Las andas procesionales de San Juan Bautista

 Las andas procesionales de san Juan Bautista

 

 

Historia, encargo y fabricación de una obra de posguerra

 

Resumen

El presente artículo reconstruye la historia de las andas procesionales de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina (Cuenca).

Un objeto litúrgico que, pese a su aparente modestia, condensa las vicisitudes de una comunidad rural durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra.

Se documenta la existencia de unas primeras andas, ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta, que fueron destruidas durante la contienda, y se analiza el proceso de encargo y fabricación de las andas actuales, realizadas por Pepito Illescas en el taller hidráulico del molino de Chinejo. A partir de fuentes orales —especialmente el testimonio de Eugenio Verdad Seguí— y de la documentación conservada en el archivo municipal y en Garcimolina.net, se examinan las circunstancias técnicas, sociales y simbólicas que rodearon su creación, así como las anécdotas que han tejido su memoria colectiva.

Se concluye que las andas constituyen no solo un soporte material para la devoción, sino un documento histórico de la capacidad de resiliencia de una comunidad que, pese a la fractura social y la penuria, supo recomponer su patrimonio simbólico.

 

Palabras clave: andas procesionales, imaginería rural, posguerra, memoria oral, Casas de Garcimolina, San Juan Bautista.

 

Introducción

Las andas procesionales son, en la tradición católica, estructuras de madera diseñadas para transportar imágenes devocionales durante las celebraciones litúrgicas. Más allá de su función práctica, constituyen un elemento central de la teatralidad procesional, elevando la imagen sobre la multitud y subrayando su carácter sacro. En el contexto de la España rural, las andas adquieren además una significación social: son el resultado de la colaboración comunitaria, el fruto del trabajo artesano local y un testimonio de la continuidad de las tradiciones.

El caso de las andas de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina es particularmente revelador. Su historia, marcada por la destrucción bélica y la reconstrucción en la posguerra, refleja las tensiones y las contradicciones de una comunidad que, como tantas otras en la Serranía Baja de Cuenca, vivió la Guerra Civil como una fractura profunda y la posguerra como un lento y penoso proceso de recomposición. Las andas actuales, ejecutadas por Pepito Illescas en el taller hidráulico del molino de Chinejo, no son un mero objeto litúrgico: son un documento histórico que condensa la memoria de la destrucción, la habilidad artesana y la voluntad de permanencia de una comunidad.

 

Este artículo se propone reconstruir, a partir de fuentes orales y documentales, la historia completa de las andas de San Juan Bautista: desde las primeras andas, ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta y destruidas durante la guerra, hasta el encargo y la fabricación de las andas actuales, pasando por las anécdotas y los testimonios que han tejido su memoria colectiva.

 

 

Las primeras andas: Lorenzo Montesinos Huerta y la tradición artesana

Antes de la Guerra Civil, la imagen de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina procesionaba sobre unas andas ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta, un artesano local del que, desgraciadamente, apenas se conservan datos biográficos. La tradición oral, recogida en los archivos de Garcimolina.net, señala que Montesinos Huerta era un carpintero de reconocido prestigio en la comarca, autor de diversas obras de mobiliario litúrgico y doméstico.

 

Las andas de Montesinos Huerta, como las que hoy se conservan, debían de ser una estructura de madera robusta y austeramente trabajada, propia de la imaginería rural de la Serranía Baja. Su diseño, seguramente, combinaba funcionalidad y ornamentación devocional, con molduras sencillas y una peana que permitía realzar la imagen del santo durante la procesión.

 

Estas andas, junto con el resto del patrimonio religioso de la localidad, fueron destruidas durante la Guerra Civil. Como se documenta en Las semillas de la tejería, las imágenes religiosas fueron retiradas de la iglesia y quemadas en el paraje de La Tejería, a las afueras del pueblo. Las andas, muy probablemente, corrieron la misma suerte: o fueron pasto de las llamas o fueron utilizadas como leña en los campamentos militares que ocuparon la iglesia durante la contienda. No se conserva ninguna descripción detallada de aquellas primeras andas, pero su existencia atestigua la vitalidad de una tradición artesana que, pese a la destrucción, encontraría la manera de renacer.

