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Prevención de Incendios en Castilla-La Mancha: Guía de restricciones
La Consejería de Desarrollo Sostenible de Castilla-La Mancha ha establecido mediante la Orden 76/2026, de 26 de mayo, un estricto régimen de limitaciones en terrenos forestales y en la franja de 400 metros alrededor de núcleos urbanos. Estas medidas entran en vigor durante la época de máximo riesgo de incendios, del 1 de junio al…
Local social, antiguo Horno
Este espacio trata de ser un punto de encuentro de todas las personas interesadas en el desarrollo social, cultural y económico de la localidad.
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El Eco de las Espadas

Introducción y publicación por entregas:
«EL ECO DE LAS ESPADAS»
Asociación de personas mayores Peña el Pardo
Revista Histórica y Cultural
«Entre la piedra y la fe, una fortaleza escribe su destino»
Bien fallados seades, leedores, en aqueste viage que passa por los siglos et torna los sones d’aquella sazon en que la fe, el açero et la cobdicia texieron el fado d’un regno. En los cartapacios que agora se siguen, damos el primer recreo de «El Eco de las Espadas», estoria que se arraiga en la Baxa Edat Media de Castiella, en aquellas terras bravas et de frontera que oy dia son llamadas Castiella-La Mancha.
Bienvenidos, lectores, a un viaje que atraviesa los siglos y resucita los ecos de una época donde la fe, el acero y la ambición tejieron el destino de un reino. En las páginas que siguen, presentamos el primer adelanto de «El Eco de las Espadas», una novela histórica que sumerge sus raíces en la Baja Edad Media castellana, en ese territorio agreste y fronterizo que hoy conocemos como Castilla-La Mancha.

