Introducción
Lo que el lector tiene en sus manos no es un libro de historia, aunque se apoye en ella. Es una historia novelada, tejida con las aportaciones orales de vecinos de Garcimolina, con hechos reales que ocurrieron en la baja sierra de Cuenca entre 1945 y 1950, con documentos oficiales de la época y con la historiografía que se deriva de su interpretación académica. Todo lo que aquí se cuenta tiene raíz en la memoria de quienes lo vivieron, en los papeles que lo certifican y en los estudios que lo explican. Pero los nombres, los diálogos y algunos detalles concretos son fruto de la licencia literaria, necesaria para proteger la intimidad de las personas y para dar forma narrativa a un material humano que, de otro modo, se perdería en el olvido.
Este relato habla de tres mujeres —Aurora la del calderero, Isidora la de la Rambla y María «la Chata»— que caminaban al alba hacia Landete tres veces por semana. No eran heroínas de novela, ni contrabandistas de película. Eran mujeres de pueblo, mujeres de los perdedores, que tuvieron que organizarse para sobrevivir en una economía precaria, de subsistencia, supervisada y canalizada por el régimen severo franquista. Caminaban para conseguir aceite, harina, jabón, tabaco, medicinas. Caminaban para que otros pudieran comer al atardecer. Y lo hacían con una dignidad que no se aprende en los libros.
La Historia, con mayúsculas, suele contarse desde los grandes acontecimientos; las batallas, los tratados, los discursos. Pero hay otra historia, más pequeña y más verdadera, que se escribe con pasos menudos, con trueques, con silencios, con deudas que nunca se pagan del todo. Es la historia de las que se quedaron. La historia de las que aguantaron. La historia, en fin, de las caminantes del alba. Este libro quiere ser un homenaje a todas ellas. Y una advertencia para que no olvidemos lo que fueron capaces de hacer cuando no tenían nada, absolutamente nada, salvo la fuerza de la necesidad.
Relato de la posguerra en Garcimolina
Al alba, cuando el cielo apenas se abría como una grieta azul sobre la Ombría, tres mujeres de Garcimolina salían de sus casas con el paso firme de quien no tiene más remedio que seguir adelante. El aire olía a tierra húmeda y a resina, y los gallos cantaban como si quisieran espantar la noche. Ellas caminaban sin prisa, pero sin pausa, rumbo a Landete, siguiendo el viejo camino que serpenteaba entre pinos rodenos, jarales, pedregales y bancales secos.
Eran Aurora la del calderero, Isidora la de la Rambla y María «La Chata». Ninguna tenía más de lo justo, pero las tres poseían una fuerza que no se aprende, la fuerza de la necesidad.
A veces iban a pie; otras, cuando el encargo era grande, llevaban cestos o el burro de Isidora, un animal huesudo y paciente que conocía cada piedra del camino. Caminaban tres veces por semana, salvo cuando había encargos especiales, una boda, un bautizo, una enfermedad. Entonces iban más, porque en la posguerra el tiempo no se medía por días, sino por urgencias.
I. El camino de ida
Salían de Garcimolina cuando la noche aún no había decidido retirarse del todo. En invierno, a esas horas, el frío se metía por las mangas del abrigo como un animal pequeño y persistente; en verano, el aire era una caricia breve antes de que el sol empezara a apretar. Las tres mujeres se reunían en la plaza, al lado del olmo, después de llenar los odres de agua en los caños de la fuente que manaba incansable, y se saludaban con un cabeceo, con un «¿estás lista?», con un suspiro que valía por todas las palabras.
Aurora llevaba siempre un pañuelo atado a la cabeza, aunque no hiciera viento. Isidora cargaba con un cesto de mimbre al hombro y, cuando el burro venía, lo guiaba con una cuerda gastada, un vencejo, que había pertenecido a su marido. María «la Chata» era la que menos peso llevaba, pero la que más hablaba al principio del camino, como si las palabras le ayudasen a entrar en calor.
—¿Habéis visto el cielo? —decía, señalando el horizonte—. Parece que va a llover.
—No llueve —respondía Aurora, sin mirar—. Cuando va a llover, me duelen las rodillas. Y hoy no me duelen.
—Será que no tienes rodillas —bromeaba Isidora, y las tres reían con una risa corta, casi un resuello, porque reírse fuerte era un lujo que no se podían permitir.

El camino de Landete
Empezaba a subir casi de inmediato, entre bancales de almendros a la izquierda de la Loma de los Conejos, que aún no daban almendras y paredes de piedra seca a la derecha, que el abandono iba desmoronando. Luego venía el pinar de la Ombría, espeso y oscuro, donde el suelo se cubría de agujas y piñas y donde el silencio era tan grande que se oía el propio corazón. Las mujeres caminaban en fila india, una detrás de otra, siguiendo la huella que generaciones de arrieros habían dejado en la tierra, ascendiendo hacia el portillo de Moya.
—Mi padre decía que este camino lo hicieron los moros —comentó María una mañana—. ¿Tú te lo crees?
—Yo lo que sé es que es largo —respondió Aurora—. Y que no se acaba nunca.
—Los moros no venían a Landete a por aceite —dijo Isidora, con retranca—. O eso espero.
Y así, entre bromas menudas y silencios cómplices, iban dejando atrás las leguas de camino. El paisaje cambiaba con la luz, al alba, todo era azul y gris, como si el mundo estuviera hecho de humo; a media mañana, los colores se volvían más vivos, y el verde de los pinos contrastaba con el ocre de los campos y el blanco de las nubes que se deshilachaba sobre la sierra.
Había un punto en el camino
Junto a un viejo convento derruido, donde siempre se detenían. No era por descanso, sino por costumbre. Allí, hace años, había habido una venta donde los arrieros paraban a comer y a dar de beber a las caballerías. Ahora solo quedaban cuatro paredes sin tejado y un olmo seco que nadie había talado.
—Aquí paraba mi abuelo —dijo Aurora, dejando el cesto en el suelo—. Decía que este era el mejor sitio para ver salir el sol.
—Y para descansar los pies —añadió María, sentándose en una piedra.
—Y para pensar —dijo Isidora, en voz baja.
Porque allí, en aquel alto, las tres pensaban. En sus hombres, en el padre de María, fusilado en Cuenca capital en el 40, en una de las sacas que salían del Gobierno Civil y terminaban en el cementerio del Cristo del Perdón, donde los enterraban en fosas comunes sin nombre ni cruz; en el marido de Isidora, muerto en el frente de Teruel, del que nunca se supo si había caído o si simplemente se había desvanecido en la nieve; en el hermano de Aurora, preso en la cárcel de Cuenca, condenado a treinta años por «auxilio a la rebelión», era uno de los 22 encausados en el macrojuicio sumarísimo de Garcimolina, cuyo delito fue haber repartido pan entre los vecinos durante la guerra.
