VICENTE VALERO CANO
«VICENTÓN» (1904 – c. 1994)
Presidente del Comité de Defensa y de la Colectividad CNT-UGT de Garcimolina

Liderazgo revolucionario durante la guerra civil
Natural de Garcimolina (Cuenca), Vicente Valero Cano, conocido como «Vicentón» por su imponente presencia física y carácter autoritario, emergió como el principal líder revolucionario en su localidad durante la Guerra Civil. El expediente judicial franquista de 1943 lo señala de forma unánime como:
- Presidente del Comité de Defensa y de la Colectividad CNT-UGT, ejerciendo un control absoluto sobre la vida política y económica del pueblo durante «la dominación roja».
- Impulsor de la colectivización agraria, promoviendo la confiscación de terrenos de agricultores como Ángel Martínez Millán y Julián Pérez Jiménez, a quienes, de acuerdo con la declaración de este último, amenazó con una pistola y lo encarceló brevemente para obligar a la «cesión voluntaria» de sus bienes.
- Encargado de los «ataques» a la iglesia, liderando la incineración de imágenes de carácter religioso y la aniquilación del legado eclesiástico, acciones que el régimen franquista calificaría como delitos de gran envergadura.
Las propias autoridades locales reconocían en 1939 que había sido «la persona que en el pueblo ha tenido la dirección de la mayoría de los desmanes que se han cometido», aunque matizaban que en algunos casos había defendido a vecinos contra «atropellos de la horda marxista».
El protector: Contención de la violencia externa
Paradójicamente, la figura de «Vicentón» presenta una dimensión protectora esencial para entender la singularidad de Garcimolina en el contexto comarcal. Mientras milicias republicanas procedentes de Requena practicaban ejecuciones extrajudiciales («paseos») en pueblos vecinos durante 1936-1937, Valero utilizó su autoridad para «parar los pies» a estas brigadas foráneas.
Su intervención, basada en su influencia como presidente del Comité y su condición de anarcosindicalista, impidió que las milicias externas se cobraran vidas en Garcimolina. Esta contención de la violencia fatal, contrastando con la sangrienta represión en localidades cercanas, matiza profundamente su legado: fue simultáneamente el impulsor de la transformación revolucionaria interna y el protector que trazó una línea infranqueable contra la violencia externa más extrema.
EL CERTIFICADO QUE SALVÓ UNA VIDA:
Estrategias de supervivencia de Vicente Valero Cano en la represión franquista a través del sumario 32860
Vicente Valero Cano, procesado en 1945 dentro del procedimiento sumarísimo de urgencia número 32860, instruido por la Auditoría de Guerra de la I Región Militar. A través del estudio detallado del sumario —que incluye actas del comité revolucionario de Casas de Garcimolina (Cuenca), denuncias, declaraciones de testigos e informes de las autoridades locales—. Se examina cómo Valero, acusado de liderar los desmanes contra la iglesia y de protagonizar requisas e incautaciones durante la «dominación roja», logró evitar la condena y obtener su libertad.
La investigación se centra en el papel determinante del certificado de buena conducta expedido por el comandante militar de Santa Eulalia del Campo (Teruel), documento que acreditaba su paso a las filas nacionales y su servicio en el Ejército franquista. Se concluye que este salvoconducto, en el contexto de la política de «redención» del régimen y la ambigüedad de los informes locales, actuó como un mecanismo de legitimación que inclinó la balanza judicial a su favor, permitiéndole escapar de la pena de muerte o de una larga condena.
Introducción
La represión franquista durante la posguerra civil se articuló a través de un entramado judicial militar que procesó a miles de personas por su presunta responsabilidad en hechos cometidos en la zona republicana. Los procedimientos sumarísimos de urgencia, como el que nos ocupa, constituyeron la herramienta legal para depurar responsabilidades y consolidar el nuevo Estado. Sin embargo, en este entramado no todos los acusados corrieron la misma suerte. El análisis microhistórico del caso de Vicente Valero Cano, vecino de Casas de Garcimolina (Cuenca), permite comprender los mecanismos de supervivencia que algunos individuos pudieron activar para sortear la condena.
Este escrito tiene como objetivo desentrañar las claves que permitieron a Vicente Valero, a pesar de las graves acusaciones en su contra, salir absuelto del proceso. Se sostiene la hipótesis de que el elemento fundamental fue la posesión y presentación de un certificado militar que lo acreditaba como «convertido» y leal a la causa nacional, un documento que actuó como un salvoconducto en un contexto donde la adhesión al régimen era el principal valor.
