Analfabetismo y desigualdad de género:
DESIGUALDAD DE GÉNERO EN LA POSGUERRA: CASAS DE GARCIMOLINA
Un acercamiento desde la memoria histórica

Introducción
La posguerra española (1939-1945) no solo fue un tiempo de hambre, represión y silencio. Fue también, para millones de mujeres rurales, un período de exclusión silenciosa de un derecho básico: el acceso a la lectura y la escritura. Mientras los hombres se llamaban a filas, movilizados o forzados al exilio interior, las mujeres quedaban al frente de hogares y campos, cargando con la supervivencia familiar en unas condiciones materiales extremas. En ese contexto, la escuela —allí donde existía— se convirtió para muchas niñas en un lujo inalcanzable.
Este artículo se acerca a la realidad de Casas de Garcimolina, pequeña localidad de la Baja Serranía de Cuenca, para comprender cómo la desigualdad de género marcó las tasas de analfabetismo en los años posteriores a la Guerra Civil. No se trata de un estudio estadístico exhaustivo, sino de una reflexión basada en fuentes primarias y en la comparación con los datos conocidos de la comarca, con el objetivo de recuperar la memoria de aquellas mujeres a quienes se les negó la posibilidad de aprender.

Un pueblo de la Serranía: aislamiento y tradición
Casas de Garcimolina se encuentra en el extremo oriental de la provincia de Cuenca, lindando con la provincia de Teruel, en plena Serranía Baja. Como la mayoría de los pueblos de esta comarca, su economía se basaba en la agricultura de secano —cereales, almendras, nueces, vid— y en la ganadería ovina. Las comunicaciones eran difíciles: carreteras sin asfaltar, caminos de herradura y largas distancias a las cabeceras comarcales. El aislamiento geográfico condicionaba todos los aspectos de la vida, y la educación no era una excepción.
En 1940, España emergía de una guerra devastadora. La posguerra trajo consigo racionamiento, estraperlo, enfermedades y una profunda crisis económica. En los pueblos pequeños, la prioridad de las familias era comer, no enviar a los hijos a la escuela. Y cuando había que elegir, la decisión solía estar marcada por el género.
Los datos: una fotografía de la desigualdad
Aunque no disponemos de las cifras exactas de analfabetismo desglosadas exclusivamente para Casas de Garcimolina en 1940, los estudios realizados para el conjunto de la Baja Sierra de Cuenca —basados en los censos oficiales— nos permiten hacernos una idea muy aproximada de lo que ocurría en pueblos de similar tamaño y características.
En 1930, antes de la Segunda República, la tasa media de analfabetismo femenino en la comarca rondaba el 65 %, mientras que la masculina se situaba en el 38 %. Es decir, dos de cada tres mujeres no sabían leer ni escribir, frente a cuatro de cada diez hombres. En 1940, tras los esfuerzos escolarizadores republicanos —interrumpidos por la guerra— y los primeros años de la posguerra, la situación había mejorado solo ligeramente: las mujeres seguían siendo analfabetas en un 55 % aproximadamente, y los hombres en un 30 %.
Si aplicamos estas proporciones a Casas de Garcimolina, un pueblo que en aquellos años contaría con unos pocos cientos de habitantes, podemos imaginar una realidad en la que las niñas y mujeres adultas constituían la inmensa mayoría de quienes no sabían firmar, ni leer una carta, ni ayudar a sus hijos con las tareas escolares.
¿Por qué ellas? Las causas de la brecha
Detrás de estas cifras hay razones profundas, arraigadas en la estructura social y económica de la España rural de la época. Comprender por qué la mujer salía perjudicada en el acceso a la alfabetización es esencial para hacer justicia a su memoria.

Trabajo infantil y división sexual
En las familias campesinas, todos los brazos eran necesarios. Los niños ayudaban en el campo desde pequeños: llevar el ganado, recoger las almendras, nueces, sembrar o escardar. Las niñas, además de esas tareas, asumían responsabilidades domésticas, cuidar de los hermanos pequeños, hacer la comida, acarrear agua, atender a los mayores. La escuela quedaba, con frecuencia, como una actividad secundaria, a la que solo se podía asistir cuando las tareas del campo o la casa lo permitían.
Sin embargo, existía una diferencia fundamental, mientras que la educación de los varones se consideraba una inversión de futuro —podían emigrar, hacer la mili, acceder a un empleo mejor—, la de las niñas se percibía como innecesaria. ¿Para qué iba a saber leer y escribir una mujer, si su destino era casarse, cuidar de su hogar y trabajar la tierra? Esta mentalidad, compartida por muchas familias y reforzada por las autoridades y la Iglesia, condenaba a las niñas a la exclusión educativa.
El matrimonio y la emancipación
Cuando una mujer se casaba —y lo hacía joven, a menudo antes de los veinte años—, sus obligaciones se multiplicaban. Atender al marido, criar a los hijos, mantener la casa, ayudar en el campo… Todo ello dejaba poco o ningún espacio para aprender. Muchas mujeres que de niñas habían asistido a la escuela de forma irregular, al casarse, perdían incluso esa mínima práctica. Otras, que nunca habían ido, veían cómo la oportunidad se alejaba definitivamente.
La emancipación femenina, en aquel contexto, no significaba autonomía, sino asunción plena de las cargas familiares. Y en ese proceso, la alfabetización no era una prioridad ni para ellas mismas, convencidas de que su papel en la vida no requería letras.

