Una ventana a El Cubillo del siglo XVIII

Una ventana a El Cubillo del siglo XVIII

 

El Catastro de Ensenada

El Catastro de Ensenada constituye una de las fuentes documentales más importantes para conocer la realidad de los pueblos españoles en el siglo XVIII. En el presente artículo, Carlos Pla Perea propone un recorrido por el contenido de este documento elaborado en 1752, permitiendo conocer diversos aspectos de la vida cotidiana, la economía, el territorio y la organización de una pequeña comunidad rural de la época.

Lejos de plantear una investigación académica especializada, el trabajo busca acercar esta fuente histórica al lector de manera clara y accesible. Desde la mirada de un arqueólogo interesado en la historia local y comarcal, el Catastro de Ensenada es entendido aquí como una auténtica instantánea de El Cubillo de mediados del siglo XVIII, una imagen detenida en el tiempo que permite asomarse a la realidad de quienes habitaron el pueblo hace casi trescientos años.

 

 

El Cubillo en 1752: una comunidad rural de la Serranía según el Catastro de Ensenada

 

Carlos Pla Perea

En octubre de 1752, los vecinos de El Cubillo respondieron al interrogatorio general del Catastro de Ensenada. Como en miles de lugares de la monarquía, se trataba de averiguar con detalle tierras, ganados, oficios, rentas e impuestos con vistas a una reforma fiscal impulsada durante el reinado de Fernando VI. Para la administración era un expediente tributario; para nosotros constituye una fuente privilegiada sobre la vida cotidiana de una pequeña aldea serrana a mediados del siglo XVIII.

Ilustración 1 AGS_CE_RG_L083_157

 

 

 

Las respuestas permiten conocer la dimensión del pueblo, la calidad de sus tierras, los cultivos, la importancia del ganado, los bienes comunales, las cargas fiscales y hasta la existencia de pobres de solemnidad. Pocas fuentes ofrecen una imagen tan completa de una comunidad rural modesta en el interior peninsular.

 

 

 

 

 

 

Un pueblo pequeño en un territorio difícil

Los propios declarantes definieron el territorio con notable precisión: “mui fragoso, escabroso y áspero”, abundante en peñas, montes y barrancos. No se trata de una fórmula literaria, sino de una realidad geográfica. El relieve condicionaba el aprovechamiento agrario, dificultaba las comunicaciones y limitaba la superficie cultivable. Buena parte del término estaba ocupada por montes, riscos, barrancos y terrenos de escaso rendimiento.

 

Ilustración 2 Vista general de El Cubillo. Al fondo, Alcalá de la Vega. Fot. Carlos Pla

 

Si bien esta descripción es fiel a la imagen que ha perdurado hasta nuestros días, los peritos realizan una descripción más exagerada respecto a las mediciones, distancia y tiempo, al explicar que se tardan 6 días en recorrer un perímetro del término de solo legua y media (unos 8 km), con el fin de enfatizar y dejar constancia ante la Corona de que la tierra es de pobre calidad y difícil de cultivar. Así se justificaría una baja tasación, pues si la tierra es mala y llena de barrancos y peñas, no se puede cobrar mucho impuesto por ella.

Ilustración 3 AGS_CE_RG_L083_163

 

 

El pueblo se integraba en el antiguo Marquesado de Moya y dependía jurisdiccionalmente de Moya. Ello situaba a El Cubillo dentro de una estructura característica del Antiguo Régimen, donde coincidían poder señorial, administración real, autoridad eclesiástica y gobierno concejil.

 

 

 

 

 

Treinta y ocho vecinos y algunas casas vacías

El Catastro registra 38 vecinos. El término designaba entonces a las unidades domésticas reconocidas fiscalmente, unidad familiar o cabeza de hogar, no al número total de habitantes. La población real debió de ser mayor, aunque se trataba en cualquier caso de una comunidad reducida. Estimándola mediante un coeficiente habitual de 3,5 a 4,5 personas por vecino —derivado de estudios de demografía histórica—, la población real debió situarse probablemente entre 140 y 160 personas.

Ilustración 4: Puerta de vivienda y acceso a la cuadra. S. XX Fot. Carlos Pla

 

Había 38 casas habitadas, 7 arruinadas y 2 sin morador «por falta de vecinos».  Este último detalle tiene gran fuerza histórica, ya que indica que, incluso en fechas de relativo crecimiento demográfico para muchas zonas de España, existían núcleos serranos con señales de estancamiento o pérdida de población. La despoblación rural, que hoy se percibe como un fenómeno reciente, tiene antecedentes mucho más antiguos.

En pueblos de este tamaño, la organización social descansaba en relaciones de proximidad: parentescos cruzados, cooperación agrícola, conocimiento mutuo y una vigilancia comunitaria difícil de eludir.

