El goteo silencioso

El goteo silencioso

 

Despoblación, desarraigo y resistencia en la España rural del siglo XX

 

 

El caso de Casas de Garcimolina (Cuenca)

 

Resumen

Este artículo analiza el proceso de despoblación de la España rural a través del estudio de caso de Casas de Garcimolina, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca. A partir de fuentes orales y documentales, se reconstruyen dos respuestas divergentes ante el vaciamiento territorial: la de Luis Novella Malavia, farmacéutico y archivero que asumió múltiples funciones para mantener viva la comunidad; y la de Raimundo Jiménez Millán, maestro, anarcosindicalista y exiliado que, tras años de itinerancia, intentó echar raíces mediante la construcción de una casa en su tierra natal. El artículo examina además el impacto de la política de concentración escolar impulsada por la Ley General de Educación de 1970, a través del internamiento forzoso de cinco niños de Casas de Garcimolina en la residencia escolar de Carboneras de Guadazaón. Se sostiene que el internamiento obligatorio, lejos de frenar la despoblación, actuó como un catalizador del éxodo al romper los vínculos afectivos de las nuevas generaciones con su territorio. El caso ilustra las contradicciones de una política educativa que, concebida para modernizar el medio rural, contribuyó paradójicamente a vaciarlo.

 

Palabras clave:

Despoblación rural, escuela rural, internado, éxodo, España vacía, Ley General de Educación 1970.

 

Introducción

La España interior del siglo XX experimentó uno de los procesos de transformación demográfica más intensos de la historia europea. Entre 1950 y 1980, millones de personas abandonaron los pequeños núcleos rurales para dirigirse a las ciudades industriales y a las zonas costeras en busca de trabajo y oportunidades. Este éxodo, impulsado por la mecanización agraria, la industrialización y las expectativas de mejora económica, no fue un cataclismo súbito, sino un goteo silencioso y persistente que fue vaciando los pueblos de la meseta, la serranía y el interior peninsular. Casas de Garcimolina, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca, constituye un ejemplo paradigmático de este proceso: un pueblo que no murió de repente, sino que se fue apagando familia a familia, casa a casa, en una suma de ausencias que dejó las calles cada vez más quietas y las viviendas cada vez más cerradas.

 

Frente a este vaciamiento

Los actores locales desplegaron estrategias diversas para combatir el desarraigo. Dos figuras, muy distintas entre sí, encarnan dos formas opuestas de resistencia. Luis Novella Malavia, farmacéutico y archivero de formación, funcionario del Cuerpo de Archiveros con destino en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, decidió volver a Casas de Garcimolina en algún momento de los años veinte o treinta y se convirtió en el pilar que sostenía la vida cotidiana del pueblo: fue farmacéutico, practicante, comadrón, juez municipal, secretario del ayuntamiento, alcalde interino, sacristán, organista y campanero. El segundo, Raimundo Jiménez Millán, nació en el pueblo en 1904, pero emigró con su familia a Valencia en 1913. Maestro de profesión, militante anarcosindicalista, exiliado en Argentina y después en Venezuela, decidió en la posguerra construir una casa en la Umbría, un paraje agreste a las afueras del pueblo, con la esperanza de echar raíces en la tierra que lo vio nacer. Sus historias, aparentemente antitéticas, convergen en un mismo empeño: luchar contra el desarraigo que se llevaba por delante los pueblos de la España interior.

 

Este artículo se propone analizar:

A partir de fuentes orales y documentales, las trayectorias de estos dos hombres y el contexto de despoblación en el que se inscribieron. Se examina también el impacto de la política de concentración escolar impulsada por la Ley General de Educación de 1970, que supuso el cierre de escuelas unitarias y el traslado forzoso de los niños a centros comarcales en régimen de internado. El caso de los cinco niños de Casas de Garcimolina internados en Carboneras de Guadazaón en 1972 permite explorar cómo una política concebida para modernizar la educación rural pudo, paradójicamente, acelerar el éxodo al romper los vínculos afectivos de las nuevas generaciones con su tierra.

