El papel de las mujeres en la represión y la resistencia cotidiana

El papel de las mujeres en la represión y la resistencia cotidiana:

Casas de Garcimolina (Cuenca), 1936 – 1945

 

Autor:

Asociación Peña el Pardo, para la Recuperación de la Memoria Histórica de Castilla-La Mancha

 

Resumen

La historia de la represión franquista en el ámbito rural ha sido tradicionalmente narrada desde la perspectiva masculina, centrada en los líderes sindicales, los campesinos procesados y los maestros depurados. Sin embargo, detrás de cada represaliado hubo mujeres que sostuvieron la familia, guardaron documentos, protegieron a perseguidos y transmitieron la memoria en voz baja. Este artículo reconstruye, a partir de fuentes primarias —expedientes judiciales, actas municipales, correspondencia personal y registros de depuración— el papel de las mujeres en Casas de Garcimolina y su entorno durante la guerra civil y la posguerra. Se analizan cuatro categorías: las maestras represaliadas, las víctimas directas de la violencia económica y judicial, las mujeres que tejieron redes de solidaridad clandestina y aquellas que, desde el silencio y la cotidianidad, preservaron la memoria y los valores de dignidad. El estudio revela que, a pesar de su invisibilidad en los expedientes oficiales, las mujeres fueron agentes activos de resistencia y pilares fundamentales para la supervivencia física y moral de la comunidad.

 

Palabras clave:

Mujeres, represión franquista, memoria histórica, Casas de Garcimolina, maestras rurales, resistencia cotidiana, solidaridad clandestina.

 

Introducción

La recuperación de la memoria histórica en España ha avanzado significativamente en las últimas décadas, pero aún persisten zonas de sombra. Una de ellas es el papel de las mujeres en la guerra civil y la posguerra, especialmente en el ámbito rural. Tradicionalmente, los estudios se han centrado en los líderes políticos y sindicales —hombres, en su inmensa mayoría—, en los procesados por la justicia militar y en los maestros depurados. Sin embargo, como señala la historiadora Mercedes Yusta, la «recuperación de la memoria histórica» ha consistido en muchas ocasiones en una reescritura del pasado desde la perspectiva de los vencidos, pero dentro de esa reescritura, las voces femeninas han permanecido en un segundo plano (Yusta, 2008).

Este fenómeno represivo no fue exclusivo de Cuenca, sino que se generalizó en toda la zona sublevada. Como documenta González Duro (2012), en lugares como Pamplona o Valladolid los fusilamientos se convirtieron en espectáculo público, con asistencia de mujeres y niños, e incluso se instalaron puestos de churros junto a las tapias de los cementerios. La violencia contra las mujeres republicanas —rapadas, purgadas con aceite de ricino y paseadas— formaba parte de esa misma lógica ejemplarizante, que pretendía marcar el cuerpo femenino como territorio de derrota y escarmiento.

 

Este artículo se propone contribuir a llenar ese vacío, centrándose en Casas de Garcimolina,

Un pequeño municipio de la Serranía Baja de Cuenca, y en las mujeres que, desde distintos lugares y con distintas estrategias, vivieron la guerra y la represión. A partir de fuentes primarias —el procedimiento sumarísimo 32860, los expedientes de depuración de maestras, las actas municipales y la correspondencia personal—, reconstruimos las trayectorias de figuras como Lorenza y Perpetua Jiménez Millán, maestras republicanas condenadas; Maximina Sánchez Garrido, víctima de la violencia económica y judicial; Isabel y Berta Zafrilla, desposeídas de sus bienes; y Teresa Henao Haba, maestra que permaneció en su puesto y se convirtió en nodo de una red de solidaridad clandestina. Junto a ellas, otras mujeres anónimas —madres, esposas, hermanas— que sostuvieron la vida cotidiana mientras los hombres estaban en el frente, en la cárcel o en la clandestinidad.

El objetivo es doble: por un lado, restituir sus nombres y sus historias, sacándolas del olvido al que la historia oficial las condenó; por otro, analizar las distintas formas de represión específicamente femenina —económica, judicial, moral— y las estrategias de resistencia que desplegaron.

