Asociación de vecinos y personas mayores PEÑA EL PARDO

  • El Eco de las Espadas

    Introducción y publicación por entregas:

    «EL ECO DE LAS ESPADAS»

    Asociación de personas mayores Peña el Pardo

     

    Revista Histórica y Cultural

    «Entre la piedra y la fe, una fortaleza escribe su destino»

    Bien fallados seades, leedores, en aqueste viage que passa por los siglos et torna los sones d’aquella sazon en que la fe, el açero et la cobdicia texieron el fado d’un regno. En los cartapacios que agora se siguen, damos el primer recreo de «El Eco de las Espadas», estoria que se arraiga en la Baxa Edat Media de Castiella, en aquellas terras bravas et de frontera que oy dia son llamadas Castiella-La Mancha.

    Bienvenidos, lectores, a un viaje que atraviesa los siglos y resucita los ecos de una época donde la fe, el acero y la ambición tejieron el destino de un reino. En las páginas que siguen, presentamos el primer adelanto de «El Eco de las Espadas», una novela histórica que sumerge sus raíces en la Baja Edad Media castellana, en ese territorio agreste y fronterizo que hoy conocemos como Castilla-La Mancha.

    Inicio del camino de la Vera, 1347

    ¿Qué secretos guardan las murallas del castillo de Moya?

    En un mundo donde las órdenes militares —Santiago y Calatrava— pugnaban por el control de rutas sagradas y tierras baldías, un hombre, Juan González de Roa, «el mozo» (noble de segundo rango, no de alta nobleza, s. XV). Con su presencia en Moya (ficcionada s. XIV), como un encargo real temporal «por orden de Alfonso XI, para control en las zonas rurales de la Mancha y el valle del Tajo, de los mudéjares», como comisionado regio y labores de alcaide. Carga sobre sus hombros el peso de una misión imposible: sostener la unidad de su gente mientras el reino se fractura. Su historia, rigurosamente documentada, pero narrada con la pasión de la ficción, es el hilo que nos guía a través de intrigas palaciegas, batallas espirituales y la silenciosa resistencia de los peregrinos que, bajo la sombra de la Ruta de la Vera Cruz, buscaban redención.

    ¿Por qué desapareció un pueblo entero?

    La lucha entre estos muros, las intrigas, la devoción mariana —encarnada en vírgenes aparecidas como la de Tejeda o Santerón— se entrelaza con leyendas templarias nunca confirmadas, pero imposibles de erradicar. Aquí, los setenarios de siete días (ya modernos), consagraban la fe en ermitas perdidas, mientras los campesinos y ganaderos de la heredad de la casa de labor de Casas de Garcimolina, (hoy apenas un eco en los archivos), labraban su supervivencia entre el olvido y la repoblación.

    Una trama coral,1 un misterio histórico

    Esta obra, estructurada como un tapiz de voces —caballeros, artesanos, peregrinos como el misterioso Herminio, cuyo mimbre simboliza la fragilidad humana—, alterna, eventos históricos verificables con relatos íntimos que desafían el tiempo. ¿Qué ocurrió realmente entre 1284 y 1292?, ¿Moya fue arrasada y sus emblemas borrados?, o no. ¿Por qué la Orden de Santiago perdió el control frente a Calatrava? Y, sobre todo, ¿quién traicionó a quién?

    En esta primera entrega, descubrirán:

    • El Castillo de Moya: bastión entre dos mundos, donde el viento aún susurra las plegarias de los caídos.
    • La sombra de los Templarios: aunque no hay pruebas de su presencia, su herencia late en rituales y símbolos.
    • La emboscada en el nogueral: un joven caballero, Álvaro, enfrentará su primera prueba de sangre en defensa de los peregrinos.

    «El Eco de las Espadas» no es solo una novela: es una invitación a caminar por senderos olvidados, donde cada piedra, cada documento rescatado del silencio (como el Censo de Pecheros de Carlos I que menciona por primera vez a Garcimolina), nos habla de un mundo que creíamos perdido.

    Queridos lectores, os invitamos a un viaje por los caminos olvidados de la Serranía Baja conquense, donde la historia y la leyenda se entrelazan en cada piedra. «El Eco de las Espadas» no es solo una novela histórica: es una puerta abierta a ese territorio agreste y fronterizo que se extiende entre las despobladas sierras de Moya, los venerados santuarios de Santerón y Algarra, y las humildes aldeas y casas de labores, como Garcimolina, Santo Domingo o Fuentelespino de Moya, resistieron el paso de los siglos.

    ¿Reconocéis estos parajes?

    Quizá os suenen sus nombres, evocadores y misteriosos, como ecos de un pasado que aún late en fuentes escondidas, en ruinas de ermitas y en senderos que serpentean entre sabinares. Esta es la tierra que pisaron los caballeros de Calatrava y Santiago, donde los peregrinos de la Ruta de la Veracruz buscaban refugio, y donde pastores y labriegos tallaron su existencia entre la devoción y la supervivencia.

    El Castillo de Moya, erguido sobre su cerro como un centinela de piedra, domina este paisaje áspero y bello. Desde sus almenas se divisan las torres de vigía y los caminos que llevan a Santerón, con su ermita mariana rodeada de leyendas; a Algarra y su castillo, donde las romerías tejían comunidad, y a esos pequeños mundos —Las casas de labor y corrales de García Molina, Santo Domingo, Fuente del Espino—, cuyas fuentes y majadas fueron testigos mudos de historias cotidianas y extraordinarias.

    ¿Qué secretos guardan estos andurriales?
    En «El Eco de las Espadas», cada lugar tiene su voz:

    • La casa de García Molina, una simple heredad o casa de labor, perdida en los documentos, que esconde la tenacidad de quienes repoblaron estas tierras.

    • Los bosques de nogueras, pinos y sabinas, donde bandidos y peregrinos se cruzaban en noches de luna menguante.

    • Las fuentes y lavaderos, puntos de encuentro donde se compartían noticias, temores, anhelos y esperanzas.

    Esta es una historia de frontera, donde lo sagrado y lo profano se mezclan: las apariciones de vírgenes en encinares, los setenarios (ya muy modernos para esta historia), en ermitas aisladas, y las luchas entre órdenes militares por controlar no solo tierras, sino almas.

    ¿Por qué importa hoy esta historia?
    ¿Por qué estos parajes? —aunque hoy algunos sean apenas un recuerdo— moldearon la identidad de una región. En sus piedras, en sus documentos y en su tradición oral, encontramos las raíces de una resistencia callada: la de quienes, como el señor don Juan González de Roa, el peregrino Herminio o el caballero Álvaro, eligieron la lealtad a sus ideales frente a la conveniencia.

    En esta primera entrega, descubriréis:

    • El Castillo de Moya en su esplendor, cuando sus muros albergaban tanto a señores como a pastores.

    • La ermita de Santerón, faro espiritual en un territorio peligroso.

    • La granja de Garcimolina, ejemplo de cómo la vida se abría paso, incluso en tiempos de guerra.

    «El Eco de las Espadas» es una invitación a recorrer, con rigor histórico y pulso narrativo, esos lugares que, aunque os suenen lejanos, son parte de vuestra memoria. Porque la historia no solo se escribe en grandes ciudades, sino también en estos rincones donde el viento aún susurra nombres como Moya, Santerón, Algarra y Garcimolina …

    ¿Están preparados para oír el eco?

     


    ACCESO A LOS CAPÍTULOS

    Introducción del autor

    Prólogo

     

    PRIMERA PARTE FICCIONADA

    I: El castillo de Moya

    II: La sombra de la rivalidad

    III: La conformación del poder

    IV: La llegada de los peregrinos

    V: La victoria de la fe

     

    SEGUNDA PARTE NOVELADA

    1.  El inicio del viaje, abril de 1347

    2.  Herminio, el peregrino del mimbre

    3.  La huella del caminante

    4.  La nueva misión de Herminio en Moya

    5.  Reflexiones del camino

    6.  Una tradición perdurable

    7.  Un ciclo de enseñanza y aprendizaje

    8. Una nueva era, preceptos del Mimbre y el Mimbrito

    9.  Nuevas generaciones y su propio camino

    10. La obra de Herminio

    11. Nuevos horizontes

    12. Reflexiones en el umbral

    13. El regreso de Herminio

    14. Los canastos de la memoria

    15. Semillas de esperanza

    16. Una marca que perdura

    17. Los caballeros de la luz

    FIN

    EPÍLOGO

     


    Nota del editor:

    Esta obra ha sido investigada con fuentes primarias, desde crónicas medievales hasta registros arqueológicos del cerro de Moya. Cada entrega irá acompañada de un anexo con bibliografía histórica para los lectores más exigentes.

    Para no ser reiterativos, se han publicado todas las fuentes consultadas de un sola vez, al pie del documento, es la bibliografía total de la novela.


    Ilustraciones y grabados que aparecen en la publicación:

    Basados en las técnicas pictóricas de Jan Van Eyck (c. 1390-1441):

    Maestro flamenco y pionero de la pintura al óleo en el Renacimiento nórdico. Es reconocido como una de las figuras fundacionales de la pintura occidental y máximo representante de la escuela flamenca del siglo XV. Su dominio técnico y conceptual revolucionó el arte europeo, especialmente mediante el perfeccionamiento de la pintura al óleo, lo que le permitió alcanzar cotas de realismo y simbología sin precedentes.