 

 

El contexto de la posguerra: la reconstrucción del patrimonio religioso

 

La nueva talla de San Juan Bautista (1939)

Terminada la guerra, la comunidad de Casas de Garcimolina emprendió la tarea de reconstruir su patrimonio religioso. La imagen de San Juan Bautista, que había ardido en La Tejería, debía ser repuesta. Para ello, se encargó una nueva talla al imaginero valenciano Joaquín Torno Catalán, quien la ejecutó en 1939.

La nueva imagen, tallada en madera policromada, representa a San Juan Bautista de joven, con el brazo derecho alzado en gesto de proclamación y la mano izquierda sosteniendo la cruz con el estandarte que lleva la inscripción ECCE AGNVS DEI («He aquí el Cordero de Dios»). Viste túnica de piel clara ceñida con cuerda, manto rojo, y lleva un cordero a sus pies. La peana original de la imagen —con su moldura dorada y el conjunto floral que la acompaña— se integraría más tarde en las nuevas andas.

La documentación conservada en el archivo municipal da cuenta del esfuerzo económico que supuso este encargo. Entre mayo y septiembre de 1939, en el denominado «Año de la Victoria», se llevó a cabo una recaudación entre los vecinos para financiar la nueva imagen. Este esfuerzo colectivo, en un contexto de extrema penuria, revela la importancia que la devoción a San Juan tenía para la comunidad y su voluntad de restaurar lo que la guerra había destruido.

 

El taller hidráulico de Pepito Illescas y la ejecución de las andas

La elección de Pepito Illescas como artesano encargado de las nuevas andas no fue fortuita, sino que respondió a un conjunto de circunstancias personales, familiares y técnicas que lo situaban en una posición privilegiada para abordar un encargo de esta naturaleza. Para comprender plenamente esta elección, es necesario reconstruir, a partir de la tradición oral transmitida por Eugenio Verdad Seguí y de los documentos conservados en Garcimolina.net, la biografía de Illescas y su vinculación con el contexto bélico y la posguerra.

 

 

Pepito Illescas en el contexto de la Guerra Civil

Durante la Guerra Civil, Illescas estuvo vinculado a las fuerzas republicanas que operaban en la retaguardia de la Serranía Baja. Una compañía republicana, encargada de la construcción de las trincheras en el cerro de la Solana Morocha (también documentada como La Moracha), estableció su campamento base en el recinto de la iglesia de Casas de Garcimolina. Este espacio, desacralizado, albergaba las cocinas, la fragua para el templado de metales, y las caballerizas de la unidad. Allí trabajaban tanto soldados como vecinos contratados para las labores de fortificación.

Pepito Illescas formaba parte de este entorno, no como militar, sino como vecino y hombre de oficio. Su habilidad con los metales y la madera lo hacía especialmente útil en un contexto donde la fragua y las herramientas eran esenciales para el mantenimiento del equipo militar. Aunque no existen registros escritos que detallen su participación, la tradición oral lo sitúa en aquellos años como un hombre habituado al trabajo duro y a las condiciones extremas de la retaguardia.

 

Lazos familiares y acceso al molino de Chinejo

La vida de Pepito Illescas estuvo marcada por dos matrimonios que, de manera sucesiva, lo vincularon profundamente con la comunidad y le proporcionaron los recursos necesarios para su actividad artesana.

En primeras nupcias

Illescas contrajo matrimonio con Polonia, hija de la tía Evarista y hermana de Sebastián. Este enlace lo arraigó en el pueblo, pero también estuvo teñido de tragedia: Polonia falleció en el parto de su hijo, un acontecimiento que la memoria colectiva ha conservado como una de las pérdidas más dolorosas de la posguerra. El hijo huérfano fue criado por el tío Félix y la tía Victoriana, convirtiéndose en un vínculo más entre Illescas y la red familiar de Garcimolina.

En segundas nupcias,

Se casó con Antonia Martínez, hija del tío Luis de Chinejo. Este segundo matrimonio resultó decisivo para su carrera artesana, ya que le proporcionó acceso al molino de Chinejo, una infraestructura hidráulica de propiedad familiar que, hasta entonces, había estado vinculada principalmente a la actividad molinera. El molino, situado entre los municipios de Casas de Garcimolina y Santo Domingo de Moya, era un ingenio que aprovechaba la fuerza del agua para mover las piedras de moler, su existencia, no está documentada en el Catastro de Ensenada de 1752, luego se deduce que es muy posterior, ya en el siglo XIX.