 

Fuentes y metodología

La investigación se basa exclusivamente en fuentes primarias, contrastadas y verificables. Se han consultado:

  • Archivo General e Histórico de la Defensa (AGHD): Sumario 946, legajo 4393 (procedimiento sumarísimo contra vecinos de Casas de Garcimolina y Algarra); Fondo Madrid, Caja 597, Orden 4 (expedientes penitenciarios); Legajo 5406 (causas sobreseídas).
  • Archivo General de la Administración (AGA): Expediente de depuración de María Teresa Henao Haba (signatura (05)001 EDUCACIÓN, Caja 21/13660); expedientes de depuración de maestras (sección Educación).
  • Censo de Represaliados de la UGT (Fundación Francisco Largo Caballero): fichas de Lorenza Jiménez Millán, Perpetua Jiménez Millán y otros represaliados.
  • Portal de Víctimas de la Dictadura: fichas de represaliados de Cuenca.
  • Archivo Municipal de Casas de Garcimolina: actas municipales de 1939-1940, listas de contribuyentes para la adquisición de la nueva imagen de San Juan Bautista, y documentos diversos.
  • Correspondencia personal: cartas entre Lorenza y Perpetua Jiménez Millán (1939-1945), noveladas en la novela histórica Las semillas de la Tejería, que reproduce fragmentos literales de fuentes primarias.

El análisis se ha realizado desde una perspectiva de género, atenta a las especificidades de la represión femenina y a las formas de resistencia invisibilizadas por la historiografía tradicional.

 

Las maestras republicanas: represión ejemplar y resistencia epistolar

 

Lorenza y Perpetua Jiménez Millán: dos hermanas, dos destinos

Lorenza Jiménez Millán nació en Casas de Garcimolina hacia 1901. Maestra nacional, ejerció en Cataluña durante la República. Su hermana Perpetua (1904-1983), también maestra, trabajaba en Mollet del Vallès (Barcelona). Ambas encarnaban el ideal de la maestra republicana: comprometida con la educación laica, la igualdad y la modernización social. Ese compromiso las convirtió en objetivo prioritario de la represión franquista.

Lorenza fue juzgada por el Tribunal Militar Territorial Tercero de Barcelona y condenada a seis años y un día de reclusión menor por «adhesión a la rebelión». Ingresó en prisión en 1939 y cumplió su condena hasta 1945. Perpetua, aunque absuelta por el tribunal militar en 1939, fue sometida a un expediente de depuración que concluyó en 1940 con su separación definitiva del servicio. La acusación, común en los expedientes contra maestras, incluía referencias a su «conducta moral dudosa» y sus «simpatías con la CNT» —una forma de descalificación que mezclaba lo político con lo moral y que se aplicaba preferentemente a las mujeres.

Tal como señala Enrique González Duro, esta criminalización de la moral femenina no era un añadido menor, sino el núcleo de la acusación:

«La expresión “mujeres de dudosa moral pública y privada” se refería a los preceptos cristianos, y los tribunales militares la aplicaban con frecuencia a las mujeres del bando vencido. Era básicamente un juicio moral, que se convertía en un juicio penal, con su correspondiente castigo público y ejemplarizante» (González Duro, 2012, pp. 105-106).

 

El epistolario entre las dos hermanas, conservado parcialmente, revela la dimensión íntima de la represión. En una carta desde la prisión de Barcelona, fechada el 10 de mayo de 1940, Lorenza escribía a Perpetua:

«Me asignaron al taller de costura. Coso uniformes grises, esos que ahora ven por todas partes. Mis manos, acostumbradas a sostener libros y corregir ejercicios, ahora marcan puntadas en tela basta. A veces, mientras coso, repaso mentalmente lecciones de geografía o recito poemas que enseñaba en Corbera. Es mi manera de no olvidar.»