    Características estilísticas y aportaciones técnicas

    1. Hiperrealismo y precisión óptica:
      1. Van Eyck elevó la técnica al óleo mediante el uso de capas translúcidas (glacis), lo que facilitó la recreación de texturas minuciosas en telas, metales, joyas y superficies naturales.
      2. Su tratamiento de la luz, con gradaciones sutiles y sombras articuladas, confería volumen tridimensional y profundidad espacial a sus composiciones.
    2. Simbología compleja y narrativa visual:
      1. Integró en sus obras un repertorio de elementos simbólicos (espejos, frutas, animales, inscripciones) que operaban como capas de significado adicional, a menudo vinculadas a temas religiosos, morales o sociopolíticos.
      2. Obras como El matrimonio Arnolfini (1434) son estudiadas por su densa carga alegórica y su capacidad para documentar la cultura material de la época.
    3. Innovaciones técnicas y firmas autógrafas:
      1. Perfeccionó la estabilidad y brillo de los pigmentos al óleo, superando las limitaciones del temple al huevo predominante hasta entonces.
      2. Sus obras frecuentemente incluían inscripciones como «Als ik kan»  (“Con lo que puedo”), reflejando una conciencia autoral innovadora para su tiempo.

     Legado e influencia

    Van Eyck sentó las bases estéticas del Renacimiento nórdico e influyó en artistas como Hans Memling, El Bosco y, posteriormente, en maestros del Barroco. Su obra marca la transición definitiva del Gótico internacional hacia un naturalismo empírico que anticipó desarrollos posteriores en Europa.

     Conexión con reconstrucciones históricas y culturales

    La estética de Van Eyck resulta singularmente adecuada para recreaciones visuales de escenarios medievales y protomodernos, tales como:

    • Escenas de vida cotidiana y poder señorial (ej.: el Castillo de la Moya o figuras como Gonzalo de Roa).
    • Entornos rurales y simbología sacra (ej.: peregrinos, cruces, arados y utensilios como cestos y canastos).
    • Narrativas históricas ambientadas en espacios como Santerón o el personaje del Zurdo, donde el detalle realista y la carga simbólica enriquecen la comunicación.

    Su capacidad para integrar precisión documental con profundidad conceptual permite que las imágenes no solo ilustren, sino que interpreten contextos históricos, reforzando el axioma de que “una imagen vale más que mil palabras” en la divulgación del patrimonio cultural.


    PIE DE PÁGINA

    1. Narrativa coral:

      Se refiere a un enfoque de narración donde la historia se relata por medio de diferentes voces o narradores, en vez de apoyarse en un solo punto de vista. Cada personaje, comúnmente desempeñándose como el personaje principal, proporciona una perspectiva singular de los acontecimientos, lo cual facilita la elaboración de una narración polifónica y enriquecida por la diversidad de experiencias y emociones. Este enfoque fomenta una interpretación más exhaustiva y minuciosa de la historia, dado que los sucesos se presentan desde múltiples puntos de vista, lo cual realza la complejidad y la autenticidad de la narrativa.

    2. Fungir:

      Desempeñar un empleo, cargo o función. “Desempeñar una función, a veces sin tener el nombramiento preceptivo”.

    3. Setenarios:

      Agrupaciones simbólicas de siete elementos en contextos espirituales o teológicos, destacando la relevancia del número siete, como símbolo de plenitud y perfección. Tradición cristiana, mística medieval; estas estructuras organizaban conceptos clave en grupos de siete, mostrando un marco para la reflexión y el crecimiento espiritual.

      1. Los siete dones del Espíritu Santo: Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
      2. Las siete virtudes: fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
      3. Los siete pecados capitales: Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.
      4. Las siete bienaventuranzas: Interpretadas a partir del Sermón del Monte.
      5. Las siete peticiones del Padrenuestro: Cada una se considera un antídoto espiritual frente a los pecados o debilidades humanas.
    4. Orden del Temple:

      Conocida como los Caballeros Templarios. Fundada en 1119 por Hugo de Payns tras la Primera Cruzada, su misión original era proteger a los peregrinos cristianos en Tierra Santa.

    5. Los pecheros:

      Eran individuos pertenecientes al tercer estamento en la España del régimen antiguo, no pertenecientes a la nobleza ni al clero, y estaban obligados a abonar tributos directos a la Corona española. El término viene de “pecho” o “pecha” (tributos medievales). Principalmente, eran agricultores, artesanos y residentes de villas, cuya situación tributaria no se basaba en su riqueza, sino en su obligación de contribuir.

    6. Alfoz:

      Se trataba de un término de la era medieval que se utilizaba para referirse a un territorio rural bajo la jurisdicción de una villa principal, en el que se congregaban diversas aldeas. Poseía responsabilidades fiscales, judiciales y militares, desempeñando un papel crucial durante la Reconquista.

    7. Señorío de realengo:

      Tierras bajo control directo del rey, en contraposición a las tuteladas por nobles o la Iglesia, el monarca podía concederlas por merced o venta.

    8. Vísperas:

      Los miembros de la Orden de Santiago practicaban un rito denominado la Plegaria del Caballero, que se sincroniza con las horas canónicas de la Iglesia. Rezaban en momentos específicos del día. Laudes, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. La misa conventual y la liturgia de las horas, pilares esenciales en su vida espiritual.

    9. Prácticas de armas abiertas

      En los castillos de las órdenes militares solían realizarse, en espacios amplios y despejados dentro del recinto fortificado, como el patio de armas. Este era el corazón del castillo, una gran explanada central donde los caballeros entrenaban en combate cuerpo a cuerpo, manejo de espadas, lanzas, arcos y tácticas de formación. Además del patio de armas, algunos castillos contaban con terrazas exteriores o explanadas cercanas que también se usaban para ejercicios ecuestres y simulacros de batalla. Estos entrenamientos eran esenciales para mantener la disciplina y la preparación militar de los caballeros, guerreros altamente entrenados.

    10. Pertenencia a un grupo:

      Es cuando un individuo se siente parte de un conjunto de personas que comparten algo en común: afición, cultura, ideología, actividad o una edad…

    11. Bordón:

      Cayado largo de madera que sirve de apoyo durante el camino y tiene un significado simbólico en la peregrinación. Su uso se remonta a la Edad Media y suele estar coronado por un puño del que cuelga una calabaza.

    12. Limosnera: 

      Típica de la época, era un recipiente sencillo, a menudo de tela o cuero, que servía para llevar la limosna que se recogía de donantes.

    13. Ucronías:

      Relatos que imaginan cómo habría sido la historia si un hecho del pasado hubiera ocurrido de forma diferente. Es decir, son reconstrucciones ficticias de la historia basadas en un punto de divergencia.

    14. La Carola:

      Danza medieval en círculo, acompañada por el canto de los propios bailarines. Aunque no se han conservado partituras específicas, los instrumentos que solían acompañar este tipo de danzas incluían:

      1. Tamboriles: Marcaban el ritmo con golpes constantes.
      2. Flautas dulces: Añadían melodías suaves y fluidas.
      3. Cornamusa: Un instrumento de viento similar a la gaita, con un sonido potente.
      4. Chirimía: Antecesora del oboe, con un timbre agudo y expresivo.
      5. Laúd: Instrumento de cuerda pulsada que aportaba armonía.
      6. Castañuelas: Utilizadas para marcar el ritmo con percusión manual.

    CRONOLOGÍA DE LAS ÓRDENES MILITARES

    Orden de Santiago (1210 – 1300)

    • Justificación: Tras la conquista de Moya por Alfonso VIII de Castilla en 1210, la villa y su castillo fueron entregados a la Orden de Santiago para su defensa y repoblación de la frontera con al-Ándalus. Es el dominio más largo y estable.
    • Evidencia: Documentos reales de donación y confirmaciones posteriores de la posesión Santiaguista.

    Orden de Montesa (1300 – 1304)

    • Justificación: Mediante una bula papal (Sane Considerante) del Papa Bonifacio VIII (11 de julio de 1297), se autorizó al rey Jaime II de Aragón a crear la Orden de Montesa y asignarle los bienes de la disuelta Orden del Temple en la Corona de Aragón. Sin embargo, Jaime II formalizó la cesión de Moya (que era castellana, no aragonesa) a Montesa en 1300, buscando fortalecer esta nueva orden en la frontera.
    • Fecha exacta de finalización:
    • Justificación: La cesión de Moya (territorio castellano) a una orden aragonesa (Montesa), generó un conflicto diplomático entre Castilla y Aragón. Mediante el Tratado de Torrellas (8 de agosto de 1304), que fijaba las fronteras entre ambos reinos, Jaime II de Aragón acordó devolver Moya a Castilla.
    • Evidencia: Bula papal de 1297, documentos reales aragoneses de cesión a Montesa (1300) y texto de la sentencia arbitral del Tratado de Torrellas (1304).

    Fin del dominio directo de las órdenes militares (1304 en adelante).

    • Justificación: Cumpliendo el Tratado de Torrellas, la Orden de Montesa, dejó Moya, que volvió a la Corona de Castilla bajo el rey Fernando IV.
    • A partir de entonces, Moya fue gobernada por señores laicos nombrados por el rey (Señorío de Realengo 7), aunque mantuvo vínculos históricos con Santiago y tuvo Comendadores santiaguistas en su territorio. Nunca más volvió a estar bajo el dominio directo de una orden militar como villa propia.
    • Evidencia: Aplicación del Tratado de Torrellas y aparición de tenentes.

     

    Conflictos que marcaron la región

    • Guerra Civil Castellana (1366–1369): Moya fue escenario de enfrentamientos entre los bandos de Pedro I «el Cruel» (apoyado por Inglaterra) y su hermanastro don Enrique de Trastámara (respaldado por Aragón y Francia). La guerra dejó la zona devastada y sembró el caos institucional. Las órdenes Militares, tanto la Orden de Santiago como la de Calatrava, intentaron hacerse con el control de Moya, aprovechando su valor defensivo y su ubicación clave en las rutas entre Castilla y Aragón.
    • Consecuencias para la población, el auge del bandolerismo. Tras conflictos como la Guerra de los Dos Pedros (1356–1369), muchos soldados y mercenarios quedaron sin paga ni señorío. En la Baja Sierra esto se tradujo en: Grupos armados itinerantes, no eran ejércitos regulares, sino bandas de excombatientes desmovilizados, mercenarios sin contrato.

