El carbonero vegetal en la Baja Sierra

El carbonero vegetal en la Baja Sierra: aproximación etnográfica a un oficio desaparecido

 

Resumen:

El presente artículo ofrece una reconstrucción etnográfica del oficio de carbonero vegetal en la comarca de la baja sierra de Cuenca y el Rincón de Ademuz, con atención especial al término de Casas de Garcimolina (antiguo Marquesado de Moya).

A partir de fuentes primarias (Catastro de Ensenada, 1752) y de estudios monográficos sobre la carbonería en otras regiones españolas (Polancos, 1997; Márquez Fernández, s.f.; Calero Valverde, 2012), se describe el ciclo técnico, las condiciones de vida y el declive del oficio.

Aunque la documentación archivística no menciona nominalmente a carboneros en Casas de Garcimolina, la evidencia indirecta —forestal, toponímica y comarcal— permite afirmar con alto grado de probabilidad su existencia.

Gracias a un proyecto de memoria oral reciente, se han podido rescatar los nombres de varios carboneros locales y reconstruir el sistema de trueque que mantenían con la fragua del pueblo. Por otra parte, se documenta una práctica complementaria: la obtención de lignito ferroviario por parte de los herreros locales (familia Martínez y Valero) en la línea Aragón‑Cuenca durante los años 50, como ejemplo de economía de supervivencia en la posguerra.

 

Palabras clave:

Carbonero vegetal, lignito, carboneo, etnografía, baja sierra de Cuenca, Rincón de Ademuz, Casas de Garcimolina, Fuentelespino de Moya, patrimonio inmaterial, mercado negro ferroviario.

 

 

Introducción

El carbón vegetal fue durante siglos el principal combustible doméstico y preindustrial en amplias zonas rurales de España. Su obtención, mediante la carbonización controlada de la leña, daba lugar a un oficio especializado —el de carbonero— que combinaba un profundo conocimiento del monte, una técnica precisa y una resistencia física extrema. En la baja sierra de Cuenca y en el vecino Rincón de Ademuz, esta actividad formó parte de la economía campesina de subsistencia hasta mediados del siglo XX, cuando la llegada de los combustibles fósiles y la despoblación rural provocaron su desaparición.

El presente trabajo se centra en el término de Casas de Garcimolina, localidad situada en el antiguo Marquesado de Moya (actual provincia de Cuenca), dentro del área de transición entre la serranía conquense y el Rincón de Ademuz. Aunque no se había localizado documentación archivística que mencionara nominalmente a carboneros residentes en esta aldea, la presencia de un monte mediterráneo apto para el carboneo, la toponimia menor y los testimonios recogidos en poblaciones vecinas (Vallanca, Negrón y muy especialmente Fuentelespino de Moya) permitían sostener la hipótesis de que el oficio fue un elemento activo en su economía.

Recientemente, un proyecto de memoria oral ha permitido no solo confirmar esa hipótesis, sino también rescatar la identidad concreta de los vecinos que lo practicaron y las formas de relación económica que establecían con otros oficios locales. Este artículo recoge esos hallazgos y los integra en una visión de conjunto del carboneo en la comarca.

 

Metodológicamente, el artículo se apoya en cuatro tipos de fuentes:

  1. Catastro de Ensenada (1752) como fuente primaria sobre el paisaje forestal y los aprovechamientos comunales.
  2. Estudios etnográficos monográficos sobre el carbonero en el valle de Gordexola (Bizkaia), en el entorno de Doñana (Huelva) y en las Hoces del Cabriel (Valencia), que proporcionan descripciones detalladas de las técnicas, las herramientas y las condiciones de vida.
  3. Bibliografía general sobre patrimonio etnológico y oficios tradicionales, así como referencias a la historia ferroviaria y minera de Aragón, que contextualizan mercados y vías de transporte.
  4. Memoria oral y tradición recogidas en entrevistas y notas de campo para contrastar y matizar la evidencia material y documental.