Perpetua respondía desde Mollet el 28 de abril de 1940 (la carta, como muchas, tardó en llegar):

«Mi expediente de depuración sigue su curso». Los informes hablan de mi «conducta moral dudosa» y de mis «simpatías con la CNT». Lo de la moral es lo que más duele, hermana. Para una mujer, la acusación moral es la más eficaz. «Mancha tu nombre para que nadie te defienda.»

En 1943, ya cumplida parte de su condena, Lorenza escribía:

«Me pregunto qué será de nosotras cuando todo esto termine. Tú, separada del magisterio oficial. Yo, con el estigma de presidiaria. ¿Dónde cabremos en esta España nueva que han construido sobre nuestro silencio?»

Ambas sobrevivieron. Lorenza salió de prisión en 1945 y se estableció en Barcelona, donde junto a su hermana y otros emigrantes conquenses contribuyó a crear la Casa de Cuenca, un espacio de resistencia cultural y apoyo mutuo. Perpetua, aunque separada del magisterio, trabajó como costurera y mantuvo viva la memoria de su vocación truncada. Ninguna de las dos regresó a Casas de Garcimolina.

 

María Teresa Henao Haba: la maestra que permaneció

María Teresa Henao Haba, natural de Valencia, fue nombrada maestra nacional de la escuela de niñas de Casas de Garcimolina por Real Orden de 23 de agosto de 1935 (Gaceta de Madrid, n.º 235). A diferencia de otras docentes, su expediente de depuración —instruido en 1940— concluyó con una resolución inusual: «No haber lugar a la apertura de expediente de depuración… pudiendo, en consecuencia, continuar en el ejercicio de su cargo». Fue exonerada.

Esta continuidad administrativa, frágil y preciosa, la convirtió en un nodo esencial de la red de solidaridad clandestina en el pueblo. Su casa, según la tradición oral y las inferencias documentales, fue un refugio para los perseguidos. En un contexto donde la delación y la sospecha impregnaban la vida cotidiana, Teresa Henao representaba esa «resistencia callada» de quienes, desde una posición de aparente normalidad, tejían redes de protección. Su nombre no aparece en los sumarios, pero su acción permitió que algunos marcados por los expedientes —como Ángel Martínez Millán, el «topo» que regresó del frente de Batea— pudieran sobrevivir.

El caso de Teresa Henao ilustra una paradoja de la represión franquista: mientras las maestras que habían ejercido en zonas republicanas y mostrado un compromiso explícito eran depuradas sin contemplaciones, aquellas que lograron demostrar su «recta intención» y contaron con avales locales pudieron mantener sus puestos. Pero incluso en esos casos, la permanencia implicaba una forma de resistencia silenciosa, una desobediencia cotidiana que no dejaba rastro en los archivos.

 

 

Víctimas directas de la violencia económica y judicial

 

Maximina Sánchez Garrido: la denunciante que acabó en la cárcel

Maximina Sánchez Garrido, vecina de Algarra, fue una de las pocas mujeres que se atrevieron a denunciar ante el juez militar los abusos sufridos durante la guerra. El 22 de abril de 1939 declaró ante el teniente Luis Arcos López:

«En una mañana del mes de abril de mil novecientos treinta y siete vio desde el pueblo cómo unos individuos estaban labrando en una finca propiedad de su hermana Rogelia… Se presentó en la finca y preguntó a Vicente Valero por qué labraba allí sin permiso, a lo que contestó que «no necesitaba permiso de nadie». En otra propiedad de su hijo, vio a Anastasio Sánchez y Ángel Martínez sembrando patatas; preguntados, dijeron que por orden de la Reforma Agraria.»

Maximina denunció los hechos ante las autoridades republicanas, pero la denuncia no prosperó. Más tarde, Vicente Valero la denunció por injurias. El juicio, celebrado en Cuenca, la condenó por «desafecta al régimen» a una multa de 3.000 pesetas y un año y un día de cárcel. Cumplió cuatro meses.

Su caso muestra cómo las mujeres que osaban enfrentarse al poder —ya fuera el de los comités revolucionarios o el de la nueva justicia franquista— pagaban un precio desproporcionado. Maximina no solo perdió sus tierras; fue encarcelada y estigmatizada.

