
Testimonio de Manolo Sánchez Plá
Sobre el éxodo rural de Garcimolina por el cierre de la escuela del pueblo y su marcha forzosa al internado, en la Escuela Hogar de Carboneras de Guadazaón
En junio de 1972 se informó a las familias y a los niños de Casas de Garcimolina, que la escuela pública de educación primaria se cerraba y que, si querían seguir cursando estudios en la escuela pública, tenían que continuar en la Escuela Hogar de Carboneras de Guadazaón, o bien buscarse escolarización por su cuenta en otros pueblos o ciudades.
No había alternativa. El éxodo de personas y familias que se venía produciendo desde años atrás en Garcimolina hacia las ciudades, provocaba que no quedaran familias y, por tanto, niños.
El caso de las tres niñas (Montse, Pili, Felisa) y dos niños (José Luis y yo) de Garcimolina, fue consecuencia de dicho éxodo.
Esta situación sabíamos que se iba a producir tarde o temprano. También éramos conscientes de que, si hubiéramos terminado la educación primaria en el pueblo y queríamos continuar unos estudios superiores de Bachillerato o Universitarios, nos teníamos que marchar del pueblo.
En mi caso, recuerdo que pensaba en estudiar Ingeniería Agrónoma en la Universidad Laboral de Cheste, con la ilusión de poder aplicar los conocimientos en las tierras del pueblo; es decir, mi idea era continuar para siempre en el pueblo.
Lo desagradable del asunto es que, dada la edad de las niñas y niños menores de trece años al marchar a un internado, se marca de forma muy clara el desarraigo con el pueblo y las familias. No es lo mismo marchar a un internado, residencia o piso de estudiantes con dieciocho años, que a un internado con doce.
Pero no nos pongamos tristes; las cosas vienen y se tienen que afrontar, y estas tres niñas y dos niños así lo hicimos. Pagamos nuestro peaje, pero lo hicimos.
El viaje de septiembre de 1972
Recuerdo que era principios de septiembre de 1972, cuando bajamos a Landete para coger el autobús de línea (la empresa se llamaba Cubillo), que hacía el recorrido hasta Cuenca con parada en Carboneras. Era nuestro nuevo destino.
Nos acompañaba a cada niño y niña su padre o madre. Llevábamos nuestras pertenencias en maletas de la época. Con estas maletas teníamos la pinta de Alfredo Landa en la película «Vente a Alemania, Pepe».
En mi caso, me acompañaba mi madre Ángeles, ya que a los dos días se marchaban todos —padre Pascual, madre Ángeles, abuelos Julián y Segunda, y mi hermano Roberto— a comenzar una nueva vida en Barcelona. Yo me quedaba un año internado, al no saber mis padres, si se quedarían definitivamente en Barcelona o volverían de nuevo al pueblo.
Para mí, coger este autobús fue traumático, era la tercera vez en mi vida que lo hacía. Había subido a Cuenca dos veces anteriormente y la sensación que tenía, no me gustaba, ya que era sabedor de que me iba a marear, por lo que, iba preparado con una bolsa para las secuelas del mareo.
El viaje
Comenzamos el viaje saliendo de Landete hacia Fuentelespino, y no quería hablar ni mover la cabeza para evitar el mareo, por lo que me centré en recordar lo bien que lo había pasado durante el verano. Disfrutando con mis amigos más próximos: Agustín, Juan Miguel, Milagritos, su primo Julio, Juan Carlos… Jugando por las noches al bote, haciendo las cabañas de espliego, que luego nos rompían Juanito y Rufino.
Las tertulias o reuniones en las nogueras o por las tardes y noches, en la puerta de la obra del tío Bruno, los baños en las balsas del Tornajillo o en la balsa del tío Ambrosio. Las subidas peligrosas al callejón, la cueva la Mora o las dos cuevas de arriba del todo de la peña del Pardo. Las excursiones a la peña del Verdinal, los paseos por la senda de la dehesa, desde el pico de la Peña hasta el Cerro Santo, cazar gorriones en las pataqueras, los bailes con el tocadiscos o cintas de casete de los mayores, las fiestas del pueblo, comiendo turrón, alajú o pipas de los turroneros de Vallanca…
Conforme llegaba el autobús a Campillos, pasé a unos pensamientos de futuro, donde desconocía dónde iba y me preocupaba. Quería creer que un año pasaba rápido, luego vendría el verano siguiente y viviría de nuevo las experiencias de cada año con mis amigos, y posiblemente cuando terminara el verano me iría como ellos a vivir a Barcelona. Quería ilusionarme con que mis padres ya se habrían situado, y nos volveríamos a juntar, así como que mis amigos Agustín y Juan Miguel, me enseñasen la ciudad, estaríamos siempre juntos y no solamente en verano. Y si esto no sucedía, no sería el primer viaje de septiembre, de salida del pueblo, y vendrían otros para ir a la Universidad de Cheste.
