Conclusión
La historia de la represión franquista en Casas de Garcimolina no puede escribirse sin las mujeres. Ellas fueron víctimas de una violencia específica —económica, moral, judicial— que la historiografía tradicional ha ignorado. Pero también fueron agentes activos de resistencia: desde las maestras que mantuvieron viva la llama de la educación republicana en la cárcel o en el exilio, hasta las vecinas anónimas que tejieron redes de solidaridad clandestina; desde las madres que transmitieron la memoria en voz baja, hasta las hermanas que escribieron cartas desde la prisión.
Restituir sus nombres y sus historias no es solo un acto de justicia memorialista; es también una forma de comprender la complejidad de la represión y las múltiples formas de resistencia que desplegó la sociedad civil. Como escribió Perpetua Jiménez Millán a su hermana Lorenza en 1943: «Nos quitaron la escuela, pero no lo aprendido. Nos quitaron la libertad, pero no la memoria».
Esa memoria, preservada por las mujeres de Garcimolina, es hoy la base sobre la que podemos construir un relato más completo, más humano y más verdadero de nuestro pasado.