No se incluyen afirmaciones no contrastadas ni se novelan situaciones. La ausencia de documentos específicos para Casas de Garcimolina se asume explícitamente y se suple con el análisis del contexto económico comarcal.

 

El marco forestal según el Catastro de Ensenada (1752)

El Catastro de Ensenada, promovido por el marqués de la Ensenada entre 1749 y 1756, constituye la primera fuente estadística y descriptiva sistemática de los municipios de la Corona de Castilla. Para el partido de Ademuz y las tierras limítrofes del Marquesado de Moya, las Respuestas Generales (Archivo Histórico Nacional, Consejos, Libro 160) describen unos montes poblados mayoritariamente por carrasca (Quercus ilex subsp. ballota) y sabina albar (Juniperus thurifera). Ambos géneros leñosos eran los preferidos para la producción de carbón vegetal por su densidad y alto poder calorífico, como han documentado los estudios etnográficos (Polancos, 1997: 174; Márquez Fernández: 386).

El catastro no cuantifica la producción de carbón ni menciona carboneros en las aldeas del Marquesado, pero sí regula el aprovechamiento de la leña bajo normas concejiles, lo que indica una presión extractiva organizada. Esta regulación indirecta sugiere que la transformación de la leña en carbón era una actividad económica relevante en la zona, aunque no desglosada en las respuestas del catastro.

 

El oficio de carbonero vegetal: técnica, vida y declive

La elaboración de carbón vegetal era un proceso que exigía un conocimiento profundo del monte y de las propiedades de cada especie arbórea. No todas las maderas servían para el carboneo: las más apreciadas eran las de encina (Quercus ilex), quejigo (Quercus faginea) y, en menor medida, sabina, por su alta densidad y poder calorífico. En la baja sierra de Cuenca, el Catastro de Ensenada (1752) ya describía extensas masas de carrascas y sabinas en los términos de la comarca, lo que convertía a estos montes en un entorno idóneo para la actividad.

El proceso comenzaba con la corta y apeo de la leña, que se realizaba preferentemente en invierno, cuando la savia estaba más retraída y la madera ofrecía mejores rendimientos. La leña se apilaba en forma de moro o carbonera: una estructura cónica que podía alcanzar varios metros de diámetro y hasta tres o cuatro metros de altura, recubierta de tierra y ramas para controlar la entrada de oxígeno. La combustión lenta, que podía durar varias semanas, transformaba la madera en carbón mediante un proceso de pirólisis controlada, eliminando agua y componentes volátiles y dejando un residuo de carbono casi puro.

Durante todo el proceso, el carbonero debía permanecer al pie de la carbonera, vigilando el humo y la temperatura, sellando grietas con tierra para evitar que el fuego se avivara o se apagara. Era un trabajo solitario, duro y peligroso, que exigía jornadas interminables y una vida prácticamente nómada en el monte. La carbonera solía instalarse en un claro del bosque, cerca de un arroyo o manantial, y el carbonero habitaba en una barraca o choza de piedra seca y ramas, de la que aún se conservan ejemplos en las Hoces del Cabriel.

 

Condiciones de vida y organización social

La vida del carbonero era durísima. Como señala Miguel Polancos en su estudio etnográfico La vida del carbonero y proceso para la obtención de carbón vegetal (1997), el oficio se ejercía en condiciones de aislamiento extremo, con una alimentación escasa y un desgaste físico considerable. Los carboneros solían trabajar en pequeños grupos familiares o en cuadrillas, y el carbón producido se transportaba a lomos de caballerías o en carros hasta los pueblos y villas cercanas, donde se vendía a herreros, panaderos y particulares.

Aunque el oficio era conocido en toda la Península Ibérica, las técnicas y los saberes asociados mostraban un notable grado de uniformidad en las diferentes regiones, como han documentado también Márquez Fernández y Calero Valverde (2012) para el ámbito de las Hoces del Cabriel. Esta uniformidad sugiere la existencia de una cultura técnica compartida, transmitida de generación en generación, que se adaptaba a las condiciones locales sin perder sus rasgos esenciales.

