En este episodio de «Voces de la Sierra», Maruja Eras del Villar y José celebran Casas de Garcimolina (Cuenca) mediante dos poemas que exaltan su patrimonio: la iglesia de San Juan, la singular geología de la Peña del Pardo, la dehesa Boyal, el Sabinarejo y el imponente Talayón. Rememoran las tradicionales fiestas de San Juan, la emotiva romería de Santerón y el uso de nuevas tecnologías para preservar la memoria colectiva, destacando cómo paisaje, historia y comunidad se entrelazan para mantener viva la esencia de este pequeño pueblo conquense.
Transcripción
Bienvenidos a Voces de la Sierra. Yo soy Maruja Eras del Villar. Hoy traemos una novedad, dar voz a la poesía del pueblo que conozco en el alma, Casas de Garcimolina.
Patrocinado por la Peña Alpardo, este episodio está hecho para quienes guardan un recuerdo en la plaza, en la diesa o en una romería. Casas de Garcimolina, para situarnos, es un municipio de la provincia de Cuenca, en la Serranía Baja. Vamos a escuchar dos poemas que celebran ese paisaje y esa fiesta.
José, ¿te animas a leer el primero? Vamos allá, Maruja. Casas de Garcimolina, tierra de historia y belleza. Bajo su cielo de azul infinito, la iglesia de San Juan se alza en su rito.
Siglo XVIII la vio renacida, farol de fe en la plaza erguida. Paisajes que el alma acarician sin prisa, la Peña Alpardo con su roca mestiza. La dehesa boyal de verde esperanza, susurros del viento en calma y bonanza.
El Sabinarejo, testigo de años, donde sabinas en fieles escaños guardan secretos de siglos pasados, raíces profundas, sueños sagrados. Y más allá, en la cumbre elevada, el Talayón con su frente nevada. Desde sus mil seiscientos tres metros de altura, vigila el valle con calma y ternura.
Casas de Garcimolina, joya escondida, en cada sendero su esencia dormida. Entre sus pinos susurros del viento, cantan historias que lleva el tiempo. Hermoso José, es tan cierto.
La iglesia de San Juan aquí es de verdad el farol de fe y la plaza su latido. En pueblos tan pequeños la torre y las campanas marcan la rutina. Misa, aviso de difuntos, fiesta.
José, ¿te acuerdas de las veces que ha tocado la campana en agosto y…? ¡Oh, claro, Maruja, claro! Yo, de sacristán ocasional, he tocado las campanas alguna vez y eso te mete dentro de la vida del pueblo, ¿sabes? El repique llama a la gente, vienen las casas de repente a la plaza, los niños dejan de jugar y las mujeres terminan de poner la mesa. Recuerdo tardes que olían a tomillo y pan y la plaza llena que parecía otra. ¡Qué imagen tan viva! Hablando de imágenes vivas, la Peña el Pardo aparece en el poema como roca mestiza y detrás de esa metáfora hay mucha geología.
Se trata de un promontorio de tobas calcáreas asentados sobre calizas del Cretácico, formadas hace noventa o cien millones de años en un mar ahora olvidado. El manantial de ladera, la precipitación del carbonato, la acción de musgos y cañas, todo eso levantó esas estructuras porosas. Y, José, los vecinos hablan de fósiles, las famosas orejas de moro.
¿Te suenan? Sí, sí, las orejas de moro. De niño las recogía con los colegas. Nos hacíamos tesoros marinos en plena sierra.
Están por las tobas y la gente mayor siempre decía que eran recuerdo de aquel viejo mar. También me acuerdo de subir a la Peña, sentarse en la roca clara y mirar el pueblo desde arriba. Es buen sitio para pensar.
Exacto. Y no lejos está la dehesa boyal, que en el poema suena como verde esperanza. Las dehesas boyales son terrenos comunales, de uso del ayuntamiento, pensadas para el pasto del ganado y los oficios de antaño.
Aquí la dehesa ha sido lugar de bueyes y pastos, pero hoy funciona también como refugio de fauna, paseo y memoria. José, ¿el sabinarejo y esas sabinas que menciona el verso son también parte de ese concierto natural? Sí, Maruja, el sabinarejo es un lugar de sabinas viejas, esas sabinas que parecen bancos en los que uno se sienta y escucha el viento. Las sabinas crecen despacio, son centenarias, tienen esa forma retorcida que te cuenta inviernos y sequías.
Para mí son como archivos vivos del pueblo. Muy poético, José. Y más allá, la cumbre del Talayón, con su frente nevada.
El poema le pone 1.603 metros y es esa referencia alta que vigila la comarca. Importante matizar que no es el Talayón murciano, es el Talayón de Santerón, parte de la sierra que bordea el rincón de Ademud. Esa cumbre cambia la postal con las estaciones, blanca en invierno, mirador en verano.
Vaya contraste. La nieve en la cumbre y las conversaciones junto al fuego en la plaza, todo forma parte de la misma historia. Pero Maruja, ¿te parece si ahora leemos el segundo poema, el que habla de la fiesta? Sí, por favor.
Adelante, José. Casas de Garcimolina, cuna de fiesta y tradición. Bajo el solsticio de ardiente fulgor, casas de Garcimolina se llena de honor.
