El campamento de Morrogorrino

El campamento de Morrogorrino

 

RESISTENCIA, REPRESIÓN Y MEMORIA EN LA SERRANÍA DE CUENCA (1944-1948)

 

Resumen:

El presente artículo aborda la historia del campamento guerrillero de Morrogorrino, ubicado en la serranía conquense, como caso de estudio de la resistencia antifranquista y la represión subsiguiente en el ámbito rural. A través del análisis de fuentes orales y documentales, se reconstruye la red de enlaces que sostuvo a los maquis en esta zona, la trágica redada del 6 de enero de 1948 y sus consecuencias en la población civil, así como las iniciativas actuales de recuperación de la memoria histórica. El caso de Morrogorrino ilustra las complejas relaciones entre los guerrilleros y los habitantes de los «rentos» (casas aisladas), la brutalidad de la represión franquista y el deber de recordar a quienes se silenciaron.

 

Palabras clave: Maqui, guerrilla antifranquista, represión franquista, memoria histórica, Serranía de Cuenca.

 

 

INTRODUCCIÓN: LA GUERRILLA COMO «LUCHA BORROSA»

La historia de los guerrilleros antifranquistas en España ha sido durante décadas una «memoria clandestina», un relato silenciado tanto por el régimen que los combatió como, paradójicamente, por los propios partidos políticos que en su día impulsaron la resistencia armada. Como señala el historiador Secundino Serrano, «los maquis se convirtieron en los seres invisibles de la historia española» 1. Entre 1939 y 1952, unos 7.000 hombres y mujeres (a los que hay que sumar más de 20.000 enlaces detenidos) protagonizaron la única oposición armada organizada contra la dictadura franquista  2 . Fue, en palabras de Paul Preston, «la oposición más seria al régimen de Franco» 3.

Esta resistencia, sin embargo, no fue un fenómeno monolítico.

Como bien se explica en el documento 12 preguntas sobre el maqui, la guerrilla no fue un instrumento exclusivo del Partido Comunista, aunque este terminara por controlar la mayor parte de ella bajo la bandera de la Unión Nacional. En su base, existió una realidad plural, con presencia de socialistas, anarquistas y combatientes sin filiación política clara, que huían de la represión o se unían por pura convicción antifascista. Esta diversidad, a menudo invisible en los partes oficiales de ambos bandos, fue una de las características que definió a los «hombres del monte».

Este estudio se centra en un espacio geográfico concreto: la confluencia entre la serranía de Cuenca, el Rincón de Ademuz y la Comunidad Valenciana, una de las zonas donde la resistencia guerrillera dejó una huella más profunda. En particular, abordaremos la historia del campamento de Morrogorrino, un refugio clave para los maquis que operaban en los términos de Casas de Garcimolina y Algarra, y la red de apoyo civil que lo hizo posible. A través de testimonios orales y documentación de archivo, reconstruiremos los hechos acontecidos en torno al 6 de enero de 1948, fecha del asalto de la Guardia Civil al campamento, y analizaremos las consecuencias que tuvo para la población de la comarca.

 

 

LA AGRUPACIÓN GUERRILLERA DE LEVANTE Y SU PROYECCIÓN EN CUENCA (AGL)

La reconstrucción de la vida en este campamento y las circunstancias de su caída es posible gracias a documentos excepcionales, como el informe del brigada Pedro Merino Izquierdo y, sobre todo, a la documentación incautada por la Guardia Civil tras el asalto. Esta incluía «relación de gente que ha pasado por el campamento, propaganda y normas de uso de explosivos, cuentas del campamento, programa de la escuela, una bandera republicana y tres mapas Michelin», así como una «Lista del personal que hay en el campamento» que menciona a más de treinta guerrilleros, ofreciendo una instantánea única de la estructura humana de la resistencia en la zona.