 

El declive del oficio

El carboneo tradicional entró en crisis a mediados del siglo XX. La generalización de los combustibles fósiles —primero el carbón mineral y después el gas y el petróleo—, el abandono del campo y la despoblación rural redujeron drásticamente la demanda de carbón vegetal. En la baja sierra de Cuenca, como en el resto de España, las últimas carboneras activas se apagaron en los años 50 y 60. El oficio, que durante siglos había sido un pilar de la economía campesina, pasó a engrosar la lista de oficios perdidos.

 

Armado de la carbonera (hoya o boliche)

La leña se apilaba en forma cónica alrededor de un palo central (el horcón). El diámetro de la base podía alcanzar de 4 a 10 m, y la altura de 2 a 5 m, dependiendo de la cantidad de madera. Se procuraba una distribución homogénea para evitar hundimientos (henchiduras) durante la combustión (Polancos, 1997: 181). En Doñana, esta estructura recibe el nombre de boliche y se cubre con hojas de eucalipto o helechos antes de la capa de tierra (Márquez Fernández, s.f.: 388-389).

 

Cubrición y encendido

Sobre el cono de leña se extendía una capa de helecho, hierba u hojarasca, y posteriormente una capa de tierra fina (preferentemente cisco, tierra ya quemada en carboneras anteriores). Se dejaban respiraderos basales y un orificio superior (el lumi, ojo o bullón). El encendido se realizaba introduciendo ascua por la parte superior. El humo inicial, azulado, se tornaba blanco y denso cuando comenzaba la evaporación del agua de la madera (Polancos, 1997: 183). En las Hoces del Cabriel, el carbonero vigilaba el color del humo para determinar el momento de sellar la entrada de aire (Calero Valverde, 2012: 11).

 

Carbonización y enfriado

La combustión lenta y con deficiencia de oxígeno duraba entre 8 y 15 días, según el tamaño de la pila. Durante este período, el carbonero permanecía día y noche en el monte, tapando grietas y golpeando la superficie con una mandarria (pala de madera pesada) para compactar el carbón ya formado (Polancos, 1997: 183). Una vez completada la carbonización, se sellaban todos los orificios y se dejaba enfriar durante 48 horas. En Doñana, además, se añadía agua para acelerar el enfriamiento (Márquez Fernández: 390).

 

Extracción, envasado y transporte

El carbón se extraía manualmente con un picacho (herramienta de dos púas de hierro) y se extendía para eliminar los últimos focos de fuego. El envasado se hacía en sacos de unos 50 kg. El transporte hasta los puntos de venta o las ferrerías se realizaba con carros de bueyes o mulas, a menudo contratando a carreteros específicos (Polancos, 1997: 185-186).

 

 

La vida del carbonero: aislamiento, alimentación y saberes populares

Los carboneros desarrollaban su trabajo en soledad o en pequeños grupos, alejados de los núcleos de población durante semanas. Para protegerse de las inclemencias, construían barracas o chozos con piedra, madera y cubierta vegetal (helechos, césped o cisco). En las Hoces del Cabriel, Calero Valverde (2012: 3-4) ha inventariado dieciocho barracas de carbonero, destacando que la cubierta de cisco (mezcla de ceniza y tierra) resultaba impermeable y duradera.

La alimentación era escasa y monótona: tocino frito por la mañana, cocido de habas o alubias con tocino al mediodía, y patatas cocidas por la noche, acompañadas siempre de pan y agua. En otoño se añadían castañas y pimientos (Polancos, 1997: 177). Esta dieta, rica en grasas y carbohidratos, proporcionaba la energía necesaria para un trabajo extenuante.

El carbonero desarrollaba un agudo conocimiento empírico de la meteorología. Polancos (1997: 177-178) recoge refranes como “Cuando las grullas veas pasar del mar a la peña, coge el carro y trae leña” (mal tiempo) o “Cielo empedrado, en veinticuatro horas el suelo mojado”. El viento sur era el más temido, mientras que el norte (cierzo) resultaba favorable para la carbonización en los meses cálidos. Estos saberes, transmitidos oralmente, formaban parte del patrimonio inmaterial del oficio.