San Juan resplandece en júbilo eterno, tres días de fiesta, de canto y de fuego. San Juan, San Juanillo y San Juanete, tres nombres que el pueblo lleva en su mente. Entre bolos y danzas la risa florece y el eco del tiempo jamás se adormece.
El santo recorre las calles vestidas con fe y con flores, con almas unidas. La plaza se llena de vida y pasión, mientras su misa eleva oración. Y cuando la pascua segunda despierta, se inicia la marcha por senda cubierta.
A Santerón van en santa reunión, pueblos hermanos unidos en canción. Cada rincón un sitio marcado, donde el mantel queda siempre extendido. Mas entre charlas y panes partidos, todos comparten lo suyo y lo ajeno.
Casas de Garcimolina, joya escondida, que en sus costumbres mantiene su vida. Y aunque los años cambien su historia, vive en sus fiestas su eterna memoria. ¡Qué fuerza tienen esos versos! Las fiestas de San Juan en el pueblo, las verbenas, los bolos, las danzas, son el corazón que recomponera la comunidad.
En Casas de Garcimolina se celebran San Juan en junio, y también las patronales en verano, con verbenas y cenas en la plaza. José, cuéntanos, ¿cómo era la vida de fiesta cuando eras chiquillo, y qué ha cambiado? Pues mira, Maruja, las fiestas eran regreso de la gente que vive fuera. Las casas abiertas, las mesas largas en la plaza, y por las noches la música hasta que las farolas se apagan.
Se jugaba a los bolos en la era, las mujeres traían tortillas y los hombres comentaban el año. Ahora sigue viniendo gente, no tantos como antes, pero la esencia está. El santo sale en procesión, la misa es solemne y la gente se une.
La romería de San Terón, en Pascua II, es otro momento muy especial. Vamos con los pueblos hermanos, Algarra, El Cubillo, Salvacañete, y desde la Valencia cercana, Vallanca y Negrón. Y cada pueblo tiene su rincón junto a la ermita.
La romería de San Terón es toda una tradición compartida. La ermita, la misa, las jotas, los manteles extendidos. Y curioso que la ermita de San Terón organiza la fiesta en Pentecostés, y que exista también un septenario cada siete años con la romería mayor.
Muchos pueblos se encuentran ahí, en un rito que mezcla fe y comida campestre. Así es, y además, Maruja, la gente comparte pan y vino con quien pasa, eso crea vínculos. En días de romería, se nota que las diferencias entre los pueblos se desdibujan.
Todos somos peregrinos y vecinos de la sierra. Precioso. Cambiando un poco el registro, Casas de Garcimolina también ha sido protagonista de iniciativas modernas.
En enero de 2026, se destacó cómo el pueblo usa la inteligencia artificial para difundir su cultura a través de Garcimolina.net, canciones inspiradas en vivencias locales, un proyecto creativo con nombres como Los del Pozanco o Morrogorrino Records, y musicalizaciones de poemas de la poetisa Carmen Muñoz. José, ¿qué opinas de estas herramientas digitales? Pues Maruja, yo creo que la tecnología ayuda. No reemplaza la misa ni la romería, pero si hace que más gente escuche una canción sobre el pueblo o recuerde a su abuela, ya vale la pena.
Hay quien teme que se desnaturalice la tradición, y entiendo ese miedo, pero bien usada, la IA y Marred amplifican la memoria. Mira, una canción que se llama Vamos al Pueblo puede tener miles de reproducciones, y eso hace que alguien que vive lejos vuelva a un verano. Sí, es un puente entre la memoria y la distancia.
Y sin olvidar la historia dura. En el término se conservan las trincheras de la Moracha, vestigio de la Guerra Civil, construidas en 1938 como prolongación de la línea XYZ. Es otra capa del paisaje, belleza y memoria, romería y recuerdo de conflicto.
José, ¿crees que esa memoria se recorre hoy como ruta histórica? Creo que sí. Muchos caminantes hacen rutas que mezclan geología, trincheras y romerías. La gente se interesa por todo.
Recorrer las trincheras da ganas de pensar en la capacidad que tiene el pueblo para recomponerse después de las guerras y las migraciones. Hablando de migraciones, una nota histórica. A mediados del siglo XIX, Pascual Madoz describía el pueblo con cerca de 249 habitantes.
Hoy estamos en la treintena. La poesía, las fiestas y estas herramientas digitales actúan como pequeñas resistencias frente al olvido. José, para cerrar, ¿qué lugar elegirías tú si tuvieras que escribir un verso nuevo sobre casas de Garcimolina hoy? Elegiría la Dehesa Boyal, Maruja.
Allí se juntan el ganado, las conversaciones y el viento. Es un sitio que encierra pasado y mañana. Y siempre hay una piedra para sentarse.
Diría algo así como, en la Dehesa Boyal, la voz del pueblo no calla. Bello, José. Bien, amigos oyentes, si casas de Garcimolina ha despertado algo en ustedes, les invitamos a participar.
Mándennos sus poemas, relatos, fotografías o audios. Nosotros los leeremos en futuros episodios y los incluiremos en la web podcast.garcimolina.net. También nos encuentran en iVoox y Spotify. Antes de despedirnos, quiero retomar el último verso del poema.
Vive en sus fiestas, su eterna memoria. Eso es, en pocas palabras, la razón de este programa. Gracias por escuchar.