María no había visto nunca el lugar donde mataron a su padre. Sabía, porque se lo contaron los que entonces bajaban a Cuenca con las mulas, que en la capital se concentraban los consejos de guerra y las ejecuciones de toda la provincia. Que no era en los pueblos donde se fusilaba, salvo contadas excepciones, sino en Cuenca capital. Y que el lugar elegido, casi siempre, era el cementerio de Cristo del Perdón, en la carretera de la Estación, donde se levantaba una tapia larga y baja contra la que los reos eran puestos de espaldas al amanecer. Allí llevaron a su padre. Allí lo mataron. Y allí quedó enterrado, en una fosa común, sin nombre, sin cruz, sin más memoria que la que su hija llevaba en el corazón.
María nunca fue a Cuenca a buscar la fosa. No porque no quisiera, sino porque no sabía dónde estaba. En el cementerio de Cristo del Perdón había varias fosas comunes, abiertas junto a la tapia, donde iban cayendo los cuerpos de los fusilados de toda la provincia. Los enterraban sin ataúd, sin nombre, sin más señal que un número en un registro que nadie consultaba. Después, cuando la fosa se llenaba, la cubrían con cal y la sellaban con tierra. Y abrían otra. Así, una tras otra, durante años.
Los que entonces bajaban a Cuenca con las mulas contaban que se veían las fosas desde el camino, antes de llegar al cementerio. Decían que la tierra estaba removida y que olía a cal y a muerte. Decían que los guardias no dejaban acercarse a las familias. Que las apartaban con la culata del fusil. Que les decían que ya no había nada que hacer, que volvieran a sus pueblos, que rezaran. Y las mujeres volvían. Volvían con las manos vacías y con el corazón partido. Volvían sin saber si su padre, su marido o su hijo estaba en la primera fosa o en la última. Sin saber si lo habían enterrado con camisa o sin ella. Sin saber si alguien le había cerrado los ojos.
María nunca supo nada de eso.
Solo sabía que su padre había ido a Cuenca y no había vuelto. Que un día, a principios del 40, llegó un papel del juzgado diciendo que había sido condenado a muerte por un consejo de guerra sumarísimo. Que la sentencia se había ejecutado. Y que se diera por enterrada. Eso era todo. Un papel. Una firma. Un sello. Y el silencio.
A veces, cuando pasaba por delante del cementerio de Garcimolina, María se paraba y miraba la tapia. No había nadie enterrado allí de los suyos. Pero miraba la tapia, y pensaba en la otra tapia, la de Cuenca, la que nunca había visto. Y se imaginaba a su padre de espaldas, con las manos atadas, esperando el amanecer. Se imaginaba la fosa. La cal. La tierra. Y luego seguía caminando, porque había que seguir caminando. Porque en Garcimolina había hijos que esperaban, y ollas vacías, y un camino de Landete que no se acababa nunca.
—¿Sabéis lo que me dijo el otro día el alguacil? —comentó Aurora, rompiendo el silencio—Que, si mi hermano quiere pedir la libertad condicional, tiene que firmar un papel diciendo que se arrepiente.
—¿Y él qué dice? —preguntó María.
—Que se arrepiente de no haber hecho más.
Las tres callaron. Aquel era un silencio distinto, un silencio cargado de rabia y de orgullo. Porque ellas no eran familiares de los vencedores. No tenían carnet de Falange, ni medallas, ni padrinos en la capital. Eran las mujeres de los perdedores, las que habían quedado atrás, las que cargaban con la vergüenza y el hambre de una guerra que no habían pedido y que habían perdido.
—A mí me quitaron el derecho a la pensión como viuda del secretario del ayuntamiento —dijo Isidora, sin que nadie me preguntara—. Porque mi marido era «rojo». Como si uno eligiera de qué color morirse.
—A mí me llamaron a declarar —contó María—. Por lo visto, mi padre tenía unos papeles escondidos en casa. No encontraron nada, pero me tuvieron tres días en el cuartelillo. Tres días. Con lo que yo era entonces, una cría.
—Y no te hicieron nada —dijo Aurora.
—No me hicieron nada porque no había nada. Pero el miedo no me lo quita nadie.
El sol ya estaba alto cuando reanudaban la marcha. El camino se estrechaba, y había que ir con cuidado para no tropezar con las raíces que asomaban entre las piedras. En primavera, el romero, la ajedrea y el tomillo perfumaban el aire; en otoño, las hojas caídas formaban una alfombra que ocultaba los baches y las culebras. Las mujeres conocían cada curva, cada repecho, cada sombra. Sabían dónde había agua, aunque fuera en un charco; sabían dónde se podía uno sentar sin que le picaran las hormigas; sabían, sobre todo, dónde no había que detenerse, porque había habido un control, o una emboscada, o simplemente porque el recuerdo era demasiado amargo.
—¿Te acuerdas de cuando nos pararon los de la Guardia Civil? —preguntó María, una mañana de febrero en que el viento cortaba como un cuchillo.
—No me lo recuerdes —dijo Aurora.
—Nos pidieron la documentación, y como no la teníamos, nos llevaron al cuartelillo de Landete. Y allí nos tuvieron hasta que se les antojó.
—Nos tuvieron porque quisieron —corrigió Isidora—. Porque éramos mujeres solas, y mujeres de rojos. Si hubiéramos sido las del alcalde, nos habrían invitado a café.
—Lo peor no fue el frío —dijo María—. Lo peor fue la vergüenza. Que te miren como si fueras una criminal por llevar un saco de harina.
—La vergüenza no llena el estómago —sentenció Aurora—. Y nosotras tenemos que llenar el estómago de nuestros hijos.

El camino hacia Landete, el decorado del castillo de Moya
Tras dejar atrás las ruinas del convento derruido, en la zona cercana a Chinejo —a unos tres kilómetros al sureste del nacimiento de la Fuente de Chinejo, en el término de Casas de Garcimolina—, el camino se adentra en un paisaje quebrado de pinos rodenos y nogueras centenarias. Allí, entre paredes de piedra seca y bancales que el abandono ha ido desmoronando, las caminantes del alba siguen la huella de generaciones de arrieros. Poco después, siguiendo el río Algarra, se llega al molino del Angosto, en la Pacheca, un paraje umbrío donde el agua de antaño movía las piedras y hoy solo queda el eco de un tiempo que no volverá.
Y entonces, al coronar el repecho, se vislumbra por fin el majestuoso castillo de Moya, erguido sobre la punta meridional de la peña, entre el Primer Recinto —la Albacara— y el Cuarto Recinto, donde se abre la Puerta de Carros. La villa amurallada de Moya, hoy despoblada, se asienta sobre una muela de la Serranía Baja, a 1.149 metros de altitud, y fue en la Edad Media una fortaleza avanzada de Castilla, justo en la frontera con Aragón y Valencia.
Pasado el castillo, el camino desciende hacia el convento de San Francisco, un antiguo monasterio franciscano situado en término de Moya, a unos cuatro kilómetros y medio al norte de Landete. Sus ruinas, envueltas en silencio, se encaran, más adelante con los Huertos de Moya, pedanía del municipio de Moya situada al nordeste de la provincia de Cuenca, con sus huertas escalonadas y sus casas de labor. Marcan el último tramo antes de llegar al cementerio de Landete, en la calle Ibáñez Martín, y desde allí al acceso al centro de la población, donde el mercado, las tiendas y el bullicio de la vida cotidiana esperan a quienes, como Aurora, Isidora y María, han caminado al alba para que otros puedan comer al atardecer.