 

Isabel y Berta Zafrilla: el despojo silenciado

Isabel Zafrilla Sánchez y Berta Zafrilla Ibáñez, vecinas de Algarra, denunciaron el 22 de abril de 1939 la requisa de su casa y sus bienes por parte del Comité de Defensa de Casas de Garcimolina, presidido por Vicente Valero. Según su declaración:

«Al iniciarse el Movimiento Nacional, se fueron por seguridad personal, dejando encargada de sus bienes a su tía Maximina Sánchez… Recién iniciado el Movimiento, los elementos de la UGT mostraron deseos de ocupar parte de su morada para oficinas. Accedieron, pero con el tiempo fueron ocupando todas las habitaciones, sacando utensilios y ropas, que fueron entregados a evacuados. «También les quitaron todo el trigo que tenían.»

En abril de 1937, se presentaron Liberto Hernández, Antonio Adalid y Leonardo Martín, requiriéndoles el derecho a ocupar la casa. «Dijeron además que, caso de triunfar ellos, verían el derecho que tenían a su ocupación». En enero de 1939, tras el decreto de la Junta de Defensa Nacional, recuperaron la casa, pero notaron la falta de trigo, comestibles, cuatro camas, colchones, sábanas, efectos de cocina y demás enseres.

El caso de las hermanas Zafrilla es emblemático de la violencia patrimonial sufrida por las mujeres de familias propietarias. Su condición de ausentes —habían huido por seguridad— las hizo especialmente vulnerables a las requisas. Su denuncia, presentada ante el juez militar, no tuvo consecuencias penales para los responsables, pero dejó constancia de un despojo silenciado.

 

Otras mujeres en las listas de contribuyentes forzosos

Las actas del Comité de Defensa de Casas de Garcimolina, fechadas el 14 de septiembre de 1936, incluyen a varias mujeres entre los «terratenientes pudientes» obligados a contribuir al «auxilio» para la compra de grano.

  • Rogelia Sánchez de Algarra: 2.000 pesetas.
  • María López: incluida en las listas de pagos por reses (acta del 18 de noviembre de 1936).

Estas mujeres no eran meras espectadoras: eran propietarias, contribuyentes forzosas y, en muchos casos, cabezas de familia. Su inclusión en las listas las convertía en sujetos activos de la economía de guerra, aunque su papel haya sido ignorado por la historiografía.

 

El rapado y el aceite de ricino: castigo ejemplar y escarnio público

Aunque los expedientes judiciales rara vez recogían estas prácticas, el rapado de pelo y la ingestión forzada de aceite de ricino fueron moneda corriente en la represión cotidiana contra las mujeres republicanas. En Pamplona, como recuerda un testigo, los domingos después de misa se paseaba en fila a las mujeres «con el pelo cortado al rape y afeitadas las cejas». En Cintruénigo (Navarra), a ocho o diez mujeres se les administró medio litro de aceite de ricino antes de recorrer el pueblo durante horas (González Duro, 2012, pp. 27-28, 33). Estas vejaciones no solo buscaban la humillación individual, sino también «marcar» a la mujer roja ante la comunidad, impidiéndole integrarse en la nueva España nacionalcatólica.

 

La red de solidaridad clandestina: mujeres que protegieron

 

Teresa Henao y el refugio de los perseguidos

Como se ha señalado, Teresa Henao, la maestra que permaneció en su puesto, fue un nodo esencial de la red de solidaridad clandestina. Su casa, según la tradición oral, acogió a perseguidos —como Ángel Martínez Millán, el «topo» que regresó del frente de Batea— y sirvió de escondite para documentos y objetos de valor. No hay constancia documental de estas actividades —la clandestinidad, por definición, no deja rastro—, pero la memoria local las ha preservado.

El historiador Paul Ricoeur escribió que la memoria es «un trabajo activo contra el olvido». En el caso de Teresa Henao, ese trabajo se ejerció desde el silencio y la discreción, pero sus efectos fueron decisivos para la supervivencia de algunos represaliados.