Para comprender el fenómeno guerrillero en la Serranía de Cuenca, es necesario situarlo en el contexto más amplio de la Agrupación Guerrillera de Levante (AGL), creada en agosto de 1946. Esta agrupación, que luego pasaría a denominarse Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), fue la más numerosa y mejor organizada de todas las que operaron en España, llegando a contar con más de 200 guerrilleros en activo y una estructura de sectores que abarcaba Teruel, Castellón, Valencia y Cuenca 4.

 

El territorio conquense formaba parte del denominado

5.º sector de la AGL, que comprendía el norte de Cuenca, el Rincón de Ademuz y partes de las provincias de Guadalajara y Valencia. Este sector estaba bajo el mando de Manuel Torres «Rodolfo», sustituido posteriormente por Antonio Gil «Medina».

Sin embargo, es importante precisar que, según la información proporcionada por Amador Martínez, Victoriano Pradas Martínez «Negrín» pertenecía al 11.º sector de la Agrupación Guerrillera de Levante, que operaba en la zona de Cuenca y Nueva Castilla. Este dato matiza la adscripción sectorial y demuestra la complejidad organizativa de la guerrilla, con sectores que se superponían y guerrilleros que se movían entre ellos.

La zona ofrecía condiciones idóneas para la guerra de guerrillas: una orografía abrupta, densos bosques, escasa densidad de población y una tradición de izquierdas arraigada en muchos núcleos rurales. Los guerrilleros establecieron campamentos estables en parajes de difícil acceso como los montes de Mira, la sierra de Altamira y, especialmente, la zona comprendida entre los términos de Algarra, Garcimolina y el Rincón de Ademuz.

La vida en estos sectores, como el 5.º

Era extremadamente dura y estaba marcada por la desconfianza y la lucha por la supervivencia. Un testimonio excepcional de esta realidad, aunque en un sector diferente de la AGLA, es el de Martín Centelles Corella, cuyas memorias se recogen en el volumen Escrituras de la memoria. Natural de Cedrillas (Teruel), Centelles fue torturado por la Guardia Civil en Aliaga y huyó para unirse a la guerrilla en 1947, el mismo año en que se estableció el campamento de Morrogorrino. Sus vivencias en la zona de Cuenca, bajo el mando del «Manco de la Pesquera», relatan los mismos desafíos que enfrentaban los guerrilleros de Garcimolina: la escasez de alimentos, las desavenencias internas, el miedo constante a los traidores y la necesidad de desobedecer órdenes para poder sobrevivir.

El campamento de Morrogorrino, ubicado en una zona escarpada y de difícil acceso, se convirtió en uno de los refugios más importantes de la zona. Su ubicación estratégica permitía a los guerrilleros controlar los movimientos de las fuerzas represivas y disponer de rutas de escape hacia la vecina provincia de Valencia. Sin embargo, como ocurrió con la mayoría de los campamentos guerrilleros, su existencia dependía por completo del apoyo de la población civil  5.

 

 

Los campamentos escuela de la AGLA: el caso de Tormón

La existencia en Morrogorrino de un «programa de la escuela» y material de instrucción, tal como refleja la documentación incautada por la Guardia Civil, no fue un hecho aislado. Respondía a una estrategia organizativa y formativa de mayor envergadura impulsada por la AGLA, que estableció campamentos específicamente diseñados para la instrucción de sus miembros.

El más conocido de ellos fue el campamento escuela de la AGLA en los Pinares de Rodeno, ubicado entre Tormón y Bezas (Teruel). Este campamento funcionó como centro de formación integral para los guerrilleros, donde se impartían clases de táctica guerrillera, manejo de explosivos, topografía, formación política e incluso alfabetización.

Un episodio poco conocido, pero significativo, ocurrió el 20 de diciembre de 1947, después del asalto al campamento de Tormón. Dos milicianos, entre ellos José Manuel Montorio «El Chaval», natural de Borja (Zaragoza), regresaron al campamento ya ocupado para recuperar la multicopista y una ametralladora que habían escondido cerca. A pesar de la presencia de la Guardia Civil en la zona, lograron su objetivo. «El Chaval» conseguiría exiliarse posteriormente a Francia en un penoso recorrido a pie junto a otros compañeros, experiencia que refleja las duras condiciones de la huida y la resistencia.