Y siguieron caminando.
A medida que se acercaban a Landete, el paisaje se abría. Aparecían los primeros cultivos, las primeras casas, el humo de las chimeneas. Y con el humo, llegaba el olor a pan recién hecho, a leña quemada, a vida. Landete era un pueblo grande, con mercado, con tiendas, con gente que iba y venía. Para las mujeres de Garcimolina, llegar a Landete era como llegar a una ciudad. No por el tamaño, sino por las posibilidades.
—Mira, ya se ve la iglesia —decía María, señalando la torre cuadrada que sobresalía por encima de los tejados.
—Y el ayuntamiento —añadía Isidora.
—Y la tienda de Maruja —decía Aurora, y sonreía.
Porque en aquel momento, al divisar el pueblo, las tres sentían algo parecido a la esperanza. No era una esperanza grande, ni heroica, ni nada de eso. Era una esperanza pequeña, menuda, de andar por casa, la esperanza de conseguir el aceite, de encontrar el jabón, de volver con algo que llevar a la boca.
—¿Qué pedimos hoy? —preguntó María, sacando una lista escrita a lápiz en un papel arrugado.
—Aceite, harina, sal —dijo Aurora—. Y tabaco, si hay.
—Y una aguja de coser —añadió Isidora—. Que se me rompió la que tenía.
—Y si hay penicilina, aunque sea cara —dijo María—. Que el hijo de la Petra está malo.
Y con aquellas peticiones, con aquellos encargos, con aquellas esperanzas menudas, las tres mujeres entraban en Landete. No eran estraperlistas de fortuna, ni contrabandistas de película. Eran mujeres de pueblo, mujeres de perdedores, mujeres que caminaban al alba para que otros pudieran comer al atardecer. Y lo hacían, además, con una dignidad que no se aprende en los libros. Con una dignidad que venía de saber que, aunque hubieran perdido la guerra, no habían perdido la decencia.
II. Las compras
Y al llegar, cada una sabía adónde ir. En Landete tenían sus lugares.
La tienda de Maruja, donde el aceite se guardaba «para las de Garcimolina». Maruja era una mujer entrada en años, con delantal siempre manchado y voz de mando, que había aprendido a sobrevivir en los tiempos del hambre y no se fiaba de nadie que no conociera de antes.
—¿Cuánto me traes hoy? —preguntaba, mirando la cesta de Aurora.
—Huevos y un poco de tocino. Y necesito aceite, si hay.
—Hay, pero está caro. Y no preguntes de dónde viene, que no quiero saberlo.
El almacén de los Cañizares
Donde la harina se conseguía si se pagaba en huevos o en metálico. Allí despachaba don Ramón, un hombre flaco y nervioso que había sido maestro antes de la guerra y que ahora llevaba las cuentas con la misma precisión con que antes enseñaba a leer.
—La harina está racionada —decía, sin levantar la vista—. Pero para ustedes, siempre hay un poco más. Eso sí, no lo vayan pregonando.
La trastienda de don Eusebio, donde se compraba tabaco, jabón y, a veces, medicinas. Don Eusebio era farmacéutico, pero también era un hombre práctico, y sabía que en tiempos de penuria los remedios valían tanto como el pan.
La trastienda de don Eusebio era un lugar que olía a alcanfor, a papel viejo y a ese aroma inconfundible de las farmacias de pueblo, mezcla de alcohol y de hierbas secas. Allí, entre estantes desvencijados y cajas de cartón que nunca se tiraban, el farmacéutico guardaba lo que no se podía mostrar a la luz del día. No era contrabando de guerra, ni oro robado, ni nada que apareciera en las novelas de estraperlistas. Era algo más prosaico y, a la vez, más valioso, medicinas que llegaban de Valencia o de Barcelona por caminos que nadie preguntaba; y que en Garcimolina y en los pueblos de alrededor valían tanto como el pan.
—Esto es penicilina —decía don Eusebio, mostrando un frasquito pequeño, casi insignificante, que brillaba bajo la luz de una bombilla desnuda—. Llegó de Valencia. No pregunten cómo. Y no lo digan a nadie.
Las mujeres miraban el frasquito con una mezcla de respeto y de incredulidad. Porque la penicilina, en aquellos años, era casi una leyenda. Se hablaba de ella como se habla de los milagros, había salvado a un niño de la escarlatina en Landete, había curado a una mujer de una infección que los médicos daban por perdida, había llegado a España, decían, en pocas cantidades, casi de estraperlo, porque el país no la fabricaba y había que traerla de fuera.
Don Eusebio giró el frasquito entre los dedos, como quien sostiene un huevo de cristal.
—Esto llegó de Valencia en marzo del cuarenta y cinco —dijo, bajando la voz—. Tres ampollas para toda la provincia. Tres. Las mandaron a Cuenca capital, para los casos que el gobernador civil considerara «de interés nacional». ¿Sabéis qué significa eso?
Las mujeres callaron. Lo sabían
—Significa que un niño de Garcimolina no es de interés nacional —dijo don Eusebio, y dejó el frasquito sobre el mostrador con un golpe seco—. Esta ampolla me la consiguió un colega de Barcelona que tenía un primo en la aduana. Me costó lo que no os quiero contar. Y si alguien pregunta, esto no existe. ¿Entendido?
María asintió. No hacía falta que le explicaran las fechas ni las órdenes ministeriales. Ella sabía lo que valía un frasquito así, más que una mula, más que una cosecha, más que todo lo que había en su casa junta.
Y era verdad. La penicilina había llegado a España por primera vez de forma legal en marzo de 1944, en unas pocas ampollas que se destinaron a casos desesperados, casi como un experimento. Durante años, su circulación fue mínima, controlada, casi secreta. La venta libre en farmacias no se autorizó hasta una orden de 30 de diciembre de 1946, y la fabricación nacional no llegó hasta 1951. Así que, en la trastienda de don Eusebio, la penicilina que aparecía de vez en cuando era un producto excepcional, carísimo, que solo podían permitirse unos pocos y que, a menudo, se pagaba con trueques imposibles, una mula, una parcela, el silencio de una deuda antigua.
—¿Y esto cura? —preguntaba María, mirando el frasquito como si fuera una reliquia.
—Cura —decía don Eusebio—. Sí se administra a tiempo. Y si el enfermo tiene suerte.
—¿Y cuánto cuesta?
—Más de lo que tienes.
Las mujeres no insistían. Sabían que la penicilina no era para ellas. Era para los hijos de los ricos, para los enfermos de las ciudades, para los que podían pagar el precio de un milagro. Pero a veces, cuando el encargo venía de una familia desesperada, cuando había un niño con fiebre que no bajaba, cuando los médicos ya habían dicho que no había nada que hacer, don Eusebio sacaba el frasquito de su escondite y lo dejaba sobre el mostrador.
—Esto es penicilina —repetía—. Llegó de Valencia. No pregunten cómo. Y no lo digan a nadie.
Y las mujeres lo compraban, o lo trocaban, o se endeudaban para siempre. Porque en la posguerra, la salud también era un negocio, y la vida de un niño podía valer más que una cosecha entera.
Pagaban como podían
- Con dinero, cuando lo había.