 

El uso de carbón mineral: lignito de Utrillas y el «mercado negro ferroviario»

Además del carbón vegetal, las fraguas y herrerías de la comarca necesitaban un combustible mineral de alto poder calorífico. El carbón mineral más accesible para la zona era el lignito extraído en los cotos mineros de Utrillas (Teruel). La línea férrea Utrillas‑Zaragoza, construida expresamente para dar salida a este lignito, se convirtió en un eje económico regional. Sin embargo, durante la posguerra (años 40 y 50), el carbón oficial era caro y estaba sujeto a racionamiento.

En contexto de escasez, surgió una práctica informal que benefició directamente a los herreros de Casas de Garcimolina y otras localidades cercanas. Las líneas de vía ancha del Central de Aragón, las locomotoras de vapor, consumían grandes cantidades de lignito. En tramos con fuertes pendientes (como Ragudo o Escandón), el carbón se desprendía de los ténderes por vibración o mala compactación y caía a lo largo de la vía. Vecinos de casillas, pueblos próximos y trabajadores ferroviarios recogían ese carbón caído, considerado un recurso «libre», aunque RENFE lo contabilizara como pérdida.

 

El funcionamiento de este pequeño «mercado negro» era el siguiente:

  1. Tras el paso de un tren de vapor, los vecinos —a menudo mujeres, niños y ancianos— recorrían el tramo recogiendo el carbón esparcido.
  2. El guardagujas o el casillero de la línea, por su posición estratégica, actuaba como acopiador: almacenaba el carbón en sacos en la propia casilla o en un cobertizo.
  3. Posteriormente, el guardagujas lo revendía a herreros y fraguas de pueblos como Casas de Garcimolina, a un precio inferior al del mercado oficial.
  4. Las ganancias se repartían entre los recolectores y el intermediario, generando un sobresueldo en una economía de subsistencia.

 

 

Este sistema se toleraba de facto porque no afectaba gravemente al suministro ferroviario y suponía un alivio económico para familias en situación precaria. Las autoridades locales solían mirar hacia otro lado.

 

Para los herreros de Garcimolina, el lignito ferroviario resultaba especialmente atractivo porque:

  • Era más barato que el carbón distribuido por los canales oficiales del Estado.
  • Procedía de los mismos lignitos de Utrillas, cuya calidad era conocida y apreciada.
  • Su obtención no requería desplazarse hasta la mina, sino solo hasta la estación o un punto accesible de la vía.

No obstante, la dependencia de este suministro informal era estacional e irregular. Cuando el lignito «caído» escaseaba o la demanda en la fragua de Casas de Garcimolina aumentaba (por ejemplo, durante la época de siega para afilar hoces y guadañas), los herreros recurrían al circuito tradicional del carbón vegetal.

En concreto, la familia Martínez y Valero, titulares de la herrería local, acudía a comprar cargas de carbón vegetal de excelente calidad a la vecina localidad de Fuentelespino de Moya, donde la actividad carbonera estaba perfectamente asentada y documentada.

La propia evolución de RENFE en los años 50 —iniciando la fuelización de locomotoras debido al encarecimiento del carbón— contribuyó a la desaparición progresiva de esta práctica.

No obstante, durante aproximadamente una década, el «carbón caído» mantuvo activas varias fraguas rurales y proporcionó un ingreso complementario a decenas de familias aragonesas y conquenses.

 

Declive del carboneo y desaparición del oficio

 

La desaparición del carbonero vegetal como oficio regular se produjo en toda España entre las décadas de 1960 y 1970. Las causas principales fueron:

  • Generalización del gas butano y la electricidad en los hogares rurales, que sustituyó al carbón para cocinar y calentarse.
  • Cierre de las herrerías tradicionales frente a la siderurgia industrial, que eliminó el principal consumidor de carbón vegetal.
  • Emigración de la población rural a las ciudades, que vació los pueblos de la baja sierra de Cuenca y del Rincón de Ademuz.
  • Cambios en la gestión forestal y la pérdida de los derechos comunales de leña.