Mareo
De pronto, llegaron las curvas de Boniches y mis pensamientos desaparecieron, comenzó lo que siempre me había pasado en los dos viajes anteriores a Cuenca: el mareo, los vómitos y más vómitos, hasta llegar a las rectas de antes de la gasolinera de Carboneras, donde estaba el final de nuestro trayecto. Paramos en el Bar Hostal Cabañas (todavía existe). Allí bajamos nuestras maletas y nuestras madres preguntaron cómo ir a la Escuela Hogar. Nos orientaron y tuvimos que andar más o menos un kilómetro. Todas eran nuevas sensaciones e incertidumbres. Los lugares eran interesantes: la estación de tren —nunca había visto una—, el paseo de la Alameda, desde la estación al pueblo, nos llevaba hacia la Escuela Hogar.

Llegada a la Escuela Hogar: primeros momentos
Recuerdo la primera imagen que tuve de la escuela. La calle estaba elevada y había un pequeño muro donde te podías sentar; detrás tenías la posibilidad de bajar al patio central del recinto por dos escaleras. Había dos edificios, uno a cada lado del patio. Los edificios eran de una sola planta, con techos muy altos y grandes ventanales tanto en su fachada delantera como trasera —similares, pero mayores a los que teníamos en la escuela en el pueblo de Garcimolina, donde actualmente está el bar—.
El edificio de la derecha era el pabellón de los chicos. Constaba de dos habitaciones grandes con 10 literas en cada habitación, total 40 niños; una despensa grande donde se guardaban los alimentos no perecederos; unos servicios con 8 duchas, 8 lavabos, 8 urinarios y 8 váteres. También había una habitación para la tutora que vigilaba por las noches. En el edificio de la izquierda, que era más largo y grande, estaba el comedor, la lavandería
Había dos habitaciones para las chicas, la cocina, la despensa de productos perecederos, dos habitaciones para la directora y otras dos para las maestras, el despacho de la directora y una pequeña sala tutorial. El personal público del centro era todo mujeres: constaba de una directora, tres maestras y tres o cuatro cocineras que también hacían funciones de limpieza.
Conforme entrábamos al recinto
La sensación de tristeza y miedo se incrementaban. Estaba llegando el momento de quedarnos solos, de no ver a nuestras familias, de empezar una convivencia nueva y desconocida.
Hicimos la inscripción y nos mostraron el recinto, asignaron las camas y nuestras taquillas. Conforme colocaba la ropa en la taquilla, me ponía más triste. Recuerdo que nuestras madres nos tuvieron que marcar toda la ropa con un número; el mío era el 20. De esta forma, cuando llevábamos la ropa a la lavandería, posteriormente la podíamos identificar. El día pasó rápido y por la tarde nuestras madres se marcharon a coger el autobús de línea (Cubillo), que regresaba de Cuenca hacia Landete. El momento de la marcha de nuestras madres fue el más triste. Me sentí solo, vacío. Nuestras caras, como las de ellas, eran de pena, de impotencia por una obligación de separación, que no habíamos buscado y que venía dada.
Las tutoras
Rápidamente, las tutoras, que ya tenían experiencia en separaciones, nos llamaron y dijeron que teníamos que formar para la merienda. Ese momento, fue el comienzo donde empezó la rutina de los meses futuros.
Aquel día, en el que nuestro grupo del pueblo, era de los primeros en llegar. Durante los dos días siguientes llegaron más alumnos de otros pueblos. Algunos eran nuevos como nosotros, pero la mayoría ya llevaban algún año allí; es decir, ya existían anteriormente pueblos, que habían pasado por la desaparición de las escuelas de primaria. Por lo que recuerdo, eran pueblos de la Sierra. Pajarón, Pajaroncillo, Valdemoro, Valdemorillo, Valdemeca… También había un niño y una niña de Santo Domingo de Moya, que eran primos de Montse, aunque en Santo Domingo todavía tenían escuela; sus padres decidieron que cursaran estudios en Carboneras.