- Con huevos, patatas o tocino.
- Con trabajo, lavar ropa, coser, ayudar en la huerta.
No eran estraperlistas de fortuna. Eran mujeres que trapicheaban con lo poco que tenían, como tantas otras en aquellos años. Y lo hacían con dignidad, sin aprovecharse de nadie, sin esconder nada que no fuera estrictamente necesario.
Podcast · Las caminantes del alba
Entre los montes y los caminos de la baja sierra de Cuenca, tres mujeres —Aurora, Isidora y María «la Chata»— caminaron al alba para sostener la vida de su pueblo. Este episodio recoge sus voces, sus pasos y la memoria de una época en que la dignidad se medía en esfuerzo y silencio. Un relato de supervivencia y comunidad, donde la historia se escucha en cada amanecer.
III. El regreso
El regreso era otra cosa.
Ya no había conversaciones animadas, ni bromas, ni risas cortas. Había cansancio. Un cansancio que empezaba en los pies y subía por las piernas, por la espalda, por el cuello, hasta instalarse en la nuca como un peso muerto. Un cansancio que no era solo físico, sino también moral, porque cada paso de vuelta era un paso más hacia la realidad, hacia la casa sin luz, hacia la olla vacía, hacia el hijo que preguntaba si había traído algo.
Salían de Landete cuando el sol empezaba a caer. A esa hora, el pueblo tenía un color dorado, como de postal antigua, y las calles se llenaban de gente que volvía del campo o de los huertos. Las mujeres de Garcimolina no se entretenían. Cargaban los cestos, ajustaban los sacos, y emprendían el camino de vuelta sin más despedida que un gesto de cabeza a Maruja o a don Eusebio.
—Hasta la próxima —decían.
—Hasta la próxima —respondían ellos.
Y el camino de vuelta se les hacía más largo que el de ida, aunque fuera el mismo. Porque el cuerpo ya no respondía igual, porque los pies estaban hinchados, porque el cesto pesaba el doble que por la mañana. Y porque, además, el silencio del atardecer era distinto del silencio del alba. Al alba, el silencio era expectante, casi esperanzado. Al atardecer, era un silencio resignado, como si el mundo ya hubiera dicho todo lo que tenía que decir.
A la altura del barranco de la Muela, donde el camino se estrechaba entre dos paredes de roca, había una pareja con capote, tricornio, un paisano y una mula. Dos guardias civiles fumaban apoyados en una piedra. El hombre de paisano, con gabardina y sombrero, revisaba una libreta.
—Alto. Documentación.
Las tres mujeres se detuvieron. El burro de Isidora bajó la cabeza, como si ya supiera.
—Venimos de Landete —dijo Aurora.
—Ya veo que venís de Landete. ¿Qué lleváis en los sacos?
—Harina, aceite, jabón. Cosas de casa.
El hombre vestido sin uniforme, se acercó al cesto y metió la mano en uno de los sacos. Extrajo un paquete de tabaco.
—Tabaco. ¿Tenéis guía de transporte?
Las tres mujeres se quedaron inmóviles. La guía de transporte. Aquel papel que lo autorizaba todo y sin el cual no se podía mover ni un saco de harina, ni una lata de aceite, ni un paquete de tabaco. Un permiso escrito, con su sello y su firma, emitido por la Fiscalía de Tasas, por el Servicio Nacional del Trigo, por el Ayuntamiento o por la propia Guardia Civil. En él tenía que constar, con letra menuda y funcionarial, qué mercancía se transportaba, en qué cantidad exacta, desde qué lugar y hasta dónde, quién la llevaba —nombre y apellidos del arriero, del carretero o del conductor— y con qué medio se hacía el porte, un carro, una caballería, un camión. Sin aquel papel, cualquier carga era estraperlo. Y el estraperlo se castigaba con multa, con decomiso, con cárcel.
Aurora miró a Isidora. Isidora miró a María. Ninguna llevaba guía. Nunca la habían llevado. En Garcimolina no había Fiscalía de Tasas, ni Servicio Nacional del Trigo, ni Ayuntamiento con sellos de colores. Había un alcalde y que ahora firmaba lo que le mandaban desde Cuenca. Y lo que le mandaban desde Cuenca era que las mujeres de los rojos no tenían derecho a guía. Que se apañaran como pudieran. Y se apañaban.
—Es para consumo propio —dijo María.
—Consumo propio. Tres mujeres, un burro y diez paquetes de tabaco. Consumo propio.
Isidora dio un paso adelante.
—Señor inspector, nosotras venimos de Garcimolina. Allí la tienda está desabastecida, faltan muchas cosas básicas. Si no vamos a Landete, no tenemos tabaco, ni aceite, ni nada; hasta la llegada de los suministros racionados. Llevamos años haciendo este camino.
El inspector la miró de arriba abajo. Después miró a los guardias. Después volvió a mirar a Isidora.
—El reglamento es el reglamento. Esto es estraperlo.
Hubo un silencio. Aurora se llevó la mano al bolsillo del delantal y sacó un billete arrugado. Lo dejó sobre la grupa de la mula, debajo de la libreta del inspector.
—Para que se tome un café en Landete, señor.
El inspector miró el billete. Lo cogió. Lo dobló. Se lo metió en el bolsillo de la gabardina.
—Esta vez no os denuncio. Pero la próxima vez que os pare, os decomiso todo. Y al burro.
Las mujeres recogieron los sacos y siguieron caminando. Ninguna dijo nada durante un buen rato. Fue María la que rompió el silencio.
—Ese es el mismo que el domingo pasado comía en casa del alcalde de Landete.
—Ya —dijo Aurora.
—Con vino de Rioja y cordero asado —añadió Isidora—. Me lo dijo la que le sirvió.
—Ya —dijo Aurora otra vez.
Y siguieron caminando.
Las primeras horas de vuelta las hacían en silencio. Un silencio cómplice, hecho de miradas y de gestos, de pequeños ajustes de la carga, de algún que otro suspiro. El burro de Isidora avanzaba despacio, con la cabeza baja, como si también él estuviera cansado.
—¿Te queda mucho? –preguntaba Aurora, señalando el saco de María.
—No mucho —mentía María.
—Dame un poco —decía Isidora, y sin esperar respuesta, le quitaba un paquete.
El burro avanzaba despacio, cargado con sacos pequeños, latas, paquetes envueltos en papel de estraza. En el cesto de Isidora, envuelto en paños de lino y separado de los demás paquetes, iba un frasquito pequeño. Era penicilina. No preguntaron cómo había llegado. Solo sabían que el hijo de la Petra la esperaba.
Y así, ayudándose unas a otras, conseguían avanzar. Porque aquel era un cansancio compartido, y compartirlo lo hacía más llevadero.
El paisaje de vuelta era el mismo que el de ida, pero parecía otro. Los pinos, las nogueras, que por la mañana eran altos y verdes, por la tarde se volvían oscuros y amenazadores. Las piedras del camino, que por la mañana brillaban con el rocío, por la tarde eran sombras que hacían tropezar. Y el viento, que por la mañana era una caricia, por la tarde era un látigo.
—¿Crees que llegaremos antes de que anochezca? —preguntó María, una tarde de noviembre en que el cielo se estaba poniendo gris.