Gracias a su relación con la familia de Chinejo, Illescas pudo adaptar el molino para albergar una carpintería hidráulica equipada con una sierra y dos tornos de madera, todo ello movido por la energía del agua. Esta tecnología, excepcional en la comarca, le permitía trabajar la madera con una precisión y una capacidad de producción que estaban muy por encima de las herramientas manuales convencionales. La fuerza hidráulica impulsaba la sierra para el corte longitudinal de tablones y los tornos para el torneado de elementos decorativos —como los pináculos y las molduras— que requerían un acabado cuidadoso.

 

El encargo de las andas y el proceso de fabricación

El contexto de posguerra, marcado por la penuria de recursos y la necesidad de reconstruir el patrimonio religioso, propició que la comunidad de Casas de Garcimolina recurriera a Illescas para la ejecución de las nuevas andas. La elección fue natural: ningún otro artesano de la comarca disponía de una infraestructura tecnológica comparable. El taller de Chinejo, con su sierra y sus tornos hidráulicos, era el único lugar donde se podía abordar un trabajo de precisión y envergadura como la construcción de unas andas procesionales.

No existen documentos escritos que formalicen el encargo, pero la tradición oral —recogida por Eugenio Verdad Seguí— señala que la iniciativa partió de la comunidad, probablemente impulsada por la necesidad de reponer el ajuar procesional destruido durante la guerra. El proceso de fabricación, que debió extenderse durante varios meses, implicó varias fases:

Aserrado de la madera:

Utilizando la sierra hidráulica, Illescas cortó la madera oscura —probablemente nogal o roble— en las dimensiones adecuadas para la estructura rectangular de las andas.

Torneado de los elementos decorativos:

En los tornos movidos por el agua, dio forma a los cuatro pináculos dorados de las esquinas, así como a las molduras que decoran los bordes y la peana central.

Ensamblaje y acabado:

Una vez preparadas todas las piezas, Illescas procedió al ensamblaje, asegurando la solidez de la estructura mediante ensambles de cola de milano y refuerzos metálicos. El acabado incluyó el dorado de molduras y pináculos, así como el pulido de los varales laterales para el porte manual.

Integración de la peana original:

Un detalle técnico y simbólico de especial relevancia fue la decisión de integrar en la nueva plataforma la peana original de la imagen de San Juan Bautista —la talla de Joaquín Torno Catalán— con su moldura dorada y el conjunto floral que la acompaña. Este gesto, que revela una voluntad de continuidad y de respeto por la tradición, permitió que la imagen quedara visiblemente elevada y destacada sobre las andas, facilitando su contemplación durante la procesión.

 

El taller como espacio de vida cotidiana

Más allá de su función productiva, el taller hidráulico de Chinejo se convirtió, durante los años de la posguerra, en un lugar de atracción para los niños nacidos durante la contienda (1937-1939). Para aquellos pequeños que crecían en un mundo sin radio, sin prensa y sin televisión —medios de comunicación que no llegarían a la Serranía Baja hasta décadas después—, el taller ofrecía un espectáculo fascinante: el movimiento rítmico de la sierra movida por la fuerza del agua, el giro de los tornos, el olor a madera recién cortada y el sonido metálico de las herramientas al trabajar. Era el divertimento analógico de la posguerra, un entretenimiento que ocupaba las horas muertas de aquellos niños que, habiendo nacido entre bombas y penurias, encontraban en la observación del trabajo artesano una ventana a un mundo de orden, precisión y creatividad.

La afluencia de los niños al molino de Chinejo no era meramente casual. En un contexto de aislamiento cultural y de carencia de estímulos lúdicos, el taller se convertía en un espacio de aprendizaje informal y de socialización. Los pequeños observaban cómo Pepito Illescas y sus ayudantes transformaban la madera en formas útiles y bellas, y adquirían, sin saberlo, un conocimiento tácito de los oficios tradicionales que estaba destinado a desaparecer con la llegada de la industrialización.