La rutina diaria y la convivencia
La adaptación fue rápida, ya que era rutinaria: levantarnos sobre las 8, asearnos, formar para desayunar; primero comían los pequeños menores de 10 años, luego el resto; después ir a clase. Las clases eran en las escuelas públicas de Carboneras que estaban al lado del recinto de la Escuela Hogar. Por tanto, compartimos clases con los niños y niñas del pueblo. Aunque nos veían diferentes: éramos los del internado, nosotros íbamos con batas y ellos no. Cuando terminamos las clases de la mañana, volvíamos a formar para comer, siempre en dos turnos. Regresábamos a clase por la tarde; al finalizar, volvíamos al recinto, formábamos para merendar, jugábamos en el patio o en las habitaciones hasta la hora de cenar, donde volvíamos a formar, cenábamos y a dormir.
Recuerdo que, a nivel de convivencia, al principio fue muy dura. La llegada de los chicos y chicas a la Escuela Hogar, se produjo durante tres días antes de que empezaran las clases. Los dos primeros días la convivencia fue normal; todo se truncó el tercer día cuando llegaron tres chicos y una chica. Creo recordar que eran de Huélamo: eran Javi, de 14 años, su hermano de 10, su hermana de 12, y Antonio, de 14 años. Estos ya llevaban dos o tres años en la Escuela Hogar. Javi era un gamberro, que no tenía ni dos dedos de frente; disfrutaba con el conflicto, la instigación y el acoso escolar. Actuaba sometiendo a los niños pequeños, para que le hicieran la cama, le limpiaran los zapatos, humillaba por desprecio; estaba bastante desequilibrado.
Percepciones
Por lo que vi, las preceptoras lo sabían. Él actuaba siempre por detrás para que ellas no se dieran cuenta y lo castigaran, como ya había ocurrido alguna vez.
Los días eran largos y Javi siempre encontraba el momento para fastidiar la convivencia y necesitaba siempre tener alguna víctima con quien meterse.
Pasaron dos semanas y llegaron dos chicos nuevos. Juan, de 14 años, y su hermano, de 10 años; creo recordar que eran de Campillos de Sierra. No habían llegado antes, porque su hermano había estado enfermo.
El acoso
Esa misma noche, a Javi, le gustó la toalla que tenía el hermano de Juan. Le dijo que se la quedaba para él y, durante toda la semana siguiente, le tenía que hacer la cama. Cuando Juan se enteró, fue a decirle a Javi que se la devolviera y que su cama se la hiciera él. Javi le dijo que no. Rápidamente, vimos el enfrentamiento, que todos queríamos y que ninguno de nosotros. Había sido capaz de poner freno al abuso, que diariamente llevaba a cabo Javi.
Juan físicamente era grande y no estaba dispuesto a que sometieran a su hermano. Se liaron a tortazos y Juan se estaba imponiendo a Javi cuando, de pronto, Antonio, amigo y del pueblo de Javi, se metió para ayudar a Javi. Entonces Juan pasó de los tortazos a los puñetazos. La sangre apareció. Javi quedó marcado físicamente con un ojo morado y los labios reventados; Antonio salió mejor parado porque se retiró rápido. Juan y Javi no se hablaron en todo el curso. Las hostilidades de Javi bajaron y la convivencia mejoró notablemente. Juan se había ganado el respeto de todos los chicos y, menos mal que era buen tío, porque vimos que repartiendo tortas y puñetazos era como Rambo.
La comida y la travesura del chocolate
Mis recuerdos sobre si comíamos bien o mal: no tengo la sensación de pasar hambre. Las comidas y cenas eran ligeras: sopas, purés, pasta, macarrones, pollo. Las meriendas de la tarde eran un bollo de pan con chocolate, carne de membrillo, paté, chorizo, jamón dulce. Sí, recuerdo que la comida del domingo era mejor que los días de cada día; se notaba que era fiesta porque nos ponían mayor cantidad y de postre, pastel casero.
Como anécdota o travesura, sí recuerdo que ya llevábamos dos meses más o menos, sería sobre mediados de noviembre, y todas las semanas venía el furgón para traer los suministros para la cocina. Cuando esto sucedía, nos pedían a los chicos mayores que ayudáramos a descargar para llevar las cajas de la comida a las despensas.
Creo que fue Antonio, que ya llevaba años en la Escuela, quien propuso que cuando lleváramos la comida a la despensa del pabellón de los chicos, dejáramos abierta una de las ventanas de la despensa sin que las cocineras se dieran cuenta, y por la noche entráramos a coger la comida que quisiéramos. Dicho y hecho. Todo el plan salió bien.