—Llegaremos —dijo Aurora, sin mucha convicción.
—Si no llegamos, ya sabemos el camino —dijo Isidora—. No nos vamos a perder.
—No es por perderme —dijo María—. Es por el frío.
Y es que el frío de la noche era otra cosa. Un frío que se metía en los huesos y no salía. Que hacía que las manos se entumecieran y que los pies se volvieran piedras. Que, en los inviernos duros, había matado a más de uno en aquel camino.
—Acuérdate de la vez que nos pilló la nevada —dijo Aurora, como si le hubiera leído el pensamiento.
—No me lo recuerdes —dijo Isidora.
—Nos pilló en lo alto del molino —insistió Aurora—. Y tuvimos que quedarnos allí, pegadas las unas a las otras, hasta que amaneció.
—Yo pensé que nos moríamos —dijo María, en voz baja.
—Y no nos morimos —dijo Aurora—. Porque no nos podíamos morir. Teníamos que volver.
Aquella era la clave, tenían que volver. No podían quedarse en el camino, no podían abandonar la carga, no podían rendirse. Porque en Garcimolina había gente que las esperaba. Gente que contaba con ellas. Gente que, sin aquel aceite, sin aquel jabón, sin aquel tabaco, no podría seguir adelante.
—¿Quién te espera a ti? –preguntó María a Aurora.
—Mis hijos —dijo Aurora—. Y la vecina, que está mala.
—¿Y a ti? —preguntó a Isidora.
—Mis hijos también —dijo Isidora—. Y el burro, que tiene hambre.
—Y a ti, ¿quién te espera? —preguntó Aurora a María.
—Nadie —dijo María—. Pero eso no importa. Yo me espero a mí misma.
Y siguieron caminando.
Cuando ya quedaba poco para llegar, el camino se hacía más llevadero. No porque fuera más fácil, sino porque el cansancio se mezclaba con la urgencia. Las mujeres apretaban el paso, a pesar de los pies, a pesar de la espalda, a pesar del frío. Porque ya se veían las primeras luces amarillentas de los candiles de Garcimolina, desde lo alto de la ceja, titilando en la oscuridad como estrellas bajas. Cuando iban bajando por la cuesta de la Reilla hacia el lavadero.
—Mira, ya se ve la plaza —decía María.
—Y la casa del cura —decía Aurora.
—Y mi casa —decía Isidora, y sonreía.
Entraban en Garcimolina cuando la noche ya había caído del todo. Las calles estaban vacías, pero no del todo. Siempre había alguien esperando, una viuda, un niño, un hombre que salía al encuentro con una linterna de carburo.
—¿Habéis traído algo? —preguntaban.
—Algo —respondían ellas.
Y entonces empezaba el reparto. Un poco de aceite para la Petra, un poco de harina para la Josefa, un poco de tabaco para el tío Ramón. Y, en el bolsillo de María, el frasquito de penicilina que don Eusebio había guardado para el hijo de la Petra. No era caridad. Era comercio. Un comercio menudo, casi invisible, hecho de trueques y de favores, de deudas que nunca se pagaban del todo y de ayudas que nunca se pedían.
—Mañana te traigo los huevos —decía la Petra.
—Cuando puedas —decía Aurora.
—Y yo te deberé el jabón —decía la Josefa.
—Ya me lo pagarás —decía María.
Y así, entre deudas y promesas, las mujeres de Garcimolina iban sosteniendo el pueblo. No con grandes gestos, sino con pequeños actos. Ni con discursos, sino con presencias. No con heroísmos, sino con constancia.
Aquella noche, como tantas otras, Aurora, Isidora y María se despidieron en la plaza.
—Hasta el miércoles —dijo Aurora.
—Hasta el miércoles —dijeron las otras.
—Descansad —dijo Isidora.
—Y comed algo —dijo María—. Que mañana hay que madrugar.
Y cada una se fue a su casa, con su carga, con su cansancio, con su silencio. Y en cada casa, alguien las esperaba. No con abrazos ni con besos, porque en aquellos tiempos no se estilaba. Si no con un plato de sopa caliente, con una manta en la cama, con un «¿qué tal ha ido?», que valía por todo un discurso.
Y ellas respondían lo mismo de siempre.
—Bien. Hemos traído lo que hemos podido.
Y luego se sentaban, y comían, y se dejaban caer en la cama. Y al día siguiente, antes de que amaneciera, volvían a levantarse. Porque el camino de Landete las esperaba. Y porque, en el fondo, no sabían hacer otra cosa.
Aquellas mujeres no eran familiares de los vencedores. No tenían padrinos, ni medallas, ni carnets. Eran las mujeres de los perdedores, las que habían quedado atrás, las que cargaban con la doble condena de la pobreza y de la derrota. Pero precisamente por eso, precisamente porque no tenían nada que perder, fueron las que sostuvieron Garcimolina.
Caminaban al alba y volvían al atardecer. Tres veces por semana, a veces más. Y en cada caminata, en cada trueque, en cada palabra no dicha, escribían una historia que nadie contaría. La historia de las que se quedaron. De las que aguantaron. En fin, de las caminantes del alba.
IV. Tres mujeres
Aurora la del Calderero
Tenía el paso más rápido y la espalda más fuerte. Decía que la limpieza era lo único que no podía quitarte el Régimen, y nunca dejaba a nadie sin jabón. Había enviudado joven, antes de la guerra, y había criado a tres hijos ella sola. Ahora los hijos estaban fuera, unos en el servicio militar, otros trabajando en Valencia, y ella seguía caminando, porque parar era morir.
—Yo no sé hacer otra cosa —decía, encogiéndose de hombros—. Andar y aguantar. Eso es lo que sé.
Isidora la de la Rambla
Viuda desde el 39, madre de dos hijos. Su marido había caído en el frente, y ella había aprendido a vivir con la ausencia como se vive con una piedra en el zapato; sin olvidarla, sin dejar que impidiera caminar. Su burro era su compañero de vida. Con él transportó aceite, harina y medicinas que salvaron más de una vida en el pueblo.
—El burro y yo nos entendemos —decía—. Él sabe cuándo estoy cansada, y yo sé cuándo tiene sed.
María «la Chata»
La más joven. Tenía un don para el trueque, volvía con más de lo que llevaba. En Landete la querían porque nunca pedía más de lo justo. Había perdido a su padre en la guerra y a su madre de tuberculosis, y había aprendido a arreglárselas sola desde muy pronto.
—Yo no sé si esto está bien o está mal —decía—. Solo sé que hay que comer.
V. El sistema
La corrupción franquista no era un fenómeno aislado de funcionarios venales, era una estructura articulada que atravesaba todos los niveles de la administración. Los inspectores de Abastos, los agentes de aduanas, los policías, los alcaldes, los gobernadores civiles; todos participaban de una cadena de favores y compensaciones que garantizaba la impunidad de los grandes negocios.
El carnet de Falange se convertía en el mejor pasaporte para acceder a un puesto de trabajo, a una vivienda, a una licencia de importación. Las oposiciones se manipulaban; los tribunales preguntaban nimiedades a los excombatientes y humillaban a los desafectos. El mérito cedía ante la adscripción política.