 

Significado del taller y del encargo

El taller hidráulico de Chinejo representa, en el contexto de la posguerra, un ejemplo excepcional de adaptación tecnológica y de resiliencia comunitaria. La energía del agua, que durante siglos había movido las piedras del molino, se puso ahora al servicio de la devoción, transformando la fuerza de la naturaleza en un instrumento para la reconstrucción simbólica del patrimonio religioso.

Pepito Illescas, con su habilidad artesana y su taller único, encarna esta capacidad de recomposición. Su obra, las andas de San Juan Bautista, no es solo un objeto litúrgico, sino un documento histórico que condensa la memoria de la destrucción —las primeras andas de Lorenzo Montesinos Huerta, perdidas en la guerra— y la voluntad de permanencia de una comunidad que, pese a las adversidades, supo encontrar en el trabajo artesano y en la devoción un lenguaje para expresar su continuidad.

 

El taller de Chinejo: tecnología hidráulica al servicio de la devoción

 

El molino de Chinejo

El molino de Chinejo, situado entre los municipios de Casas de Garcimolina y Santo Domingo de Moya, era un ingenio hidráulico con una larga historia. Su existencia no está documentada en el Catastro de Ensenada de 1752, luego es posterior, ya en el siglo XIX.

En el siglo XX, el molino había sido adaptado para albergar no solo la actividad molinera, sino también una carpintería equipada con una sierra y dos tornos de madera. Esta maquinaria, movida por la energía hidráulica, permitía trabajar la madera con una precisión y una capacidad de producción que estaban fuera del alcance de los talleres manuales convencionales.

El taller de Chinejo, por tanto, representaba una excepción tecnológica en una comarca donde la mayoría de los procesos artesanales se realizaban manualmente. La carpintería hidráulica permitía a Illescas abordar en cambios de cierta complejidad, como la ejecución de unas andas procesionales, que requerían un trabajo de precisión en la madera y un acabado cuidadoso.

 

El taller como espacio de vida cotidiana

Más allá de su función productiva, el taller hidráulico de Chinejo se convirtió, durante los años de la posguerra, en un lugar de atracción para los niños nacidos durante la contienda (1937-1939). Para aquellos pequeños que crecían en un mundo sin radio, sin prensa y sin televisión —medios de comunicación que no llegarían a la Serranía Baja hasta décadas después—, el taller ofrecía un espectáculo fascinante: el movimiento rítmico de la sierra movida por la fuerza del agua, el giro de los tornos, el olor a madera recién cortada y el sonido metálico de las herramientas al trabajar. Era el divertimento analógico de la posguerra, un entretenimiento que ocupaba las horas muertas de aquellos niños que, habiendo nacido entre bombas y penurias, encontraban en la observación del trabajo artesano una ventana a un mundo de orden, precisión y creatividad.

La afluencia de los niños al molino de Chinejo no era meramente casual. En un contexto de aislamiento cultural y de carencia de estímulos lúdicos, el taller se convertía en un espacio de aprendizaje informal y de socialización. Los pequeños observaban como Pepito Illescas y sus ayudantes transformaban la madera en formas útiles y bellas, y adquirían, sin saberlo, un conocimiento tácito de los oficios tradicionales que estaba destinado a desaparecer con la llegada de la industrialización.

 

La ejecución de las andas: técnica y estética

 

Los materiales y la técnica

Las andas ejecutadas por Pepito Illescas están construidas en madera oscura, probablemente nogal o roble, especies de madera dura que garantizan la solidez y la durabilidad necesarias para soportar el peso de la imagen y el esfuerzo del porte manual durante la procesión.

El trabajo de Illescas, realizado en el taller hidráulico de Chinejo, debió de implicar varias fases. En primer lugar, el aserrado de la madera, utilizando la sierra movida por la fuerza del agua; en segundo lugar, el torneado de los elementos decorativos —como los pináculos y las molduras—, utilizando los tornos del taller; y, finalmente, el ensamblaje y el acabado, que incluía el dorado de las molduras y los pináculos.

El uso de la energía hidráulica permitía a Illescas trabajar la madera con una precisión que hubiera sido difícil de alcanzar con herramientas manuales. Las molduras doradas, los pináculos y los varales laterales requerían un corte y un pulido cuidadosos, que la maquinaria del molino facilitaba.