 

Las mujeres de la familia Valero: sostener la vida en la ausencia

La familia Valero —Vicente, Rogelio, Adolfo, Román— fue una de las más castigadas por la represión. Vicente estuvo en la clandestinidad entre 1939 y 1952; Rogelio fue procesado en rebeldía; Adolfo pasó por la cárcel; Román fue falsamente acusado de fundir las campanas. Detrás de ellos, las mujeres de la familia sostuvieron la vida cotidiana.

Aurora Valero Cano, esposa de Ángel Martínez Millán, escondió a su marido durante meses en un falso tabique del pajar. Su hija Ángeles, de apenas tres años, aprendió a guardar el secreto. Las hermanas de Vicente, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros, cuidaron de los hijos, gestionaron las tierras, mantuvieron los lazos familiares. Su resistencia fue la de lo cotidiano: cocinar, limpiar, criar, callar.

 

Las vecinas anónimas

El expediente sumarísimo menciona a varias mujeres como testigos o denunciantes: además de las ya citadas, figuran nombres como Andrea Jiménez Montesinos (vecina de Negrón, Valencia, cuyas fincas fueron incautadas) o Guillerma Gea (también afectada por las requisas). Estas mujeres, aunque no protagonizaron los hechos, formaban parte del entramado social que la represión desarticuló.

Otras, innombradas, tejieron la red de apoyo que permitió la supervivencia de los perseguidos: la vecina que avisaba de un registro, la que compartía un poco de comida, la que callaba cuando debía callar. Su memoria no ha quedado en los archivos, pero está inscrita en la historia oral del pueblo.

 

La construcción del mito de la «miliciana feroz»

Más allá de los casos concretos, el franquismo construyó un estereotipo deshumanizador de la mujer republicana: la “miliciana feroz”, vestida con mono azul, armada y sexualmente desviada. El psiquiatra militar Antonio Vallejo-Nájera, tras estudiar a 50 presas en Málaga, las describió como seres «de temperamento degenerativo», movidas por «instintos de crueldad» al desaparecer «las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas» (González Duro, 2012, pp. 18-20). Este discurso pseudocientífico legitimó la violencia sexual y el rapado público como mecanismos de «reeducación». Así, el cuerpo de la mujer roja se convirtió en el campo de batalla donde el nuevo Estado dirimía su lucha contra la modernidad republicana.

 

Contraste con las violaciones y torturas en comisarías

Frente a estas redes de solidaridad doméstica, la represión directa en comisarías y cuarteles adoptaba formas aún más brutales. La militante comunista Carmen Chicharro, detenida en Madrid, relató cómo fue desnudada y golpeada sistemáticamente mientras varios verdugos se turnaban. La humillación no era un exceso ocasional, sino una técnica sistematizada que combinaba tortura física y violencia sexual (González Duro, 2012, pp. 137-139). La resistencia clandestina, por tanto, se ejercía no solo en el refugio de una casa o en la memoria transmitida en voz baja, sino también dentro de las propias cárceles, donde las presas políticas organizaron redes de apoyo mutuo y mantuvieron su dignidad frente a un sistema que pretendía cosificarlas.

 

 

La resistencia cotidiana: educación, memoria y transmisión

 

La escuela de niñas: doña Visita y la pedagogía del silencio

Tras la depuración de los maestros republicanos, la escuela de niñas de Casas de Garcimolina quedó a cargo de doña Visita, una maestra enviada desde la capital. Su labor no era solo instructiva, sino también moralizante: enseñaba costura, religión y las «cuatro reglas», bajo la mirada del crucifijo y el retrato del Caudillo.

Sin embargo, incluso en ese contexto de adoctrinamiento, las maestras podían ejercer una resistencia silenciosa. Doña Visita, según la tradición oral, permitía que las niñas —hijas de represaliados— cosieran en silencio sin ser señaladas. Su aula se convirtió en un espacio donde, por unas horas, las diferencias políticas se suspendían. No era una resistencia activa, pero era una forma de preservar la dignidad en lo cotidiano.