Los contactos en los ministerios valían más que cualquier título académico. Un telefonazo a Industria, una comida con el subsecretario, un sobre con dinero a tiempo, y las contratas oficiales, las licencias de importación, las concesiones de exportación caían en manos de los mismos de siempre.
El Régimen no perseguía la corrupción, la toleraba, la fomentaba y, a menudo, la practicaba. Los ministros, los generales, los jerarcas de Falange participaban del botín. Las cuentas del Estado se confundían con las cuentas privadas de quienes lo gobernaban.
Y en medio de aquel sistema, las mujeres de Garcimolina caminaban con lo puesto, sin más armas que su astucia y su cansancio.
VI. La tía Robustiana
Había en Garcimolina una mujer que conocía todos los entresijos del sistema. La llamaban la tía Robustiana, y era famosa por haber sobrevivido a todo; a la guerra, al hambre, a la viudedad, a la dictadura. Tenía ochenta años y una memoria prodigiosa.
—Esto no es nuevo —decía, sentada junto al fuego—. Siempre ha habido listos y tontos. Lo que pasa es que ahora los listos tienen carnet.
—Yo me crié en la crisis del noventa y ocho, del siglo pasado —continuaba, sin que nadie le preguntara—. Tres cosechas malas seguidas. Primero se secó el trigo, luego se heló la cebada, luego vino la langosta. Y encima, la viruela y la gripe. Se moría la gente como moscas. Y el trigo por las nubes, porque la guerra de Cuba se llevaba los barcos y no llegaba grano de la Mancha. Los arrieros dejaron de venir. Ya no había mulas, ni carros, ni camino.
En la sierra se comía pan de bellota y de algarroba, un pan de mezcla que sabía a tierra. Los hombres se iban a resinar y a hacer carbón antes de tiempo. Las mujeres, a Valencia o a Cuenca, a servir. Y en los libros de la iglesia apuntaban a los muertos por «enflaquecimiento». Enflaquecimiento. Como si uno se muriera de flaco. No, hija, no. Se morían de hambre. De hambre y de abandono. Lo que pasa es que entonces no había carnets. Había ricos y pobres, y los pobres ya sabían que la justicia era para los ricos. Ahora le han puesto a eso una bandera y un uniforme. Pero el hambre es la misma.
La anciana escupió en las brasas y se quedó callada. Todos en el pueblo sabían que no exageraba.
La tía Robustiana había sido estraperlista en los años del hambre. Había llevado tabaco de contrabando, después de la guerra, había falsificado cartillas de racionamiento, había sobornado a más de un funcionario con un jamón o un paquete de tabaco rubio.
—Yo no robaba —decía, defendiéndose—. Yo solo hacía lo que hacían todos. La diferencia es que a mí no me pillaron.
Y es que el estraperlo no era una anomalía del sistema, era el sistema mismo. La autarquía, el intervencionismo estatal, la fijación de precios y el racionamiento creaban las condiciones perfectas para el florecimiento de un mercado negro que enriquecía a los avispados y condenaba al hambre a los desposeídos.
Una noche, después del reparto, cuando las mujeres se reunieron en casa de la Petra para ver cómo seguía el niño, la tía Robustiana estaba sentada junto al hogar, con las manos extendidas hacia las brasas como si calentara algo invisible.
—Penicilina —dijo, sin abrir los ojos, al ver el frasquito que María dejaba sobre la mesa—. En mis tiempos, para una fiebre bastaba con sudar debajo de tres mantas y rezar un padrenuestro.
—En sus tiempos no se morían los niños de escarlatina, tía —dijo María.
—Se morían de otras cosas. De hambre, de parto, de una muela podrida. —Abrió un ojo—. Lo que pasa es que ahora los que se llenan el bolsillo tienen carnet de Falange y antes tenían sombrero de copa. La música es la misma, hija. Cambia el instrumento.
Aurora dejó un paquete de jabón sobre la mesa y se quedó mirando a la anciana.
—Usted también hizo estraperlo, tía.
—Yo hice lo que hacían todos. La diferencia es que yo no tenía un cuñado en el gobierno civil que me tapara. Yo tapaba con jamones. Un jamón al inspector de Abastos y mira, la cesta pasaba. Dos jamones y hasta te saludaban. —Se rio con una risa seca, como de astilla—. Pero a vosotras no os dejan ni eso, porque sois las de los rojos. A vosotras os registran la cesta y os miran las manos, a ver si llevan callos de trabajar demasiado, que eso también es sospechoso.
Nadie respondió. La Petra apretaba el frasquito contra el pecho. El niño tosía en la habitación de al lado.
—¿Y qué hacemos, tía? —preguntó Isidora—. ¿Dejar de caminar?
—No, hija, no. Seguid caminando. Es lo único que sabéis hacer. Y es lo único que os queda.
—La anciana cerró los ojos de nuevo—. Pero no os hagáis ilusiones. Mientras haya listos con carnet, habrá tontos con cesta. Y las cestas siempre serán de las mismas.

No eran estraperlistas de fortuna
VII. El practicante
La penicilina llegó a Garcimolina un martes por la tarde, envuelta en paños de lino, dentro del cesto de Isidora. María la llevaba en el bolsillo del delantal, apretada contra el pecho, como si fuera una reliquia. El hijo de la Petra llevaba tres días con fiebre, y la fiebre no bajaba. La médica de Landete había dicho que no había nada que hacer. Don Eusebio, en cambio, había dicho que sí. Que, si se administraba a tiempo, quizá…
Pero administrarla no era sencillo.
En Garcimolina había un practicante. Se llamaba don Luis, y era un hombre de unos sesenta y nueve años, con bigote recortado y manos suaves, que había ejercido en el pueblo desde antes de la guerra. Había sido siempre un hombre de orden. En el 36, cuando la columna de los milicianos pasó por la sierra camino de Teruel, don Luis se escondió en el pajar de su casa durante tres días. Después, cuando las cosas se pusieron feas para los rojos, don Luis volvió a salir, se puso una camisa limpia y se presentó en el cuartelillo de Landete a ofrecer sus servicios. Tenía carnet de Falange desde el 37. No había participado en ninguna represión, es cierto. Nunca denunció a nadie. Pero tampoco había movido un dedo para ayudar a los que caían. Se limitaba a poner inyecciones de aceite alcanforado y a recetar aspirinas. Y a mirar para otro lado cuando los de Garcimolina del otro bando necesitaban algo más.
Aquella tarde, cuando María llamó a su puerta con el frasquito en la mano, don Luis abrió con desgana. Miró el frasco. Miró a María. Y negó con la cabeza.
—Eso no puedo administrarlo yo —dijo, sin dejarles pasar—. La penicilina está controlada. Se necesita autorización del Colegio de Médicos y del gobernador civil. Si pasa algo, respondo yo.
—Es para el hijo de la Petra —dijo María—. Se está muriendo.
—Lo siento.
—Don Luis, es una vida.
—Lo siento —repitió, y cerró la puerta.