    BIBLIOGRAFÍA

    1. Alfonso X el Sabio

      Primera Crónica General de España (c. 1270-1284). Fundamental para el contexto político y militar de la Castilla del siglo XIII.

    2. Fuero de Cuenca

      Ed. crítica de Rafael de Ureña y Smenjaud (1935). Base jurídica de la repoblación y organización territorial en la región.

    3. Chronica Latina Regum Castellae:

      Ed. Luis Charlo Brea (1999). Relatos contemporáneos sobre Alfonso VIII y Enrique I.

    4. Martínez Díez, Gonzalo

      Los templarios en los reinos de la Península Ibérica. Ed. Cátedra. (1993).

    5. Ruiz Gómez, Francisco

      Los orígenes de las órdenes militares y la repoblación de los territorios de La Mancha (CSIC, 2003). Análisis del papel de Santiago y Calatrava en la consolidación territorial.

    6. Doménech, M. Ángeles (2005)

      Religiosidad popular y santuarios en la Serranía Baja de Cuenca. Diputación Provincial de Cuenca.

    7. Sánchez Garzón, Alfredo (2006)

      Santuario de la Virgen de Tejeda en Garaballa. Ed. Comarcal.

    8. Llop Domingo, J. V. (1997)

      Ermitas y espiritualidad mariana en el Alto Turia.

    9. Archivo Parroquial de Moya y Libros de Fábrica de Garaballa y Garcimolina

      Contienen referencias a los orígenes legendarios y primeros cultos.

    10. Sanz y Díaz, José

      Historia de la muy noble y leal villa de Moya (Ed. Añil, 1947). Crónica local con documentos sobre Juan González de Roa.

    11. VV. AA. (2011)

      Marianismo rural en la península Ibérica: ritos, caminos y ermitas. Universidad de Castilla-La Mancha.

    12. Vauchez, André

      La espiritualidad del Occidente medieval (Cátedra, 1995). Contexto sobre devociones populares (vírgenes aparecidas, setenarios).

    13. Castro, Caridad, Pepe

      Peregrinos en la España medieval. (Ediciones Nowtilus, 2010). Rutas alternativas, hospederías y simbolismo espiritual.

    14. Almagro Gorbea, Martín

      El castillo de Moya, arqueología de fortaleza medieval (Diputación de Cuenca, 2015). Estudio arquitectónico y estratigráfico del bastión.

    15. Retuerce Velasco, Manuel

      La Serranía Conquense en la Edad Media. Poblamiento y estructura social (AACHE Ed., 2009). Asentamientos como Casas de Garcimolina.

    16. Primera mención documental de «La Casa de García Molina». Censo de pecheros de Carlos I, 1528.

      Tomo I, pág.: 133 https://ine.es/prodyser/pubweb/censo_pecheros/tomo1.pdf

    17. Archivo municipal de Moya, 1380-1400, Pedro López de Ayala

      bub_gb_9-s97PAswgsC.pdf

    18. Real Academia de la Historia

      https://bibliotecadigital.rah.es/es/consulta/registro.do?id=12781

    19. Recursos digitales
      1. https://gw.geneanet.org/foullon?lang=es&n=de+roa&p=juan+gonzalez+de+roa
      2. https://palomatorrijos.blogspot.com/2020/04/juan-gonzalez-de-rosa-senor-de-moya-y-de.html
    20. Documentos de órdenes militares

      Archivo Histórico Nacional (Madrid). Sección órdenes Militares (Santiago, Calatrava).

      1. Pergaminos y cartularios: encomiendas en Cuenca y Moya (siglos XII-XIV).
      2. Consultas sobre posesiones en la zona oriental de Cuenca. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=50989

     

     

    ← Volver

    Gracias por tu respuesta. ✨

     

     

     

     


  • El goteo silencioso

    El goteo silencioso

     

    Despoblación, desarraigo y resistencia en la España rural del siglo XX

     

     

    El caso de Casas de Garcimolina (Cuenca)

     

    Resumen

    Este artículo analiza el proceso de despoblación de la España rural a través del estudio de caso de Casas de Garcimolina, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca. A partir de fuentes orales y documentales, se reconstruyen dos respuestas divergentes ante el vaciamiento territorial: la de Luis Novella Malavia, farmacéutico y archivero que asumió múltiples funciones para mantener viva la comunidad; y la de Raimundo Jiménez Millán, maestro, anarcosindicalista y exiliado que, tras años de itinerancia, intentó echar raíces mediante la construcción de una casa en su tierra natal. El artículo examina además el impacto de la política de concentración escolar impulsada por la Ley General de Educación de 1970, a través del internamiento forzoso de cinco niños de Casas de Garcimolina en la residencia escolar de Carboneras de Guadazaón. Se sostiene que el internamiento obligatorio, lejos de frenar la despoblación, actuó como un catalizador del éxodo al romper los vínculos afectivos de las nuevas generaciones con su territorio. El caso ilustra las contradicciones de una política educativa que, concebida para modernizar el medio rural, contribuyó paradójicamente a vaciarlo.

     

    Palabras clave:

    Despoblación rural, escuela rural, internado, éxodo, España vacía, Ley General de Educación 1970.

     

    Introducción

    La España interior del siglo XX experimentó uno de los procesos de transformación demográfica más intensos de la historia europea. Entre 1950 y 1980, millones de personas abandonaron los pequeños núcleos rurales para dirigirse a las ciudades industriales y a las zonas costeras en busca de trabajo y oportunidades. Este éxodo, impulsado por la mecanización agraria, la industrialización y las expectativas de mejora económica, no fue un cataclismo súbito, sino un goteo silencioso y persistente que fue vaciando los pueblos de la meseta, la serranía y el interior peninsular. Casas de Garcimolina, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca, constituye un ejemplo paradigmático de este proceso: un pueblo que no murió de repente, sino que se fue apagando familia a familia, casa a casa, en una suma de ausencias que dejó las calles cada vez más quietas y las viviendas cada vez más cerradas.

     

    Frente a este vaciamiento

    Los actores locales desplegaron estrategias diversas para combatir el desarraigo. Dos figuras, muy distintas entre sí, encarnan dos formas opuestas de resistencia. Luis Novella Malavia, farmacéutico y archivero de formación, funcionario del Cuerpo de Archiveros con destino en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, decidió volver a Casas de Garcimolina en algún momento de los años veinte o treinta y se convirtió en el pilar que sostenía la vida cotidiana del pueblo: fue farmacéutico, practicante, comadrón, juez municipal, secretario del ayuntamiento, alcalde interino, sacristán, organista y campanero. El segundo, Raimundo Jiménez Millán, nació en el pueblo en 1904, pero emigró con su familia a Valencia en 1913. Maestro de profesión, militante anarcosindicalista, exiliado en Argentina y después en Venezuela, decidió en la posguerra construir una casa en la Umbría, un paraje agreste a las afueras del pueblo, con la esperanza de echar raíces en la tierra que lo vio nacer. Sus historias, aparentemente antitéticas, convergen en un mismo empeño: luchar contra el desarraigo que se llevaba por delante los pueblos de la España interior.

     

    Este artículo se propone analizar:

    A partir de fuentes orales y documentales, las trayectorias de estos dos hombres y el contexto de despoblación en el que se inscribieron. Se examina también el impacto de la política de concentración escolar impulsada por la Ley General de Educación de 1970, que supuso el cierre de escuelas unitarias y el traslado forzoso de los niños a centros comarcales en régimen de internado. El caso de los cinco niños de Casas de Garcimolina internados en Carboneras de Guadazaón en 1972 permite explorar cómo una política concebida para modernizar la educación rural pudo, paradójicamente, acelerar el éxodo al romper los vínculos afectivos de las nuevas generaciones con su tierra.

     

    El vaciamiento silencioso: causas y consecuencias del éxodo rural

    El proceso de despoblación de Casas de Garcimolina no fue un fenómeno excepcional, sino el reflejo de una dinámica que afectó a centenares de municipios de la España interior. La mecanización del campo redujo drásticamente la demanda de mano de obra agrícola; la industrialización concentró el empleo en las ciudades; y las mejoras en el transporte y las comunicaciones facilitaron la movilidad. A estos factores estructurales se sumaron las expectativas de una vida mejor: la ciudad ofrecía educación, sanidad, ocio y oportunidades que el medio rural, cada vez más empobrecido, no podía garantizar.

     

    El éxodo no fue un acontecimiento único

    Sino un goteo sostenido que se prolongó durante décadas. Cada vecino que cerraba su casa y tomaba el camino de Valencia o Barcelona se llevaba consigo algo más que sus pertenencias: se llevaba un oficio, unas risas en la plaza, unos brazos para la siega, un sitio vacío en la iglesia. La marcha de Victoriano Argudo y Marfil Martínez con sus cinco hijos a Barcelona fue uno de los momentos más dolorosos: no se iban dos adultos, sino que desaparecían de golpe cinco niños, cinco voces infantiles, cinco futuros posibles. Aquello fue un punto de inflexión, la constatación de que el goteo podía convertirse en una hemorragia.

    Con la escuela del pueblo cerrada por falta de niños, los pocos chiquillos que quedaban se vieron forzados a desplazarse a Carboneras de Guadazaón en régimen de internado, permaneciendo allí todo el curso y regresando a casa únicamente por Semana Santa y Navidad. Aquella separación forzosa rompía el vínculo cotidiano con los padres y abuelos, impedía la transmisión diaria de los saberes del campo y hacía casi imposible cualquier arraigo afectivo con la tierra. Los niños crecían partidos en dos mundos, sin pertenecer por entero a ninguno. No solo lloraban los niños, también lloraban los padres.