La escuela: insuficiente y desigual
En pueblos como Casas de Garcimolina, la dotación escolar era escasa. Podía existir una escuela unitaria, a menudo mal equipada, y no siempre había maestra. Cuando solo había un maestro, las niñas quedaban en desventaja, porque la educación de los niños se consideraba prioritaria. La creación de escuelas de niñas durante la República supuso un avance, pero la guerra y la posguerra truncaron ese proceso. Muchas escuelas se cerraron o se ocuparon, y los maestros depurados o movilizados.
Además, la escuela de posguerra, bajo el nacionalcatolicismo, reforzaba los roles de género. Las niñas aprendían labores, costura, religión y rudimentos de lectura, pero con un horizonte limitado: ser buenas esposas y madres. La instrucción profunda, la que permitía manejarse con soltura en el mundo de las letras, se reservaba implícitamente a los varones.
La posguerra: el tiempo perdido
Los años cuarenta fueron especialmente duros. El hambre, el racionamiento, el frío, las enfermedades… En esas condiciones, la escuela pasaba a un segundo plano. Muchos niños y niñas dejaron de asistir porque no tenían ropa, ni zapatos, ni fuerzas para caminar kilómetros. Las familias necesitaban que trabajaran. La prioridad era sobrevivir.
Para las niñas, además, se añadía una carga ideológica: el nuevo régimen impulsaba un modelo de mujer sumisa, abnegada, dedicada al hogar. La instrucción femenina no era bien vista más allá de lo estrictamente necesario para cumplir con los deberes religiosos y domésticos. En este caldo de cultivo, el analfabetismo femenino se perpetuó durante décadas.
En Casas de Garcimolina, como en tantos pueblos de la Serranía, hubo mujeres que nunca aprendieron a leer. Mujeres que firmaban con una cruz, que dependían de otros para entender un papel oficial, que no podían ayudar a sus hijos con la escuela. Mujeres que, a pesar de todo, llevaron adelante sus hogares, criaron a sus familias y mantuvieron viva la cultura oral y las tradiciones.
Memoria y reconocimiento
Hablar de analfabetismo femenino en la posguerra no es solo una cuestión de cifras. Es recordar que hubo generaciones enteras de mujeres a las que se les negó un derecho fundamental. No era ignorancia, ni falta de capacidad: era exclusión social, económica y cultural. Las mujeres de Casas de Garcimolina, como las de toda la Serranía, trabajaron duramente, sostuvieron la vida en condiciones extremas y, sin embargo, se invisibilizaron también en el relato histórico.
Este artículo quiere ser un pequeño homenaje a su memoria. Saber que ellas no sabían leer no es un dato frío: es comprender la injusticia que sufrieron y valorar el esfuerzo que hicieron para que sus hijos e hijas tuvieran, al menos, más oportunidades.
Hoy, cuando la educación es un derecho universal —aunque todavía con desigualdades—, conviene no olvidar de dónde venimos. No obstante, la memoria histórica también es eso: recordar a quienes no pudieron aprender, para que su sacrificio no haya sido en vano.

Para saber más
- De Gabriel, N. (1997). Alfabetización, semialfabetización y analfabetismo en España (1860-1991). Revista Complutense de Educación, 8(1), 199-231.
- Vilanova, M., & Moreno, X. (1992). Atlas de la evolución del analfabetismo en España de 1887 a 1981. Madrid: CIDE.
- Viñao Frago, A. (1994). Analfabetismo y alfabetización. En J. L. Guereña, J. Ruiz Berrio, & A. Tiana Ferrer (Eds.), Historia de la educación en la España contemporánea (pp. 23-50). Madrid: CIDE.
- Archivo Histórico Provincial de Cuenca. Padrones municipales y censos de población (1930-1940).