María se quedó en la calle, con el frasquito en la mano y el frío de febrero metido en los huesos. No era la primera vez. Don Luis nunca había puesto una inyección a un hijo de rojo sin antes mirar la cartilla de racionamiento, el certificado de buena conducta y la partida de bautismo. Y, aun así, a veces se negaba. Decía que no tenía existencias. Que se le había acabado el alcohol. Que volvieran otro día. Y las mujeres volvían, y volvían, hasta que se cansaban y buscaban otra solución.
Aquella noche, en casa de la Petra, la tía Robustiana escuchó el relato sin decir nada. El niño tosía en la habitación de al lado, una tos honda, de pecho, que sonaba a despedida. La Petra lloraba en silencio. Isidora miraba el fuego. Aurora apretaba los puños.
—Hay que avisar a don Eloy —dijo la tía Robustiana, al fin.
—¿Don Eloy? —preguntó María.
—El practicante de Algarra. Ese sí que pone inyecciones a todo el mundo. A los rojos y a los no tan rojos. Le da igual. Es de los nuestros. Perdió la guerra, como nosotros. Y no se ha arrepentido.
Don Eloy vivía en Algarra, a dos pasos de Garcimolina, por el camino de la vega. Era un hombre delgado, de voz baja y manos firmes, que había estado en el frente de Levante con los republicanos y había vuelto a su pueblo después de la derrota sin más equipaje que una maleta de cuero y un maletín de instrumental. En el 39 lo habían depurado. Le habían prohibido ejercer en la sanidad pública. Pero seguía ejerciendo en la sombra, de casa en casa, de pueblo en pueblo, cobrando lo que le podían dar o no cobrando nada. Lo llamaban «el practicante de los rojos». Y él lo sabía, y no le importaba.
Aquella misma noche, Isidora ensilló el burro y salió hacia Algarra. El camino estaba helado. La luna brillaba sobre los pinos. Llegó a las dos de la madrugada. Don Eloy la recibió en camisa, con una vela en la mano. No preguntó nada. Solo dijo:
—¿Es urgente?
—Es un niño. Penicilina.
—Vamos.
Llegaron a Garcimolina cuando aún no había amanecido. Don Eloy entró en casa de la Petra, saludó con un gesto, se lavó las manos en una palangana de zinc, sacó el frasquito del bolsillo de María y lo miró a contraluz. Después preparó la jeringuilla, la hirvió en un cazo, y administró la inyección al niño con una calma que contrastaba con la urgencia de la situación. El niño ni se movió. Estaba demasiado débil incluso para llorar.
—Hay que esperar —dijo don Eloy—. Si la fiebre baja en veinticuatro horas, hay esperanza. Si no baja, no hay nada que hacer.
Se quedó en Garcimolina todo el día. No cobró. No quiso comer. Solo pidió un vaso de agua y se sentó junto a la cama del niño, vigilando la fiebre, tomando el pulso, ajustando la manta. Al atardecer, la fiebre empezó a bajar. La Petra rompió a llorar. Isidora salió a la calle a respirar. María se sentó en el suelo, junto a la puerta, y se quedó dormida.
Don Eloy se marchó al día siguiente, antes de que amaneciera, para no dar que hablar. No quiso que nadie lo viera salir del pueblo. No quiso que se supiera que había estado allí. Pero todos lo supieron. En Garcimolina, todo se sabía.
Don Luis, el practicante del pueblo, se enteró también. Y no dijo nada. Pero desde aquel día, cuando las mujeres de Garcimolina pasaban por delante de su casa, él cerraba la contraventana. No fuera a ser que le pidieran algo. No fuera a ser que tuviera que mirarlas a la cara.
Años después, cuando ya no quedaban penicilina ni cartillas de racionamiento, la tía Robustiana seguía contando aquella historia. Y siempre terminaba igual.
—Don Luis tenía el título. Don Eloy tenía las manos. Y las manos son lo que cuenta.
VIII. Las víctimas
Las víctimas de esta corrupción sistemática eran los más vulnerables, las viudas de los presos, los huérfanos, los trabajadores mal pagados, las mujeres que se prostituían por un plato de comida, los niños que morían de tuberculosis en chabolas sin agua corriente.
La posguerra española no moría de inanición por falta de alimentos, sino por falta de acceso a ellos. Los alimentos existían, pero estaban en los almacenes de los estraperlistas, en los mercados negros, en las mesas de los privilegiados.
La corrupción no solo mataba de hambre, mataba de silencio, de resignación, de miedo. El que denunciaba se exponía a represalias; el que se quejaba, a la cárcel; el que no se significaba, sobrevivía. La cultura del silencio y del «no te metas» se instaló en la sociedad española como una herencia duradera.
Hubo quien murió por no poder pagar la penicilina que don Eusebio guardaba en su trastienda. La salud también tenía precio, y los pobres no podían pagarlo.
En Garcimolina, las mujeres del alba conocían bien aquel silencio. Lo llevaban consigo en cada caminata, en cada trueque, en cada palabra no dicha.
IX. La Iglesia
La Iglesia no era ajena a este sistema. Los párrocos expedían certificados de buena conducta, avales para obtener empleo, informes para revisar causas. A cambio, recibían donativos, aceite para los velones, respeto y obediencia.
La caridad cristiana se administraba con criterios de rentabilidad social, se ayudaba a los que podían devolver el favor, se desatendía a los que no.
En Garcimolina, el párroco era don Emilio, un hombre grueso y taciturno que había llegado al pueblo después de la guerra. Predicaba la resignación y la obediencia, y cerraba los ojos ante lo que no quería ver.
—Dios aprieta, pero no ahoga —decía, sin mucha convicción.
Y las mujeres del alba, que no creían en muchas cosas, tampoco creían en aquello.
A la mañana siguiente, antes de salir, Aurora pasó por la iglesia a pedirle a don Emilio un certificado de buena conducta para su hijo, que quería entrar a trabajar en una serrería de Landete. El cura estaba en la sacristía, contando las monedas del cepillo.
—Un certificado de buena conducta —repitió don Emilio, sin levantar la vista—. ¿Para el hijo del calderero?
—Sí, padre.
—Tu hermano sigue en Cuenca, ¿verdad?
Aurora apretó los labios.
—Sigue.
—Es una lástima. Un muchacho con esa mancha en la familia…
—Dejó las monedas y la miró—. Yo puedo hacer el certificado, Aurora. Pero ya sabes que el señor obispo pide que las familias estén… en regla. Con la Iglesia y con el Movimiento.
—¿Qué tengo que hacer?
—Nada, mujer. Solo que tu hijo venga a misa los domingos. Y que tú… bueno, que colabores con la Sección Femenina cuando pidan ayuda para las fiestas del pueblo.
Unas horas nada más.
Aurora salió de la iglesia con las manos vacías y el certificado sin firmar. En la plaza, Isidora la esperaba con el burro cargado.
—¿Qué?
—Que tengo que ir a las fiestas de la Falange a servir la comida para que mi hijo pueda trabajar.
Isidora escupió al suelo.
—Dios aprieta, pero no ahoga —dijo, imitando la voz del cura.
—No —dijo Aurora—. Dios aprieta, y el cura cobra.
X. El legado
Durante años, estas mujeres sostuvieron Garcimolina. No con discursos ni con heroicidades, sino con pasos. Con madrugones. Cargas. Silencios.