Travesura
Por la noche, para poder entrar a la despensa, tenía que ser desde las ventanas exteriores de la habitación de los chicos pequeños, sortear unos pilares —si te caías, habría una altura de dos metros— y al final entramos. Lo que cogimos fueron pastillas de chocolate, botes de melocotón y peras en almíbar.
Lo que no contábamos era con que los chicos pequeños, cuando vieron lo que estábamos haciendo, también querían chocolate, por lo que aquello acabó cogiendo chocolate para todos los chicos grandes y pequeños para que nadie nos delatara. Aquella noche fue de fiesta y todos estábamos contentos. Como es de esperar, al día siguiente las cocineras se dieron cuenta de que faltaban más de 30 pastillas de chocolate. Es curioso, porque nadie se chivó, pero todos acabamos castigados dos domingos sin salir y sin paga.

Los domingos, el cine y la soledad
Respecto a la paga, creo recordar que eran 10 pesetas. Nos la daban los domingos. El domingo era un día especial: la rutina se relajaba un poco. Por la mañana y por la tarde podíamos salir del recinto. Normalmente, íbamos paseando a la estación de tren, veíamos cómo bajaban o subían pasajeros que iban a Cuenca o Valencia, o bien pasaban trenes de mercancías. Podía pasar allí horas, pero el sitio adonde más me gustaba ir era al patio en ruinas de la iglesia que está al lado de la carretera, después de pasar la gasolinera en dirección hacia Cuenca. En esa iglesia están enterrados los Marqueses de Moya. Aquel lugar me acercaba al pueblo; era el referente de mayor proximidad a mi gente del pueblo. Cada vez que subo a Cuenca y paso por esa iglesia, intento recordar la sensación que sentía en esa época.
Por las tardes del domingo, normalmente había cine y siempre intentaba ir, previo paso por la pastelería donde me compraba un merengue. Esos momentos hacían aliviar el estado de soledad que normalmente reposaba en mi interior.
Eventos escolares
La Escuela tenía planificados dos eventos a lo largo del curso en los que se invertían unos dos meses en cada evento para su preparación y ejecución, por lo que nos mantenía un poco distraídos y nos hacían coincidir hacia un objetivo común de identidad de Escuela.
Uno era el concurso de villancicos y canción popular al que se presentaban colegios y escuelas de toda la provincia. El evento se celebraba en Cuenca en el Cine/Teatro Xucar. El acto fue retransmitido por la radio local de Cuenca y con una cuña en Radio Nacional.
Coro y fútbol
En el coro que se formó éramos unas 30 chicas y chicos. Durante dos meses se ensayaba todas las tardes de lunes a viernes, con lo que el tiempo pasaba más rápido. Yo nunca he cantado bien, pero me pusieron en la fila de atrás y lo más divertido es que me dieron una guitarra donde tenía que aprender unos acordes, no tocarlos muy alto para no desentonar con los que tocaban bien la guitarra. Recuerdo el día de la actuación: el cine estaba lleno.
Aproximadamente éramos 10 colegios. Teníamos que cantar dos canciones y no salió mal. Todos los colegios tuvieron premio. Quedamos sobre la mitad de la tabla y recuerdo que ganaron los del colegio Salesianos de Cuenca. Lo más curioso es que cuando les escribí a mis padres diciéndoles que estaba en el coro y que tenía que tocar unos acordes con la guitarra, no se lo creían, ya que conocían la falta de mis dotes musicales.
El otro evento era la competición deportiva provincial de fútbol entre pueblos de Cuenca; esta se llevaba a cabo entre marzo y abril. La competición era de fútbol siete. El entrenador era el médico, un hombre bastante mayor que tenía consulta en la escuela una vez a la semana. Entrenábamos dos veces a la semana, con lo que nos teníamos entretenidos. Logramos hacer un equipillo peleón. Ganamos los tres partidos previos contra Reillo, Fuentes y la Melgosa, con lo que llegamos a la final a cuatro en las instalaciones deportivas del Conquense en Cuenca.
La lesión y la curandera de Santo Domingo
En el partido contra la Melgosa, me caí y me disloqué la muñeca. El médico que hacía de entrenador me vendó la muñeca y me dijo que no era nada, pero a mí me seguía doliendo.