     

    Luis Novella: la resistencia desde la institución

    Luis Novella Malavia representa la figura del hombre polivalente, aquel que, ante la ausencia de servicios básicos, asume múltiples funciones para que la comunidad pueda seguir existiendo. Licenciado en Farmacia por la Universidad Central y funcionario del Cuerpo de Archiveros, estaba destinado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid desde 1918. En algún momento de los años veinte o treinta, decidió regresar a Casas de Garcimolina. Las razones exactas de su retorno se desconocen —quizá una herencia, quizá una decepción, quizá el tirón de la tierra— pero lo cierto es que desde entonces se convirtió en el pilar que sostenía la vida cotidiana del pueblo.

     

    Aunque no ejerció todos estos cargos de manera simultánea

    Sino que los fue alternando a lo largo de los años, su polivalencia era tal que en cualquier ciudad sus funciones se habrían repartido entre diez o doce personas. Solo los oficios de campanero, practicante y asistencia a nacimientos y defunciones fueron perpetuos; el resto de responsabilidades las asumió en diferentes etapas de su vida en el pueblo. Como farmacéutico, ponía los remedios a los enfermos. Practicante y comadrón, atendía los partos y curaba las heridas. Juez municipal, resolvía los pleitos entre vecinos. Secretario del ayuntamiento, llevaba los papeles, los registros y las cuentas. Llegó a ser alcalde interino en abril de 1939, justo al acabar la guerra, y durante un breve tiempo ejerció como jefe local de Falange. Pero, sobre todo, era sacristán perpetuo, organista y campanero: tocaba las campanas para llamar a misa, para avisar de un incendio, para despedir a los muertos. También donó dinero de su bolsillo para restaurar la imagen de San Juan Bautista en 1939.

    Su trayectoria encarna una forma de resistencia silenciosa contra el vaciamiento, la del que se queda y trata de serlo todo para que el pueblo no se apague. Pero su lucha era desigual. Cada vez había menos vecinos a los que atender, menos niños que bautizar, menos pleitos que resolver, menos fieles en misa. Cuando murió, su muerte fue también la de una época. Nadie recogió el testigo de aquella polivalencia imposible. El practicante, sus métodos farmacéuticos, se acabaron. Las campanas dejaron de sonar con regularidad, los papeles del ayuntamiento pasaron a otras manos que ya no eran las de un archivero de Madrid. Su legado es el de la resistencia cotidiana, la del que se queda al pie del cañón, aunque la batalla esté perdida.

     

     

    Raimundo Jiménez: el exiliado que quiso volver

    Del otro lado del espectro vital está Raimundo Jiménez Millán. Nacido en Casas de Garcimolina en 1904, su familia emigró a Valencia cuando él tenía nueve años. Allí cursó estudios primarios y cuatro años en la Escuela Normal, formándose como maestro. Pronto se vinculó al republicanismo y, después, al anarcosindicalismo. Para escapar del servicio militar y de la dictadura de Primo de Rivera, se exilió en Argentina en 1924. En Buenos Aires trabajó como linotipista, se afilió a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y colaboró en el diario anarquista La Protesta. Regresó a España hacia 1930 y se entregó a la reorganización del Sindicato Único de Artes Gráficas de la CNT en Valencia. Durante la República y la Guerra Civil, militó, organizó y combatió.

    Terminada la contienda, en lugar de emprender el exilio como tantos otros, tomó una decisión que revela su carácter: decidió quedarse y construirse una casa en la Umbría, un paraje agreste de 26 hectáreas a las afueras del pueblo, con un caz de agua, pero sin luz ni saneamiento. La casa se levantó entre 1941 y 1942, en plena posguerra, bajo la alcaldía de Enrique Rodríguez. La construyó el cantero Ángel Martínez Millán, otro represaliado que había vuelto a escondidas del frente. Aquella vivienda, modesta por fuera, encerraba detalles que dejaban entrever el mundo interior de Raimundo: tenía un sistema de pozas que recogía el agua del azud, creando un pequeño remanso donde los chiquillos se bañaban en verano —algo inaudito en aquella comarca de secano— y algunas paredes interiores estaban decoradas con cenefas de cerámica valenciana, un lujo que ninguna otra casa de la zona tenía. Era el gesto de un hombre que había viajado, que conocía otro mundo, y que quería plantar en su tierra natal una semilla de belleza y modernidad.

     

    Pero la realidad política era un muro.

    Raimundo no se limitó a construir su casa: siguió metido en la lucha clandestina. Formó parte del primer Comité Nacional de la CNT en la clandestinidad, fabricó documentación falsa para sacar a compañeros del campo de concentración de Albatera y fue detenido en junio de 1940. Lo juzgaron en un consejo de guerra en noviembre de 1941. Salió absuelto —se rumorea que gracias a sus contactos con el falangista José Antonio Girón de Velasco— pero la presión policial no lo dejaba vivir. En los años cincuenta se exilió definitivamente en Venezuela. Allí siguió militando en la CNT de Caracas y publicó, bajo el seudónimo de «Ramón de las Casas», el libro testimonial Réquiem a mis amigos fusilados (1975). Murió en Caracas en 1978, sin haber vuelto a pisar la Umbría.

    Su casa, hoy en ruinas y expoliada, sigue en pie con sus ventanas vacías mirando al monte, como un cenotafio que espera a un cuerpo que nunca regresó de Venezuela. Es, al mismo tiempo, el testimonio del sueño de arraigo de un hombre y la metáfora de un pueblo que se vació.

     

     

    El internado como catalizador del éxodo: el caso de los niños de Casas de Garcimolina (1972)

    La política de concentración escolar impulsada por la Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa, estableció la escolaridad obligatoria hasta los catorce años y promovió la agrupación de alumnos de varias localidades en centros más grandes, con el objetivo de garantizar una enseñanza «más eficaz». Para hacer viable esta concentración en el medio rural, el Estado creó los Colegios Rurales Agrupados (CRA) y las residencias escolares o «escuelas-hogar», destinadas a alojar a los alumnos de las aldeas más pequeñas que carecían de escuela. Su propósito declarado era evitar el desarraigo que supondría enviar a los niños a internados en las capitales de provincia.

    En la práctica, sin embargo, esta política tuvo consecuencias devastadoras. En 1972, Casas de Garcimolina se quedó sin escuela y sin maestro. Los cinco niños que aún quedaban —tres niñas y dos niños— fueron enviados, sin consultarles ni prepararlos, al Colegio Rural Agrupado Miguel de Cervantes de Carboneras de Guadazaón, en régimen de internado. Manolo Sánchez Plá, que entonces tenía doce años, era uno de ellos. Sus padres ya habían emigrado a Barcelona, y aquel curso sería el último que pasaría en la tierra antes de reunirse con ellos.

     

    El testimonio de Manolo

    Recogido en los trabajos de memoria histórica de Garcimolina.net, revela la brutalidad del desarraigo. Todos eran niños rurales, criados entre montañas, para quienes la capital del mundo era Landete, y que jamás habían visto un edificio de más de tres plantas. De repente, se vieron arrancados de sus casas y confinados en una residencia escolar, lejos de todo lo conocido, sin que nadie les preguntara si querían ir. El internado no era el colegio, sino un edificio aparte gestionado por funcionarias del Estado. Cada mañana, los internos cruzaban el pueblo para asistir a clase, donde se mezclaban con los niños de Carboneras. La rutina —horarios, normas y silencios impuestos— se convirtió para Manolo en una máquina que engullía su infancia.

    Los responsables del centro

    Intentaban paliar la ausencia de los padres con actividades lúdicas, deportivas y culturales. Manolo encontró un refugio en el fútbol, llegando a formar parte de un equipo que compitió a nivel regional. Eran, en sus palabras, «pequeñas ventanas de libertad en un encierro emocional». En el plano material, no recuerda haber pasado hambre: la residencia cubría las necesidades básicas y cada domingo entregaban una paga semanal de diez pesetas. Pero el internado también albergaba su lado oscuro. Entre los alumnos se formaban grupos de poder, y los más fuertes ejercían el acoso sobre los más débiles. Manolo no fue víctima directa, pero la tensión del ambiente, el miedo a los mayores y la sensación de indefensión marcaron su memoria más que cualquier otra cosa.

    Lo que realmente dolió no fue el estómago, sino el alma: la orfandad de cariño, la extrañeza de un entorno ajeno, la impotencia de no poder volver a casa cada tarde. Manolo terminó el curso y, al llegar junio, sus padres lo reclamaron en Barcelona. Nunca regresó a Carboneras. De los cinco niños, solo José Luis Sáiz volvió al internado al curso siguiente.

     

    En la vecina población de Algarra

    Otro niño vivió una experiencia similar que, por su desenlace, merece ser mencionada. José Manuel Huerta García, que con el tiempo llegaría a ser alcalde de Algarra, fue el único niño de su pueblo escolarizado en Carboneras de Guadazaón en régimen de internado. A mitad de curso, tomó una decisión que cambiaría su vida: se escapó. En un acto de determinación impropio de su edad, cogió el coche en línea —el transporte público que unía los pueblos de la comarca— y se fue a Landete, donde residía su tía. Allí se refugió, continuó su escolarización en el colegio de Landete, y nunca regresó al internado. Su gesto, apenas un acto de rebeldía infantil, fue también una declaración de principios: prefería la incertidumbre de una vida con su familia, aunque fuera en casa de su tía, antes que la seguridad material de un internado que le negaba el calor del hogar.