En una España donde «la corrupción no solo mata de hambre, mata de silencio, de resignación, de miedo», ellas rompieron el silencio caminando.
Tres veces por semana, a veces más, recorrieron el camino de Landete para que el pueblo no se apagara.
Su historia es la historia de la subsistencia digna, de la solidaridad rural, de la resistencia silenciosa de las mujeres de la Serranía.
Y es que la posguerra española no fue solo un tiempo de hambre y represión, fue también un tiempo de corrupción generalizada, de enriquecimiento ilícito, de complicidad institucional. El Régimen de Franco no combatió la corrupción, la integró en su funcionamiento. Los estraperlistas, los enchufados, los sobornadores y los sobornados construyeron un sistema paralelo que enriqueció a unos pocos y condenó a la miseria a la mayoría.
Ese sistema dejó un legado duradero, una cultura de la picaresca, de la desconfianza en las instituciones, de la aceptación resignada del abuso. La España que emerge de la posguerra no es solo una España hambrienta, es una España corrupta, donde el que no roba es porque no puede, y donde la ley se aplica con criterios de clase, de ideología y de conveniencia.
Recordar esta historia no es un ejercicio de morbosidad, es una advertencia. Porque la corrupción no es un accidente de la historia, es una tentación permanente del poder. Y las sociedades que no la combaten, la heredan.
Epílogo
Muchos años después, cuando ya no quedaban burros en Garcimolina ni cartillas de racionamiento, una mujer anciana se sentaba al sol en la puerta de su casa y miraba el camino de Landete.
Era María «la Chata», la última de las caminantes del alba. Tenía los ojos cansados y las manos nudosas, pero conservaba la memoria intacta.
—Íbamos tres veces por semana —contaba a los niños que se acercaban—. A veces más. Y nunca nos faltó de comer, porque siempre había alguien que necesitaba algo y alguien que lo tenía.
Los niños la escuchaban sin entender del todo. Para ellos, la posguerra era una historia antigua, un relato de abuelas y de libros.
Pero María sabía que aquella historia no era solo suya. Era la historia de todas las mujeres que, como ella, habían caminado al alba con la esperanza de volver al atardecer con algo que llevarse a la boca.
—No fuimos heroínas —decía, sin mirar a los niños, con la vista puesta en el camino que se perdía entre los pinos—. Solo andábamos. Eso es todo. Andábamos para que los nuestros comieran. Y al día siguiente, volvíamos a andar.
Se calló. El sol tocaba ya las copas de los pinos rodenos y la sombra del camino de Landete se alargaba hasta sus pies, como si quisiera recordarle algo.
—Pero andábamos juntas —dijo, casi para ella—. Eso sí que importaba.
Y luego calló, porque el sol ya estaba bajo y el camino de Landete se perdía en la penumbra.
Garcimolina, baja sierra de Cuenca, 1945 – 1950.
Sobre los nombres utilizados
Para preservar la identidad de las personas, en este relato se han utilizado como licencia, seudónimos o nombres ficticios. No se pretende ocultar la verdad de lo vivido, sino proteger la intimidad de quienes protagonizaron o heredaron aquellas historias. La memoria se conserva; las personas, se respetan.
Agradecimiento a Carmen Montesinos Jiménez
Hay mujeres que caminan al alba y no reclaman monumentos. Su historia se sostiene en pasos menudos, en trueques, en silencios, en la dignidad de quien no tiene otra opción que seguir adelante. Gracias a Carmen Montesinos Jiménez, esas mujeres de Garcimolina —Aurora la del calderero, Isidora la de la Rambla y María «la Chata»— han dejado de ser sombras en el camino de Landete para convertirse en memoria viva.
Sin su relato, sin su empeño por escuchar, por reconstruir y por narrar, esta historia se habría ido diluyendo en el tiempo, como se diluyen las huellas en la tierra seca. El esfuerzo, la paciencia, la solidaridad y el coraje de aquellas mujeres habrían quedado sepultados en el pozo del olvido, ese pozo donde tantas veces caen las vidas humildes que sostuvieron pueblos enteros.
Por eso, gracias, Carmen. Gracias por poner palabras donde solo había silencio. Por devolverles la voz a quienes caminaron tres veces por semana para que otros pudieran comer al atardecer. Por recordarnos que la posguerra también tuvo nombre de mujer, y que la resistencia más duradera no fue la de los discursos, sino la de aquellas que, sin más armas que una cesta y una necesidad, mantuvieron viva la dignidad de Garcimolina.
Que este relato sirva para que su memoria no se apague. Que las caminantes del alba sigan caminando, al menos, en la memoria de quienes ahora las leemos. Desde Garcimolina.net, nuestro reconocimiento y nuestra gratitud.
Gracias, Carmen. Gracias a quienes colaboréis. Porque la historia de las caminantes del alba merece seguir caminando.
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Fuentes y bibliografía
Fuentes orales
Testimonios de vecinos de Garcimolina recogidos por Carmen Montesinos Jiménez. Por deseo de los informantes, se han utilizado seudónimos.
Fuentes documentales
Archivo Histórico Provincial de Cuenca; Registro Civil de [localidad]; documentos privados facilitados por familias de Garcimolina.
Bibliografía selecta
Represión franquista y fosas en Cuenca
- Campos Posada, Ainhoa; Gómez Bravo, Gutmaro y Beldad Colado, Sandra (fot.), En busca de un pasado enterrado. Las fosas del franquismo en Castilla-La Mancha. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha; Toledo: Cuarto Centenario, 2023.
- Jiménez Barroso, María Isabel, La reconstrucción espiritual y material de la patria. Actuación del Tribunal de Responsabilidades Políticas en la provincia de Cuenca (1939-1945). Tesis doctoral, Universidad de Castilla-La Mancha, 2023.
- Molina Gutiérrez, Máximo, «Aproximación a la represión franquista en Cuenca», Memòria antifranquista del Baix Llobregat, 17 (2017), pp. 46-50.
- Prieto Jiménez, David, Los maquis en la provincia de Cuenca. Aproximación a la dialéctica de la represión durante la posguerra (1945-1952). Cuenca: Diputación Provincial de Cuenca, 2005.
Estraperlo, mercado negro y autarquía
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- Del Arco Blanco, Miguel Ángel, «El estraperlo: pieza clave en la estabilización del régimen franquista», Historia del Presente, 15 (2010), pp. 65-78.
- Del Arco Blanco, Miguel Ángel, «La corrupción en el franquismo. El fenómeno del “Gran Estraperlo”», Hispania Nova, Segunda Época, 16 (2018), pp. 620-645.
Penicilina y sanidad en la posguerra
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Posguerra y violencia en Castilla-La Mancha
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- La guerra civil en Castilla-La Mancha, 70 años después: actas del Congreso Internacional. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2020.
Mujeres, supervivencia y memoria
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- Del Cura, María Isabel y Huertas, Rafael, Alimentación y enfermedad en tiempos de hambre: España, 1937-1947. Madrid: CSIC, 2007.
Nota: Este relato es una obra de ficción basada en hechos reales. Los diálogos y algunos detalles han sido recreados literariamente. La bibliografía recoge las obras consultadas para la contextualización histórica.