividad era un testimonio de la peregrinación, donde las historias de victorias y fracasos se entrelazaban en un tapiz de aprendizaje y amor.

Los caballeros de la luz

Los aromas de las delicias locales flotaban en el aire, mientras los niños reían y corrían a través de las calles adornadas con cintas y flores, un recordatorio del renacer que había tenido lugar. La música resonaba con fuerza, y cada nota proyectaba alegría en los corazones de todos los presentes. En el centro de la plaza, se compartían las experiencias, hablando de los caballeros y ofreciendo nuevas perspectivas sobre la vida del peregrino.

— «No se trata solo de un viaje físico».

— «Decían con voz firme y apasionada».

— «Si no, de cómo ese viaje enriquece, las propias vidas y las de quienes nos rodean».

«Somos todos guardianes de nuestras historias y, al nutrir el camino de los demás, creamos una contribución que nunca se extinguirá».

Los peregrinos, al escuchar las palabras, reflexionaron sobre su propia misión, sintiendo la fuerza del compromiso que habían asumido en los caminos, no solo de peligros físicos, sino también de la descomposición de la fe y la unidad. Como un símbolo, se organizaron en círculo alrededor de la hoguera, y los vecinos se unieron a ellos, levantando su mano en señal de conexión.

El fuego brillaba, reflejando en los rostros de aquellos que se reunían bajo sus llamas y creando una atmósfera de solidaridad y participación. En ese instante, sus corazones latían al unísono, resonando con la promesa de que la obra de Herminio, las voces de los Guardianes de la Luz y la magia de Garcimolina seguirían tejiendo un futuro brillante, lleno de esperanza y amor compartido.

 

Los de la Vereda van.

Sin espada ni pendón.

Con sus manos tejen pan.

Y caminos de unión.

 

Los caminos de la vida.

La festividad se convirtió en un evento mágico, donde “Los Caballeros de la Vereda” o “Los Guardianes de la Luz”. No solo eran protectores del camino, sino también portadores de las historias de los lugares, aldeas, pueblos y de los espíritus que habitan la tierra.

«No solo cuidamos los senderos» — explicó uno de los Guardianes, ajustando su manto.

«Somos memoria andante, en los zurrones llevamos la historia de todos los que han pisado esta tierra».

La luz del fuego iluminaba sus rostros, transformados en un rayo de esperanza para aquellos que se sentían perdidos.

«Mirad sus caras» — susurró una mujer mayor a su nieto.

— «No son simples hombres». «En sus ojos brilla la sabiduría de quienes conocen los secretos de la tierra».

A lo largo de la celebración, los aldeanos comenzaron a compartir sus historias, sus anhelos y los aprendizajes que habían obtenido a través de la vida.

«Yo perdí mi hogar en la gran helada» —confesó un anciano, con la voz quebrada.

«Pero aprendí que la fuerza no está en las paredes, sino en el corazón que las habita».

«Y yo» —añadió una joven madre.

«Descubrí que tras la pérdida más dolorosa puede nacer una comprensión nueva de la vida».

Tanto en las alegrías como en las desdichas

Se dieron cuenta de que cada persona cargaba sus propias lecciones.

«Cada uno de nosotros es un legajo vivo» —reflexionó uno de los Guardianes.

«Y en estas reuniones, los conocimientos se comparten y la sabiduría se multiplica».

Así, la incertidumbre de ser un peregrino se mutaba en fuerza.

«Ahora entiendo» —dijo un pastor trashumante, que había llegado hacía poco a la granja.

«Que estar perdido no es una debilidad, sino el principio de un nuevo camino».

Y las decisiones, aunque difíciles, tenían el potencial de convertirse en momentos de brillante conexión.

«La elección que más temía hacer» — concluyó una tejedora.

«Resultó ser el hilo que me unió a todos vosotros»..

La eternidad hecha mimbre

El viejo Faustino golpeó el suelo con la garrota, un gesto seco y arcaico como la tierra que pisaba. Sus nudillos, torcidos como raíces de olivo, ya no apretaban el mimbre con una urgencia casi sagrada, ni sus ojos velados por la nube de los años, vislumbraban la lejanía. Sus habilidades físicas estaban mermadas, pero la mente, lúcida y viva, siempre tenía un dicho, un consejo o una lección de vida para el oyente.

«No era cosa de santos ni de rezos» —dijo, y su voz sonó a piedra arrastrada.

«Aquí, si no arrimas el hombro, te lleva la peste o el hambre». «Lo demás son palabras».