Contexto y desarrollo del procedimiento judicial contra Vicente Valero
El sumario 32860 se inicia en 1939 en Casas de Garcimolina, a raíz de una denuncia colectiva por los «desmanes cometidos contra las Iglesias de estos pueblos y de las requisas e incautaciones». Las actas del propio «Comité antirrevolucionario» (folios 5-21) incriminan directamente a Vicente Valero, quien aparece firmando como presidente del comité en múltiples sesiones de agosto a octubre de 1936. En ellas se documentan acuerdos para requisar trigo, imponer derramas económicas a vecinos pudientes —como la carta de coacción del folio 82, donde se exigen 500 pesetas a Julián Pérez Jiménez— e incautarse de fincas y ganado.
Las declaraciones posteriores de otros vecinos y de las víctimas profundizan los cargos. Maximina Sánchez Garrido declara cómo Valero labraba en sus tierras sin permiso y cómo una denuncia falsa de este la llevó a la cárcel (folio 83). Julián Pérez Jiménez relata cómo Valero, pistola en mano, lo encerró en un calabozo para obligarlo a firmar la cesión de sus fincas (folio 106). Saturnino Montesinos Sáiz y Feliciano Sáiz Jiménez coinciden en señalarlo como el principal responsable y «arrastrador» de la colectividad (folio 106-107). Incluso el informe de las autoridades locales (falange y ayuntamiento) de abril de 1939, aunque matiza que «se podría llegar a regenerar», lo define como la persona que «ha tenido la dirección de la mayoría de los desmanes» y cuya conducta «ha sido pésima» (folio 78).
El relato de los hechos dibuja a un líder revolucionario local, activo y coercitivo. La acusación, por tanto, era de máxima gravedad en el marco de la justicia franquista, donde la participación en comités y la destrucción de símbolos religiosos solían ser castigadas con penas de muerte o largas condenas.
El punto de inflexión: La declaración de Valero y el certificado de Santa Eulalia, del campo de concentración en Teruel.
La defensa de Vicente Valero, recogida en su declaración del 20 de abril de 1939 (folios 62-63), presenta una estrategia clara: admitir su pertenencia a las organizaciones de izquierda y su papel en el comité, pero justificarlo como una actuación dentro de un marco colectivo y, sobre todo, aportar una prueba material de su posterior lealtad al régimen. El núcleo de su argumentación es el siguiente fragmento:
«PREGUNTADO si tiene algo más que decir, dijo que con fecha dos de abril de mil novecientos treinta y ocho, se pasó a las fuerzas nacionales por el sector de Batea (Belchite), habiendo estado prestando sus servicios en el ejército nacional desde servicios de guerra, desde el diecisiete de mayo, y exhibe un certificado del comandante militar de Santa Eulalia en el que consta su buena conducta»
Este párrafo es crucial. Valero no solo alega su «pase» a las líneas nacionales, sino que aporta un documento que lo certifica: un salvoconducto expedido en Santa Eulalia del Campo (Teruel). Este pueblo albergaba un campo de prisioneros especializado en sospechosos de espionaje, donde Valero estuvo recluido antes de ser integrado en el ejército franquista. El certificado acredita dos cosas esenciales para su supervivencia:
- Abandono de la zona «roja». Demuestra su ruptura con el bando republicano.
- Servicio y buena conducta en el ejército «nacional». Lo presenta como un individuo útil y, sobre todo, leal a la causa de los vencedores, un «arrepentido» que ha pagado su culpa con servicios de guerra.
En la lógica binaria de la posguerra, este documento transformaba su identidad: de ser el «presidente del comité rojo», pasaba a ser un «excombatiente nacional». Era una prueba de su «conversión» y, por tanto, un aval de primer orden ante un tribunal militar.
Análisis de los informes locales y la resolución final
El informe de las autoridades locales de Casas de Garcimolina (folio 78-79) es ambiguo, pero en el caso de Valero resulta paradójicamente útil. Lo definen como de conducta «pésima» y director de los desmanes, pero añaden un matiz fundamental: «Lo consideran como elemento que se podría llegar a regenerar, pues en varios casos ha demostrado que sus sentimientos defendiendo a personas contra atropellos de la horda marxista». Esta apreciación, aunque negativa en lo general, dejaba una puerta abierta a la «redención». El certificado de Santa Eulalia venía a confirmar que esa regeneración ya se había producido de facto en el campo de batalla.