 

El vaciamiento silencioso: causas y consecuencias del éxodo rural

El proceso de despoblación de Casas de Garcimolina no fue un fenómeno excepcional, sino el reflejo de una dinámica que afectó a centenares de municipios de la España interior. La mecanización del campo redujo drásticamente la demanda de mano de obra agrícola; la industrialización concentró el empleo en las ciudades; y las mejoras en el transporte y las comunicaciones facilitaron la movilidad. A estos factores estructurales se sumaron las expectativas de una vida mejor: la ciudad ofrecía educación, sanidad, ocio y oportunidades que el medio rural, cada vez más empobrecido, no podía garantizar.

 

El éxodo no fue un acontecimiento único

Sino un goteo sostenido que se prolongó durante décadas. Cada vecino que cerraba su casa y tomaba el camino de Valencia o Barcelona se llevaba consigo algo más que sus pertenencias: se llevaba un oficio, unas risas en la plaza, unos brazos para la siega, un sitio vacío en la iglesia. La marcha de Victoriano Argudo y Marfil Martínez con sus cinco hijos a Barcelona fue uno de los momentos más dolorosos: no se iban dos adultos, sino que desaparecían de golpe cinco niños, cinco voces infantiles, cinco futuros posibles. Aquello fue un punto de inflexión, la constatación de que el goteo podía convertirse en una hemorragia.

Con la escuela del pueblo cerrada por falta de niños, los pocos chiquillos que quedaban se vieron forzados a desplazarse a Carboneras de Guadazaón en régimen de internado, permaneciendo allí todo el curso y regresando a casa únicamente por Semana Santa y Navidad. Aquella separación forzosa rompía el vínculo cotidiano con los padres y abuelos, impedía la transmisión diaria de los saberes del campo y hacía casi imposible cualquier arraigo afectivo con la tierra. Los niños crecían partidos en dos mundos, sin pertenecer por entero a ninguno. No solo lloraban los niños, también lloraban los padres.

 

Luis Novella: la resistencia desde la institución

Luis Novella Malavia representa la figura del hombre polivalente, aquel que, ante la ausencia de servicios básicos, asume múltiples funciones para que la comunidad pueda seguir existiendo. Licenciado en Farmacia por la Universidad Central y funcionario del Cuerpo de Archiveros, estaba destinado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid desde 1918. En algún momento de los años veinte o treinta, decidió regresar a Casas de Garcimolina. Las razones exactas de su retorno se desconocen —quizá una herencia, quizá una decepción, quizá el tirón de la tierra— pero lo cierto es que desde entonces se convirtió en el pilar que sostenía la vida cotidiana del pueblo.

 

Aunque no ejerció todos estos cargos de manera simultánea

Sino que los fue alternando a lo largo de los años, su polivalencia era tal que en cualquier ciudad sus funciones se habrían repartido entre diez o doce personas. Solo los oficios de campanero, practicante y asistencia a nacimientos y defunciones fueron perpetuos; el resto de responsabilidades las asumió en diferentes etapas de su vida en el pueblo. Como farmacéutico, ponía los remedios a los enfermos. Practicante y comadrón, atendía los partos y curaba las heridas. Juez municipal, resolvía los pleitos entre vecinos. Secretario del ayuntamiento, llevaba los papeles, los registros y las cuentas. Llegó a ser alcalde interino en abril de 1939, justo al acabar la guerra, y durante un breve tiempo ejerció como jefe local de Falange. Pero, sobre todo, era sacristán perpetuo, organista y campanero: tocaba las campanas para llamar a misa, para avisar de un incendio, para despedir a los muertos. También donó dinero de su bolsillo para restaurar la imagen de San Juan Bautista en 1939.