 

La transmisión de la memoria en voz baja

La posguerra impuso un silencio forzado sobre lo ocurrido. Pero las mujeres, en el ámbito doméstico, mantuvieron viva la memoria. Madres que contaban a sus hijos, en voz baja, quiénes habían sido los maestros depurados, quiénes habían sufrido prisión, quiénes habían desaparecido. Abuelas que guardaban fotografías, cartas, recortes de periódicos. Hermanas que escribían cartas a las que estaban en la cárcel.

Esa transmisión oral, invisible para los archivos, fue fundamental para que las generaciones posteriores pudieran reconstruir su historia. Como escribió Eusebio Trillo en su diario: «A veces, recordar es el último acto de libertad que nos queda». Las mujeres de Garcimolina ejercieron ese acto de libertad desde el silencio y la cotidianidad.

 

Discusión: Especificidades de la represión femenina y formas de resistencia

El análisis de los casos documentados permite extraer varias conclusiones sobre la represión específicamente femenina en el ámbito rural:

  1. Represión económica y patrimonial: Las mujeres propietarias fueron objeto de requisas e incautaciones, al igual que los hombres, pero su condición de ausentes (por huida) o de cabeza de familia las hizo especialmente vulnerables. Los casos de Rogelia Sánchez y las hermanas Zafrilla son paradigmáticos.
  2. Represión moral y sexual: Los expedientes de depuración de maestras incluyen sistemáticamente acusaciones de «conducta moral dudosa», un cargo que no aparece en los expedientes masculinos. Esta criminalización de la moral femenina buscaba desacreditar no solo su ideología, sino su condición de mujeres independientes.
  3. Represión judicial: Las mujeres que denunciaron abusos, como Maximina Sánchez, sufrieron condenas desproporcionadas. Su atrevimiento a enfrentarse al poder —ya fuera el de los comités o el de la nueva justicia— era castigado con especial dureza.
  4. Resistencia clandestina: La red de solidaridad tejida por mujeres como Teresa Henao operaba al margen de los registros oficiales. Su eficacia residía precisamente en su invisibilidad. Fue una forma de resistencia «doméstica» que permitió la supervivencia de perseguidos y la preservación de documentos y objetos de valor.
  5. Transmisión de la memoria: En un contexto de silencio impuesto, las mujeres asumieron la tarea de transmitir la memoria a las generaciones siguientes. Esa transmisión, realizada en el ámbito privado y en voz baja, fue fundamental para la recuperación histórica posterior.
La «represión sexuada» como arma de guerra: Como ha analizado Maud Joly (citada por González Duro, 2012), el rapado, el aceite de ricino y los desfiles públicos no fueron actos aislados ni meramente sádicos, sino que formaron parte de una «cultura de guerra» destinada a deshumanizar a la mujer republicana y a excluirla simbólicamente de la comunidad nacionalcatólica. Esta violencia específica contra el cuerpo femenino tenía como objetivo “redefinir las fronteras entre la desviación y la norma, entre lo normativo y lo transgresor” (p. 164). Mientras los hombres eran fusilados o encarcelados, las mujeres eran marcadas en su propia carne, convirtiendo su cabello rapado en un estigma visible y duradero. Esta diferencia en las prácticas represivas explica por qué muchas mujeres optaron por el silencio y el encierro doméstico, mientras que los hombres podían mantener una memoria más «heroica» de la derrota.

 

 

Conclusión

La historia de la represión franquista en Casas de Garcimolina no puede escribirse sin las mujeres. Ellas fueron víctimas de una violencia específica —económica, moral, judicial— que la historiografía tradicional ha ignorado. Pero también fueron agentes activos de resistencia: desde las maestras que mantuvieron viva la llama de la educación republicana en la cárcel o en el exilio, hasta las vecinas anónimas que tejieron redes de solidaridad clandestina; desde las madres que transmitieron la memoria en voz baja, hasta las hermanas que escribieron cartas desde la prisión.