El resto del proceso se dilata en el tiempo. Las diligencias permanecen paralizadas desde 1939 hasta que en 1943 el juez Olegario González Hernández, en Madrid, observa que el procedimiento se remitió a la superioridad sin que conste resolución alguna, y sugiere que podría elevarse la causa a «sumarísima» (folio 104). Sin embargo, el desenlace final, fechado en octubre de 1945, es el sobreseimiento provisional y el archivo. El dictamen del Auditor General (folio 115) es inequívoco: «No resultando indicio alguno de responsabilidad criminal para Vicente Valero Caño […] y 20 más, procede que V.E. acuerde su terminación sin declaración de responsabilidad y su archivo».
¿Cómo se pasa de una acusación tan sólida a una declaración de «no indicios de responsabilidad»?
El factor determinante es el tiempo y el cambio de contexto. Para cuando el caso se reactiva en 1943 y se resuelve en 1945, la guerra ha terminado y la represión más sistémica contra la pequeña política local ha perdido intensidad. Sin embargo, sobre todo, Valero ya no era el hombre de 1936. Su pasado como «rojo» quedaba, a ojos del tribunal, «limpiado» por su servicio en el ejército franquista. El certificado de Santa Eulalia se convierte así en la prueba reina que desactiva el resto del sumario. Ante la duda y la existencia de un documento oficial que acredita su lealtad, la maquinaria judicial opta por el archivo.
Conclusiones
El caso de Vicente Valero Cano ilustra una vía de escape a la represión franquista poco explorada pero fundamental: la «redención por servicio militar». En un sistema judicial donde la adscripción al bando vencedor era el principal criterio de inocencia, un documento que acreditara el paso a filas y la buena conducta en el Ejército Nacional se convertía en el más eficaz de los salvoconductos.
Valero no se absolvió porque se demostrara su inocencia de los hechos de 1936 —las pruebas en su contra eran numerosas y contundentes—, sino porque logró presentarse ante el tribunal como un hombre «reconvertido» y útil al nuevo Estado. El certificado del comandante militar de Santa Eulalia del Campo no solo atestiguaba un hecho, sino que operaba como un símbolo de lealtad que anulaba simbólicamente su pasado. Su capacidad para obtener y hacer valer ese documento, en un contexto de extrema vulnerabilidad, fue la clave de su supervivencia. Su historia, conservada en los pliegues del sumario, nos recuerda que la represión no fue un proceso monolítico y que, en sus márgenes, existieron estrategias individuales —basadas en la negociación de la propia identidad política— que permitieron a algunos esquivar el destino más trágico.
Larga clandestinidad y supervivencia (1939-1952)
Tras la derrota republicana, Valero inició una prolongada huida que se extendió por trece años. Su desaparición responde a una estrategia de supervivencia estructurada en dos fases.
- No es posible que se haya unido o respaldado a la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), manteniendo su actividad en la Serranía de Cuenca gracias a una amplia red familiar y vecinal.
- Clandestinidad en Valencia con una vida paralela, aislamiento y entrega (1945-1952): El desengaño y el fracaso de la liberación de España tras la Segunda Guerra Mundial y la progresiva desarticulación de los maquis, y lo que representaban, lo dejaron físicamente desgastado y sin redes efectivas de apoyo (solo familia y amigos), culminando en su entrega voluntaria en 1952.
Supervivencia y legado final
Contra todo pronóstico, Vicente Valero sobrevivió al régimen que lo persiguió. Aunque se juzgó en consejo de guerra sumarísimo por delitos que merecían pena de muerte, escapó a la ejecución. Tras su larga desaparición que pasó en Valencia, siempre mantuvo el vínculo con Garcimolina, donde después de su entrega voluntaria a las autoridades, pasaba largas temporadas hasta su fallecimiento alrededor de 1994, con casi 90 años.
Significado histórico
La figura de «Vicentón» trasciende los estereotipos para encarnar las complejidades del poder local en tiempos de guerra.
- Revolucionario y protector, impulsó cambios sociales radicales mientras contenía la violencia externa.
- Perseguido y superviviente, desafió al franquismo desde la clandestinidad y logró sobrevivir a sus verdugos.
- Símbolo de resistencia, su larga huida representa la tenaz oposición de quienes se negaron a rendirse tras la derrota.