El campamento del Rodeno no fue el único.

Investigaciones y trabajos de recuperación de la memoria histórica han documentado la existencia de otro importante campamento escuela en La Cerollera (Teruel), establecido a finales de 1946 y que llegó a ser sede del Estado Mayor de la AGLA y cuartel general del jefe del 17.º sector, Ángel Fuertes «Antonio». En este enclave, la «escuela», ubicada en una ladera separada del resto de las cabañas, cumplía la misma función formativa, con un programa que incluía «táctica, guerrillera, explosivos, práctica de tiro, topografía, política, conocimientos sanitarios y cultura general». Una de las actividades más destacadas que se realizaban en estos centros era la edición de propaganda, y en concreto del boletín «El Guerrillero», que se imprimía con multicopistas en los propios campamentos escuela para ser distribuido entre los combatientes y la población.

Victoriano Pradas Martínez «Negrín»: perfil de un guerrillero

Victoriano Pradas Martínez, conocido por el alias «Negrín», nació en 1899 en Valdecuenca, en la aldea de Ligros (Teruel). De profesión campesino, se incorporó a la lucha guerrillera en 1947, integrándose en el 11.º sector de la Agrupación Guerrillera de Levante, que operaba en la zona de Cuenca.

Su historia personal ilustra el drama de muchas familias de la época. Apolinar Martínez Vizcarra era abuelo materno de Amador Martínez. Victoriano Martínez Muñoz (no confundir con el guerrillero), de 20 años, tío de Amador, por lo tanto, hermano de Gabriel (padre de Amador), jugó un papel crucial en los acontecimientos que rodearon la caída del campamento. Al intentar auxiliar a Negrín, herido, lo condujo a Vallanca como punto de apoyo con los enlaces.

Para comprender cabalmente la intrincada red de relaciones familiares que sustentó la resistencia en esta comarca, es necesario detallar el árbol de los Martínez. Amador Martínez Martínez, la fuente principal de este estudio, es hijo de Gabriel Martínez Muñoz y Consolación Martínez. Su abuelo materno era Apolinar Martínez Vizcarra, quien también sufrió la represión. Gabriel Martínez Muñoz y Victoriano Martínez Muñoz (el joven de 20 años que auxilió a «Negrín») eran hermanos, ambos hijos de Apolinar. Por lo tanto, Victoriano era tío de Amador. Esta trama familiar, en la que varias generaciones de una misma familia se vieron implicadas en la ayuda a la guerrilla, ejemplifica el profundo arraigo y el altísimo coste humano de la solidaridad en el medio rural.

 

LOS ENLACES: EL ESLABÓN VITAL Y VULNERABLE DE LA RESISTENCIA

La organización del «llano», es decir, la red de enlaces y colaboradores que apoyaban a los guerrilleros desde los pueblos y casas aisladas, fue el elemento cardinal para la supervivencia del maqui. En palabras de Felipe Matarranz, exguerrillero santanderino: «Los héroes fueron los del llano, que tantas palizas recibieron por apoyarnos, por facilitarnos comida, por no decir si nos habían visto» 6.

En la comarca de Garcimolina, los enlaces eran fundamentalmente habitantes de los «rentos» (viviendas rurales aisladas) y pequeños núcleos como Casas de Garcimolina. Estas familias, en su mayoría campesinas y jornaleras, se vieron atrapadas entre dos fuegos: la presión de los guerrilleros, que necesitaban su ayuda para sobrevivir, y la feroz represión de la Guardia Civil, que castigaba cualquier colaboración como delito de auxilio a la rebelión.

El testimonio de Amador Martínez

El vecino de la zona que vivió aquellos años siendo un niño, ilustra esta compleja relación.

«Mis padres habían visto a los guerrilleros alguna vez, pero era difícil acceder al lugar donde estaban». […] «En una ocasión fueron tres hombres a su casa y su madre les preparó una cena que después le pagaron» 7.