Su trayectoria encarna una forma de resistencia silenciosa contra el vaciamiento, la del que se queda y trata de serlo todo para que el pueblo no se apague. Pero su lucha era desigual. Cada vez había menos vecinos a los que atender, menos niños que bautizar, menos pleitos que resolver, menos fieles en misa. Cuando murió, su muerte fue también la de una época. Nadie recogió el testigo de aquella polivalencia imposible. El practicante, sus métodos farmacéuticos, se acabaron. Las campanas dejaron de sonar con regularidad, los papeles del ayuntamiento pasaron a otras manos que ya no eran las de un archivero de Madrid. Su legado es el de la resistencia cotidiana, la del que se queda al pie del cañón, aunque la batalla esté perdida.

 

 

Raimundo Jiménez: el exiliado que quiso volver

Del otro lado del espectro vital está Raimundo Jiménez Millán. Nacido en Casas de Garcimolina en 1904, su familia emigró a Valencia cuando él tenía nueve años. Allí cursó estudios primarios y cuatro años en la Escuela Normal, formándose como maestro. Pronto se vinculó al republicanismo y, después, al anarcosindicalismo. Para escapar del servicio militar y de la dictadura de Primo de Rivera, se exilió en Argentina en 1924. En Buenos Aires trabajó como linotipista, se afilió a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y colaboró en el diario anarquista La Protesta. Regresó a España hacia 1930 y se entregó a la reorganización del Sindicato Único de Artes Gráficas de la CNT en Valencia. Durante la República y la Guerra Civil, militó, organizó y combatió.

Terminada la contienda, en lugar de emprender el exilio como tantos otros, tomó una decisión que revela su carácter: decidió quedarse y construirse una casa en la Umbría, un paraje agreste de 26 hectáreas a las afueras del pueblo, con un caz de agua, pero sin luz ni saneamiento. La casa se levantó entre 1941 y 1942, en plena posguerra, bajo la alcaldía de Enrique Rodríguez. La construyó el cantero Ángel Martínez Millán, otro represaliado que había vuelto a escondidas del frente. Aquella vivienda, modesta por fuera, encerraba detalles que dejaban entrever el mundo interior de Raimundo: tenía un sistema de pozas que recogía el agua del azud, creando un pequeño remanso donde los chiquillos se bañaban en verano —algo inaudito en aquella comarca de secano— y algunas paredes interiores estaban decoradas con cenefas de cerámica valenciana, un lujo que ninguna otra casa de la zona tenía. Era el gesto de un hombre que había viajado, que conocía otro mundo, y que quería plantar en su tierra natal una semilla de belleza y modernidad.

 

Pero la realidad política era un muro.

Raimundo no se limitó a construir su casa: siguió metido en la lucha clandestina. Formó parte del primer Comité Nacional de la CNT en la clandestinidad, fabricó documentación falsa para sacar a compañeros del campo de concentración de Albatera y fue detenido en junio de 1940. Lo juzgaron en un consejo de guerra en noviembre de 1941. Salió absuelto —se rumorea que gracias a sus contactos con el falangista José Antonio Girón de Velasco— pero la presión policial no lo dejaba vivir. En los años cincuenta se exilió definitivamente en Venezuela. Allí siguió militando en la CNT de Caracas y publicó, bajo el seudónimo de «Ramón de las Casas», el libro testimonial Réquiem a mis amigos fusilados (1975). Murió en Caracas en 1978, sin haber vuelto a pisar la Umbría.

Su casa, hoy en ruinas y expoliada, sigue en pie con sus ventanas vacías mirando al monte, como un cenotafio que espera a un cuerpo que nunca regresó de Venezuela. Es, al mismo tiempo, el testimonio del sueño de arraigo de un hombre y la metáfora de un pueblo que se vació.