    La literatura sobre las escuelas-hogar confirma que estas instituciones, a pesar de sus buenas intenciones, generaban con frecuencia situaciones de sufrimiento. Como señala Pérez Segura, la escolarización en escuelas-hogar supuso para muchos niños «la segregación» de su entorno familiar y comunitario. La separación forzosa de los padres a edades tempranas, con apenas dos visitas al año, provocaba un profundo desgarro emocional. El caso de Casas de Garcimolina y la fuga de José Manuel Huerta ilustran cómo el internamiento obligatorio, lejos de contribuir a la fijación de la población rural, actuó como un acelerante del éxodo. Al desvincular a los niños de su tierra y disuadir a las familias de permanecer en el pueblo, la concentración escolar contribuyó paradójicamente a intensificar la despoblación que pretendía combatir.

     

    La pequeña primavera de los años setenta y el regreso a Landete

    A principios de los años setenta, sin embargo, algo sucedió que pareció dar un respiro al pueblo. José y Julián Montesinos, así como Gerardo, regresaron a Casas de Garcimolina para quedarse con sus respectivas familias. Los pequeños volvieron a correr por las calles, y el sonido de los juegos infantiles se mezcló otra vez con el viento de la sierra. Y lo que es más importante: estos niños no se fueron internos a Carboneras, sino que se escolarizaron en Landete. A diferencia del internado, la escuela de Landete permitía el regreso diario a casa. Cada tarde, los chiquillos desandaban el camino y volvían a sus hogares, a merendar con sus padres, a hacer las tareas al calor de la estfa de leña, a escuchar las historias de los abuelos.

    Ese sencillo hecho —el regreso cada tarde— fue la clave que sostuvo la vida cotidiana durante aquella pequeña primavera. Porque no se trataba solo de que hubiera niños, sino de que los niños estaban presentes, cada día, llenando las casas y las calles, aprendiendo a querer lo que sus padres querían. Era el arraigo en su forma más pura: la vida compartida bajo el mismo techo, sin maletas a mitad de semana. Aquella primavera fue breve, porque las fuerzas que empujaban hacia las ciudades eran demasiado poderosas. Pero demostró que la presencia de niños era el pulso de la comunidad —sin ellos, no había futuro— y que el regreso diario al hogar, en lugar del internado, era un factor decisivo para fijar a las familias al terreno. También demostró que la semilla plantada por quienes, aun marchándose, mantuvieron casa y vínculos con el pueblo —como Raimundo Jiménez— podía germinar en la generación siguiente.

     

     

    Conclusión: lo que hoy queda

    Luis Novella Malavia y Raimundo Jiménez Millán no se parecían en casi nada. Uno era un hombre de orden, culto, polivalente, arraigado a las instituciones que sostenían la vida pueblerina. El otro era un rebelde itinerante que había recorrido medio mundo persiguiendo un ideal y que, al final, solo quería un pedazo de tierra donde descansar. Pero los dos compartieron un mismo empeño: luchar contra el desarraigo que se llevaba por delante los pueblos de la España interior. El primero lo hizo desde dentro, siendo el farmacéutico, el juez y el sacristán de un pueblo que se le iba muriendo entre las manos. El segundo lo hizo desde la distancia del exiliado, construyendo con sus propias manos —y las de un cantero represaliado— una casa que era una declaración de intenciones: «Aquí quiero quedarme».

    Ninguno de los dos ganó la batalla. Pero sus historias, sus actos concretos, nos explican mejor que cualquier estadística por qué los pueblos se vaciaron y qué se perdió en el camino. La casa de la Umbría sigue allí, como la memoria de don Luis sigue en la tradición oral de los mayores. Son los dos pilares de una misma historia que aún espera ser contada.

     

    El tiempo, sin embargo, no se detuvo.

    Hoy, el paisaje que rodea Casas de Garcimolina cuenta en silencio la historia de un abandono aún más profundo que el de las casas. Los caminos y veredas que durante siglos recorrieron pastores, tratantes, niños camino de la escuela y mujeres camino de la fuente, han desaparecido bajo la maleza o se han borrado por falta de pisadas. La mayoría de las estructuras hídricas que con tanto esfuerzo levantaron los antepasados —caces, azudes y canalizaciones que regaban los huertos— están secas o derruidas. Apenas quedan cuatro personas regando sus huertos, y casi el cien por cien de las tierras de secano están abandonadas. Donde antes hubo bancales labrados, hoy hay esparto y aliagas. Es la última capa del goteo: no solo se fueron las personas, sino que con ellas se apagó el pulso que mantenía vivo el territorio.

    El caso de Casas de Garcimolina no es excepcional, sino paradigmático de lo que ocurrió en cientos de pueblos de la España rural. La política de concentración escolar, aplicada sin contemplar las especificidades del medio rural ni el coste humano del desarraigo, contribuyó a vaciar aún más los pueblos que decía querer salvar. El internamiento forzoso, al romper los vínculos afectivos de los niños con su tierra, actuó como un catalizador silencioso del éxodo. Y la lucha de hombres como Luis Novella y Raimundo Jiménez, aunque fracasada en términos demográficos, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva: la de quienes, desde la institución o desde la rebeldía, se negaron a aceptar que el silencio fuera el único destino posible para los pueblos de la España vacía.

     

     

    Nota aclaratoria

    Este artículo forma parte del trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por: garcimolina.net. La investigación se ha basado en fuentes documentales primarias (archivos militares, actas municipales, procedimientos sumarísimos) y en los testimonios recogidos en la tradición oral de la comarca. No obstante, somos conscientes de que la información aquí volcada puede ser incompleta o mejorable.

    Agradecemos profundamente a la Asociación de Vecinos de la Peña el Pardo su intermediación, su confianza y su impulso para que estos nombres y estas historias no sigan en el olvido. Sin su colaboración, este trabajo no habría sido posible.

    Invitamos a cuantas personas, familiares, investigadores o vecinos dispongan de documentación, fotografías, cartas, expedientes o testimonios orales que puedan complementar, matizar o corregir estos artículos a que se pongan en contacto con nosotros a través del correo electrónico. mailto:garcimolinaasociacion@gmail.com. Toda aportación será bienvenida y debidamente contrastada para seguir construyendo entre todos una memoria más justa y veraz.

     

    Bibliografía

    Álvarez Álvarez, Carmen. «Revisión de la política de concentración escolar y cierre de escuelas rurales en la zona norte». Cabás. Revista Internacional sobre Patrimonio Histórico-Educativo, núm. 30 (2023): 145-162. https://doi.org/10.35072/CABAS.2023.26.10.009.

    Decreto 400/1962, de 22 de febrero, sobre agrupación de escuelas y direcciones de grupo escolar. BOE de 9 de marzo de 1962.

    Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa. BOE núm. 187, de 6 de agosto de 1970.

    Pérez Segura, Francisco. «Las escuelas Hogar (de la segregación a la «inclusión» educativa del alumnado de población ultra diseminada)». Dialnet, 2009.

    «Raimundo Montesinos: un hombre adelantado a sus tiempos». Garcimolina.net, 28 de noviembre de 2020. https://garcimolina.net/divulgacion/memoria-historica/raimundo-montesinos-un-hombre-adelantado-a-sus-tiempos/.

    Santamaría Luna, Rafael. «Un poco de historia de la escuela rural en España». Escuela Rural.net, s.f.

    STE-CLM. «Especial «CRA»: Centros Rurales Agrupados en Castilla-La Mancha». Revista Informativa del STE-CLM, 2019.

    Testimonios orales de Eugenio Verdad Seguí, Carmen Montesinos Jiménez, Isabel Montesinos, Manolo Sánchez Plá, Pilar Sáiz y José Luis Sáiz, vecinos de Casas de Garcimolina, recogidos por el autor.

     


  • ESCUELA DE VERANO

    Fecha: 23-Junio-2026 17:16

    Categoría: Info General


    El Ayuntamiento informa a todos los vecinos y vecinas que, al igual que el año pasado y debido a la excelente acogida obtenida, este verano volveremos a poner en marcha la Escuela de Verano,un espacio de aprendizaje, diversión y convivencia durante las vacaciones estivales.

    La Escuela de Verano está dirigida a niños, niñas y jóvenes de entre 3 y 16 años, y se desarrollará en la Sala de Internet de la localidad, donde los participantes podrán disfrutar de actividades educativas, lúdicas y de ocio adaptadas a cada edad.

    📅 Fechas: del 20 de julio al 14 de agosto
    🕙 Horario: de 10:00 a 14:00 horas
    📍 Lugar: Sala de Internet de Casas de Garcimolina
    👧🧒 Edad de participación: de 3 a 16 años

    Desde el Ayuntamiento animamos a todas las familias a participar en esta actividad, que supone una excelente oportunidad para que los más jóvenes disfruten del verano, hagan nuevos amigos y desarrollen sus capacidades en un entorno seguro, educativo y divertido.

    Para más información, pueden dirigirse al Ayuntamiento.

    ¡Aprende, juega y haz nuevos amigos este verano! ☀️🏖️📚


    Fuente: Ver bando original


  • NUEVOS SERVICIOS DE TRANSPORTE

    Fecha: 23-Junio-2026 16:49

    Categoría: Info General


    El Ayuntamiento de Garcimolina informa a todos los vecinos y vecinas de que, a partir de hoy, 23 de junio, han entrado en funcionamiento importantes mejoras en el transporte público de nuestra comarca dentro del PLAN X CUENCA.

    Con esta actuación se pretende facilitar los desplazamientos entre los municipios de la zona, mejorar la conexión con la ciudad de Cuenca y acercar servicios esenciales a los habitantes del medio rural.

    Nueva línea de autobús VCM-080

    Desde hoy, 23 de junio, está operativa la nueva línea VCM-080, que mejorará las comunicaciones de nuestro municipio con otras localidades de la comarca y con la capital provincial.