Este fragmento revela aspectos fundamentales de la relación entre los maquis y sus apoyos: la clandestinidad de los encuentros, la provisión de comida como forma principal de ayuda y, significativamente, el hecho de que los guerrilleros pagaban por lo que recibían. Como documenta Francisco Moreno Gómez, en la Agrupación Guerrillera de Levante existía una norma no escrita de compensar económicamente a los campesinos para no grabar su precaria economía y para establecer una relación de reciprocidad que reforzara los lazos de confianza 8.

Los enlaces

No solo proporcionaban alimentos, sino también información sobre los movimientos de la Guardia Civil, medicinas, ropa y, en ocasiones, refugio en sus propias casas. El Servicio de Información Republicano (SIR) estructuraba estas redes de apoyo, que en Levante alcanzaron un notable grado de organización  9.

En el caso de la red que apoyaba el campamento de Morrogorrino, los enlaces «Vidal» y «El Francés» tuvieron un papel destacado en los intentos de auxilio a los guerrilleros heridos. Gabriel Martínez Muñoz, padre de Amador, fue uno de los muchos vecinos que sufrieron las consecuencias de esta solidaridad.

La brutalidad de la represión se cebó con estas redes de apoyo. Según relatos recogidos en la zona, en el rento de Santerón, a un residente «lo emborracharon para que revelara todos sus conocimientos. Al día siguiente, el individuo se halló muerto». Asimismo, en el rento de Dehesilla, la familia de Gabriel Martínez y Consolación «también fue objeto de torturas» por parte de conocidos miembros de la Guardia Civil.

Estos «conocidos miembros de la Guardia Civil» eran los cabos Siró y Motos, tristemente célebres en la comarca del Rincón de Ademuz y la Serranía de Cuenca por la dureza de sus métodos. La tradición oral los recuerda como los artífices de una auténtica caza de brujas contra los colaboradores de la guerrilla. Su estrategia se basaba en la presión constante, las torturas y las amenazas a las familias de los rentos para obtener información y sembrar el terror.

La fama de Siró y Motos

Que actuaban con frecuencia como una «contrapartida» (disfrazados de guerrilleros para descubrir apoyos), se convirtió en un arma psicológica casi tan efectiva como la represión física, contribuyendo decisivamente al abandono de los rentos y al aislamiento de los maquis. Estos testimonios, recogidos de la tradición oral, confirman la política de terror sistemático que describe la historiadora Conxita Mir y explican el pánico que llevó al abandono de los rentos.

Esta estructura de apoyo civil se conocía en la jerga guerrillera como la «guerrilla del llano». Su labor no se limitaba al aprovisionamiento; incluía también el suministro de información crucial sobre los movimientos de las fuerzas represoras y servía como principal cantera de reclutamiento para la guerrilla. Estudios recientes calculan que alrededor de la mitad de los miembros de las partidas armadas procedían de este ámbito, y destacan el papel de las mujeres, que, sometidas a menor vigilancia que los hombres, se convirtieron en enlaces y colaboradoras esenciales, sufriendo a menudo las consecuencias más crueles de la represión.

 

LA TRAGEDIA DEL 6 DE ENERO DE 1948: EL ASALTO A MORROGORRINO

El año 1948 marcó un punto de inflexión en la lucha antiguerrillera. Las autoridades franquistas intensificaron la represión mediante el decreto-ley sobre Bandidaje y Terrorismo de 18 de abril de 1947, que permitía aplicar métodos expeditivos como la «ley de fugas» y la militarización de la lucha contra el maqui. En este contexto, el general Camilo Alonso Vega, perteneciente al Ejército, coordinaba las operaciones contra la guerrilla, mientras que, en la zona de Levante, el general Manuel Pizarro Cenjor —al frente de la V Región de la Guardia Civil y como gobernador civil de Teruel— aplicó una política de «tierra quemada» que incluía declarar «zonas de guerra» extensas comarcas, desalojos forzosos de masías y la quema de bosques para privar de cobertura a los guerrilleros.