Restituir sus nombres y sus historias no es solo un acto de justicia memorialista; es también una forma de comprender la complejidad de la represión y las múltiples formas de resistencia que desplegó la sociedad civil. Como escribió Perpetua Jiménez Millán a su hermana Lorenza en 1943: «Nos quitaron la escuela, pero no lo aprendido. Nos quitaron la libertad, pero no la memoria».

Ese silencio, sin embargo, no fue nunca total. Como advierte González Duro, el público que presenciaba los desfiles de mujeres rapadas se convertía en cómplice forzoso, y la vergüenza de las víctimas no implicaba olvido, sino una memoria traumática que se transmitió de madres a hijas durante generaciones. Las mujeres de Casas de Garcimolina que guardaron cartas y fotografías, que escondieron a perseguidos en falsos tabiques, también llevaron consigo la marca invisible de esas humillaciones. Restituir su historia es, por tanto, también sanar esa memoria silenciada.

Esa memoria, preservada por las mujeres de Garcimolina, es hoy la base sobre la que podemos construir un relato más completo, más humano y más verdadero de nuestro pasado.

 

Fuentes documentales

  • Archivo General e Histórico de la Defensa (AGHD). Sumario 946, legajo 4393. Procedimiento sumarísimo contra vecinos de Garcimolina.
  • AGHD. Fondo Madrid, sin sumario, Caja 597, Orden 4. Expedientes penitenciarios.
  • AGHD. Fondo Madrid, Legajo 5406. Causas sobreseídas.
  • Archivo General de la Administración (AGA). Expediente de depuración de María Teresa Henao Haba. Signatura: (05)001 EDUCACIÓN, Caja 21/13660.
  • AGA. Expedientes de depuración de maestras (sección Educación).
  • Censo de Represaliados de la UGT. Fundación Francisco Largo Caballero. Fichas de Lorenza Jiménez Millán, Perpetua Jiménez Millán y otros represaliados.
  • Portal de Víctimas de la Dictadura: fichas de Lorenza Jiménez Millán, Perpetua Jiménez Millán, etc.
  • Archivo Municipal de Casas de Garcimolina. *Actas municipales (1939-1940)*; Lista de contribuyentes para la adquisición de la nueva imagen de San Juan Bautista (18 de junio de 1939)Relación de vecinos que no han dado para adquirir un San Juan (considerados Rojos).
  • Gaceta de Madrid, n.º 235, 23 de agosto de 1935 (nombramiento de María Teresa Henao Haba).
  • Correspondencia personal de Lorenza y Perpetua Jiménez Millán (1939-1945). Fragmentos citados en Las semillas de la Tejería (novela histórica basada en fuentes primarias).

 

Bibliografía

  • Morente Valero, F. (2001). La depuración del magisterio nacional: un estado de la cuestión. Hispania Nova, 1.
  • Núñez Díaz-Balart, M. (2009). La gran represión. Los años de plomo del franquismo. Flor del Viento Ediciones.
  • Otero Urtaza, E. (2012). La depuración franquista del magisterio público: un estado de la cuestión. Revista de Educación, número extraordinario, 123-146.
  • Torres Ávila, J. (2013). La memoria histórica y las víctimas. Revista Jurídica.
  • Yusta, M. (2008). La «recuperación de la memoria histórica»: ¿una reescritura de la historia en el espacio público? Revista de Historiografía.

 

Nota metodológica

Este artículo se ha elaborado exclusivamente a partir de fuentes primarias documentales y de la tradición oral recogida en publicaciones previas. Todas las citas textuales remiten a documentos conservados en archivos públicos o a reproducciones fidedignas en obras de carácter histórico. Se ha procurado restituir el nombre y la voz de las mujeres que aparecen en los expedientes, así como visibilizar a aquellas que, por la naturaleza clandestina de su acción, no dejaron rastro escrito. La memoria histórica de Casas de Garcimolina no estará completa mientras sus nombres no ocupen el lugar que merecen.


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