Inicio del camino de la Vera, 1347 ¿Qué secretos guardan las murallas del castillo de Moya?
En un mundo donde las órdenes militares —Santiago y Calatrava— pugnaban por el control de rutas sagradas y tierras baldías, un hombre, Juan González de Roa, «el mozo» (noble de segundo rango, no de alta nobleza, s. XV). Con su presencia en Moya (ficcionada s. XIV), como un encargo real temporal «por orden de Alfonso XI, para control en las zonas rurales de la Mancha y el valle del Tajo, de los mudéjares», como comisionado regio y labores de alcaide. Carga sobre sus hombros el peso de una misión imposible: sostener la unidad de su gente mientras el reino se fractura. Su historia, rigurosamente documentada, pero narrada con la pasión de la ficción, es el hilo que nos guía a través de intrigas palaciegas, batallas espirituales y la silenciosa resistencia de los peregrinos que, bajo la sombra de la Ruta de la Vera Cruz, buscaban redención.
¿Por qué desapareció un pueblo entero?
La lucha entre estos muros, las intrigas, la devoción mariana —encarnada en vírgenes aparecidas como la de Tejeda o Santerón— se entrelaza con leyendas templarias nunca confirmadas, pero imposibles de erradicar. Aquí, los setenarios de siete días (ya modernos), consagraban la fe en ermitas perdidas, mientras los campesinos y ganaderos de la heredad de la casa de labor de Casas de Garcimolina, (hoy apenas un eco en los archivos), labraban su supervivencia entre el olvido y la repoblación.
Una trama coral,1 un misterio histórico
Esta obra, estructurada como un tapiz de voces —caballeros, artesanos, peregrinos como el misterioso Herminio, cuyo mimbre simboliza la fragilidad humana—, alterna, eventos históricos verificables con relatos íntimos que desafían el tiempo. ¿Qué ocurrió realmente entre 1284 y 1292?, ¿Moya fue arrasada y sus emblemas borrados?, o no. ¿Por qué la Orden de Santiago perdió el control frente a Calatrava? Y, sobre todo, ¿quién traicionó a quién?
En esta primera entrega, descubrirán:
- El Castillo de Moya: bastión entre dos mundos, donde el viento aún susurra las plegarias de los caídos.
- La sombra de los Templarios: aunque no hay pruebas de su presencia, su herencia late en rituales y símbolos.
- La emboscada en el nogueral: un joven caballero, Álvaro, enfrentará su primera prueba de sangre en defensa de los peregrinos.
«El Eco de las Espadas» no es solo una novela: es una invitación a caminar por senderos olvidados, donde cada piedra, cada documento rescatado del silencio (como el Censo de Pecheros de Carlos I que menciona por primera vez a Garcimolina), nos habla de un mundo que creíamos perdido.
Queridos lectores, os invitamos a un viaje por los caminos olvidados de la Serranía Baja conquense, donde la historia y la leyenda se entrelazan en cada piedra. «El Eco de las Espadas» no es solo una novela histórica: es una puerta abierta a ese territorio agreste y fronterizo que se extiende entre las despobladas sierras de Moya, los venerados santuarios de Santerón y Algarra, y las humildes aldeas y casas de labores, como Garcimolina, Santo Domingo o Fuentelespino de Moya, resistieron el paso de los siglos.
¿Reconocéis estos parajes?
Quizá os suenen sus nombres, evocadores y misteriosos, como ecos de un pasado que aún late en fuentes escondidas, en ruinas de ermitas y en senderos que serpentean entre sabinares. Esta es la tierra que pisaron los caballeros de Calatrava y Santiago, donde los peregrinos de la Ruta de la Veracruz buscaban refugio, y donde pastores y labriegos tallaron su existencia entre la devoción y la supervivencia.
El Castillo de Moya, erguido sobre su cerro como un centinela de piedra, domina este paisaje áspero y bello. Desde sus almenas se divisan las torres de vigía y los caminos que llevan a Santerón, con su ermita mariana rodeada de leyendas; a Algarra y su castillo, donde las romerías tejían comunidad, y a esos pequeños mundos —Las casas de labor y corrales de García Molina, Santo Domingo, Fuente del Espino—, cuyas fuentes y majadas fueron testigos mudos de historias cotidianas y extraordinarias.
¿Qué secretos guardan estos andurriales?
En «El Eco de las Espadas», cada lugar tiene su voz:-
La casa de García Molina, una simple heredad o casa de labor, perdida en los documentos, que esconde la tenacidad de quienes repoblaron estas tierras.
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Los bosques de nogueras, pinos y sabinas, donde bandidos y peregrinos se cruzaban en noches de luna menguante.
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Las fuentes y lavaderos, puntos de encuentro donde se compartían noticias, temores, anhelos y esperanzas.
Esta es una historia de frontera, donde lo sagrado y lo profano se mezclan: las apariciones de vírgenes en encinares, los setenarios (ya muy modernos para esta historia), en ermitas aisladas, y las luchas entre órdenes militares por controlar no solo tierras, sino almas.
¿Por qué importa hoy esta historia?
¿Por qué estos parajes? —aunque hoy algunos sean apenas un recuerdo— moldearon la identidad de una región. En sus piedras, en sus documentos y en su tradición oral, encontramos las raíces de una resistencia callada: la de quienes, como el señor don Juan González de Roa, el peregrino Herminio o el caballero Álvaro, eligieron la lealtad a sus ideales frente a la conveniencia.En esta primera entrega, descubriréis:
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El Castillo de Moya en su esplendor, cuando sus muros albergaban tanto a señores como a pastores.
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La ermita de Santerón, faro espiritual en un territorio peligroso.
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La granja de Garcimolina, ejemplo de cómo la vida se abría paso, incluso en tiempos de guerra.
«El Eco de las Espadas» es una invitación a recorrer, con rigor histórico y pulso narrativo, esos lugares que, aunque os suenen lejanos, son parte de vuestra memoria. Porque la historia no solo se escribe en grandes ciudades, sino también en estos rincones donde el viento aún susurra nombres como Moya, Santerón, Algarra y Garcimolina …
¿Están preparados para oír el eco?
ACCESO A LOS CAPÍTULOS
Introducción del autor
Prólogo
PRIMERA PARTE FICCIONADA
I: El castillo de Moya
II: La sombra de la rivalidad
III: La conformación del poder
IV: La llegada de los peregrinos
V: La victoria de la fe
SEGUNDA PARTE NOVELADA
1. El inicio del viaje, abril de 1347
2. Herminio, el peregrino del mimbre
3. La huella del caminante
4. La nueva misión de Herminio en Moya
5. Reflexiones del camino
6. Una tradición perdurable
7. Un ciclo de enseñanza y aprendizaje
8. Una nueva era, preceptos del Mimbre y el Mimbrito
9. Nuevas generaciones y su propio camino
10. La obra de Herminio
11. Nuevos horizontes
12. Reflexiones en el umbral
13. El regreso de Herminio
14. Los canastos de la memoria
15. Semillas de esperanza
16. Una marca que perdura
17. Los caballeros de la luz
FIN
EPÍLOGO
Nota del editor:
Esta obra ha sido investigada con fuentes primarias, desde crónicas medievales hasta registros arqueológicos del cerro de Moya. Cada entrega irá acompañada de un anexo con bibliografía histórica para los lectores más exigentes.
Para no ser reiterativos, se han publicado todas las fuentes consultadas de un sola vez, al pie del documento, es la bibliografía total de la novela.
Ilustraciones y grabados que aparecen en la publicación:
Basados en las técnicas pictóricas de Jan Van Eyck (c. 1390-1441):
Maestro flamenco y pionero de la pintura al óleo en el Renacimiento nórdico. Es reconocido como una de las figuras fundacionales de la pintura occidental y máximo representante de la escuela flamenca del siglo XV. Su dominio técnico y conceptual revolucionó el arte europeo, especialmente mediante el perfeccionamiento de la pintura al óleo, lo que le permitió alcanzar cotas de realismo y simbología sin precedentes.
Características estilísticas y aportaciones técnicas
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Hiperrealismo y precisión óptica:
- Van Eyck elevó la técnica al óleo mediante el uso de capas translúcidas (glacis), lo que facilitó la recreación de texturas minuciosas en telas, metales, joyas y superficies naturales.
- Su tratamiento de la luz, con gradaciones sutiles y sombras articuladas, confería volumen tridimensional y profundidad espacial a sus composiciones.
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Simbología compleja y narrativa visual:
- Integró en sus obras un repertorio de elementos simbólicos (espejos, frutas, animales, inscripciones) que operaban como capas de significado adicional, a menudo vinculadas a temas religiosos, morales o sociopolíticos.
- Obras como El matrimonio Arnolfini (1434) son estudiadas por su densa carga alegórica y su capacidad para documentar la cultura material de la época.
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Innovaciones técnicas y firmas autógrafas:
- Perfeccionó la estabilidad y brillo de los pigmentos al óleo, superando las limitaciones del temple al huevo predominante hasta entonces.
- Sus obras frecuentemente incluían inscripciones como «Als ik kan» (“Con lo que puedo”), reflejando una conciencia autoral innovadora para su tiempo.
Legado e influencia
Van Eyck sentó las bases estéticas del Renacimiento nórdico e influyó en artistas como Hans Memling, El Bosco y, posteriormente, en maestros del Barroco. Su obra marca la transición definitiva del Gótico internacional hacia un naturalismo empírico que anticipó desarrollos posteriores en Europa.
Conexión con reconstrucciones históricas y culturales
La estética de Van Eyck resulta singularmente adecuada para recreaciones visuales de escenarios medievales y protomodernos, tales como:
- Escenas de vida cotidiana y poder señorial (ej.: el Castillo de la Moya o figuras como Gonzalo de Roa).
- Entornos rurales y simbología sacra (ej.: peregrinos, cruces, arados y utensilios como cestos y canastos).
- Narrativas históricas ambientadas en espacios como Santerón o el personaje del Zurdo, donde el detalle realista y la carga simbólica enriquecen la comunicación.
Su capacidad para integrar precisión documental con profundidad conceptual permite que las imágenes no solo ilustren, sino que interpreten contextos históricos, reforzando el axioma de que “una imagen vale más que mil palabras” en la divulgación del patrimonio cultural.
PIE DE PÁGINA
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Narrativa coral:
Se refiere a un enfoque de narración donde la historia se relata por medio de diferentes voces o narradores, en vez de apoyarse en un solo punto de vista. Cada personaje, comúnmente desempeñándose como el personaje principal, proporciona una perspectiva singular de los acontecimientos, lo cual facilita la elaboración de una narración polifónica y enriquecida por la diversidad de experiencias y emociones. Este enfoque fomenta una interpretación más exhaustiva y minuciosa de la historia, dado que los sucesos se presentan desde múltiples puntos de vista, lo cual realza la complejidad y la autenticidad de la narrativa.
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Fungir:
Desempeñar un empleo, cargo o función. “Desempeñar una función, a veces sin tener el nombramiento preceptivo”.
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Setenarios:
Agrupaciones simbólicas de siete elementos en contextos espirituales o teológicos, destacando la relevancia del número siete, como símbolo de plenitud y perfección. Tradición cristiana, mística medieval; estas estructuras organizaban conceptos clave en grupos de siete, mostrando un marco para la reflexión y el crecimiento espiritual.
- Los siete dones del Espíritu Santo: Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
- Las siete virtudes: fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
- Los siete pecados capitales: Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.
- Las siete bienaventuranzas: Interpretadas a partir del Sermón del Monte.
- Las siete peticiones del Padrenuestro: Cada una se considera un antídoto espiritual frente a los pecados o debilidades humanas.
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Orden del Temple:
Conocida como los Caballeros Templarios. Fundada en 1119 por Hugo de Payns tras la Primera Cruzada, su misión original era proteger a los peregrinos cristianos en Tierra Santa.
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Los pecheros:
Eran individuos pertenecientes al tercer estamento en la España del régimen antiguo, no pertenecientes a la nobleza ni al clero, y estaban obligados a abonar tributos directos a la Corona española. El término viene de “pecho” o “pecha” (tributos medievales). Principalmente, eran agricultores, artesanos y residentes de villas, cuya situación tributaria no se basaba en su riqueza, sino en su obligación de contribuir.
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Alfoz:
Se trataba de un término de la era medieval que se utilizaba para referirse a un territorio rural bajo la jurisdicción de una villa principal, en el que se congregaban diversas aldeas. Poseía responsabilidades fiscales, judiciales y militares, desempeñando un papel crucial durante la Reconquista.
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Señorío de realengo:
Tierras bajo control directo del rey, en contraposición a las tuteladas por nobles o la Iglesia, el monarca podía concederlas por merced o venta.
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Vísperas:
Los miembros de la Orden de Santiago practicaban un rito denominado la Plegaria del Caballero, que se sincroniza con las horas canónicas de la Iglesia. Rezaban en momentos específicos del día. Laudes, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. La misa conventual y la liturgia de las horas, pilares esenciales en su vida espiritual.
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Prácticas de armas abiertas
En los castillos de las órdenes militares solían realizarse, en espacios amplios y despejados dentro del recinto fortificado, como el patio de armas. Este era el corazón del castillo, una gran explanada central donde los caballeros entrenaban en combate cuerpo a cuerpo, manejo de espadas, lanzas, arcos y tácticas de formación. Además del patio de armas, algunos castillos contaban con terrazas exteriores o explanadas cercanas que también se usaban para ejercicios ecuestres y simulacros de batalla. Estos entrenamientos eran esenciales para mantener la disciplina y la preparación militar de los caballeros, guerreros altamente entrenados.
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Pertenencia a un grupo:
Es cuando un individuo se siente parte de un conjunto de personas que comparten algo en común: afición, cultura, ideología, actividad o una edad…
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Bordón:
Cayado largo de madera que sirve de apoyo durante el camino y tiene un significado simbólico en la peregrinación. Su uso se remonta a la Edad Media y suele estar coronado por un puño del que cuelga una calabaza.
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Limosnera:
Típica de la época, era un recipiente sencillo, a menudo de tela o cuero, que servía para llevar la limosna que se recogía de donantes.
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Ucronías:
Relatos que imaginan cómo habría sido la historia si un hecho del pasado hubiera ocurrido de forma diferente. Es decir, son reconstrucciones ficticias de la historia basadas en un punto de divergencia.
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La Carola:
Danza medieval en círculo, acompañada por el canto de los propios bailarines. Aunque no se han conservado partituras específicas, los instrumentos que solían acompañar este tipo de danzas incluían:
- Tamboriles: Marcaban el ritmo con golpes constantes.
- Flautas dulces: Añadían melodías suaves y fluidas.
- Cornamusa: Un instrumento de viento similar a la gaita, con un sonido potente.
- Chirimía: Antecesora del oboe, con un timbre agudo y expresivo.
- Laúd: Instrumento de cuerda pulsada que aportaba armonía.
- Castañuelas: Utilizadas para marcar el ritmo con percusión manual.
CRONOLOGÍA DE LAS ÓRDENES MILITARES
Orden de Santiago (1210 – 1300)
- Justificación: Tras la conquista de Moya por Alfonso VIII de Castilla en 1210, la villa y su castillo fueron entregados a la Orden de Santiago para su defensa y repoblación de la frontera con al-Ándalus. Es el dominio más largo y estable.
- Evidencia: Documentos reales de donación y confirmaciones posteriores de la posesión Santiaguista.
Orden de Montesa (1300 – 1304)
- Justificación: Mediante una bula papal (Sane Considerante) del Papa Bonifacio VIII (11 de julio de 1297), se autorizó al rey Jaime II de Aragón a crear la Orden de Montesa y asignarle los bienes de la disuelta Orden del Temple en la Corona de Aragón. Sin embargo, Jaime II formalizó la cesión de Moya (que era castellana, no aragonesa) a Montesa en 1300, buscando fortalecer esta nueva orden en la frontera.
- Fecha exacta de finalización:
- Justificación: La cesión de Moya (territorio castellano) a una orden aragonesa (Montesa), generó un conflicto diplomático entre Castilla y Aragón. Mediante el Tratado de Torrellas (8 de agosto de 1304), que fijaba las fronteras entre ambos reinos, Jaime II de Aragón acordó devolver Moya a Castilla.
- Evidencia: Bula papal de 1297, documentos reales aragoneses de cesión a Montesa (1300) y texto de la sentencia arbitral del Tratado de Torrellas (1304).
Fin del dominio directo de las órdenes militares (1304 en adelante).
- Justificación: Cumpliendo el Tratado de Torrellas, la Orden de Montesa, dejó Moya, que volvió a la Corona de Castilla bajo el rey Fernando IV.
- A partir de entonces, Moya fue gobernada por señores laicos nombrados por el rey (Señorío de Realengo 7), aunque mantuvo vínculos históricos con Santiago y tuvo Comendadores santiaguistas en su territorio. Nunca más volvió a estar bajo el dominio directo de una orden militar como villa propia.
- Evidencia: Aplicación del Tratado de Torrellas y aparición de tenentes.
Conflictos que marcaron la región
- Guerra Civil Castellana (1366–1369): Moya fue escenario de enfrentamientos entre los bandos de Pedro I «el Cruel» (apoyado por Inglaterra) y su hermanastro don Enrique de Trastámara (respaldado por Aragón y Francia). La guerra dejó la zona devastada y sembró el caos institucional. Las órdenes Militares, tanto la Orden de Santiago como la de Calatrava, intentaron hacerse con el control de Moya, aprovechando su valor defensivo y su ubicación clave en las rutas entre Castilla y Aragón.
- Consecuencias para la población, el auge del bandolerismo. Tras conflictos como la Guerra de los Dos Pedros (1356–1369), muchos soldados y mercenarios quedaron sin paga ni señorío. En la Baja Sierra esto se tradujo en: Grupos armados itinerantes, no eran ejércitos regulares, sino bandas de excombatientes desmovilizados, mercenarios sin contrato.
BIBLIOGRAFÍA
-
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Primera Crónica General de España (c. 1270-1284). Fundamental para el contexto político y militar de la Castilla del siglo XIII.
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Fuero de Cuenca
Ed. crítica de Rafael de Ureña y Smenjaud (1935). Base jurídica de la repoblación y organización territorial en la región.
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Chronica Latina Regum Castellae:
Ed. Luis Charlo Brea (1999). Relatos contemporáneos sobre Alfonso VIII y Enrique I.
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Martínez Díez, Gonzalo
Los templarios en los reinos de la Península Ibérica. Ed. Cátedra. (1993).
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Ruiz Gómez, Francisco
Los orígenes de las órdenes militares y la repoblación de los territorios de La Mancha (CSIC, 2003). Análisis del papel de Santiago y Calatrava en la consolidación territorial.
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Doménech, M. Ángeles (2005)
Religiosidad popular y santuarios en la Serranía Baja de Cuenca. Diputación Provincial de Cuenca.
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Sánchez Garzón, Alfredo (2006)
Santuario de la Virgen de Tejeda en Garaballa. Ed. Comarcal.
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Llop Domingo, J. V. (1997)
Ermitas y espiritualidad mariana en el Alto Turia.
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Archivo Parroquial de Moya y Libros de Fábrica de Garaballa y Garcimolina
Contienen referencias a los orígenes legendarios y primeros cultos.
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Sanz y Díaz, José
Historia de la muy noble y leal villa de Moya (Ed. Añil, 1947). Crónica local con documentos sobre Juan González de Roa.
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VV. AA. (2011)
Marianismo rural en la península Ibérica: ritos, caminos y ermitas. Universidad de Castilla-La Mancha.
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Vauchez, André
La espiritualidad del Occidente medieval (Cátedra, 1995). Contexto sobre devociones populares (vírgenes aparecidas, setenarios).
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Castro, Caridad, Pepe
Peregrinos en la España medieval. (Ediciones Nowtilus, 2010). Rutas alternativas, hospederías y simbolismo espiritual.
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Almagro Gorbea, Martín
El castillo de Moya, arqueología de fortaleza medieval (Diputación de Cuenca, 2015). Estudio arquitectónico y estratigráfico del bastión.
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Retuerce Velasco, Manuel
La Serranía Conquense en la Edad Media. Poblamiento y estructura social (AACHE Ed., 2009). Asentamientos como Casas de Garcimolina.
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Primera mención documental de «La Casa de García Molina». Censo de pecheros de Carlos I, 1528.
Tomo I, pág.: 133 https://ine.es/prodyser/pubweb/censo_pecheros/tomo1.pdf
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Archivo municipal de Moya, 1380-1400, Pedro López de Ayala
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Real Academia de la Historia
https://bibliotecadigital.rah.es/es/consulta/registro.do?id=12781
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Recursos digitales
- https://gw.geneanet.org/foullon?lang=es&n=de+roa&p=juan+gonzalez+de+roa
- https://palomatorrijos.blogspot.com/2020/04/juan-gonzalez-de-rosa-senor-de-moya-y-de.html
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Documentos de órdenes militares
Archivo Histórico Nacional (Madrid). Sección órdenes Militares (Santiago, Calatrava).
- Pergaminos y cartularios: encomiendas en Cuenca y Moya (siglos XII-XIV).
- Consultas sobre posesiones en la zona oriental de Cuenca. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=50989
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Fiestas de Garcimolina 2026