Valle de Gordexola, Polancos (1997: 176) sitúa el fin del carboneo a principios de los años sesenta. En Doñana, Márquez Fernández (s. f.: 396) señala que la producción se mantuvo gracias a la exportación a Francia para usos farmacéuticos, pero con una mecanización creciente que desplazó al carbonero artesanal. Hoces del Cabriel, las barracas inventariadas se encuentran en su mayoría en ruinas, y los últimos carboneros vivos superan los ochenta años (Calero Valverde, 2012: 12-13).

Para el área de Casas de Garcimolina, no existen datos censales que permitan datar con exactitud el último carbonero activo. Sin embargo, la dinámica comarcal sugiere que el oficio debió extinguirse hacia 1970-1980, coincidiendo con la emigración masiva de los años sesenta.

 

El carboneo en la baja sierra de Cuenca y el Rincón de Ademuz

Un paisaje forestal propicio

La baja sierra de Cuenca y el Rincón de Ademuz constituyen un territorio de transición entre el altiplano conquense y el valle del Turia, caracterizado por un relieve accidentado y una vegetación mediterránea de encinas, quejigos, sabinas y pinares. Esta masa forestal, ya descrita en el Catastro de Ensenada, ofrecía las materias primas necesarias para el carboneo. La actividad se concentraba en las zonas de monte bajo y dehesa, donde la leña era abundante y el acceso relativamente practicable.

Evidencias documentales y etnográficas en la comarca

En localidades como Vallanca, Negrón, Ademuz y Fuentelespino de Moya, el carboneo está documentado etnográficamente mediante testimonios orales y, en algunos casos, por referencias escritas en archivos municipales y notariales. En Fuentelespino de Moya, en particular, la presencia de carboneros está plenamente constatada, y existen registros de la venta de carbón vegetal a herreros y vecinos de la comarca.

La toponimia menor de la zona conserva también la memoria de la actividad. En la cartografía del municipio de Landete aparecen parajes denominados La Carbonera y El Camino de los Carreteros, cuya etimología remite directamente al carboneo y al transporte del carbón. Estos nombres, junto con los testimonios orales, configuran un paisaje de la memoria que permite reconstruir la geografía del oficio.

 

El caso de Casas de Garcimolina: evidencias indirectas y necesidad de la memoria oral

El silencio de los archivos

A diferencia de localidades como Vallanca, Negrón o la propia Fuentelespino de Moya, donde se conservan testimonios orales de carboneros, en Casas de Garcimolina no se había localizado hasta fecha reciente ningún documento notarial, acta municipal o entrevista que mencionara a un carbonero residente con nombre y apellido. Esta ausencia podía deberse a la destrucción de archivos locales, a la falta de estudios sistemáticos o a que el carboneo se ejerciera como actividad complementaria, sin dejar un rastro escrito explícito.

 

 

No obstante, existen cuatro indicios que apoyan la hipótesis de su existencia e influencia directa en la economía local.

  1. Paisaje forestal. Los montes del término de Garcimolina, incluidos en la masa de carrascas y sabinas descrita por el Catastro de Ensenada, son idóneos para el carboneo.
  2. Toponimia menor. En la cartografía del municipio de Landete aparecen parajes denominados La Carbonera y El Camino de los Carreteros, cuya etimología remite directamente a la actividad.
  3. Contexto comarcal. En poblaciones vecinas (Vallanca, Negrón, Ademuz, Fuentelespino), el carboneo está documentado etnográficamente, y no hay razón para pensar que Garcimolina fuera una excepción dentro de una misma unidad económica y ecológica.
  4. Vínculo comercial con carboneros de Fuentelespino de Moya. A diferencia de Garcimolina, en Fuentelespino de Moya la presencia de carboneros está plenamente constatada. La familia Martínez y Valero, herreros de Casas de Garcimolina, adquiría allí carbón vegetal de carrasca como complemento o sustituto del lignito ferroviario. Este flujo comercial demuestra que, aunque en Garcimolina no se produjera carbón a gran escala o no haya quedado registro de sus propios carboneros, el oficio formaba parte activa del paisaje económico inmediato del Marquesado.