 

La descripción técnica y estética

Las andas, que se conservan en la actualidad, presentan las siguientes características, según la documentación disponible en Garcimolina.net:

  • Estructura: rectangular, de madera oscura, con molduras doradas en los bordes y esquinas reforzadas.
  • Decoración: cuatro pináculos dorados en las esquinas, coronados por flores naturales (rosas rojas y blancas), que aportan simetría y solemnidad.
  • Base: peana central donde se asienta la imagen, con moldura dorada y superficie elevada sobre el plano de las andas. En esta peana se integra la peana original de la talla de Joaquín Torno Catalán, con su moldura dorada y el conjunto floral.
  • Elementos florales: dispuestos en macetas o jarrones pequeños, con predominio de rosas rojas y claveles blancos, símbolo respectivamente de la pasión y del martirio, así como de la pureza de San Juan Bautista.
  • Sistema de transporte: dos varales laterales de madera, robustos y pulidos, que permiten el porte manual por los creyentes durante la procesión.
  • Estilo: tradicional y sobrio, propio de la imaginería rural de la Serranía Baja; combina funcionalidad y ornamentación devocional.

La disposición de las andas, con la peana original integrada en la plataforma, permite que el santo aparezca visiblemente destacado y elevado, facilitando su contemplación por los fieles. La sobriedad del diseño, sin concesiones al barroquismo, es coherente con la estética de la imaginería rural de posguerra, marcada por la penuria de medios y la funcionalidad.

 

Anécdotas y memoria colectiva en torno a las andas

 

El testimonio de Eugenio Verdad Seguí

La historia de las andas ha sido preservada fundamentalmente por la vía oral. El testimonio de Eugenio Verdad Seguí, recogido en los archivos de Garcimolina.net, constituye la fuente principal para reconstruir la biografía de Pepito Illescas y las circunstancias del encargo. Verdad Seguí, nacido y  vinculado a la localidad por lazos familiares, ha actuado como depositario y transmisor de la memoria colectiva, proporcionando datos precisos sobre el taller del molino de Chinejo, la tecnología hidráulica empleada y las vicisitudes familiares de Illescas.

Según el testimonio de Verdad Seguí, el encargo de las andas fue una iniciativa comunitaria, impulsada por la necesidad de reponer el ajuar procesional destruido durante la guerra. La elección de Illescas, con su taller hidráulico en Chinejo, fue natural: era el artesano más cualificado de la comarca para un trabajo de esta envergadura.

 

 

Los niños y el taller de Chinejo

Uno de los aspectos más evocadores de la historia de las andas es el papel que el taller de Chinejo jugó en la vida cotidiana de los niños de la posguerra. Para aquellos que nacieron durante la contienda —en los años 1937, 1938 y 1939—, el taller era un lugar de fascinación y entretenimiento. Sin radio, sin prensa y sin televisión, la observación del trabajo artesano era uno de los pocos divertimentos disponibles.

Los niños acudían al molino para ver cómo la sierra movida por el agua cortaba la madera, cómo los tornos daban forma a las piezas, y como Pepito Illescas transformaba la materia prima en objetos útiles y bellos. Era, como se ha dicho, el divertimento analógico de la posguerra, un entretenimiento que, sin pretenderlo, transmitía a las nuevas generaciones un conocimiento tácito de los oficios tradicionales.

 

El recuerdo de la fabricación

La tradición oral ha conservado también algunos detalles sobre el proceso de fabricación de las andas. Se dice que Illescas trabajó en ellas durante varios meses, dedicando especial atención a los detalles decorativos —los pináculos, las molduras, la integración de la peana original— y a la solidez de la estructura, que debía soportar el peso de la imagen y el esfuerzo del porte manual.

Los vecinos, según el testimonio de Verdad Seguí, seguían con interés el avance de los trabajos. La ejecución de las andas era un acontecimiento comunitario, un signo de que la vida volvía a la normalidad después de la guerra. Cuando las andas estuvieron terminadas, fueron trasladadas a la iglesia y colocadas bajo la imagen de San Juan Bautista, donde han permanecido desde entonces.