Es importante precisar, a partir del testimonio de Amador Martínez, que en el asalto al campamento de Morrogorrino solo participaron efectivos de la Guardia Civil, sin intervención de militares del Ejército, a diferencia de lo que alguna documentación secundaria no contrastada ha publicado.

Los hechos previos: el cerco al campamento

El origen del asalto se encuentra en la detención, dos días antes, del guerrillero Victoriano Pradas Martínez «Negrín». Herido en un enfrentamiento previo, su estado de salud obligó a trasladarlo a Vallanca para ser atendido. Fue el tío de Amador, Victoriano Martínez Muñoz, de apenas 20 años, quien lo condujo hasta Vallanca, donde los enlaces «Vidal» y «El Francés» debían continuar el traslado hacia Ademuz para recibir asistencia médica.

Sin embargo, durante el traslado, «Negrín» fue detenido por la Guardia Civil. Sometido a un interrogatorio «meticuloso», reveló bajo tortura la ubicación exacta del campamento en Morrogorrino e incluso la contraseña de entrada: «a unos cien metros del mismo, principiaban a aullar como si fuera un perro o un lobo y los del campamento, el centinela, contestaba de la misma manera». Esta información permitió a las fuerzas de la Guardia Civil planificar el asalto con precisión.

El asalto: confusión y «fuego, amigo»

Al amanecer del 6 de enero de 1948, las fuerzas de la Guardia Civil se desplegaron para rodear el campamento. Es crucial señalar, según el testimonio de Amador Martínez, que participaron dos grupos distintos de la Guardia Civil: uno procedente de Ademuz y Torrebaja, y otro de Fuentelespino y Salvacañete. Una espesa niebla obligó a retrasar el ataque hasta pasadas las ocho de la mañana.

La mayoría de los guerrilleros habían abandonado el campamento, quedando solo dos: su jefe, conocido como «Valencia» (Felipe Mingarro Pérez), y el herido «Isidro» (Feliciano López). «Valencia» murió en la puerta de una de las chabolas, no sin antes herir al guardia Bernardo Calafell Juan. «Isidro», también herido, se entregó.

Lo más trágico de la operación, y un hecho omitido en las versiones oficiales, es que los dos grupos de la Guardia Civil, al no tener constancia de la presencia del otro, acabaron enfrentándose entre sí en un confuso tiroteo. Este «fuego amigo», consecuencia de la falta de coordinación y de las condiciones de visibilidad, evidencia el clima de tensión y descontrol que caracterizó muchas operaciones antiguerrillera.

El botín incautado fue cuantioso:

Armamento (fusil Mauser, pistola Star, dinamita) y objetos personales que humanizan a los combatientes. En la mochila de «Valencia» había «tabaco, nueces, ropa, un reloj marca Pamap, un billete de quinientas pesetas, una fotografía de una mujer y de una niña, y otra con otra mujer y dos niñas». La documentación hallada, que incluía planes de acciones y propaganda, permitió a la Guardia Civil, a través de las declaraciones de «Isidro», identificar y capturar a once puntos de apoyo de los caseríos inmediatos (colaboradores que habían auxiliado a los guerrilleros), entre ellos Apolinar Martínez Vizcarra, consumando así la destrucción de la red de apoyo civil.

En la terminología de la guerrilla, los enlaces eran quienes se movían por el monte con la misión de comunicar y transportar víveres, mientras que los puntos de apoyo eran los vecinos de los rentos que, sin pertenecer a la estructura móvil, auxiliaban a los maquis desde sus casas.

 

 

Las consecuencias: represión y terror

El resultado inmediato del asalto fue la muerte de un guerrillero y una oleada de detenciones masivas entre la población civil. La familia de Amador Martínez fue una de las afectadas. Aquel día, cuando él tenía solo ocho años, la Guardia Civil se llevó a sus padres detenidos, acusados de colaboración con los maquis. Amador recuerda que la paliza que le propinaron a su padre delante de él fue una de esas «cosas que no se olvidan tan fácilmente» 10.