Lunes 3
- 13:00 – Misa en honor a San Juan + Pregón + Banda Unión Musical Santa Cecilia de Landete
- 18:30 – Tardeo: música en la barra para celebrar el inicio de fiestas
- 20:00 – Bingo Musical en la plaza
Martes 4
- 11:00 – Inicio de Campeonatos (bolos, guiñote y parchís). Apúntate en la barra.
- 12:00 – Juegos de agua: música y diversión en la plaza
- 13:00 – Fiesta de la espuma en la plaza
- 18:30 – Gincana infantil. Apúntate con tu grupo en la barra.
- 21:00 – Cena Hot Dog
- 22:00 – Orquesta de acordeones de la ciudad de Cuenca (cortesía de la Asociación de Jubilados)
Miércoles 5
- 9:00 – Yoga al aire libre. Nos encontraremos en el Pozanco.
- 13:00 – Concurso de Croquetas (indica si son aptas para celíacos, veganos, etc.)
- 19:00 – Jotas en la plaza
- 22:00 – Garcimolina´s Got Talent. Apúntate en la barra (solo, pareja o grupo).
Jueves 6
- 12:00 – Taller de camisetas. Trae tu camiseta para personalizar.
- 19:00 – Chocolatá en la plaza
- 23:00 – Gran verbena con Grupo Nexus + DJ Lujan. Bingo en el descanso y cena de respón a las 4:00.
Viernes 7
- 18:00 – Cabalgata de disfraces (¡habrá premios!). No olvides tu mejor disfraz.
- 22:00 – Cena de cazadores
Sábado 8
- 13:30 – Misa en honor a San Miguel
- 14:30 – Caridad en la plaza, amenizada con canciones populares, vino y mucha diversión.
- 19:00 – Gincana +18. Apúntate con tu grupo en la barra.
- 19:00 – Baile del farolillo + Grupo Delorean (temática chonis y canis de los 2000). No olvides tu complemento.
Domingo 9
- 14:00 – Paella en la plaza (no olvides tu ticket)
- 19:00 – Partido solterxs contra casadxs
- 22:00 – Cena de sobaquillo en la plaza
- 23:00 – Fin de fiestas y entrega de premios

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Testimonio de Manolo Sánchez Plá

Introducción
La memoria reciente de un pueblo solo perdura cuando quienes la vivieron deciden nombrarla. El testimonio que el lector tiene ante sí —redactado íntegramente por Manolo Sánchez Plá, protagonista directo de los hechos narrados— constituye un acto de generosidad y de responsabilidad histórica. Nuestra intervención como asociación se limita a ofrecer la plataforma de comunicación y custodia documental que permite que su voz quede preservada y accesible para todos. La experiencia, las emociones y las palabras pertenecen exclusivamente a Manolo, al niño de doce años que en 1972 afrontó el desarraigo impuesto por el cierre de la escuela de Casas de Garcimolina y su marcha forzosa al internado de Carboneras de Guadazaón.
Este relato no es una reconstrucción académica ni una crónica oficial: es memoria viva, nacida de la vivencia y sostenida por la sinceridad de quien se atreve a recordar sin adornos. En su escritura se reconoce la verdad de la vida rural, esa verdad que tantas veces supera a la ficción y que, sin embargo, corre el riesgo de diluirse si no se transmite a tiempo. Cada detalle —las despedidas, los miedos, la convivencia, la soledad de los domingos, el regreso al pueblo— forma parte de un patrimonio emocional que merece ser conservado para las generaciones futuras.
Desde la Asociación Peña el Pardo
Creemos firmemente que la memoria colectiva se construye desde la participación popular, desde la voz de quienes vivieron los cambios, las ausencias, las pequeñas alegrías y las grandes incertidumbres. Por ello, invitamos a todos los vecinos, antiguos habitantes y descendientes de Garcimolina a compartir sus recuerdos, por modestos que parezcan. No es necesario narrar grandes hazañas: basta con contar la vida tal como fue, con sus luces y sus sombras, porque en esa autenticidad reside la fuerza de nuestra identidad común.
Cada testimonio que recibimos —como el de Manolo— contribuye a que nuestras raíces no se pierdan en el silencio. Nos ayuda a comprender quiénes fuimos, qué perdimos y qué seguimos defendiendo. Y, sobre todo, nos recuerda que la historia de un pueblo no se escribe solo en los archivos oficiales, sino en la memoria de su gente.
Que estas líneas sirvan como invitación a la reflexión y como llamamiento a la colaboración comunitaria. La memoria de Garcimolina es un bien compartido: cuidémosla juntos, para que nunca vuelva a quedar a merced del olvido.

Testimonio de Manolo Sánchez Plá
Sobre el éxodo rural de Garcimolina por el cierre de la escuela del pueblo y su marcha forzosa al internado, en la Escuela Hogar de Carboneras de Guadazaón
En junio de 1972 se informó a las familias y a los niños de Casas de Garcimolina, que la escuela pública de educación primaria se cerraba y que, si querían seguir cursando estudios en la escuela pública, tenían que continuar en la Escuela Hogar de Carboneras de Guadazaón, o bien buscarse escolarización por su cuenta en otros pueblos o ciudades.
Todos éramos conscientes de que, si hubiéramos terminado la educación primaria en el pueblo y quisiéramos continuar estudios superiores de Bachillerato o Universitarios, nos tendríamos que marchar fuera del pueblo. En mi caso, recuerdo que pensaba estudiar Ingeniería Agrónoma en la Universidad Laboral de Cheste (Valencia), con la ilusión de poder aplicar los conocimientos en las tierras del pueblo; es decir, mi idea era continuar para siempre en el pueblo.
Lo desagradable del asunto
Es que, dada la edad de las niñas y niños menores de trece años al marchar a un internado, se marca de forma muy clara el desarraigo con el pueblo y las familias. No es lo mismo marchar a una residencia o piso de estudiantes con dieciocho años, que a un internado con doce.
Con esta nueva situación, se aceleraba de forma definitiva el éxodo de personas de Casas de Garcimolina. El pueblo, se quedaría sin niños mientras durara el curso escolar de educación primaria.
El caso de las tres niñas (Montse, Pili, Felisa) y dos niños (José Luis y yo) de Garcimolina, fue consecuencia de dicho éxodo.
Pero no nos pongamos tristes; las cosas vienen y se tienen que afrontar, y estas tres niñas y dos niños así lo hicimos. Pagamos nuestro peaje, pero lo hicimos.