 

El rescate de la memoria oral

Gracias a un proyecto de memoria local activo en la zona, la actividad carbonera en parajes como La Dehesa, El Pinar y La Umbría ha podido confirmarse y fecharse hasta los años 40-50 del siglo XX. A diferencia de otras zonas, aquí la memoria oral ha permitido rescatar no solo la existencia del oficio, sino la identidad concreta de los vecinos que lo practicaron, integrando el carboneo en la estrategia de subsistencia familiar junto a la agricultura de secano. Los nombres referenciados en dicha investigación son:

  • Apolinar Martínez Vizcarra.
  • Gabriel Martínez Muñoz.
  • Familiares de Consolación Martínez.

Esta nómina, procedente de testimonios directos recogidos en la localidad, constituye actualmente la única evidencia nominal existente para el carboneo histórico en el término de Casas de Garcimolina, paliando así el silencio de los archivos oficiales.

 

El testimonio de Eugenio Verdad Seguí: trueque entre carboneros y herrero

Aún más relevante es el testimonio de Eugenio Verdad Seguí, quien recuerda que ayudó en numerosas ocasiones a su padre, Antonio Seguí Plá—conocido como el Garras— y a sus hermanos en la elaboración y recogida del carbón que producían en las carboneras del Cerrito del Azuelo a principios de los años 50. La materia prima que utilizaban era encina, quejigos y las cepas enterradas de brezo. El carbón se destinaba a la venta en el pueblo, y su mejor cliente era Román Valero, el herrero de la localidad.

 

Lo más interesante de este testimonio

Desvela el sistema de trueque que regía la relación entre carboneros y herreros: no se pagaba en dinero, sino que el carbonero entregaba el carbón y, a cambio, el herrero herraba las caballerías durante todo el año, reparaba las herramientas y arreglaba las rejas del arado. Periódicamente, se saldaban las deudas y se iniciaba una cuenta nueva. Este relato no solo documenta la existencia del carboneo, sino que ilustra perfectamente la lógica de una economía rural de subsistencia basada en el intercambio de servicios, ajena a la economía monetaria predominante en las ciudades.

Siguiendo la metodología propuesta por Calero Valverde (2012: 5) para las Hoces del Cabriel, sería necesario emprender un proyecto de memoria oral más sistemático en Casas de Garcimolina, ampliando el número de entrevistas para recoger posibles recuerdos familiares adicionales sobre el carboneo y sobre la práctica del «carbón ferroviario». Asimismo, una prospección arqueológica sistemática podría localizar restos de carboneras y barracas en los montes del término.

 

El lignito ferroviario: una práctica complementaria en la posguerra

Además del carbón vegetal, las fraguas y herrerías de la comarca necesitaban un combustible mineral de alto poder calorífico. Durante la posguerra, y especialmente en los años 50, los herreros de Garcimolina, la familia Martínez y Valero, accedieron a una fuente inesperada de lignito —procedente de las locomotoras de vapor de la línea Aragón‑Cuenca— a través de un pequeño «mercado negro» organizado en torno a las vías del ferrocarril.

El lignito es un carbón mineral de baja calidad, formado por compresión de la turba, que se empleaba como combustible en las locomotoras de vapor. En los trayectos de la línea Aragón‑Cuenca, parte del lignito se caía de los vagones o se acumulaba en los depósitos de las estaciones. Los vecinos de los pueblos cercanos a la vía recogían este lignito caído y lo revendían, en un pequeño mercado negro que operaba al margen de los racionamientos oficiales.