Gabriel Martínez Muñoz, padre de Amador, pasó casi tres años en prisión y posteriormente se le forzó a trabajar como «preso político» en la construcción del pantano de El Burguillo (Ávila), dentro del sistema de redención de penas por el trabajo que el franquismo aplicaba a los presos políticos ¹¹. Su madre, aunque pasó menos tiempo en la cárcel, murió joven a consecuencia de la debilidad física y los padecimientos sufridos durante su reclusión.

Esta historia no fue un caso aislado.

Todas las familias que vivían en los rentos cercanos al campamento de Morrogorrino sufrieron detenciones, encarcelamientos y, en algunos casos, la muerte. La represión fue ejemplarizante: se trataba de extirpar cualquier posibilidad de apoyo futuro a los guerrilleros mediante el terror. Como ha documentado Conxita Mir para el caso catalán, en las comunidades rurales la represión devino un «ajuste de cuentas con pretensiones de escarmiento colectivo, impregnada de la brutalidad derivada del conocimiento mutuo entre víctimas y verdugos» ¹².

Las consecuencias demográficas fueron inmediatas. La Guardia Civil llegó a obligar a los habitantes de los rentos a desalojar sus viviendas por las noches, lo que provocó el abandono definitivo de muchos de estos enclaves y contribuyó al despoblamiento de la serranía. El miedo y el terror calaron tan hondo que varias generaciones silenciaron lo ocurrido.

La metodología empleada

—Incluyendo la formación de «contrapartidas» (grupos de guardias civiles que se hacían pasar por guerrilleros para descubrir apoyos) y la presión implacable sobre los enlaces— fue una estrategia sistemática del régimen. La Ley para la Represión del Bandidaje y el Terrorismo de 1947 proporcionó el marco legal para lo que no era sino una «guerra sucia» que incluía torturas, la aplicación de la «ley de fugas» y la militarización de la lucha bajo el mando de figuras como el general Pizarro en la vecina provincia de Teruel. Esta legislación y sus métodos fueron la clave para la desarticulación de numerosas agrupaciones guerrilleras, aislando a los maquis de sus bases sociales de apoyo mediante el terror sistemático.

 

 

Planificar el asalto con precisión al Morrogorrino

 

 

LA LUCHA POR LA MEMORIA: INICIATIVAS ACTUALES

Durante décadas, la historia de los guerrilleros y de quienes los apoyaron permaneció en el silencio impuesto por el miedo y la desmemoria institucional. Como advierte Secundino Serrano, «los años de la transición no corrigieron las condiciones objetivas, porque había que adecuar las biografías de algunos líderes comunistas a los perfiles políticamente correctos de la época» 13. La guerrilla fue sistemáticamente excluida de la historia académica y de los libros de texto.

En las últimas décadas, sin embargo, han surgido iniciativas ciudadanas y académicas para recuperar esta parte silenciada de nuestro pasado. En el ámbito de la Serranía de Cuenca y el Rincón de Ademuz, destaca la labor de La Gavilla Verde, asociación con sede en Santa Cruz de Moya que organiza anualmente encuentros de veteranos guerrilleros y actividades de divulgación histórica. También la Asociación de Vecinos Peña el Pardo de Casas de Garcimolina, ha impulsado iniciativas para visibilizar el papel de las mujeres en la resistencia y mantener viva la memoria de lo ocurrido 14.

Estas asociaciones han contribuido a que:

Como señala el testimonio recogido, «se está empezando a recuperar una parte bastante silenciada y desconocida de nuestra historia». El trabajo de recuperación de la memoria no es solo un ejercicio académico, sino un acto de justicia hacia quienes sufrieron la represión y hacia sus descendientes.

Estas iniciativas locales son un reflejo del movimiento memorialista que, desde finales de los años 90, ha cobrado fuerza en España. A menudo, su labor consiste en convertir los escenarios de la lucha y la represión en auténticos «lugares de memoria», un concepto que el historiador Pierre Nora definió como aquellos espacios materiales, simbólicos o funcionales donde la memoria de una comunidad se condensa y se expresa. El paraje de Morrogorrino, los restos de los rentos abandonados y la propia fosa de Algarra son, gracias al trabajo de estas asociaciones, algo más que accidentes geográficos o administrativos: son lugares que nos interpelan y nos recuerdan la historia que ocurrió en ellos.