    Nuevo servicio de Transporte a Demanda

    También desde hoy, se pone en marcha el servicio de Transporte a Demanda de la Serranía Baja, una herramienta que permitirá a los vecinos disponer de un servicio de transporte flexible adaptado a sus necesidades.

    Para consultar más información sobre horarios, rutas y funcionamiento de los servicios, pueden dirigirse al Ayuntamiento o consultar la página web de la empresa concesionaria: www.rubiocar.es.

    Esperamos que estas mejoras contribuyan a facilitar la movilidad de todos los vecinos y ayuden a seguir mejorando la calidad de vida en nuestro municipio.


    Fuente: Ver bando original


  • Las andas procesionales de San Juan Bautista

     Las andas procesionales de San Juan Bautista

     

     

    Historia, encargo y fabricación de una obra de posguerra

     

    Resumen

    El presente artículo reconstruye la historia de las andas procesionales de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina (Cuenca).

    Un objeto litúrgico que, pese a su aparente modestia, condensa las vicisitudes de una comunidad rural durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra.

    Se documenta la existencia de unas segundas andas, ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta, que se habían deteriorado, y se analiza el proceso de encargo y fabricación de las andas actuales, realizadas por Pepito Illescas en el taller hidráulico del molino de Chinejo. A partir de fuentes orales —especialmente el testimonio de Eugenio Verdad Seguí— y de la documentación conservada en el archivo municipal y en Garcimolina.net, se examinan las circunstancias técnicas, sociales y simbólicas que rodearon su creación, así como las anécdotas que han tejido su memoria colectiva.

    Se concluye que las andas constituyen no solo un soporte material para la devoción, sino un documento histórico de la capacidad de resiliencia de una comunidad que, pese a la fractura social y la penuria, supo recomponer su patrimonio simbólico.

     

    Palabras clave: andas procesionales, imaginería rural, posguerra, memoria oral, Casas de Garcimolina, San Juan Bautista.

     

    Introducción

    Las andas procesionales son, en la tradición católica, estructuras de madera diseñadas para transportar imágenes devocionales durante las celebraciones litúrgicas. Más allá de su función práctica, constituyen un elemento central de la teatralidad procesional, elevando la imagen sobre la multitud y subrayando su carácter sacro. En el contexto de la España rural, las andas adquieren además una significación social: son el resultado de la colaboración comunitaria, el fruto del trabajo artesano local y un testimonio de la continuidad de las tradiciones.

    El caso de las andas de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina es particularmente revelador. Su historia, marcada por la destrucción bélica y la reconstrucción en la posguerra, refleja las tensiones y las contradicciones de una comunidad que, como tantas otras en la Serranía Baja de Cuenca, vivió la Guerra Civil como una fractura profunda y la posguerra como un lento y penoso proceso de recomposición. Las andas actuales, ejecutadas por Pepito Illescas en el taller hidráulico del molino de Chinejo, no son un mero objeto litúrgico: son un documento histórico que condensa la memoria de la destrucción, la habilidad artesana y la voluntad de permanencia de una comunidad.

    Este artículo se propone reconstruir, a partir de fuentes orales y documentales, la historia completa de las andas de San Juan Bautista: desde las segundas andas, ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta, a la recepción de la nueva talla y las primeras destruidas durante la guerra, hasta el encargo y la fabricación de las andas actuales, pasando por las anécdotas y los testimonios que han tejido su memoria colectiva.

     

     

    Las segundas andas: Lorenzo Montesinos Huerta y la tradición artesana

    Antes de la Guerra Civil, la imagen de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina procesionaba sobre unas andas de difícil datación. Las nuevas, ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta, un artesano local del que, desgraciadamente, apenas se conservan datos biográficos. La tradición oral, recogida en los archivos de Garcimolina.net, señala que Montesinos Huerta era un carpintero de reconocido prestigio en la comarca, autor de diversas obras de mobiliario litúrgico y doméstico.

    Las andas de Montesinos Huerta, como las que hoy se conservan, debían de ser una estructura de madera robusta, pero ejecutadas con prisas, con materiales de poca consistencia y austeramente trabajada, propia de la imaginería rural de la Serranía Baja. Su diseño, seguramente, combinaba funcionalidad y ornamentación devocional, con molduras sencillas y una peana que permitía realzar la imagen del santo durante la procesión. Hemos de tener presente que se fabricaron en Garcimolina, después de la guerra, sin medios; solo se disponía de la Asturiana de corte manual, lento, irregular y con prisas por el encargo de la nueva talla que se tenía que recepcionar de Valencia.

    Las primigenias andas, junto con el resto del patrimonio religioso de la localidad, fueron destruidas durante la Guerra Civil. Como se documenta en Las semillas de la tejería, las imágenes religiosas fueron retiradas de la iglesia y quemadas en el paraje de La Tejería, a las afueras del pueblo. Las andas, muy probablemente, corrieron la misma suerte: o fueron pasto de las llamas o fueron utilizadas como leña en los campamentos militares que ocuparon la iglesia durante la contienda. No se conserva ninguna descripción detallada de aquellas primeras andas, pero su existencia atestigua la vitalidad de una tradición artesana que, pese a la destrucción, encontraría la manera de renacer.

     

     

    El contexto de la posguerra: la reconstrucción del patrimonio religioso

     

    La nueva talla de San Juan Bautista (1939)

    Terminada la guerra, la comunidad de Casas de Garcimolina emprendió la tarea de reconstruir su patrimonio religioso. La imagen de San Juan Bautista, que había ardido en La Tejería, debía ser repuesta. Para ello, se encargó una nueva talla al imaginero valenciano Joaquín Torno Catalán, quien la ejecutó en 1939.

    La nueva imagen, tallada en madera policromada, representa a San Juan Bautista de joven, con el brazo derecho alzado en gesto de proclamación y la mano izquierda sosteniendo la cruz con el estandarte (filacteria), que lleva la inscripción ECCE AGNVS DEI («He aquí el Cordero de Dios»). Viste túnica de piel clara ceñida con cuerda, manto rojo, y lleva un cordero a sus pies. La peana original de la imagen —con su moldura dorada y el conjunto floral que la acompaña— se integraría más tarde en las nuevas andas.

    La documentación conservada en el archivo municipal da cuenta del esfuerzo económico que supuso este encargo. Entre mayo y septiembre de 1939, en el denominado «Año de la Victoria», se llevó a cabo una recaudación entre los vecinos para financiar la nueva imagen. Este esfuerzo colectivo, en un contexto de extrema penuria, revela la importancia que la devoción a San Juan tenía para la comunidad y su voluntad de restaurar lo que la guerra había destruido.

     

    El taller hidráulico de Pepito Illescas y la ejecución de las andas

    La elección de Pepito Illescas como artesano encargado de las nuevas andas no fue fortuita, sino que respondió a un conjunto de circunstancias personales, familiares y técnicas que lo situaban en una posición privilegiada para abordar un encargo de esta naturaleza. Las anteriores, ya degradadas y queradas, debían ser sustituidas. Para comprender plenamente esta elección, es necesario reconstruir, a partir de la tradición oral transmitida por Eugenio Verdad Seguí y de los documentos conservados en Garcimolina.net, la biografía de Illescas y su vinculación con el contexto bélico y la posguerra.

     

     

    Pepito Illescas en el contexto de la Guerra Civil

    Durante la Guerra Civil, Illescas estuvo vinculado a las fuerzas republicanas que operaban en la retaguardia de la Serranía Baja. Una compañía republicana, encargada de la construcción de las trincheras en el cerro de la Solana Morocha (también documentada como La Moracha), estableció su campamento base en el recinto de la iglesia de Casas de Garcimolina. Este espacio, desacralizado, albergaba las cocinas, la fragua para el templado de metales y las caballerizas de la unidad. Allí trabajaban tanto soldados como vecinos contratados para las labores de fortificación.

    Pepito Illescas formaba parte de este entorno, no como militar, sino como vecino y hombre de oficio. Su habilidad con los metales y la madera lo hacía especialmente útil en un contexto donde la fragua y las herramientas eran esenciales para el mantenimiento del equipo militar. Aunque no existen registros escritos que detallen su participación, la tradición oral lo sitúa en aquellos años como un hombre habituado al trabajo duro y a las condiciones extremas de la retaguardia.

     

    Lazos familiares y acceso al molino de Chinejo

    La vida de Pepito Illescas estuvo marcada por dos matrimonios que, de manera sucesiva, lo vincularon profundamente con la comunidad y le proporcionaron los recursos necesarios para su actividad artesana.

    En primeras nupcias

    Illescas contrajo matrimonio con Polonia, hija de la tía Evarista y hermana de Sebastián. Este enlace lo arraigó en el pueblo, pero también estuvo teñido de tragedia: Polonia falleció en el parto de su hijo, un acontecimiento que la memoria colectiva ha conservado como una de las pérdidas más dolorosas de la posguerra. El hijo huérfano fue criado por el tío Félix y la tía Victoriana, convirtiéndose en un vínculo más entre Illescas y la red familiar de Garcimolina.

    En segundas nupcias,

    Se casó con Antonia Martínez, hija del tío Luis de Chinejo. Este segundo matrimonio resultó decisivo para su carrera artesana, ya que le proporcionó acceso al molino de Chinejo, una infraestructura hidráulica de propiedad familiar que, hasta entonces, había estado vinculada principalmente a la actividad molinera. El molino, situado entre los municipios de Casas de Garcimolina y Santo Domingo de Moya, era un ingenio que aprovechaba la fuerza del agua para mover las piedras de moler. Su existencia no está documentada en el Catastro de Ensenada de 1752; luego se deduce que es muy posterior, ya en el siglo XIX.