 

Significado y función en la devoción local

 

Las andas como soporte de la procesión

Las andas no son un mero soporte técnico; constituyen un elemento central de la teatralidad procesional. Al elevar la imagen sobre la plataforma, la destacan visualmente por encima de la multitud, facilitando su contemplación por los fieles y subrayando su carácter sacro. La disposición de las andas transmite solemnidad y continuidad con la tradición local, integrando la talla de Torno Catalán en un dispositivo escénico que potencia su mensaje iconográfico.

Durante la procesión de San Juan, que se celebra el 24 de junio, la imagen es portada por los fieles sobre las andas, en un recorrido que incluye las calles del pueblo y los parajes de los alrededores. El esfuerzo del porte manual, que requiere la colaboración de varios hombres, refuerza el carácter comunitario de la celebración.

 

Las andas como documento histórico

Desde una perspectiva material, las andas constituyen un documento histórico excepcional. No solo por su calidad técnica y estética, sino por el contexto de su producción y por los significados que encarnan. La elección de Pepito Illescas como artesano, el uso del molino de Chinejo como taller, y la decisión de reintegrar la peana original de la talla en la nueva plataforma, hablan de una voluntad de continuidad, de una búsqueda de restituir el vínculo interrumpido con el pasado.

Pero al mismo tiempo, las andas son testimonio de la brecha abierta por la guerra. La madera oscura y el oro de las molduras no borran el recuerdo de las llamas de La Tejería; los pináculos coronados por rosas y claveles no ocultan el silencio cómplice de quienes, en aquellos años difíciles, vieron arder el patrimonio de su comunidad. La procesión de San Juan, con su solemnidad y su bullicio, es también un acto de reparación simbólica, una manera de volver a poner en su lugar lo que la guerra desgarró.

 

El taller de Chinejo como símbolo de la resiliencia

La historia de las andas es también la historia de la resiliencia de una comunidad. En un contexto de penuria extrema, la comunidad de Casas de Garcimolina fue capaz de movilizar recursos para reponer su patrimonio religioso. El taller hidráulico de Chinejo, alimentado por la fuerza del agua, se convirtió en un agente de reconstrucción simbólica, transformando la energía de la naturaleza en un instrumento al servicio de la devoción.

Pepito Illescas, con su habilidad artesana y su taller excepcional, encarna esta capacidad de recomposición. Su obra, las andas de San Juan Bautista, ha sobrevivido a las décadas y sigue cumpliendo su función litúrgica, como testimonio de la continuidad de una tradición que se niega a desaparecer.

 

Conclusiones

Las andas procesionales de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina son mucho más que un objeto litúrgico. Constituyen un testimonio material de la historia de la localidad, forjado en el crisol de la Guerra Civil y la posguerra. Su historia, que se inicia con las primeras andas ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta y destruidas durante la contienda, y continúa con el encargo y la fabricación de las andas actuales por Pepito Illescas en el taller hidráulico del molino de Chinejo, revela la capacidad de una comunidad rural para movilizar sus recursos —humanos, tecnológicos y simbólicos— en un contexto de extrema adversidad.

La integración de estas andas en el dispositivo procesional, junto con la talla de Joaquín Torno Catalán, contribuye a la construcción de una identidad devocional que trasciende la mera religiosidad para convertirse en un acto de afirmación comunitaria. La sobriedad de su factura, la funcionalidad de su diseño y la continuidad de su uso a lo largo de décadas atestiguan la pervivencia de una tradición que, pese a la fractura social y la despoblación, ha logrado mantener su vigencia.

Las anécdotas que rodean su creación —los niños que acudían al molino de Chinejo para ver el trabajo de Illescas, el seguimiento comunitario del proceso de fabricación, la transmisión oral de la memoria a través del testimonio de Eugenio Verdad Seguí— enriquecen nuestra comprensión de este objeto y nos recuerdan la importancia de las fuentes orales para la reconstrucción del pasado rural. La historia de las andas, como la de tantos otros objetos de la cultura material de la Serranía Baja, es una historia de destrucción y reconstrucción, de pérdida y memoria, de una comunidad que, pese a todo, sigue encontrando en la devoción un lenguaje para expresar su continuidad y su deseo de permanencia.

 

Bibliografía

 

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