Precisión histórica: el bulo de la fosa de Algarra

En los últimos años, algunas publicaciones y revistas digitales han difundido la existencia de una supuesta fosa común en el cementerio de Algarra donde, según esas versiones, estaría enterrado un guerrillero abatido durante el asalto a Morrogorrino. Esta afirmación, repetida sin la contrastación debida, carece de cualquier fundamento real.

La investigación rigurosa sobre el terreno y, fundamentalmente, el testimonio de primera mano de Amador Martínez —cuyos familiares directos protagonizaron aquellos hechos— desmienten categóricamente esta elucubración. No existe fosa alguna en Algarra, ni constancia documental ni memorialista que avale el enterramiento de milicianos en ese lugar. Este caso ejemplifica cómo las «fuentes secundarias no contrastadas» pueden generar relatos falsos que distorsionan la memoria histórica. Frente a ellas, el trabajo de campo y la palabra de quienes vivieron los acontecimientos, como Amador Martínez, se erigen en la herramienta fundamental para reconstruir un pasado veraz y digno.

 

EL ESCENARIO LITERARIO: «MAQUIS» DE ALFONS CERVERA

La comarca que nos ocupa ha sido también escenario de la literatura de la memoria. La novela «Maquis» del escritor valenciano Alfons Cervera, publicada en 1997, sitúa su acción precisamente en la confluencia entre la serranía de Cuenca, el Rincón de Ademuz y la Comunidad Valenciana, acercándose a localidades como Santa Cruz de Moya 15.

Cervera sitúa su relato en un pueblo ficticio, «Los Yesares», pero los paisajes, el miedo y la dureza que describe son los que se vivieron en localidades reales como Garcimolina y Algarra. En la novela, las mujeres bajan de la iglesia para subir comida a los huidos del «Cerro de los Curas», un reflejo literario de lo que hacían las mujeres de los rentos cercanos a Morrogorrino en la vida real. La obra de Cervera forma parte de una corriente de narrativa memorialista que, desde finales de los años noventa, ha contribuido a devolver la palabra a los silenciados y a reconstruir el paisaje moral de la posguerra 16.

La novela de Cervera se inscribe en un amplio movimiento cultural que, desde el cine y la literatura, ha contribuido a «quitar el velo a los pasados aún activos». Obras como Silencio roto (2001) de Montxo Armendáriz o el documental La guerrilla de la memoria (2002) de Javier Corcuera han sido fundamentales para, a través de la ficción y el testimonio, reconstruir la memoria de quienes, como los enlaces de Morrogorrino, fueron los «héroes anónimos» que sostuvieron la resistencia.

 

CONCLUSIONES: EL DEBER DE LA MEMORIA

La historia del campamento de Morrogorrino y sus enlaces, reconstruida a partir del testimonio de quienes la vivieron, es un ejemplo paradigmático de lo que fue la lucha guerrillera en España: una resistencia heroica y desigual, sostenida por el apoyo de gentes humildes que pagaron un precio altísimo por su solidaridad.

La investigación rigurosa, basada en fuentes primarias contrastadas, nos permite corregir errores y eliminar especulaciones. No hubo militares en el asalto, sino dos grupos de la Guardia Civil que, en un trágico error de coordinación, llegaron a enfrentarse entre sí. Tampoco existe fosa alguna en Algarra, ni constancia documental de enterramientos de guerrilleros en ese lugar, como demuestra la investigación sobre el terreno.

La redada del 6 de enero de 1948 y sus consecuencias ilustran la brutalidad de la represión franquista, que no se limitó a combatir a los guerrilleros, sino que castigó ejemplarmente a quienes les prestaban ayuda, sembrando el terror en las comunidades rurales y forzando el abandono de los rentos que durante siglos habían configurado el paisaje humano de la serranía.