    Gracias a su relación con la familia de Chinejo, Illescas pudo adaptar el molino para albergar una carpintería hidráulica equipada con una sierra y dos tornos de madera, todo ello movido por la energía del agua. Esta tecnología, excepcional en la comarca, le permitía trabajar la madera con una precisión y una capacidad de producción que estaban muy por encima de las herramientas manuales convencionales. La fuerza hidráulica impulsaba la sierra para el corte longitudinal de tablones y los tornos para el torneado de elementos decorativos —como los pináculos y las molduras— que requerían un acabado cuidadoso.

     

    El encargo de las andas y el proceso de fabricación

    El contexto de posguerra, marcado por la penuria de recursos y la necesidad de reconstruir el patrimonio religioso, propició que la comunidad de Casas de Garcimolina recurriera a Illescas para la ejecución de las nuevas andas, las terceras. La elección fue natural: ningún otro artesano de la comarca disponía de una infraestructura tecnológica comparable. El taller de Chinejo, con su sierra y sus tornos hidráulicos, era el único lugar donde se podía abordar un trabajo de precisión y envergadura como la construcción de unas andas procesionales.

    No existen documentos escritos que formalicen el encargo, pero la tradición oral —recogida por Eugenio Verdad Seguí— señala que la iniciativa partió de la comunidad, probablemente impulsada por la necesidad de reponer el ajuar procesional destruido durante la guerra. El proceso de fabricación, que debió extenderse durante varios meses, implicó varias fases:

    Aserrado de la madera:

    Utilizando la sierra hidráulica, Illescas cortó la madera oscura —probablemente nogal o quejigo— en las dimensiones adecuadas para la estructura rectangular de las andas.

    Torneado de los elementos decorativos:

    En los tornos movidos por el agua, dio forma a los cuatro pináculos dorados de las esquinas, así como a las molduras que decoran los bordes y la peana central.

    Ensamblaje y acabado:

    Una vez preparadas todas las piezas, Illescas procedió al ensamblaje, asegurando la solidez de la estructura mediante ensambles de cola de milano y refuerzos metálicos. El acabado incluyó el dorado de molduras y pináculos, así como el pulido de los varales laterales para el porte manual.

    Integración de la peana original:

    Un detalle técnico y simbólico de especial relevancia fue la decisión de integrar en la nueva plataforma la peana original de la imagen de San Juan Bautista —la talla de Joaquín Torno Catalán— con su moldura dorada y el conjunto floral que la acompaña. Este gesto, que revela una voluntad de continuidad y de respeto por la tradición, permitió que la imagen quedara visiblemente elevada y destacada sobre las andas, facilitando su contemplación durante la procesión.

     

    El taller como espacio de vida cotidiana

    Más allá de su función productiva, el taller hidráulico de Chinejo se convirtió, durante los años de la posguerra, en un lugar de atracción para los niños nacidos durante la contienda (1937-1939). Para aquellos pequeños que crecían en un mundo sin radio, sin prensa y sin televisión —medios de comunicación que no llegarían a la Serranía Baja hasta décadas después—, el taller ofrecía un espectáculo fascinante: el movimiento rítmico de la sierra movida por la fuerza del agua, el giro de los tornos, el olor a madera recién cortada y el sonido metálico de las herramientas al trabajar. Era el divertimento analógico de la posguerra, un entretenimiento que ocupaba las horas muertas de aquellos niños que, habiendo nacido entre guerras, represiones y penurias, encontraban en la observación del trabajo artesano una ventana a un mundo de orden, precisión y creatividad.

    La afluencia de los niños al molino de Chinejo no era meramente casual. En un contexto de aislamiento cultural y de carencia de estímulos lúdicos, el taller se convertía en un espacio de aprendizaje informal y de socialización. Los pequeños observaban cómo Pepito Illescas transformaba la madera en formas útiles y bellas, y adquirían, sin saberlo, un conocimiento tácito de los oficios tradicionales que estaba destinado a desaparecer con la llegada de la industrialización.

     

    Significado del taller y del encargo

    El taller hidráulico de Chinejo representa, en el contexto de la posguerra, un ejemplo excepcional de adaptación tecnológica y de resiliencia comunitaria. La energía del agua, que durante siglos había movido las piedras del molino, se puso ahora al servicio de la devoción, transformando la fuerza de la naturaleza en un instrumento para la reconstrucción simbólica del patrimonio religioso.

    Pepito Illescas, con su habilidad artesana y su taller único, encarna esta capacidad de recomposición. Su obra, las andas de San Juan Bautista, no es solo un objeto litúrgico, sino un documento histórico que condensa la memoria de la destrucción —las segundas andas de Lorenzo Montesinos Huerta, ya degradadas— y la voluntad de estabilidad de una comunidad que, pese a las adversidades, supo encontrar en el trabajo artesano y en la devoción un lenguaje para expresar su continuidad.

     

    El taller de Chinejo: tecnología hidráulica al servicio de la devoción

     

    El molino de Chinejo

    El molino de Chinejo, situado entre los municipios de Casas de Garcimolina y Santo Domingo de Moya, era un ingenio hidráulico con una larga historia. Su existencia no está documentada en el Catastro de Ensenada de 1752, luego es posterior, ya en el siglo XIX.

    En el siglo XX, el molino había sido adaptado para albergar no solo la actividad molinera, sino también una carpintería equipada con una sierra y dos tornos de madera. Esta maquinaria, movida por la energía hidráulica, permitía trabajar la madera con una precisión y una capacidad de producción que estaban fuera del alcance de los talleres manuales convencionales.

    El taller de Chinejo, por tanto, representaba una excepción tecnológica en una comarca donde la mayoría de los procesos artesanales se realizaban manualmente. La carpintería hidráulica permitía a Illescas abordar cambios de cierta complejidad, como la ejecución de unas andas procesionales, que requerían un trabajo de precisión en la madera y un acabado cuidadoso.

     

    La ejecución de las andas: técnica y estética

     

    Los materiales y la técnica

    Las andas ejecutadas por Pepito Illescas están construidas en madera oscura, probablemente nogal o roble, especies de madera dura que garantizan la solidez y la durabilidad necesarias para soportar el peso de la imagen y el esfuerzo del porte manual durante la procesión.

    El trabajo de Illescas, realizado en el taller hidráulico de Chinejo, debió de implicar varias fases. En primer lugar, el aserrado de la madera, utilizando la sierra movida por la fuerza del agua, sin las irregularidades de las tablas de la asturiana: sierra manual de arco, con bastidor de madera y hoja tensada, utilizada tradicionalmente para cortar tablas en los talleres de carpintería; en segundo lugar, el torneado de los elementos decorativos —como los pináculos y las molduras—, utilizando los tornos del taller; y, finalmente, el ensamblaje y el acabado, que incluía el dorado de las molduras y los pináculos.

    El uso de la energía hidráulica permitía a Illescas trabajar la madera con una precisión que hubiera sido difícil de alcanzar con herramientas manuales. Las molduras doradas, los pináculos y los varales laterales requerían un corte y un pulido cuidadosos, que la maquinaria del molino facilitaba.

     

    La descripción técnica y estética

    Las andas, que se conservan en la actualidad, presentan las siguientes características, según la documentación disponible en Garcimolina.net:

    • Estructura: rectangular, de madera oscura, con molduras doradas en los bordes y esquinas reforzadas.
    • Decoración: cuatro pináculos dorados en las esquinas, coronados por flores naturales (rosas rojas y blancas), que aportan simetría y solemnidad.
    • Base: peana central donde se asienta la imagen, con moldura dorada y superficie elevada sobre el plano de las andas. En esta peana se integra la peana original de la talla de Joaquín Torno Catalán, con su moldura dorada y el conjunto floral.
    • Elementos florales: dispuestos en macetas o jarrones pequeños, con predominio de rosas rojas y claveles blancos, símbolo respectivamente de la pasión y del martirio, así como de la pureza de San Juan Bautista.
    • Sistema de transporte: dos varales laterales de madera, robustos y pulidos, que permiten el porte manual por los creyentes durante la procesión.
    • Estilo: tradicional y sobrio, propio de la imaginería rural de la Serranía Baja; combina funcionalidad y ornamentación devocional.

    La disposición de las andas, con la peana original integrada en la plataforma, permite que el santo aparezca visiblemente destacado y elevado, facilitando su contemplación por los fieles. La sobriedad del diseño, sin concesiones al barroquismo, es coherente con la estética de la imaginería rural de posguerra, marcada por la penuria de medios y la funcionalidad.

     

    Anécdotas y memoria colectiva en torno a las andas

     

    El testimonio de Eugenio Verdad Seguí

    La historia de las andas ha sido preservada fundamentalmente por la vía oral. El testimonio de Eugenio Verdad Seguí, recogido en los archivos de Garcimolina.net, constituye la fuente principal para reconstruir la biografía de Pepito Illescas y las circunstancias del encargo. Verdad Seguí, nacido y vinculado a la localidad por lazos familiares, ha actuado como depositario y transmisor de la memoria colectiva, proporcionando datos precisos sobre el taller del molino de Chinejo, la tecnología hidráulica empleada y las vicisitudes familiares de Illescas.

    Según el testimonio de Verdad Seguí, el encargo de las andas fue una iniciativa comunitaria, impulsada por la necesidad de reponer el ajuar procesional destruido durante la guerra. La elección de Illescas, con su taller hidráulico en Chinejo, fue natural: era el artesano más cualificado de la comarca para un trabajo de esta envergadura.

     

     

    Los niños y el taller de Chinejo

    Uno de los aspectos más evocadores de la historia de las andas es el papel que el taller de Chinejo jugó en la vida cotidiana de los niños de la posguerra. Para aquellos que nacieron durante la contienda —en los años 1937, 1938 y 1939—, el taller era un lugar de fascinación y entretenimiento. Sin radio, sin prensa y sin televisión, la observación del trabajo artesano era uno de los pocos divertimentos disponibles.