El viaje de septiembre de 1972
Recuerdo que era principios de septiembre de 1972, cuando bajamos a Landete para coger el autobús de línea (la empresa se llamaba Cubillo), que hacía el recorrido hasta Cuenca con parada en Carboneras. Era nuestro nuevo destino.
Nos acompañaba a cada niño o niña su padre o madre. Llevábamos nuestras pertenencias en maletas de la época. Con estas maletas teníamos la pinta de Alfredo Landa en la película «Vente a Alemania, Pepe».
En mi caso, me acompañaba mi madre Ángeles, ya que a los dos días se marchaban todos —padre Pascual, madre Ángeles, abuelos Julián y Segunda, y mi hermano Roberto— a comenzar una nueva vida en Barcelona. Yo me quedaba un año internado, al no saber mis padres, si se quedarían definitivamente en Barcelona o volverían de nuevo al pueblo.
Para mí, coger ese autobús fue traumático, era la tercera vez en mi vida que lo hacía. Había subido a Cuenca dos veces anteriormente y la sensación que tenía no me gustaba, ya que sabía que me iba a marear, por lo que, iba preparado con una bolsa para las consecuencias del mareo.
El viaje
Comenzamos el viaje saliendo de Landete hacia Fuentelespino. No quería hablar ni mover la cabeza para evitar el mareo, por lo que me centré en recordar lo bien que lo había pasado durante el verano, disfrutando con mis amigos más próximos: Agustín, Juan Miguel, Milagritos, su primo Julio, Juan Carlos… Jugando por las noches al bote, haciendo las cabañas de espliego, que luego nos rompían Juanito y Rufino.
Las tertulias o reuniones ya fueran por las tardes o noches, en las nogueras o en la puerta de la obra del tío Bruno, los baños en las balsas del Tornajillo o en la balsa del tío Ambrosio. Las subidas peligrosas al callejón, la cueva la Mora o las dos cuevas de arriba del todo de la peña del Pardo. Las excursiones a la peña del Verdinal, los paseos por la senda de la dehesa, desde el pico de la Peña hasta el Cerro Santo, cazar gorriones en las pataqueras, los bailes con el tocadiscos o cintas de casete de los mayores, las fiestas del pueblo, comiendo turrón, alajú o pipas de los turroneros de Vallanca…
Conforme llegaba el autobús a Campillos, pasé a unos pensamientos de futuro, donde desconocía dónde iba y me preocupaba. Quería creer que un año pasaba rápido, luego vendría el verano siguiente y viviría de nuevo las experiencias de cada año con mis amigos, y posiblemente cuando terminara el verano me iría como ellos a vivir a Barcelona. Quería ilusionarme con que mis padres ya se habrían situado, y nos volveríamos a juntar, así como, que mis amigos Agustín y Juan Miguel, me enseñasen la ciudad, estaríamos siempre juntos y no solamente en verano. Y si esto no sucedía, no sería el primer viaje de septiembre, de salida del pueblo, y vendrían otros para ir a la Universidad de Cheste.
Mareo
De pronto, llegaron las curvas de Boniches y mis pensamientos desaparecieron, comenzó lo que siempre me había pasado en los dos viajes anteriores a Cuenca: el mareo, los vómitos y más vómitos, hasta llegar a las rectas de antes de la gasolinera de Carboneras, donde estaba el final de nuestro trayecto. Paramos en el Bar Hostal Cabañas (todavía existe). Allí bajamos nuestras maletas y nuestras madres preguntaron cómo ir a la Escuela Hogar. Nos orientaron y tuvimos que andar más o menos un kilómetro. Todas eran nuevas sensaciones e incertidumbres. Los lugares eran interesantes: la estación de tren —nunca había visto una—, el paseo de la Alameda, desde la estación al pueblo, nos llevaba hacia la Escuela Hogar.