 

El caso de la familia de Amador Martínez

—Un niño de ocho años que ve cómo se llevan a sus padres, Gabriel Martínez Muñoz y Consolación Martínez; que sabe de la detención de su abuelo Apolinar Martínez Vizcarra y del heroico y fallido intento de su tío, el joven Victoriano Martínez Muñoz, por salvar al guerrillero «Negrín»— es solo uno entre miles. Sin embargo, nos permite acercarnos a la dimensión humana de aquellos acontecimientos y entender que son historias que no pueden ser olvidadas.

Las iniciativas de asociaciones como La Gavilla Verde y la Asociación de Vecinos Peña el Pardo nos muestran el camino a seguir: visibilizar, recordar y dignificar la memoria de quienes lucharon por la libertad y de quienes les apoyaron, a menudo con sus propias vidas, basando este trabajo en el rigor histórico y el testimonio directo.

Como escribió Secundino Serrano al final de su obra, «no se trata de rehabilitar a la guerrilla y redimir a los guerrilleros por el procedimiento de reescribir un pasado ucrónico, teológico y angelical, sino de aproximarnos a su historia, que es un fragmento medular de la historia última de este país» 17. La historia del campamento de Morrogorrino y de sus enlaces, contada con precisión y respeto, es parte ineludible de ese pasado que merece ser conocido y recordado.

 

 

REFERENCIAS

cit. → Abreviatura de opus citatum u opere citato, que significa “obra citada”. p. 2 → Página específica dentro de esa obra.

 

  1. Serrano, S. (2001).  Historia de la guerrilla antifranquista. Madrid, p. 18.
  2. Moreno Gómez, F. (2002). «Resistencia armada contra Franco».
  3. Casanova, J. et al., Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco. Barcelona: Crítica, p. 255.
  4. Serrano, op. cit., p. 2.
  5. Romeu Alfaro, F. (1987).Más allá de la utopía: perfil histórico de la Agrupación Guerrillera de Levante. Valencia: Alfons el Magnànim, pp. 95-98.
  6. Moreno Gómez, op. cit., p. 236.
  7. Citado en Serrano, op. cit., p. 261.
  8. Testimonio de Amador Martínez, dosier, sobre el campamento de Morrogorrino.
  9. Moreno Gómez, op. cit., p. 240.
  10. Serrano, op. cit., p. 120.
  11. Testimonio de Amador Martí
  12. Sobre el sistema de redención de penas por el trabajo, véase Casanova, J. (2002). «Una dictadura de cuarenta años». En Casanova et al., op. cit., pp. 29-30.
  13. Mir, C. (2002). «El sino de los vencidos: la represión franquista en la Cataluña rural de la posguerra». En Casanova et al., op. cit., p. 110.
  14. Serrano, op. cit., p. 21.
  15. Información recogida en garcimolinanet/memoria/
  16. Cervera, A. (1997). Maquis. Barcelona: Montesinos.
  17. Sobre la literatura memorialista, véase Serrano, op. cit., pp. 484-486.
  18. https://garcimolina.net/memoria/Serrano, op. cit., p. 27.

 

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes primarias y testimonios orales

  • Martínez, Amador. Testimonio oral, dosier sobre el campamento de Morrogorrino.

Fuentes bibliográficas

  • Cervera, Alfons. Maquis. Barcelona: Montesinos, 1997.
  • Domingo, Alfonso. El canto del búho. Vida en el monte, guerrilleros antifranquistas. 2002.
  • Serrano, Secundino. Maquis: Historia de la guerrilla antifranquista. Madrid: Temas de Hoy, 2001.
  • Casanova, Julián, Fco. Espinosa, Conxita Mir, Fco. Moreno Gómez.  Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco. Barcelona: Crítica, 2002.
  • Varios autores. *El último frente: La resistencia armada antifranquista en España, 1939-1952*. Coordinado por Julio Aróstegui y Jorge Marco. Madrid: Los Libros de la Catarata, 2008.

Fernández Cava, S. (2019). El campamento guerrillero de MorrogorrinoLa Gavilla Verde


 

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