    Los niños acudían al molino para ver cómo la sierra movida por el agua cortaba la madera, cómo los tornos daban forma a las piezas y cómo Pepito Illescas transformaba la materia prima en objetos útiles y bellos. Era, como se ha dicho, el divertimento analógico de la posguerra, un entretenimiento que, sin pretenderlo, transmitía a las nuevas generaciones un conocimiento tácito de los oficios tradicionales.

     

    El recuerdo de la fabricación

    La tradición oral ha conservado también algunos detalles sobre el proceso de fabricación de las andas. Se dice que Illescas trabajó en ellas durante varios meses, dedicando especial atención a los detalles decorativos —los pináculos, las molduras, la integración de la peana original— y a la solidez de la estructura, que debía soportar el peso de la imagen y el esfuerzo del porte manual.

    Los vecinos, según el testimonio de Verdad Seguí, seguían con interés el avance de los trabajos. La ejecución de las andas era un acontecimiento comunitario, un signo de que la vida volvía a la normalidad después de la guerra. Cuando las andas estuvieron terminadas, fueron trasladadas a la iglesia y colocadas bajo la imagen de San Juan Bautista, donde han permanecido desde entonces.

     

    Significado y función en la devoción local

     

    Las andas como soporte de la procesión

    Las andas no son un mero soporte técnico; constituyen un elemento central de la teatralidad procesional. Al elevar la imagen sobre la plataforma, la destacan visualmente por encima de la multitud, facilitando su contemplación por los fieles y subrayando su carácter sacro. La disposición de las andas transmite solemnidad y continuidad con la tradición local, integrando la talla de Torno Catalán en un dispositivo escénico que potencia su mensaje iconográfico.

    Durante la procesión de San Juan, que se celebra el 24 de junio, la imagen es portada por los fieles sobre las andas, en un recorrido que incluye las calles del pueblo y los parajes de los alrededores. El esfuerzo del porte manual, que requiere la colaboración de varios hombres, refuerza el carácter comunitario de la celebración.

     

    Las andas como documento histórico

    Desde una perspectiva material, las andas constituyen un documento histórico excepcional. No solo por su calidad técnica y estética, sino por el contexto de su producción y por los significados que encarnan. La elección de Pepito Illescas como artesano, el uso del molino de Chinejo como taller y la decisión de reintegrar la peana original de la talla en la nueva plataforma hablan de una voluntad de continuidad, de una búsqueda de restituir el vínculo interrumpido con el pasado.

    Pero al mismo tiempo, las andas son testimonio de la brecha abierta por la guerra. La madera oscura y el oro de las molduras no borran el recuerdo de las llamas de La Tejería; los pináculos coronados por rosas y claveles no ocultan el silencio cómplice de quienes, en aquellos años difíciles, vieron arder el patrimonio de su comunidad. La procesión de San Juan, con su solemnidad y su bullicio, es también un acto de reparación simbólica, una manera de volver a poner en su lugar lo que la guerra desgarró.

     

    El taller de Chinejo como símbolo de la resiliencia

    La historia de las andas es también la historia de la resiliencia de una comunidad. En un contexto de penuria extrema, la comunidad de Casas de Garcimolina fue capaz de movilizar recursos para reponer su patrimonio religioso. El taller hidráulico de Chinejo, alimentado por la fuerza del agua, se convirtió en un agente de reconstrucción simbólica, transformando la energía de la naturaleza en un instrumento al servicio de la devoción.

    Pepito Illescas, con su habilidad artesana y su taller excepcional, encarna esta capacidad de recomposición. Su obra, las andas de San Juan Bautista, ha sobrevivido a las décadas y sigue cumpliendo su función litúrgica, como testimonio de la continuidad de una tradición que se niega a desaparecer.

     

    Conclusiones

    Las andas procesionales de San Juan Bautista de Casas de Garcimolina son mucho más que un objeto litúrgico. Constituyen un testimonio material de la historia de la localidad, forjado en el crisol de la Guerra Civil y la posguerra. Su historia, que se inicia con las segundas andas ejecutadas por Lorenzo Montesinos Huerta y destruidas durante la contienda, y continúa con el encargo y la fabricación de las andas actuales por Pepito Illescas en el taller hidráulico del molino de Chinejo, revela la capacidad de una comunidad rural para movilizar sus recursos —humanos, tecnológicos y simbólicos— en un contexto de extrema adversidad.

    La integración de estas andas en el dispositivo procesional, junto con la talla de Joaquín Torno Catalán, contribuye a la construcción de una identidad devocional que trasciende la mera religiosidad para convertirse en un acto de afirmación comunitaria. La sobriedad de su factura, la funcionalidad de su diseño y la continuidad de su uso a lo largo de décadas atestiguan la pervivencia de una tradición que, pese a la fractura social y la despoblación, ha logrado mantener su vigencia.

    Las anécdotas que rodean su creación —los niños que acudían al molino de Chinejo para ver el trabajo de Illescas, el seguimiento comunitario del proceso de fabricación, la transmisión oral de la memoria a través del testimonio de Eugenio Verdad Seguí— enriquecen nuestra comprensión de este objeto y nos recuerdan la importancia de las fuentes orales para la reconstrucción del pasado rural. La historia de las andas, como la de tantos otros objetos de la cultura material de la Serranía Baja, es una historia de destrucción y reconstrucción, de pérdida y memoria, de una comunidad que, pese a todo, sigue encontrando en la devoción un lenguaje para expresar su continuidad y su deseo de permanencia.

     

    Bibliografía

     

    Nota aclaratoria

    Este artículo forma parte del trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por garcimolina.net. La investigación se ha basado en fuentes documentales primarias (archivos militares, actas municipales, procedimientos sumarísimos) y en los testimonios recogidos en la tradición oral de la comarca. No obstante, somos conscientes de que la información aquí volcada puede ser incompleta o mejorable.

    Agradecemos profundamente a la Asociación de Vecinos de la Peña el Pardo su intermediación, su confianza y su impulso para que estos nombres y estas historias no sigan en el olvido. Sin su colaboración, este trabajo no habría sido posible.

    Invitamos a cuantas personas, familiares, investigadores o vecinos dispongan de documentación, fotografías, cartas, expedientes o testimonios orales que puedan complementar, matizar o corregir estos artículos, a que se pongan en contacto con nosotros a través del correo electrónico. mailto:garcimolinaasociacion@gmail.com. Toda aportación será bienvenida y debidamente contrastada para seguir construyendo entre todos una memoria más justa y veraz.

     

    De conformidad con lo establecido

    En el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) 2016/679 y la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales (LOPDGDD). Informamos que cualquier persona mencionada en estos artículos, o sus familiares o representantes legales, podrá ejercer los derechos de acceso, rectificación, supresión, oposición, limitación del tratamiento y portabilidad de sus datos personales, así como a solicitar la anulación o matización de la información publicada si se considera inexacta, desfasada o perjudicial para su honor o intimidad. Para ello, bastará con enviar un escrito debido a la dirección de correo electrónico indicada, identificando el artículo y la concreta información que se desea revisar. Atenderemos todas las solicitudes con la máxima celeridad y el debido respeto a la normativa vigente.

     

    Estos artículos son documentos vivos: susceptibles de ser corregidos, ampliados o matizados a la luz de nuevas evidencias documentales o de nuevos testimonios. La memoria histórica no se construye de una vez para siempre, sino que se enriquece con cada aportación y se corrige con cada error detectado.

     

     


  • Los del Pozanco lanzan ‘Oda al huerto’ en YouTube y agradecen el apoyo de la Serranía Baja

    El sello independiente Morrogorrino Records anuncia el lanzamiento del nuevo single de Los del Pozanco, titulado Oda al huerto. Aunque la publicación en Spotify se demorará unos días, el tema ya puede escucharse en el canal oficial de YouTube de la banda, donde está cosechando las primeras reacciones del público.

    Grabado en enero, el estreno se ha retrasado por una compleja coyuntura: el conflicto en Irán afectó la distribución internacional, y las obligadas labores de recogida de la almendra y el cuidado del huerto mantuvieron a los músicos volcados en sus tierras hasta bien entrada la primavera. Ahora, por fin, la canción ve la luz.

    Oda al huerto llega para refrendar el éxito de su primer single, que logró sonar en emisoras de toda la geografía nacional y puso a la banda en el foco del panorama independiente. Con su mezcla de raíces rurales y arreglos actuales, el nuevo corte promete emocionar tanto a sus seguidores como a los nuevos oyentes.

    Además, el grupo ha querido dedicar unas palabras de agradecimiento sincero: «El calor que nos ha llegado desde otros pueblos de la Serranía Baja nos ha animado en estos meses de espera. Saber que nuestra música resuena en las plazas y los huertos vecinos es el mejor empujón para seguir creando». Este reconocimiento a su comarca refuerza el carácter comunitario y auténtico de la banda.

    Desde Morrogorrino Records invitan a disfrutar ya del videoclip en YouTube y recuerdan que en los próximos días el single estará disponible en Spotify y el resto de plataformas. La espera, aseguran, habrá valido la pena.

     


Sobre nosotros

El objetivo es impulsar la participación y el desarrollo del asociacionismo, entre las personas mayores de Casas de Garcimolina y su entorno.

 

A veces, la parte más difícil de encontrar el éxito, es reunir el coraje para comenzar.

 

Las personas provechosas no miran hacia atrás para ver quién los observa, solo al frente y sus metas.

 

Síguenos

← Volver

Gracias por tu respuesta. ✨

Suscríbete a nuestro boletín de correo electrónico

“No digas poco en muchas palabras, sino mucho en pocas.” — Pitágoras —

 
Suscribirse
La  Asociación de Vecinos y Mayores «Peña el Pardo» colabora económicamente con los gastos necesarios para mantener garcimolina.net