 

 

El internado como catalizador del éxodo: el caso de los niños de Casas de Garcimolina (1972)

La política de concentración escolar impulsada por la Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa, estableció la escolaridad obligatoria hasta los catorce años y promovió la agrupación de alumnos de varias localidades en centros más grandes, con el objetivo de garantizar una enseñanza «más eficaz». Para hacer viable esta concentración en el medio rural, el Estado creó los Colegios Rurales Agrupados (CRA) y las residencias escolares o «escuelas-hogar», destinadas a alojar a los alumnos de las aldeas más pequeñas que carecían de escuela. Su propósito declarado era evitar el desarraigo que supondría enviar a los niños a internados en las capitales de provincia.

En la práctica, sin embargo, esta política tuvo consecuencias devastadoras. En 1972, Casas de Garcimolina se quedó sin escuela y sin maestro. Los cinco niños que aún quedaban —tres niñas y dos niños— fueron enviados, sin consultarles ni prepararlos, al Colegio Rural Agrupado Miguel de Cervantes de Carboneras de Guadazaón, en régimen de internado. Manolo Sánchez Plá, que entonces tenía doce años, era uno de ellos. Sus padres ya habían emigrado a Barcelona, y aquel curso sería el último que pasaría en la tierra antes de reunirse con ellos.

 

El testimonio de Manolo

Recogido en los trabajos de memoria histórica de Garcimolina.net, revela la brutalidad del desarraigo. Todos eran niños rurales, criados entre montañas, para quienes la capital del mundo era Landete, y que jamás habían visto un edificio de más de tres plantas. De repente, se vieron arrancados de sus casas y confinados en una residencia escolar, lejos de todo lo conocido, sin que nadie les preguntara si querían ir. El internado no era el colegio, sino un edificio aparte gestionado por funcionarias del Estado. Cada mañana, los internos cruzaban el pueblo para asistir a clase, donde se mezclaban con los niños de Carboneras. La rutina —horarios, normas y silencios impuestos— se convirtió para Manolo en una máquina que engullía su infancia.

Los responsables del centro

Intentaban paliar la ausencia de los padres con actividades lúdicas, deportivas y culturales. Manolo encontró un refugio en el fútbol, llegando a formar parte de un equipo que compitió a nivel regional. Eran, en sus palabras, «pequeñas ventanas de libertad en un encierro emocional». En el plano material, no recuerda haber pasado hambre: la residencia cubría las necesidades básicas y cada domingo entregaban una paga semanal de diez pesetas. Pero el internado también albergaba su lado oscuro. Entre los alumnos se formaban grupos de poder, y los más fuertes ejercían el acoso sobre los más débiles. Manolo no fue víctima directa, pero la tensión del ambiente, el miedo a los mayores y la sensación de indefensión marcaron su memoria más que cualquier otra cosa.

Lo que realmente dolió no fue el estómago, sino el alma: la orfandad de cariño, la extrañeza de un entorno ajeno, la impotencia de no poder volver a casa cada tarde. Manolo terminó el curso y, al llegar junio, sus padres lo reclamaron en Barcelona. Nunca regresó a Carboneras. De los cinco niños, solo José Luis Sáiz volvió al internado al curso siguiente.

 

En la vecina población de Algarra

Otro niño vivió una experiencia similar que, por su desenlace, merece ser mencionada. José Manuel Huerta García, que con el tiempo llegaría a ser alcalde de Algarra, fue el único niño de su pueblo escolarizado en Carboneras de Guadazaón en régimen de internado. A mitad de curso, tomó una decisión que cambiaría su vida: se escapó. En un acto de determinación impropio de su edad, cogió el coche en línea —el transporte público que unía los pueblos de la comarca— y se fue a Landete, donde residía su tía. Allí se refugió, continuó su escolarización en el colegio de Landete, y nunca regresó al internado. Su gesto, apenas un acto de rebeldía infantil, fue también una declaración de principios: prefería la incertidumbre de una vida con su familia, aunque fuera en casa de su tía, antes que la seguridad material de un internado que le negaba el calor del hogar.