Su historia, rescatada del expediente judicial y la memoria oral, nos devuelve la imagen de un hombre complejo que, en el caos de la guerra y la posguerra, ejerció el poder con todas sus contradicciones, y cuyo legado permanece indeleble en la memoria de Garcimolina.
«VICENTÓN», EL REVOLUCIONARIO PERSEGUIDO (1936-1952)
Perfil y liderazgo durante la guerra civil
Conocido por el sobrenombre de «Vicentón» (presencia física, imponente y un carácter temido y respetado), era el presidente del Comité de Defensa y de la Colectividad de la CNT y UGT en Garcimolina. El expediente lo pinta como el principal ideólogo y ejecutor de la transformación revolucionaria en el pueblo.
- Arquitecto de la colectivización: Según múltiples declaraciones, fue la mente tras las incautaciones y la creación de la colectividad. El expediente recoge testimonios de cómo obligó a los propietarios a «ceder voluntariamente» sus tierras bajo coacción. Julián Pérez Jiménez relata (folio 78) cómo Vicentón lo amenazó con una pistola en su propia casa y lo encarceló brevemente para forzar su adhesión.
- Responsable de los «desmanes»: Se le señala como el principal responsable de la quema de imágenes religiosas y de la destrucción de la iglesia, actos que el régimen franquista consideraba «excesos» de la «dominación roja».
- Figura central y temida: El informe de las autoridades del pueblo (folio 76) lo reputa como «la persona que en el pueblo ha tenido la dirección de la mayoría de los desmanes que se han cometido». Es descrito como un hombre de «carácter izquierdista», pero con matices, ya que se reconoce que en algunos casos defendió a personas contra «atropellos de la horda marxista», una contradicción común en líderes locales con poder absoluto.
El papel de Vicente Valero «Vicentón» de cómo frenó a las milicias externas
Dentro del complejo y a menudo sangriento panorama de la retaguardia republicana en la Serranía Baja de Cuenca, el caso de Garcimolina, presenta una particularidad significativa que debe resaltarse: la intervención decisiva de Vicente Valero «Vicentón».
Mientras que en los primeros meses de la guerra (julio-diciembre de 1936), milicias republicanas procedentes de la zona de Requena —vinculadas a la CNT y el PCE— llevaron a cabo una dura represión en pueblos de la comarca, caracterizada por detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales («paseos») y una profunda fractura social, en Garcimolina este patrón de violencia fatal se quebró.
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Según la memoria histórica y los testimonios recogidos en la zona
Vicente Valero, a pesar de su liderazgo revolucionario y su papel en la colectivización y la quema de iglesias, ejerció su autoridad local para «parar los pies» a estas brigadas foráneas. Su intervención, basada en su influencia como presidente del Comité y posiblemente en su condición de anarcosindicalista, impidió que las milicias externas se cobraran vidas entre los moradores del pueblo.
Este hecho matiza profundamente su figura. «Vicentón» no fue solo el líder radical que impulsó la transformación social a cualquier coste; fue también un hombre de poder local que supo ejercerlo para proteger a su comunidad de la violencia externa más extrema. Su acción creó una paradoja. Garcimolina sufrió la revolución social y la destrucción de su patrimonio religioso, pero se libró de la sangría de los «paseos» que sí afectaron a localidades vecinas. Este detalle es esencial para entender los complejos mecanismos de poder, lealtad y violencia en la España rural durante la guerra civil, donde las dinámicas locales podían, en ocasiones, contener la furia desatada del conflicto.
Esta protección no lo eximiría de la persecución franquista, que lo juzgaría por los «desmanes» cometidos dentro del pueblo, pero añade un matiz fundamental a su legado, el de un líder que, en medio del caos, trazó una línea que no permitió cruzar a quienes venían de fuera.

La Huida y la Larga Clandestinidad (1939-1952)
La desaparición de Vicente Valero tras la guerra no fue una simple huida; fue una vida prolongada en la clandestinidad que duró 13 años hasta 1952. Análisis del período.
Fase 1: La transición a la clandestinidad (1939-1944)
- Contexto de terror: Tras la victoria franquista en 1939, la represión se recrudeció. Para un líder anarquista y presidente de una colectividad, el riesgo era una ejecución sumaria. Su desaparición voluntaria. Fue una estrategia de supervivencia.
- ¿Posible vinculación con el Maqui? La Serranía de Cuenca fue un activo foco de guerrilla antifranquista (maquis). Es altamente improbable que «Vicentón», tuviese relación directa con ellos, aunque la línea que había entre huir y resistir era muy delgada.