Los herreros de Casas de Garcimolina se beneficiaron de este carbón caído durante los años 50, lo que les permitió mantener sus fraguas en una época de racionamiento, complementando este suministro irregular con el carbón vegetal adquirido en Fuentelespino de Moya o producido localmente por los carboneros del pueblo. Este fenómeno, conservado en la memoria oral, merece ser investigado en mayor profundidad, ya que ilustra las estrategias de supervivencia de la economía rural en la posguerra y la capacidad de las comunidades para sortear las restricciones del mercado oficial.

 

Conclusiones

El oficio de carbonero vegetal fue una actividad económica y cultural de primer orden en la baja sierra de Cuenca y el Rincón de Ademuz. Aunque la documentación directa para Casas de Garcimolina era hasta ahora inexistente, la evidencia indirecta —forestal, toponímica y comarcal— permitía ya afirmar con un alto grado de probabilidad que el carboneo se practicó en el entorno inmediato de esta aldea del Marquesado de Moya.

Gracias a la memoria oral, hoy podemos ir más allá: sabemos que hubo carboneros en Casas de Garcimolina, conocemos sus nombres —Apolinar Martínez Vizcarra, Gabriel Martínez Muñoz y los familiares de Consolación Martínez— y sabemos cómo se articulaba su relación con la fragua local a través del trueque, tal como lo atestigua el testimonio de Eugenio Verdad Seguí sobre su padre Antonio Seguí (el Garras) y el herrero Román Valero. La relación comercial documentada entre los herreros Martínez y Valero y los carboneros de Fuentelespino de Moya, lejos de ser un hecho aislado, se complementa ahora con una red de intercambios locales que integraban plenamente a la aldea en el ciclo productivo y comercial del carbón vegetal serrano.

 

La descripción técnica y las condiciones de vida de los carboneros

Han sido reconstruidas gracias a estudios etnográficos realizados en otras regiones españolas (Polancos, 1997; Márquez Fernández, s.f.; Calero Valverde, 2012), que muestran un notable grado de uniformidad en los procesos y en los saberes asociados. El declive del oficio, a mediados del siglo XX, respondió a transformaciones económicas y energéticas de alcance nacional.

Además, se ha documentado una práctica complementaria y poco conocida: la obtención de lignito ferroviario a través de un pequeño mercado negro organizado en torno a las líneas de vapor de Aragón. Los herreros de Casas de Garcimolina se beneficiaron de este carbón caído durante los años 50, lo que les permitió mantener sus fraguas en una época de racionamiento, complementando este suministro irregular con el carbón vegetal adquirido en Fuentelespino de Moya o producido localmente por los carboneros del pueblo.

El caso de Casas de Garcimolina demuestra la importancia de la memoria oral para reconstruir oficios desaparecidos y para devolver su protagonismo a gentes que, por su condición de campesinos y artesanos, rara vez dejaron huella en los archivos oficiales. La combinación de fuentes documentales, indicios materiales y testimonios orales permite una aproximación más completa y humana a la historia de estos oficios, que forman parte del patrimonio inmaterial de la serranía conquense y del Rincón de Ademuz.

 

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes primarias:

  • Catastro de Ensenada (1752). Respuestas generales del partido de Ademuz y tierras limítrofes del Marquesado de Moya. Archivo Histórico Nacional (Madrid), Consejos, Libro 160.

 

Estudios etnográficos y secundarios:

  • Calero Valverde, Á. (2012). “Recuerdos de piedra: las barracas de carbonero de las Hoces del Cabriel”. Millars. Espai i Història, vol. XXXV, pp. 309-322. Universitat Jaume I.
  • Márquez Fernández, D. (s. f.). “Pervivencia de los viejos oficios de Doñana: los carboneros”. En Actas de la Universidad Internacional de Andalucía (sin fecha de publicación, circa 1990-2000), pp. 385-398.
  • Polancos Aretxabala, M. (1997). «La vida del carbonero y el proceso para la obtención de carbón vegetal». Zainak. Cuadernos de Antropología y Etnografía, n.º 14, pp. 173-187. Eusko Ikaskuntza.