Llegada a la Escuela Hogar: primeros momentos
Recuerdo la primera imagen que tuve de la escuela. La calle estaba elevada y había un pequeño muro donde te podías sentar; detrás tenías la posibilidad de bajar al patio central del recinto por dos escaleras. Había dos edificios, uno a cada lado del patio. Los edificios eran de una sola planta, con techos muy altos y grandes ventanales tanto en su fachada delantera como trasera —similares, pero mayores a los que teníamos en la escuela en el pueblo de Garcimolina, donde actualmente está el bar—.
El edificio de la derecha era el pabellón de los chicos. Constaba de dos habitaciones grandes con 10 literas en cada habitación, total 40 niños; una despensa grande donde se guardaban los alimentos no perecederos; unos servicios con 8 duchas, 8 lavabos, 8 urinarios y 8 váteres; también había una habitación para la tutora que vigilaba por las noches. En el edificio de la izquierda, que era más largo y grande, estaba el comedor, la lavandería.
También había dos habitaciones para las chicas, la cocina, la despensa de productos perecederos, dos habitaciones para la directora y otras dos para las maestras, el despacho de la directora y una pequeña sala tutorial. El personal público del centro era todo mujeres: constaba de una directora, tres maestras y tres o cuatro cocineras que también hacían funciones de limpieza.
Conforme entrábamos al recinto
La sensación de tristeza y miedo se incrementaban. Estaba llegando el momento de quedarnos solos, de no ver a nuestras familias, de empezar una convivencia nueva y desconocida.
Hicimos la inscripción y nos mostraron el recinto, asignaron las camas y nuestras taquillas. Conforme colocaba la ropa en la taquilla, me ponía más triste. Recuerdo que nuestras madres nos tuvieron que marcar toda la ropa con un número; el mío era el 20. De esta forma, cuando llevábamos la ropa a la lavandería, posteriormente la podíamos identificar. El día pasó rápido y por la tarde nuestras madres se marcharon a coger el autobús de línea (Cubillo), que regresaba de Cuenca hacia Landete. El momento de la marcha de nuestras madres fue el más triste. Me sentí solo, vacío. Nuestras caras, como las de ellas, eran de pena, de impotencia por una obligación de separación, que no habíamos buscado y que venía dada.
Las tutoras
Rápidamente, las tutoras, que ya tenían experiencia en separaciones, nos llamaron y dijeron que teníamos que formar para la merienda. Ese momento, fue el comienzo donde empezó la rutina de los meses futuros.
Nuestro grupo del pueblo, fue de los primeros en llegar. Durante los dos días siguientes llegaron más alumnos de otros pueblos. Algunos eran nuevos como nosotros, pero la mayoría ya llevaban algún año allí; es decir, ya existían anteriormente pueblos, que habían pasado por la desaparición de las escuelas de primaria. Por lo que recuerdo, eran pueblos de la Sierra. Pajarón, Pajaroncillo, Valdemoro, Valdemorillo, Valdemeca… También había un niño y una niña de Santo Domingo de Moya, que eran primos de Montse, aunque en Santo Domingo todavía tenían escuela; sus padres decidieron que cursaran estudios en Carboneras.
La rutina diaria y la convivencia
La adaptación fue rápida, ya que era rutinaria: levantarnos sobre las 8, asearnos, formar para desayunar; primero comían los pequeños menores de 10 años, luego el resto; después ir a clase. Las clases eran en las escuelas públicas de Carboneras que estaban al lado del recinto de la Escuela Hogar. Por tanto, compartimos clases con los niños y niñas del pueblo. Aunque nos veían diferentes: éramos los del internado, nosotros íbamos con batas y ellos no. Cuando terminamos las clases de la mañana, volvíamos a formar para comer, siempre en dos turnos. Regresábamos a clase por la tarde; al finalizar, volvíamos al recinto, formábamos para merendar, jugábamos en el patio o en las habitaciones hasta la hora de cenar, donde volvíamos a formar, cenábamos y a dormir.
Recuerdo que, a nivel de convivencia, al principio fue muy dura. La llegada de los chicos y chicas a la Escuela Hogar, se produjo durante tres días antes de que empezaran las clases. Los dos primeros días la convivencia fue normal; todo se truncó el tercer día cuando llegaron tres chicos y una chica. Creo recordar que eran de Huélamo: eran Javi, de 14 años, su hermano de 10, su hermana de 12, y Antonio, de 14 años. Estos ya llevaban dos o tres años en la Escuela Hogar. Javi era un gamberro, que no tenía ni dos dedos de frente; disfrutaba con el conflicto, la instigación y el acoso escolar. Actuaba sometiendo a los niños pequeños, para que le hicieran la cama, le limpiaran los zapatos, humillaba por desprecio; estaba bastante desequilibrado.
Percepciones
Por lo que vi, las tutoras lo sabían; él actuaba siempre por detrás para que ellas no se dieran cuenta y lo castigaran, como ya había ocurrido alguna vez.
Los días eran largos y Javi siempre encontraba el momento para fastidiar la convivencia y necesitaba siempre tener alguna víctima con quien meterse.
Pasaron dos semanas y llegaron dos chicos nuevos. Juan, de 14 años, y su hermano, de 10 años; creo recordar que eran de Campillos de Sierra. No habían llegado antes, porque su hermano había estado enfermo.
El acoso
Esa misma noche, a Javi, le gustó la toalla que tenía el hermano de Juan. Le dijo que se la quedaba para él y, durante toda la semana siguiente, le tenía que hacer la cama. Cuando Juan se enteró, fue a decirle a Javi que se la devolviera y que su cama se la hiciera él. Javi le dijo que no. Rápidamente, vimos el enfrentamiento que todos queríamos que se produjera y que ninguno de nosotros había sido capaz de generar antes para poner freno al abuso que Javi llevaba a cabo diariamente.
Juan físicamente era grande y no estaba dispuesto a que sometieran a su hermano. Se liaron a tortazos y Juan se estaba imponiendo a Javi cuando, de pronto, Antonio, amigo y del pueblo de Javi, se metió para ayudar a Javi. Entonces Juan pasó de los tortazos a los puñetazos. La sangre apareció. Javi quedó marcado físicamente con un ojo morado y los labios reventados; Antonio salió mejor parado porque se retiró rápido. Juan y Javi no se hablaron en todo el curso. Las hostilidades de Javi bajaron y la convivencia mejoró notablemente. Juan se había ganado el respeto de todos los chicos y, menos mal que era buen tío, porque vimos que repartiendo tortas y puñetazos era como Rambo.
La comida y la travesura del chocolate
Mis recuerdos sobre si comíamos bien o mal: no tengo la sensación de pasar hambre. Las comidas y cenas eran ligeras: sopas, purés, pasta, macarrones, pollo, flanes, yogures. Las meriendas de la tarde eran un bollo de pan con chocolate, carne de membrillo, paté, chorizo, jamón dulce. Sí, recuerdo que la comida del domingo era mejor que el resto de días; se notaba que era fiesta porque nos ponían mayor cantidad y de postre, pastel casero.
Como anécdota o travesura, sí recuerdo que ya llevábamos dos meses más o menos, sería sobre mediados de noviembre. Todas las semanas venía el furgón a traer los suministros para la cocina. Cuando esto sucedía, nos pedían a los chicos mayores que ayudáramos a descargar para llevar las cajas de la comida a las despensas. Creo que fue Antonio, que ya llevaba años en la Escuela, quien propuso que cuando lleváramos la comida a la despensa del pabellón de los chicos, dejáramos abierta una de las ventanas de la despensa sin que las cocineras se dieran cuenta, y por la noche entráramos a coger la comida que quisiéramos. Dicho y hecho. Todo el plan salió bien.
Por la noche
Para poder entrar a la despensa, tenía que ser desde las ventanas exteriores de la habitación de los chicos pequeños, sortear unos pilares —si te caías, habría una altura de dos metros— y al final entramos. Lo que cogimos fueron pastillas de chocolate, botes de melocotón y peras en almíbar. Lo que no contábamos era con que los chicos pequeños, cuando vieron lo que estábamos haciendo, también querían chocolate, por lo que aquello acabó cogiendo chocolate para todos los chicos grandes y pequeños para que nadie nos delatara. Aquella noche fue de fiesta y todos estábamos contentos. Como es de esperar, al día siguiente las cocineras se dieron cuenta de que faltaban más de 30 pastillas de chocolate. Es curioso, porque nadie se chivó, pero todos acabamos castigados dos domingos sin salir y sin paga.
Los domingos, el cine y la soledad
Respecto a la paga, creo recordar que eran 10 pesetas. Nos la daban los domingos. El domingo era un día especial: la rutina se relajaba un poco. Por la mañana y por la tarde podíamos salir del recinto. Normalmente, íbamos paseando a la estación de tren, veíamos cómo bajaban o subían pasajeros que iban a Cuenca o Valencia, o bien pasaban trenes de mercancías. Podía pasar allí horas, pero el sitio adonde más me gustaba ir era al patio en ruinas de la iglesia que está al lado de la carretera, después de pasar la gasolinera en dirección hacia Cuenca. En esa iglesia están enterrados los Marqueses de Moya. Aquel lugar me acercaba al pueblo; era el referente de mayor proximidad a mi gente del pueblo. Cada vez que subo a Cuenca y paso por esa iglesia, intento recordar la sensación que sentía en esa época.
Por las tardes del domingo, normalmente había cine y siempre intentaba ir, previo paso por la pastelería donde me compraba un merengue. Esos momentos hacían aliviar el estado de soledad que normalmente reposaba en mi interior.
Eventos escolares
La Escuela tenía planificados dos eventos a lo largo del curso en los que se invertían unos dos meses en cada evento para su preparación y ejecución, por lo que nos mantenía un poco distraídos y nos hacían coincidir hacia un objetivo común de identidad de Escuela.
Uno era el concurso de villancicos y canción popular al que se presentaban colegios y escuelas de toda la provincia. El evento se celebraba en Cuenca en el Cine/Teatro Xucar. El acto fue retransmitido por la radio local de Cuenca y con una cuña en Radio Nacional.
Coro y fútbol
En el coro que se formó éramos unas 30 chicas y chicos. Durante dos meses se ensayaba todas las tardes de lunes a viernes, con lo que el tiempo pasaba más rápido. Yo nunca he cantado bien, pero me pusieron en la fila de atrás y lo más divertido es que me dieron una guitarra donde tenía que aprender unos acordes, no tocarlos muy alto para no desentonar con los que tocaban bien la guitarra.
Recuerdo el día de la actuación: el cine estaba lleno. Aproximadamente éramos 10 colegios. Teníamos que cantar dos canciones y no salió mal. Todos los colegios tuvieron premio. Quedamos sobre la mitad de la tabla y recuerdo que ganaron los del colegio Salesianos de Cuenca. Lo más curioso es que cuando les escribí a mis padres diciéndoles que estaba en el coro y que tenía que tocar unos acordes con la guitarra, no se lo creían, ya que conocían la falta de mis dotes musicales.
El otro evento era la competición deportiva provincial de fútbol entre pueblos de Cuenca; esta se llevaba a cabo entre marzo y abril. La competición era de fútbol siete. El entrenador era el médico, un hombre bastante mayor que tenía consulta en la escuela una vez a la semana. Entrenábamos dos veces a la semana, con lo que nos tenían entretenidos. Logramos hacer un equipillo peleón. Ganamos los tres partidos previos contra Reillo, Fuentes y la Melgosa, con lo que llegamos a la final a cuatro en las instalaciones deportivas del Conquense en Cuenca.
La lesión y la curandera de Santo Domingo
En el partido contra la Melgosa, me caí y me disloqué la muñeca. El médico que hacía de entrenador me vendó la muñeca y me dijo que no era nada, pero a mí me seguía doliendo.
Al día siguiente empezaban las vacaciones de Semana Santa y nos daban días libres para ir a nuestros pueblos. Cuando llegué a Garcimolina, dormía en casa de mis tíos Wenceslao y Vitoriana, e iba a comer a casa de mis tíos Alejandra y Marciano o Emiliano y Catalina.
La anécdota
La muñeca y la mano seguían hinchadas. Mi tía Alejandra cogió el macho y me bajó a la curandera que había en Santo Domingo. Esa experiencia no la he olvidado todavía. Yo no daba crédito. Aquella señora hizo un conjuro, me puso un ungüento en la muñeca y, a la vez que me estiraba la muñeca, la giraba e invocaba o hablaba de algo que no se entendía. En un momento del ritual, la muñeca hizo un chasquido y tengo que reconocer que el dolor desde aquel momento disminuyó. Posteriormente, hizo una cataplasma que olía a vinagre, me puso una venda que inmovilizaba un poco la muñeca y nos dijo que en tres días me la quitara. A los tres días la hinchazón había bajado y el dolor disminuido casi en su totalidad. Mi tía Alejandra le dio la voluntad, creo que fueron cinco pesetas.
Finalizada la Semana Santa y de vuelta a la Escuela, a los pocos días llegó la final a cuatro en Cuenca. Ganamos el primer partido, pero perdimos la final y no podía ser contra otro colegio que los Salesianos.
La visita de los padres y el cambio de planes
Ya estábamos en mayo y recuerdo que el mejor día que pasé en la Escuela Hogar fue un sábado por la mañana. Cuando me llamaron, me dijeron que tenía una visita. Me quedé de piedra cuando vi a mi madre, mi padre y mis primos Antonio y su mujer Charo. Me puse a llorar de alegría. Habían hecho un viaje rápido desde Barcelona para verme y darme dos noticias: me trajeron una guitarra que todavía tengo y que sigo sin saber tocar; la otra era que cuando finalizara el curso ya no volvería a la Escuela Hogar de Carboneras porque se quedaban a vivir definitivamente en Barcelona.
Por la noche, una vez se habían marchado, recuerdo que la idea que tenía de ir a estudiar Ingeniería Agrónoma a Cheste se tenía que descartar y que Barcelona era mi próximo destino.
Lo que restaba del curso lo pasé con un espíritu totalmente diferente. Estaba contento, el tiempo se me pasó muchísimo más rápido, me encontraba feliz y con ganas de que llegaran las vacaciones.