- La red de apoyo: Mantenerse oculto durante tanto tiempo implica necesariamente una extensa red de apoyo logístico. Familiares, antiguos compañeros de la colectividad y simpatizantes en los pueblos de la comarca (Garcimolina, Algarra, Santa Cruz de Moya y luego en Valencia), debieron proporcionarle alimento, refugio e información, desafiando la feroz represión contra los «encubridores».
Fase 2: La lenta derrota y su entrega (1945-1952)
- El fin de la esperanza: El final de la Segunda Guerra Mundial (1945) y la derrota de los fascismos en Europa no trajo la caída de Franco, como esperaban los exiliados y la resistencia interior. Esto supuso un golpe moral y estratégico devastador para la guerrilla.
- La desarticulación de los Maquis: A finales de los años 40 y principios de los 50, la Guardia Civil, con tácticas mejoradas (contrapartidas, uso de la tortura, infiltrados), fue desmantelando progresivamente las estructuras guerrilleras. La AGLA fue prácticamente aniquilada.
- Aislamiento y agotamiento: Para 1952, Vicente Valero sería un hombre físicamente desgastado, aislado y con las redes de apoyo desarticuladas o demasiado vigiladas. La posibilidad de escapar al exilio se habría esfumado. Su entrega voluntaria en 1952 no fue un evento aislado, sino el punto final de un lento e inexorable acoso.
Entrega voluntaria y destino final
Tras trece años de resistencia en la clandestinidad, la fuga de Vicente Valero «Vicentón» llegó a su fin en 1952, mediante su comparecencia voluntaria a las autoridades franquistas. Esta decisión, lejos de ser una derrota, puede interpretarse como el último acto de un hombre consciente del colapso total de la resistencia guerrillera y del desgaste físico y moral tras años de acoso y supervivencia extrema.
Su rendición no fue un acto aislado, sino parte de un contexto más amplio de entregas pactadas o impulsadas por la desesperanza que caracterizó el final de los maquis en muchas regiones españolas.
- Su entrega, supervivencia y muerte en libertad; la historia de «Vicentón» tiene un desenlace que desafía todas las expectativas represivas del franquismo y se convierte en un testimonio excepcional de resistencia y longevidad.
- Este acto, lejos de ser el final, inició un nuevo capítulo de su vida. Aunque fue juzgado en un Consejo de Guerra Sumarísimo, donde los cargos en su contra (liderazgo anarcosindical, colectivizaciones y destrucción de patrimonio religioso) merecían la pena de muerte, sobrevivió al régimen que lo condenó.

Vicente Valero murió con casi 90 años de edad
Habiendo logrado escapar de la condena máxima. Su vida posterior estuvo marcada por su residencia en Valencia, una ubicación muy común para mucha de su generación, en busca de oportunidades. Sin embargo, nunca rompió los lazos con su tierra natal, pues pasaba largas temporadas en Garcimolina, el pueblo donde una vez fue el líder revolucionario y donde, tras la democracia, pudo regresar como un anciano que había sobrevivido a la guerra, a la represión y al exilio interior.
- Su longeva vida y su muerte en libertad son el epílogo más elocuente de su historia, fue un vencido que, al final, sobrevivió a sus vencedores. El hombre que encarnó el poder popular durante la guerra y que desafió al régimen desde la sierra durante 13 años, terminó sus días paseando por las calles de un pueblo que, para bien o para mal, nunca pudo olvidar su nombre. Su figura se transforma así de «peligroso rojo» a símbolo de la tenacidad humana y de la compleja y larga memoria de los pueblos de España.
Significado histórico
La larga clandestinidad de «Vicentón» lo convierte en un símbolo.
- Resistencia testaruda: Describe a aquellos que, derrotados, se negaron a rendirse o a exiliarse, manteniendo una lucha casi simbólica contra el régimen desde dentro.
- De la persecución incansable del franquismo: Su caso demuestra que el régimen no olvidaba a sus enemigos más significativos. La maquinaria represiva tuvo una memoria larga y una paciencia mortífera.
- Del drama de los maquis y la clandestinidad: Aunque él nunca estuvo con el movimiento maqui. Su historia encapsula la épica trágica de la guerrilla: el heroísmo inicial, el apoyo local, el lento desgaste, el aislamiento y, finalmente, la captura o la muerte.