La literatura sobre las escuelas-hogar confirma que estas instituciones, a pesar de sus buenas intenciones, generaban con frecuencia situaciones de sufrimiento. Como señala Pérez Segura, la escolarización en escuelas-hogar supuso para muchos niños «la segregación» de su entorno familiar y comunitario. La separación forzosa de los padres a edades tempranas, con apenas dos visitas al año, provocaba un profundo desgarro emocional. El caso de Casas de Garcimolina y la fuga de José Manuel Huerta ilustran cómo el internamiento obligatorio, lejos de contribuir a la fijación de la población rural, actuó como un acelerante del éxodo. Al desvincular a los niños de su tierra y disuadir a las familias de permanecer en el pueblo, la concentración escolar contribuyó paradójicamente a intensificar la despoblación que pretendía combatir.

 

La pequeña primavera de los años setenta y el regreso a Landete

A principios de los años setenta, sin embargo, algo sucedió que pareció dar un respiro al pueblo. José y Julián Montesinos, así como Gerardo, regresaron a Casas de Garcimolina para quedarse con sus respectivas familias. Los pequeños volvieron a correr por las calles, y el sonido de los juegos infantiles se mezcló otra vez con el viento de la sierra. Y lo que es más importante: estos niños no se fueron internos a Carboneras, sino que se escolarizaron en Landete. A diferencia del internado, la escuela de Landete permitía el regreso diario a casa. Cada tarde, los chiquillos desandaban el camino y volvían a sus hogares, a merendar con sus padres, a hacer las tareas al calor de la estfa de leña, a escuchar las historias de los abuelos.

Ese sencillo hecho —el regreso cada tarde— fue la clave que sostuvo la vida cotidiana durante aquella pequeña primavera. Porque no se trataba solo de que hubiera niños, sino de que los niños estaban presentes, cada día, llenando las casas y las calles, aprendiendo a querer lo que sus padres querían. Era el arraigo en su forma más pura: la vida compartida bajo el mismo techo, sin maletas a mitad de semana. Aquella primavera fue breve, porque las fuerzas que empujaban hacia las ciudades eran demasiado poderosas. Pero demostró que la presencia de niños era el pulso de la comunidad —sin ellos, no había futuro— y que el regreso diario al hogar, en lugar del internado, era un factor decisivo para fijar a las familias al terreno. También demostró que la semilla plantada por quienes, aun marchándose, mantuvieron casa y vínculos con el pueblo —como Raimundo Jiménez— podía germinar en la generación siguiente.

 

 

Conclusión: lo que hoy queda

Luis Novella Malavia y Raimundo Jiménez Millán no se parecían en casi nada. Uno era un hombre de orden, culto, polivalente, arraigado a las instituciones que sostenían la vida pueblerina. El otro era un rebelde itinerante que había recorrido medio mundo persiguiendo un ideal y que, al final, solo quería un pedazo de tierra donde descansar. Pero los dos compartieron un mismo empeño: luchar contra el desarraigo que se llevaba por delante los pueblos de la España interior. El primero lo hizo desde dentro, siendo el farmacéutico, el juez y el sacristán de un pueblo que se le iba muriendo entre las manos. El segundo lo hizo desde la distancia del exiliado, construyendo con sus propias manos —y las de un cantero represaliado— una casa que era una declaración de intenciones: «Aquí quiero quedarme».

Ninguno de los dos ganó la batalla. Pero sus historias, sus actos concretos, nos explican mejor que cualquier estadística por qué los pueblos se vaciaron y qué se perdió en el camino. La casa de la Umbría sigue allí, como la memoria de don Luis sigue en la tradición oral de los mayores. Son los dos pilares de una misma historia que aún espera ser contada.

 

El tiempo, sin embargo, no se detuvo.