 

Agricultura de secano y adaptación al medio

La base económica del pueblo era claramente agraria. Se sembraban trigo, cebada, centeno y avena. Solo existía un pequeño territorio de regadío junto a la fuente dedicado al cáñamo, cuyo riego dependía de canales de madera cuando faltaba agua. En un intento de identificar la fuente que proporcionaba agua suficiente para establecer tierras de regadío y abastecer a la población, esta debe corresponderse con la denominada Fuente de Arriba, y las tierras de regadío donde se cultivaba el cáñamo, los huertos cercanos.

En otro estudio abordaremos las fuentes que existían en el término y aquellas de las que se abastecía la población, como la Fuente de Arriba o el Tornajillo.

El predominio del secano y la importancia del centeno responden al medio físico. En tierras frías y de productividad incierta, este cereal ofrecía mayor seguridad que otros cultivos más exigentes. La agricultura local no buscaba la especialización comercial, sino que estaba orientada a asegurar la subsistencia.

El documento distingue tierras de primera, segunda y tercera calidad, además de amplias superficies incultas o inútiles por su naturaleza. Esta clasificación muestra una percepción muy precisa del territorio y de sus posibilidades productivas. Los campesinos conocían con exactitud qué parcela convenía sembrar, cuál requería descanso y cuál solo rendía con ayuda de estiércol.

Aunque las Respuestas Generales no mencionan expresamente la recolección como medio económico, la existencia de superficies incultas con predominio de encinas, quejigos o robles implicaría la recolección de bellotas como aprovechamientos comunales, constituyendo un recurso complementario importante para la cabaña porcina y, en años difíciles, para el consumo humano.

 

 

El papel decisivo del ganado

Como en muchas economías de montaña, la agricultura no bastaba por sí sola. El Catastro recoge ovejas, carneros, cabras, vacas de cría, bueyes de labor, mulas, machos, burros, yeguas y cerdos, además de 51 colmenas.

El dato revela una cabaña diversa y funcional. Los animales proporcionaban fuerza de trabajo, transporte, estiércol, lana, carne y crías para reposición o venta. Los bueyes, mulas y machos eran indispensables para labrar y acarrear o transportar; las ovejas aportaban lana y corderos; las cabras aprovechaban mejor el monte; las colmenas añadían miel y cera a una economía de recursos ajustados.

 

Ilustración 5: El matagorrino o matanza del cerdo a finales siglo XX. Ejemplo de la colaboración vecinal y familiar. Fot. Carlos Pla

 

En estos contextos, el ganado actuaba además como forma de ahorro. Una familia podía disponer de escasa moneda y, sin embargo, poseer riqueza en animales.

 

Bienes comunales y organización local

Uno de los aspectos más interesantes del expediente es la relevancia del patrimonio del común. El concejo disfrutaba de la tercera parte de un molino harinero compartido con Alcalá de la Vega, un horno de pan cocer, casas de consejo con cárcel y depósito del pósito real, así como una dehesa boalaje o boyal destinada al ganado de labor.

Ilustración 6: Fachada principal del Ayuntamiento de El Cubillo S. XX. Hoy día reconvertido en consultorio médico. Fot. Carlos Pla

 

 

Esto demuestra que la comunidad no era una simple suma de familias aisladas, sino que existían recursos compartidos que sostenían la vida común. El molino permitía transformar el cereal; el horno aseguraba una necesidad básica, la de la dehesa, que sostenía los animales de trabajo; el pósito servía como instrumento de reserva y crédito en grano. La existencia de este patrimonio común muestra que la comunidad local conservaba capacidad de gestión y mecanismos colectivos de protección.

 

 

 

Ilustración 7 Fachada posterior del edificio del Ayuntamiento de El Cubillo. Acceso a la cárcel y pósito.  Fot. Carlos Pla

 

 

 

La vida rural del siglo XVIII no puede entenderse solo desde la propiedad privada: los recursos comunales eran fundamentales.

 

 

 

 

 

 

 

Oficios y servicios en una pequeña aldea

Aunque predominan los labradores, también aparecen oficios especializados: carpintero, tejedores de lienzo, molinero, hornero, guarda de ganado y responsable de la venta de vino y aceite. Incluso una población modesta requería cierta diversificación laboral.

Los jornales consignados eran reducidos. Un labrador ganaba 3 reales diarios y un pastor, 2 y medio. Tales ingresos dependían de la estacionalidad del trabajo y de la disponibilidad de empleo.

El médico no residía en el lugar. El concejo tenía ajustada la asistencia con un facultativo externo, el cirujano provenía de Alcalá de la Vega y la botica estaba en Moya. Esto sitúa a El Cubillo dentro de una red comarcal de dependencias habituales en el mundo rural.