 

Sobre minería y ferrocarril en Aragón (contexto):

  • García de la Torre, F. (1976). El ferrocarril minero de Utrillas. Madrid: Fundación de los Ferrocarriles Españoles.
  • RENFE (1955). Memoria anual sobre pérdidas de carbón en líneas de vapor. Archivo Histórico Ferroviario, legajo 342 (consulta indirecta, sin cita directa).

 

 

Oficios desaparecidos o en tendencia a desaparecer

  • Arrastradores
  • Gancheros
  • Caldereros
  • Tratantes de caballerías
  • Guarnicioneros
  • Correcheres: Pasos estrechos entre fincas
  • Esquiladores de caballerías y de ovejas
  • Herradores
  • Albarderos
  • Aperadores
  • Posaderos, taberneros
  • Quincalleros
  • Fabricantes de carros, carroceros o carreteros
  • Carreteros (transporte de madera)
  • Charlatanes (vendedores ambulantes)
  • Turroneros tradicionales

 

Nota final

Este artículo se publica en formato digital en garcimolina.net bajo licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional. Se permite su reproducción con fines educativos y de investigación, siempre que se cite la fuente original y la URL.

El autor declara que todas las afirmaciones han sido contrastadas con las fuentes disponibles en el momento de la redacción. Las evidencias relativas a la existencia de carboneros en Casas de Garcimolina proceden fundamentalmente de la memoria oral, recogida en el marco de un proyecto de investigación local. Dado que este tipo de fuentes está sujeto a los procesos naturales de recuerdo, reinterpretación y transmisión generacional, los testimonios se han cotejado en la medida de lo posible con el contexto histórico, toponímico, forestal y comarcal para garantizar su verosimilitud. No se ha novelado información alguna ni se han incluido datos sin respaldo, ya sea documental o testimonial.

 

Contrariamente al silencio que guardan los archivos notariales y municipales

La investigación de campo ha logrado rescatar los nombres de varios vecinos que ejercieron el carboneo en el término de Casas de Garcimolina: Apolinar Martínez VizcarraGabriel Martínez Muñoz y diversos familiares de Consolación Martínez. Asimismo, el testimonio de Eugenio Verdada Seguí ha permitido documentar la actividad de su padre, Antonio Seguí (conocido como el Garras), y sus hermanos en las carboneras del Cerrito del Azuelo a principios de los años 50, así como el sistema de trueque que mantenían con el herrero local, Román Valero Junquero.

La referencia a la familia Martínez y Valero (herreros de Casas de Garcimolina) y al vínculo comercial con los carboneros de Fuentelespino de Moya se incorpora, por tanto, como una constatación adicional del entramado económico comarcal. Lejos de ser la única evidencia, este flujo comercial refuerza y complementa los testimonios orales recogidos dentro del propio término de Garcimolina, demostrando que la aldea no fue una excepción, sino un eslabón plenamente integrado en la red de producción e intercambio de carbón vegetal de la baja sierra.

 

Se recomienda encarecidamente continuar con las siguientes líneas de investigación para afianzar y ampliar estos hallazgos:

  • Una prospección arqueológica sistemática en los parajes de La Dehesa, El Pinar, La Umbría y el Cerrito del Azuelo, para localizar restos materiales de carboneras (hornillos, plataformas, ceniceros) y barracas.

  • Una ampliación de la recogida de testimonios orales, entrevistando a otros vecinos de edad avanzada que puedan aportar más detalles sobre las técnicas locales, la duración de las carbonadas y el destino final del carbón.

  • Una investigación específica sobre el lignito ferroviario, consultando archivos ferroviarios y hemerotecas para conocer el alcance real de este pequeño mercado negro en la línea Aragón-Cuenca durante los años de posguerra.

Cualquier persona que disponga de información adicional, documentos familiares o fotografías antiguas relacionadas con el carboneo en Casas de Garcimolina o en sus alrededores. Puede ponerse en contacto a través del formulario de la web para contribuir a la preservación de este patrimonio inmaterial.

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