Hoy, el paisaje que rodea Casas de Garcimolina cuenta en silencio la historia de un abandono aún más profundo que el de las casas. Los caminos y veredas que durante siglos recorrieron pastores, tratantes, niños camino de la escuela y mujeres camino de la fuente, han desaparecido bajo la maleza o se han borrado por falta de pisadas. La mayoría de las estructuras hídricas que con tanto esfuerzo levantaron los antepasados —caces, azudes y canalizaciones que regaban los huertos— están secas o derruidas. Apenas quedan cuatro personas regando sus huertos, y casi el cien por cien de las tierras de secano están abandonadas. Donde antes hubo bancales labrados, hoy hay esparto y aliagas. Es la última capa del goteo: no solo se fueron las personas, sino que con ellas se apagó el pulso que mantenía vivo el territorio.

El caso de Casas de Garcimolina no es excepcional, sino paradigmático de lo que ocurrió en cientos de pueblos de la España rural. La política de concentración escolar, aplicada sin contemplar las especificidades del medio rural ni el coste humano del desarraigo, contribuyó a vaciar aún más los pueblos que decía querer salvar. El internamiento forzoso, al romper los vínculos afectivos de los niños con su tierra, actuó como un catalizador silencioso del éxodo. Y la lucha de hombres como Luis Novella y Raimundo Jiménez, aunque fracasada en términos demográficos, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva: la de quienes, desde la institución o desde la rebeldía, se negaron a aceptar que el silencio fuera el único destino posible para los pueblos de la España vacía.

 

 

Nota aclaratoria

Este artículo forma parte del trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por: garcimolina.net. La investigación se ha basado en fuentes documentales primarias (archivos militares, actas municipales, procedimientos sumarísimos) y en los testimonios recogidos en la tradición oral de la comarca. No obstante, somos conscientes de que la información aquí volcada puede ser incompleta o mejorable.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Vecinos de la Peña el Pardo su intermediación, su confianza y su impulso para que estos nombres y estas historias no sigan en el olvido. Sin su colaboración, este trabajo no habría sido posible.

Invitamos a cuantas personas, familiares, investigadores o vecinos dispongan de documentación, fotografías, cartas, expedientes o testimonios orales que puedan complementar, matizar o corregir estos artículos a que se pongan en contacto con nosotros a través del correo electrónico. mailto:garcimolinaasociacion@gmail.com. Toda aportación será bienvenida y debidamente contrastada para seguir construyendo entre todos una memoria más justa y veraz.

 

Bibliografía

Álvarez Álvarez, Carmen. «Revisión de la política de concentración escolar y cierre de escuelas rurales en la zona norte». Cabás. Revista Internacional sobre Patrimonio Histórico-Educativo, núm. 30 (2023): 145-162. https://doi.org/10.35072/CABAS.2023.26.10.009.

Decreto 400/1962, de 22 de febrero, sobre agrupación de escuelas y direcciones de grupo escolar. BOE de 9 de marzo de 1962.

Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa. BOE núm. 187, de 6 de agosto de 1970.

Pérez Segura, Francisco. «Las escuelas Hogar (de la segregación a la «inclusión» educativa del alumnado de población ultra diseminada)». Dialnet, 2009.

«Raimundo Montesinos: un hombre adelantado a sus tiempos». Garcimolina.net, 28 de noviembre de 2020. https://garcimolina.net/divulgacion/memoria-historica/raimundo-montesinos-un-hombre-adelantado-a-sus-tiempos/.

Santamaría Luna, Rafael. «Un poco de historia de la escuela rural en España». Escuela Rural.net, s.f.

STE-CLM. «Especial «CRA»: Centros Rurales Agrupados en Castilla-La Mancha». Revista Informativa del STE-CLM, 2019.

Testimonios orales de Eugenio Verdad Seguí, Carmen Montesinos Jiménez, Isabel Montesinos, Manolo Sánchez Plá, Pilar Sáiz y José Luis Sáiz, vecinos de Casas de Garcimolina, recogidos por el autor.

 

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