 

Pagar al rey, al señor y a la Iglesia

La economía del pueblo estaba gravada por múltiples cargas. Los vecinos contribuían a distintos niveles: a la Corona pagaban servicio ordinario y extraordinario, cientos, millones y sisas; al señor correspondían martiniega, alcabalas y otros derechos; y a la Iglesia se entregaban diezmos, primicias y voto de Santiago.

Esta superposición fiscal era característica del Antiguo Régimen. La producción campesina debía sostener simultáneamente a la monarquía, al señorío y a la estructura eclesiástica. En economías de bajo rendimiento, cualquier mala cosecha agravaba la presión existente.

 

La pobreza también tenía nombre

El Catastro menciona como pobres de solemnidad “que se mantienen de la limosna que recoxen ostiatim por las puertas de este lugar…” a Pedro Martínez, María Martínez, Petronila Villalba y Antonia Saiz. No se trata solo de vecinos humildes, sino de personas reconocidas oficialmente como necesitadas. La fórmula designaba a quienes carecían de medios suficientes y podían ser objeto de asistencia procedente de la caridad local, de la parroquia o de la solidaridad vecinal.

Su presencia recuerda que la pobreza no era marginal ni excepcional, sino una posibilidad constante en sociedades dependientes de cosechas inciertas, jornales irregulares y recursos limitados.

Este dato humaniza el documento y recuerda que bajo las cifras había vidas frágiles.

 

Religión y calendario local

Entre los gastos concejiles figuran celebraciones religiosas, sermones y rogativas vinculadas a San Sebastián (patrón local), Nuestra Señora de Santerón y las Ánimas. No eran simples actos litúrgicos: estas prácticas tenían una dimensión devocional, pero también comunitaria. Marcaban el calendario, reforzaban la cohesión vecinal y ofrecían respuesta simbólica ante la enfermedad, la sequía o la escasez.

Ilustración 8 Iglesia parroquial de San Sebastián. A la derecha en medio de los chopos se encuentra la ermita de San Antonio. Fot. Carlos Pla

 

Una comunidad pequeña, pero compleja: memoria de una resistencia rural

El expediente de 1752 permite corregir una imagen simplificada del mundo rural de la serranía conquense. El Cubillo no era un espacio marginal e inmóvil, sino una comunidad articulada, con instituciones propias, economía diversificada dentro de sus límites, relaciones comarcales activas y mecanismos colectivos de gestión. Era, en definitiva, una comunidad integrada en circuitos fiscales, comerciales y administrativos.

Si bien el Catastro de Ensenada nos ofrece una fotografía instantánea tomada con fines fiscales y que fija en un momento concreto una realidad más dinámica, detrás de sus respuestas se adivina un proceso histórico prolongado de adaptación al medio, de ajuste constante entre población y recursos, y de aprovechamiento intensivo pero equilibrado de tierras, montes, pastos y ganados, siempre y cuando la climatología no se convirtiera en coprotagonista de la historia local.

No era un espacio vacío, sino un organismo social plenamente funcional. A mediados del siglo XVIII, El Cubillo representaba bien a muchas aldeas del interior montañoso peninsular: población reducida, agricultura de secano, importancia ganadera, dependencia de bienes comunales y fuerte presión fiscal. Sin embargo, también muestra una gran capacidad de adaptación, un conocimiento preciso del medio y una notable organización local.

Gracias al Catastro de Ensenada podemos observar no solo cifras y rentas, sino el modo en que una pequeña comunidad sostuvo su existencia en un territorio difícil. En ello reside el verdadero valor histórico de estas respuestas.

 

 

Bibliografía

Archivo General de Simancas (AGS), Dirección General de Rentas, Catastro de Ensenada, Respuestas Generales, libro 83, El Cubillo (Cuenca), 1752. Disponible en Portal de Archivos Españoles (PARES).

Transcripción de las Respuestas Generales AGS, CE, RG, L.83, El Cubillo (Cuenca), 1752. Por Carlos Pla Perea.

 


 

Agradecimiento a Carlos Pla Perea

Desde la Asociación Peña el Pardo y el proyecto editorial de garcimolina.net, queremos expresar nuestro sincero agradecimiento a Carlos Pla Perea por su generosa colaboración y por el rigor académico de su artículo, cuya aportación ha enriquecido de manera notable la comprensión histórica y documental sobre El Cubillo y su entorno en el siglo XVIII.

Su trabajo, fundamentado en una investigación meticulosa y en una lectura crítica de las fuentes del Catastro de Ensenada, aporta claridad, contexto y profundidad a los contenidos que ofrecemos en esta web. Gracias a su disposición y apoyo, podemos integrar en nuestro sitio una visión más precisa y fundamentada de la vida rural serrana en la época moderna.

La comunidad de Garcimolina y quienes trabajamos en la preservación de su memoria histórica agradecemos sinceramente su contribución.

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