Al día siguiente empezaban las vacaciones de Semana Santa y nos daban días libres para ir a nuestros pueblos. Cuando llegué a Garcimolina, dormía en casa de mis tíos Wenceslao y Vitoriana, e iba a comer a casa de mis tíos Alejandra y Marciano o Emiliano y Catalina.
La anécdota
La muñeca y la mano seguían hinchadas y mi tía Alejandra cogió el macho y me bajó a la curandera que había en Santo Domingo. Esa experiencia no la he olvidado todavía. Yo no daba crédito. Aquella señora hizo un conjuro, me puso un ungüento en la muñeca y, a la vez que me estiraba la muñeca, la giraba e invocaba o hablaba de algo que no se entendía. En un momento del ritual, la muñeca hizo un chasquido y tengo que reconocer que el dolor desde aquel momento disminuyó. Posteriormente, hizo una cataplasma que olía a vinagre, me puso una venda que inmovilizaba un poco la muñeca y nos dijo que en tres días me la quitara. A los tres días la hinchazón había bajado y el dolor disminuido casi en su totalidad. Mi tía Alejandra le dio la voluntad, creo que fueron cinco pesetas.
Finalizada la Semana Santa y de vuelta a la Escuela, a los pocos días llegó la final a cuatro en Cuenca. Ganamos el primer partido, pero perdimos la final y no podía ser contra otro colegio que los Salesianos.
La visita de los padres y el cambio de planes
Ya estábamos en mayo y recuerdo que el mejor día que pasé en la Escuela Hogar fue un sábado por la mañana cuando me llamaron y me dijeron que tenía una visita. Me quedé de piedra cuando vi a mi madre, mi padre y mi primo Antonio y su mujer Charo. Me puse a llorar de alegría. Habían hecho un viaje rápido desde Barcelona para verme y darme dos noticias: me trajeron una guitarra que todavía tengo y que sigo sin saber tocar; la otra era que cuando finalizara el curso ya no volvería a la Escuela Hogar de Carboneras porque se quedaban a vivir definitivamente en Barcelona.
Por la noche, una vez se habían marchado, recuerdo que la idea que tenía de ir a estudiar Ingeniería Agrónoma a Cheste se tenía que descartar y que Barcelona era mi próximo destino.
Lo que restaba del curso lo pasé con un espíritu totalmente diferente. Estaba contento, el tiempo se me pasó muchísimo más rápido, me encontraba feliz y con ganas de que llegaran las vacaciones.

El regreso al pueblo y el reencuentro
Por fin llegó el día final del curso y el regreso de nuevo al pueblo. Ese día no tenía rencor por haber estado nueve meses en la Escuela Hogar y de haberme encontrado más solo que nunca. Tenía ganas de salir cuanto antes del recinto, de ir a coger el autobús y llegar al pueblo cuanto antes. Recuerdo que no me importaba coger el autobús, ni volver a marearme como siempre me sucedía. Eso sí, la bolsa para el mareo la llevaba y, evidentemente, en las curvas de Boniches pasó lo que siempre pasaba. En el trayecto, hablando con Montse, Pili, Felisa y José Luis, teníamos claro que al año siguiente no volvíamos a Carboneras y así fue: todas las familias migraron a Valencia y Barcelona.
Una vez en el pueblo, lo primero que hice fue ir a las nogueras, sentarme y pensar en el verano que me esperaba. Tuve la sensación de ser un veraneante más, como eran mis amigos; ellos venían de Barcelona, Valencia, Madrid y yo de Carboneras. De pronto, escuché que me llamaban para que fuera rápido hacia el pueblo. Habían llegado de Barcelona mis padres, abuelos y mi hermano.
Salí corriendo y cuando llegué al principio de la cuesta, en la puerta de la obra del tío Bruno, vi a mi hermano Roberto que bajaba corriendo la cuesta. Había crecido mucho, estaba delgado y blanco; pensé que en Barcelona el sol no le sentaba como en el pueblo. Nos dimos un abrazo que duró mucho, tanto como los nueve meses que llevábamos sin vernos. Sentí que no quería volver a estar separado de mi familia, que había que luchar por ello y que, aunque me iba a marchar a finales de agosto a Barcelona, como todos los veraneantes, mi corazón siempre estaría en el pueblo.
Conclusión
Este es mi testimonio de una época de culminación del éxodo rural del último Garcimolinero nacido en una casa del pueblo de Garcimolina, ya que todos los nacimientos posteriores se tuvieron en la Maternidad de Cuenca.
Nota del autor
Asociación Peña el Pardo
Casas de Garcimolina, 2026