La vieja granja de Garcimolina se alzaba testaruda contra el cielo plomizo. No tenía cruz ni pendón, pero sí manos. Manos que tejían, que sembraban, que enterraban a los suyos sin ceremonias y sin campana. No era culto, era costumbre, y la costumbre, cuando se repite sin romperse, se vuelve ley.

Un peregrino, camino de Caravaca, se detuvo a beber en la fuente. Sus ojos, extraños al paisaje, observaron el ir y venir de las manos.

«¿Y eso qué hacéis con las cestas?» —preguntó, señalando los cestos que se amontonaban junto al bardal de las cuadras.

La mujer más anciana

Después del olmo, no alzó la vista. Sus dedos seguían danzando entre las fibras húmedas.

«Esto no son cestas, zagal» — respondió, y su voz era el sonido del mimbre al doblarse.

«Son la casa, el pan, el trato». «Si se rompe una, se deshilacha el día».

Los caminantes que cruzaban la sierra llevaban más que polvo en las albarcas. Se llevaban historias, dichos, maneras.

Algunos, como Herminio años atrás, se quedaban porque el aire olía a trabajo honrado y no a guerra. Otros seguían, pero con la idea metida en la mente, que aún quedaban rincones, donde no mandaba el señor, ni el milagro, sino el acuerdo tácito entre quienes comparten el pan y el silencio.

Bajo el olmo centenario

Un viejo labriego observaba el atardecer. Sus ojos habían visto demasiados inviernos, y ahora tenía la imagen velada por la edad.

«Aquí no hay caballeros, ni falta que hacen» —masculló, como hablando consigo mismo. Lo que hay son manos. Y si las manos se entienden, el pueblo aguanta.

El olmo, testigo mudo de bodas, broncas y partos, escuchaba sin juzgar. En su sombra se había escrito la historia de Garcimolina.

Allí los mozos aprendían a callar cuando era necesario, las mozas a mirar de reojo lo que no debían decir, y los viejos a repetir, sin cansarse, las lecciones que la tierra enseña a quienes saben escucharla.

Un niño, con los pies descalzos y llenos de barro, se acercó a Juana.

«Abuela, ¿y si vienen malos tiempos?»

Esta dejó el mimbre en su regazo. Sus ojos, surcados de arrugas, se posaron en el pequeño.

«Vendrán, como siempre» — dijo, y en su voz no había temor, solo certeza.

«Pero si sabemos quién trenza, quién siega y quién calla cuando toca, no nos doblega ni el demonio».

Así, sin milagros ni espadas

Garcimolina perduró. Porque en aquel rincón de la sierra habían entendido que las manos que tejen mimbre también tejen grupo. Y qué recordar no es llorar a lo perdido, sino saber por dónde pisar cuando amanece un nuevo día.

Bajo el olmo, el cesto que Herminio había comenzado años atrás seguía creciendo, tejido ahora por muchas manos, un símbolo silencioso de que la verdadera eternidad no está en los monumentos de piedra, sino en lo que las manos saben construir juntas.

 

«La comunidad entendió que su riqueza no estaba en lo que atesoraban».

«Si no en lo que compartían, tejiendo futuro con los hilos del pasado».

 


 

Que no falte nunca el paso,
ni el esparto en el telar,
y ni la anea en el poyete,
ni la risa en el portal.

Si hay un mimbre, hay un lazo.
¡Y en Garcimolina, hogar!

Que no falte nunca el paso.
Ni la risa en el portal.
Y ni el candil en la alacena,
ni el saludo al madrugar.

Si hay un mimbre, hay un lazo.
¡Y en Garcimolina, hogar!

 


 

 ROMANCE DE GARCIMOLINA

Baxo la sombra del olmo,
do el sol se torna dorado,
suena la voz del antiguo,
eco del tiempo guardado.

—Garcimolina perdura,
con fe y trabajo ganado—.

Non fue milagro nin lanza
quien su cimiento alçó alto,
fue el sudor de los que texen
con manos firme su fado.

Cestas, telares y ruecas,
danza de ofiçio callado,
hilavan sueños futuros,
bordando fe y buen amparo.

—Garcimolina perdura,
con fe y trabajo ganado—.

Vino Herminio sosegado,
su paso firme y honrado.
«Vale más bien, compartido
que oro nin pendón alçado».

Jóvenes guardan la usança,
mimbre, la lana y su trato;
en cada obra sincera
late un mundo so legado.

—Garcimolina perdura,
con fe y trabajo ganado—.

 

 

 

FIN