El regreso al pueblo y el reencuentro
Por fin llegó el día final del curso y el regreso de nuevo al pueblo. Ese día no tenía rencor por haber estado nueve meses en la Escuela Hogar y de haberme encontrado más solo que nunca. Tenía ganas de salir cuanto antes del recinto, de ir a coger el autobús y llegar al pueblo cuanto antes. Recuerdo que no me importaba coger el autobús, ni volver a marearme como siempre me sucedía. Eso sí, la bolsa para el mareo la llevaba y, evidentemente, en las curvas de Boniches pasó lo que siempre pasaba. En el trayecto, hablando con Montse, Pili, Felisa y José Luis, teníamos claro que al año siguiente no volvíamos a Carboneras y así fue: todas las familias migraron a Valencia y Barcelona.
Una vez en el pueblo, lo primero que hice fue ir a las nogueras, sentarme y pensar en el verano que me esperaba. Tuve la sensación de ser un veraneante más, como eran mis amigos; ellos venían de Barcelona, Valencia, Madrid y yo de Carboneras. De pronto, escuché que me llamaban para que fuera rápido hacia el pueblo. Habían llegado de Barcelona mis padres, abuelos y mi hermano.
Salí corriendo y cuando llegué al principio de la cuesta, en la puerta de la obra del tío Bruno, vi a mi hermano Roberto que bajaba corriendo la cuesta. Había crecido mucho, estaba delgado y blanco; pensé que en Barcelona el sol no le sentaba como en el pueblo. Nos dimos un abrazo que duró mucho, tanto como los nueve meses que llevábamos sin vernos. Sentí que no quería volver a estar separado de mi familia, que había que luchar por ello y que, aunque me iba a marchar a finales de agosto a Barcelona, como todos los veraneantes, mi corazón siempre estaría en el pueblo.
Conclusión
Este es mi testimonio de una época de culminación del éxodo rural del último Garcimolinero nacido en una casa del pueblo de Garcimolina, ya que todos los nacimientos posteriores se tuvieron en la Maternidad de Cuenca.

Componentes de la foto
Según Manolo Sánchez: Empezando por la izquierda y primer plano abajo, Pedro Jesús, Agustín, yo y Juan Miguel, detrás de Agustín el hermano de César, a su lado Víctor hermano de Antonio (Bareta), Juanito, Jesús, Rufino, Daniel, Antonio de Vitoriano, Emilio. Izquierda de nuevo, Pedro Juan, César, Eloy, Antonio, Julio, Miguelito, detrás Arturo, los otros tres de la derecha no los identifico, a la izquierda de don Zoilo y el más alto es mi primo Evelio, y ente don Zoilo y Antonio no lo identifico.
Según Julio Montesinos Adalid: El maestro, don Zoilo. En medio, con corbata es él. Pedro Juan, Arturo, Eloy, Daniel, Antonio, Emilio, Rufino, Demetrio, Cesar, Manolo, Miguelín, Angel (hermano de Julio).
Según Pedro Jesús Rodríguez: Pedro Jesús, Agustín, Rafael, Pedro Juan, Cesar, Victor, Juanito, Evelio, Manolo, don Zoilo, José, Eloy, Ángel, Rufino, Antonio, Juan Miguel, Julio, Daniel, Miguelín, Arturo, Antonio, Jesús, Deme, Emilio, el otro chico no es del pueblo venia de Algarra igual que los dos grupos de atrás que bajaban a la fiesta … y efectivamente la turronera «la tía Constancia» … que gran grupo, que bonito recuerdo … desafortunadamente que yo sepa 4 de ellos ya no están con nosotros …
Según Remedios Sánchez Martínez: De izquierda a derecha, primera fila, Agustín, detrás Rafael y César, Pedro Juan, Víctor, Juanito, Manolo,José, mi hermano Eloy, Antonio Segui, Julio; abajo Juan Miguel, Daniel, Antonio, Emilio, Arturo y Deme. El de detras de Emilio, era de Boniches, su cuñado trabajaba en la mina, vivían en casa del tío Lucio
Nota editorial
Asociación Peña el Pardo
Casas de Garcimolina, 2026
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El goteo silencioso

El goteo silencioso
Despoblación, desarraigo y resistencia en la España rural del siglo XX

El caso de Casas de Garcimolina (Cuenca)
Resumen
Este artículo analiza el proceso de despoblación de la España rural a través del estudio de caso de Casas de Garcimolina, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca. A partir de fuentes orales y documentales, se reconstruyen dos respuestas divergentes ante el vaciamiento territorial: la de Luis Novella Malavia, farmacéutico y archivero que asumió múltiples funciones para mantener viva la comunidad; y la de Raimundo Jiménez Millán, maestro, anarcosindicalista y exiliado que, tras años de itinerancia, intentó echar raíces mediante la construcción de una casa en su tierra natal. El artículo examina además el impacto de la política de concentración escolar impulsada por la Ley General de Educación de 1970, a través del internamiento forzoso de cinco niños de Casas de Garcimolina en la residencia escolar de Carboneras de Guadazaón. Se sostiene que el internamiento obligatorio, lejos de frenar la despoblación, actuó como un catalizador del éxodo al romper los vínculos afectivos de las nuevas generaciones con su territorio. El caso ilustra las contradicciones de una política educativa que, concebida para modernizar el medio rural, contribuyó paradójicamente a vaciarlo.
Palabras clave:
Despoblación rural, escuela rural, internado, éxodo, España vacía, Ley General de Educación 1970.
Introducción
La España interior del siglo XX experimentó uno de los procesos de transformación demográfica más intensos de la historia europea. Entre 1950 y 1980, millones de personas abandonaron los pequeños núcleos rurales para dirigirse a las ciudades industriales y a las zonas costeras en busca de trabajo y oportunidades. Este éxodo, impulsado por la mecanización agraria, la industrialización y las expectativas de mejora económica, no fue un cataclismo súbito, sino un goteo silencioso y persistente que fue vaciando los pueblos de la meseta, la serranía y el interior peninsular. Casas de Garcimolina, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca, constituye un ejemplo paradigmático de este proceso: un pueblo que no murió de repente, sino que se fue apagando familia a familia, casa a casa, en una suma de ausencias que dejó las calles cada vez más quietas y las viviendas cada vez más cerradas.
Frente a este vaciamiento
Los actores locales desplegaron estrategias diversas para combatir el desarraigo. Dos figuras, muy distintas entre sí, encarnan dos formas opuestas de resistencia. Luis Novella Malavia, farmacéutico y archivero de formación, funcionario del Cuerpo de Archiveros con destino en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, decidió volver a Casas de Garcimolina en algún momento de los años veinte o treinta y se convirtió en el pilar que sostenía la vida cotidiana del pueblo: fue farmacéutico, practicante, comadrón, juez municipal, secretario del ayuntamiento, alcalde interino, sacristán, organista y campanero. El segundo, Raimundo Jiménez Millán, nació en el pueblo en 1904, pero emigró con su familia a Valencia en 1913. Maestro de profesión, militante anarcosindicalista, exiliado en Argentina y después en Venezuela, decidió en la posguerra construir una casa en la Umbría, un paraje agreste a las afueras del pueblo, con la esperanza de echar raíces en la tierra que lo vio nacer. Sus historias, aparentemente antitéticas, convergen en un mismo empeño: luchar contra el desarraigo que se llevaba por delante los pueblos de la España interior.
Este artículo se propone analizar:
A partir de fuentes orales y documentales, las trayectorias de estos dos hombres y el contexto de despoblación en el que se inscribieron. Se examina también el impacto de la política de concentración escolar impulsada por la Ley General de Educación de 1970, que supuso el cierre de escuelas unitarias y el traslado forzoso de los niños a centros comarcales en régimen de internado. El caso de los cinco niños de Casas de Garcimolina internados en Carboneras de Guadazaón en 1972 permite explorar cómo una política concebida para modernizar la educación rural pudo, paradójicamente, acelerar el éxodo al romper los vínculos afectivos de las nuevas generaciones con su tierra.
El vaciamiento silencioso: causas y consecuencias del éxodo rural
El proceso de despoblación de Casas de Garcimolina no fue un fenómeno excepcional, sino el reflejo de una dinámica que afectó a centenares de municipios de la España interior. La mecanización del campo redujo drásticamente la demanda de mano de obra agrícola; la industrialización concentró el empleo en las ciudades; y las mejoras en el transporte y las comunicaciones facilitaron la movilidad. A estos factores estructurales se sumaron las expectativas de una vida mejor: la ciudad ofrecía educación, sanidad, ocio y oportunidades que el medio rural, cada vez más empobrecido, no podía garantizar.
El éxodo no fue un acontecimiento único
Sino un goteo sostenido que se prolongó durante décadas. Cada vecino que cerraba su casa y tomaba el camino de Valencia o Barcelona se llevaba consigo algo más que sus pertenencias: se llevaba un oficio, unas risas en la plaza, unos brazos para la siega, un sitio vacío en la iglesia. La marcha de Victoriano Argudo y Marfil Martínez con sus cinco hijos a Barcelona fue uno de los momentos más dolorosos: no se iban dos adultos, sino que desaparecían de golpe cinco niños, cinco voces infantiles, cinco futuros posibles. Aquello fue un punto de inflexión, la constatación de que el goteo podía convertirse en una hemorragia.
Con la escuela del pueblo cerrada por falta de niños, los pocos chiquillos que quedaban se vieron forzados a desplazarse a Carboneras de Guadazaón en régimen de internado, permaneciendo allí todo el curso y regresando a casa únicamente por Semana Santa y Navidad. Aquella separación forzosa rompía el vínculo cotidiano con los padres y abuelos, impedía la transmisión diaria de los saberes del campo y hacía casi imposible cualquier arraigo afectivo con la tierra. Los niños crecían partidos en dos mundos, sin pertenecer por entero a ninguno. No solo lloraban los niños, también lloraban los padres.
Luis Novella: la resistencia desde la institución
Luis Novella Malavia representa la figura del hombre polivalente, aquel que, ante la ausencia de servicios básicos, asume múltiples funciones para que la comunidad pueda seguir existiendo. Licenciado en Farmacia por la Universidad Central y funcionario del Cuerpo de Archiveros, estaba destinado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid desde 1918. En algún momento de los años veinte o treinta, decidió regresar a Casas de Garcimolina. Las razones exactas de su retorno se desconocen —quizá una herencia, quizá una decepción, quizá el tirón de la tierra— pero lo cierto es que desde entonces se convirtió en el pilar que sostenía la vida cotidiana del pueblo.
Aunque no ejerció todos estos cargos de manera simultánea
Sino que los fue alternando a lo largo de los años, su polivalencia era tal que en cualquier ciudad sus funciones se habrían repartido entre diez o doce personas. Solo los oficios de campanero, practicante y asistencia a nacimientos y defunciones fueron perpetuos; el resto de responsabilidades las asumió en diferentes etapas de su vida en el pueblo. Como farmacéutico, ponía los remedios a los enfermos. Practicante y comadrón, atendía los partos y curaba las heridas. Juez municipal, resolvía los pleitos entre vecinos. Secretario del ayuntamiento, llevaba los papeles, los registros y las cuentas. Llegó a ser alcalde interino en abril de 1939, justo al acabar la guerra, y durante un breve tiempo ejerció como jefe local de Falange. Pero, sobre todo, era sacristán perpetuo, organista y campanero: tocaba las campanas para llamar a misa, para avisar de un incendio, para despedir a los muertos. También donó dinero de su bolsillo para restaurar la imagen de San Juan Bautista en 1939.
Su trayectoria encarna una forma de resistencia silenciosa contra el vaciamiento, la del que se queda y trata de serlo todo para que el pueblo no se apague. Pero su lucha era desigual. Cada vez había menos vecinos a los que atender, menos niños que bautizar, menos pleitos que resolver, menos fieles en misa. Cuando murió, su muerte fue también la de una época. Nadie recogió el testigo de aquella polivalencia imposible. El practicante, sus métodos farmacéuticos, se acabaron. Las campanas dejaron de sonar con regularidad, los papeles del ayuntamiento pasaron a otras manos que ya no eran las de un archivero de Madrid. Su legado es el de la resistencia cotidiana, la del que se queda al pie del cañón, aunque la batalla esté perdida.
Raimundo Jiménez: el exiliado que quiso volver
Del otro lado del espectro vital está Raimundo Jiménez Millán. Nacido en Casas de Garcimolina en 1904, su familia emigró a Valencia cuando él tenía nueve años. Allí cursó estudios primarios y cuatro años en la Escuela Normal, formándose como maestro. Pronto se vinculó al republicanismo y, después, al anarcosindicalismo. Para escapar del servicio militar y de la dictadura de Primo de Rivera, se exilió en Argentina en 1924. En Buenos Aires trabajó como linotipista, se afilió a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y colaboró en el diario anarquista La Protesta. Regresó a España hacia 1930 y se entregó a la reorganización del Sindicato Único de Artes Gráficas de la CNT en Valencia. Durante la República y la Guerra Civil, militó, organizó y combatió.
Terminada la contienda, en lugar de emprender el exilio como tantos otros, tomó una decisión que revela su carácter: decidió quedarse y construirse una casa en la Umbría, un paraje agreste de 26 hectáreas a las afueras del pueblo, con un caz de agua, pero sin luz ni saneamiento. La casa se levantó entre 1941 y 1942, en plena posguerra, bajo la alcaldía de Enrique Rodríguez. La construyó el cantero Ángel Martínez Millán, otro represaliado que había vuelto a escondidas del frente. Aquella vivienda, modesta por fuera, encerraba detalles que dejaban entrever el mundo interior de Raimundo: tenía un sistema de pozas que recogía el agua del azud, creando un pequeño remanso donde los chiquillos se bañaban en verano —algo inaudito en aquella comarca de secano— y algunas paredes interiores estaban decoradas con cenefas de cerámica valenciana, un lujo que ninguna otra casa de la zona tenía. Era el gesto de un hombre que había viajado, que conocía otro mundo, y que quería plantar en su tierra natal una semilla de belleza y modernidad.
Pero la realidad política era un muro.
Raimundo no se limitó a construir su casa: siguió metido en la lucha clandestina. Formó parte del primer Comité Nacional de la CNT en la clandestinidad, fabricó documentación falsa para sacar a compañeros del campo de concentración de Albatera y fue detenido en junio de 1940. Lo juzgaron en un consejo de guerra en noviembre de 1941. Salió absuelto —se rumorea que gracias a sus contactos con el falangista José Antonio Girón de Velasco— pero la presión policial no lo dejaba vivir. En los años cincuenta se exilió definitivamente en Venezuela. Allí siguió militando en la CNT de Caracas y publicó, bajo el seudónimo de «Ramón de las Casas», el libro testimonial Réquiem a mis amigos fusilados (1975). Murió en Caracas en 1978, sin haber vuelto a pisar la Umbría.
Su casa, hoy en ruinas y expoliada, sigue en pie con sus ventanas vacías mirando al monte, como un cenotafio que espera a un cuerpo que nunca regresó de Venezuela. Es, al mismo tiempo, el testimonio del sueño de arraigo de un hombre y la metáfora de un pueblo que se vació.

El internado como catalizador del éxodo: el caso de los niños de Casas de Garcimolina (1972)
La política de concentración escolar impulsada por la Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa, estableció la escolaridad obligatoria hasta los catorce años y promovió la agrupación de alumnos de varias localidades en centros más grandes, con el objetivo de garantizar una enseñanza «más eficaz». Para hacer viable esta concentración en el medio rural, el Estado creó los Colegios Rurales Agrupados (CRA) y las residencias escolares o «escuelas-hogar», destinadas a alojar a los alumnos de las aldeas más pequeñas que carecían de escuela. Su propósito declarado era evitar el desarraigo que supondría enviar a los niños a internados en las capitales de provincia.
En la práctica, sin embargo, esta política tuvo consecuencias devastadoras. En 1972, Casas de Garcimolina se quedó sin escuela y sin maestro. Los cinco niños que aún quedaban —tres niñas y dos niños— fueron enviados, sin consultarles ni prepararlos, al Colegio Rural Agrupado Miguel de Cervantes de Carboneras de Guadazaón, en régimen de internado. Manolo Sánchez Plá, que entonces tenía doce años, era uno de ellos. Sus padres ya habían emigrado a Barcelona, y aquel curso sería el último que pasaría en la tierra antes de reunirse con ellos.
El testimonio de Manolo
Recogido en los trabajos de memoria histórica de Garcimolina.net, revela la brutalidad del desarraigo. Todos eran niños rurales, criados entre montañas, para quienes la capital del mundo era Landete, y que jamás habían visto un edificio de más de tres plantas. De repente, se vieron arrancados de sus casas y confinados en una residencia escolar, lejos de todo lo conocido, sin que nadie les preguntara si querían ir. El internado no era el colegio, sino un edificio aparte gestionado por funcionarias del Estado. Cada mañana, los internos cruzaban el pueblo para asistir a clase, donde se mezclaban con los niños de Carboneras. La rutina —horarios, normas y silencios impuestos— se convirtió para Manolo en una máquina que engullía su infancia.
Los responsables del centro
Intentaban paliar la ausencia de los padres con actividades lúdicas, deportivas y culturales. Manolo encontró un refugio en el fútbol, llegando a formar parte de un equipo que compitió a nivel regional. Eran, en sus palabras, «pequeñas ventanas de libertad en un encierro emocional». En el plano material, no recuerda haber pasado hambre: la residencia cubría las necesidades básicas y cada domingo entregaban una paga semanal de diez pesetas. Pero el internado también albergaba su lado oscuro. Entre los alumnos se formaban grupos de poder, y los más fuertes ejercían el acoso sobre los más débiles. Manolo no fue víctima directa, pero la tensión del ambiente, el miedo a los mayores y la sensación de indefensión marcaron su memoria más que cualquier otra cosa.
Lo que realmente dolió no fue el estómago, sino el alma: la orfandad de cariño, la extrañeza de un entorno ajeno, la impotencia de no poder volver a casa cada tarde. Manolo terminó el curso y, al llegar junio, sus padres lo reclamaron en Barcelona. Nunca regresó a Carboneras. De los cinco niños, solo José Luis Sáiz volvió al internado al curso siguiente.
En la vecina población de Algarra
Otro niño vivió una experiencia similar que, por su desenlace, merece ser mencionada. José Manuel Huerta García, que con el tiempo llegaría a ser alcalde de Algarra, fue el único niño de su pueblo escolarizado en Carboneras de Guadazaón en régimen de internado. A mitad de curso, tomó una decisión que cambiaría su vida: se escapó. En un acto de determinación impropio de su edad, cogió el coche en línea —el transporte público que unía los pueblos de la comarca— y se fue a Landete, donde residía su tía. Allí se refugió, continuó su escolarización en el colegio de Landete, y nunca regresó al internado. Su gesto, apenas un acto de rebeldía infantil, fue también una declaración de principios: prefería la incertidumbre de una vida con su familia, aunque fuera en casa de su tía, antes que la seguridad material de un internado que le negaba el calor del hogar.
La literatura sobre las escuelas-hogar confirma que estas instituciones, a pesar de sus buenas intenciones, generaban con frecuencia situaciones de sufrimiento. Como señala Pérez Segura, la escolarización en escuelas-hogar supuso para muchos niños «la segregación» de su entorno familiar y comunitario. La separación forzosa de los padres a edades tempranas, con apenas dos visitas al año, provocaba un profundo desgarro emocional. El caso de Casas de Garcimolina y la fuga de José Manuel Huerta ilustran cómo el internamiento obligatorio, lejos de contribuir a la fijación de la población rural, actuó como un acelerante del éxodo. Al desvincular a los niños de su tierra y disuadir a las familias de permanecer en el pueblo, la concentración escolar contribuyó paradójicamente a intensificar la despoblación que pretendía combatir.
La pequeña primavera de los años setenta y el regreso a Landete
A principios de los años setenta, sin embargo, algo sucedió que pareció dar un respiro al pueblo. José y Julián Montesinos, así como Gerardo, regresaron a Casas de Garcimolina para quedarse con sus respectivas familias. Los pequeños volvieron a correr por las calles, y el sonido de los juegos infantiles se mezcló otra vez con el viento de la sierra. Y lo que es más importante: estos niños no se fueron internos a Carboneras, sino que se escolarizaron en Landete. A diferencia del internado, la escuela de Landete permitía el regreso diario a casa. Cada tarde, los chiquillos desandaban el camino y volvían a sus hogares, a merendar con sus padres, a hacer las tareas al calor de la estfa de leña, a escuchar las historias de los abuelos.
Ese sencillo hecho —el regreso cada tarde— fue la clave que sostuvo la vida cotidiana durante aquella pequeña primavera. Porque no se trataba solo de que hubiera niños, sino de que los niños estaban presentes, cada día, llenando las casas y las calles, aprendiendo a querer lo que sus padres querían. Era el arraigo en su forma más pura: la vida compartida bajo el mismo techo, sin maletas a mitad de semana. Aquella primavera fue breve, porque las fuerzas que empujaban hacia las ciudades eran demasiado poderosas. Pero demostró que la presencia de niños era el pulso de la comunidad —sin ellos, no había futuro— y que el regreso diario al hogar, en lugar del internado, era un factor decisivo para fijar a las familias al terreno. También demostró que la semilla plantada por quienes, aun marchándose, mantuvieron casa y vínculos con el pueblo —como Raimundo Jiménez— podía germinar en la generación siguiente.

Conclusión: lo que hoy queda
Luis Novella Malavia y Raimundo Jiménez Millán no se parecían en casi nada. Uno era un hombre de orden, culto, polivalente, arraigado a las instituciones que sostenían la vida pueblerina. El otro era un rebelde itinerante que había recorrido medio mundo persiguiendo un ideal y que, al final, solo quería un pedazo de tierra donde descansar. Pero los dos compartieron un mismo empeño: luchar contra el desarraigo que se llevaba por delante los pueblos de la España interior. El primero lo hizo desde dentro, siendo el farmacéutico, el juez y el sacristán de un pueblo que se le iba muriendo entre las manos. El segundo lo hizo desde la distancia del exiliado, construyendo con sus propias manos —y las de un cantero represaliado— una casa que era una declaración de intenciones: «Aquí quiero quedarme».
Ninguno de los dos ganó la batalla. Pero sus historias, sus actos concretos, nos explican mejor que cualquier estadística por qué los pueblos se vaciaron y qué se perdió en el camino. La casa de la Umbría sigue allí, como la memoria de don Luis sigue en la tradición oral de los mayores. Son los dos pilares de una misma historia que aún espera ser contada.
El tiempo, sin embargo, no se detuvo.
Hoy, el paisaje que rodea Casas de Garcimolina cuenta en silencio la historia de un abandono aún más profundo que el de las casas. Los caminos y veredas que durante siglos recorrieron pastores, tratantes, niños camino de la escuela y mujeres camino de la fuente, han desaparecido bajo la maleza o se han borrado por falta de pisadas. La mayoría de las estructuras hídricas que con tanto esfuerzo levantaron los antepasados —caces, azudes y canalizaciones que regaban los huertos— están secas o derruidas. Apenas quedan cuatro personas regando sus huertos, y casi el cien por cien de las tierras de secano están abandonadas. Donde antes hubo bancales labrados, hoy hay esparto y aliagas. Es la última capa del goteo: no solo se fueron las personas, sino que con ellas se apagó el pulso que mantenía vivo el territorio.
El caso de Casas de Garcimolina no es excepcional, sino paradigmático de lo que ocurrió en cientos de pueblos de la España rural. La política de concentración escolar, aplicada sin contemplar las especificidades del medio rural ni el coste humano del desarraigo, contribuyó a vaciar aún más los pueblos que decía querer salvar. El internamiento forzoso, al romper los vínculos afectivos de los niños con su tierra, actuó como un catalizador silencioso del éxodo. Y la lucha de hombres como Luis Novella y Raimundo Jiménez, aunque fracasada en términos demográficos, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva: la de quienes, desde la institución o desde la rebeldía, se negaron a aceptar que el silencio fuera el único destino posible para los pueblos de la España vacía.
Nota aclaratoria
Este artículo forma parte del trabajo de recuperación de la memoria histórica impulsado por: garcimolina.net. La investigación se ha basado en fuentes documentales primarias (archivos militares, actas municipales, procedimientos sumarísimos) y en los testimonios recogidos en la tradición oral de la comarca. No obstante, somos conscientes de que la información aquí volcada puede ser incompleta o mejorable.
Agradecemos profundamente a la Asociación de Vecinos de la Peña el Pardo su intermediación, su confianza y su impulso para que estos nombres y estas historias no sigan en el olvido. Sin su colaboración, este trabajo no habría sido posible.
Invitamos a cuantas personas, familiares, investigadores o vecinos dispongan de documentación, fotografías, cartas, expedientes o testimonios orales que puedan complementar, matizar o corregir estos artículos a que se pongan en contacto con nosotros a través del correo electrónico. mailto:garcimolinaasociacion@gmail.com. Toda aportación será bienvenida y debidamente contrastada para seguir construyendo entre todos una memoria más justa y veraz.
Bibliografía
Álvarez Álvarez, Carmen. «Revisión de la política de concentración escolar y cierre de escuelas rurales en la zona norte». Cabás. Revista Internacional sobre Patrimonio Histórico-Educativo, núm. 30 (2023): 145-162. https://doi.org/10.35072/CABAS.2023.26.10.009.
Decreto 400/1962, de 22 de febrero, sobre agrupación de escuelas y direcciones de grupo escolar. BOE de 9 de marzo de 1962.
Ley 14/1970, de 4 de agosto, General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa. BOE núm. 187, de 6 de agosto de 1970.
Pérez Segura, Francisco. «Las escuelas Hogar (de la segregación a la «inclusión» educativa del alumnado de población ultra diseminada)». Dialnet, 2009.
«Raimundo Montesinos: un hombre adelantado a sus tiempos». Garcimolina.net, 28 de noviembre de 2020. https://garcimolina.net/divulgacion/memoria-historica/raimundo-montesinos-un-hombre-adelantado-a-sus-tiempos/.
Santamaría Luna, Rafael. «Un poco de historia de la escuela rural en España». Escuela Rural.net, s.f.
STE-CLM. «Especial «CRA»: Centros Rurales Agrupados en Castilla-La Mancha». Revista Informativa del STE-CLM, 2019.
Testimonios orales de Eugenio Verdad Seguí, Carmen Montesinos Jiménez, Isabel Montesinos, Manolo Sánchez Plá, Pilar Sáiz y José Luis Sáiz, vecinos de Casas de Garcimolina, recogidos por el autor.
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ESCUELA DE VERANO

Fecha: 23-Junio-2026 17:16
Categoría: Info General
El Ayuntamiento informa a todos los vecinos y vecinas que, al igual que el año pasado y debido a la excelente acogida obtenida, este verano volveremos a poner en marcha la Escuela de Verano,un espacio de aprendizaje, diversión y convivencia durante las vacaciones estivales.
La Escuela de Verano está dirigida a niños, niñas y jóvenes de entre 3 y 16 años, y se desarrollará en la Sala de Internet de la localidad, donde los participantes podrán disfrutar de actividades educativas, lúdicas y de ocio adaptadas a cada edad.
📅 Fechas: del 20 de julio al 14 de agosto
🕙 Horario: de 10:00 a 14:00 horas
📍 Lugar: Sala de Internet de Casas de Garcimolina
👧🧒 Edad de participación: de 3 a 16 añosDesde el Ayuntamiento animamos a todas las familias a participar en esta actividad, que supone una excelente oportunidad para que los más jóvenes disfruten del verano, hagan nuevos amigos y desarrollen sus capacidades en un entorno seguro, educativo y divertido.
Para más información, pueden dirigirse al Ayuntamiento.
¡Aprende, juega y haz nuevos amigos este verano! ☀️🏖️📚
Fuente: Ver bando original

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NUEVOS SERVICIOS DE TRANSPORTE

Fecha: 23-Junio-2026 16:49
Categoría: Info General
El Ayuntamiento de Garcimolina informa a todos los vecinos y vecinas de que, a partir de hoy, 23 de junio, han entrado en funcionamiento importantes mejoras en el transporte público de nuestra comarca dentro del PLAN X CUENCA.
Con esta actuación se pretende facilitar los desplazamientos entre los municipios de la zona, mejorar la conexión con la ciudad de Cuenca y acercar servicios esenciales a los habitantes del medio rural.
Nueva línea de autobús VCM-080
Desde hoy, 23 de junio, está operativa la nueva línea VCM-080, que mejorará las comunicaciones de nuestro municipio con otras localidades de la comarca y con la capital provincial.
Nuevo servicio de Transporte a Demanda
También desde hoy, se pone en marcha el servicio de Transporte a Demanda de la Serranía Baja, una herramienta que permitirá a los vecinos disponer de un servicio de transporte flexible adaptado a sus necesidades.
Para consultar más información sobre horarios, rutas y funcionamiento de los servicios, pueden dirigirse al Ayuntamiento o consultar la página web de la empresa concesionaria: www.rubiocar.es.
Esperamos que estas mejoras contribuyan a facilitar la movilidad de todos los vecinos y ayuden a seguir mejorando la calidad de vida en nuestro municipio.

Fuente: Ver bando original

SOBRE NOSOTROS
El objetivo es impulsar la participación y el desarrollo del asociacionismo, entre las personas mayores de Casas de Garcimolina y su entorno.
A veces, la parte más difícil de encontrar el éxito, es reunir el coraje para comenzar.
Las personas provechosas no miran hacia atrás para ver quién los observa, solo al frente y sus metas.
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